La novia del Rey Cuervo CAPÍTULO 22
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CAPÍTULO 22

El primer golpe contra el tejado hizo caer polvo de las vigas.

El segundo abrió una grieta en uno de los ventanales altos.

Al tercero, alguien gritó que nos apartáramos de las puertas y el gran salón dejó de parecer una sala de consejo para convertirse en un lugar lleno de gente buscando dónde esconderse.

Yo seguía con la bolsa entre las manos.

La Corona de Hueso Negro se retorcía dentro como si hubiera despertado.

La tela se abrió por una costura y una punta negra asomó entre mis dedos.

Estaba caliente. Aquel calor no tenía nada que ver con el fuego de las chimeneas ni con el cuerpo de alguien vivo.

Era un calor seco, profundo, capaz de subir por mis muñecas y quedarse allí.

Ravian extendió una mano hacia la tela.

—Dámela.

—La está llamando.

—Por eso quiero que me la des.

Lo miré. La piel de sus manos ya no podía ocultarse. Las uñas habían crecido y los nudillos parecían demasiado marcados, como si los huesos quisieran abrirse paso. Aun así extendió una mano hacia mí con cuidado, esperando.

Habíamos llegado hasta allí prometiendo que ninguno decidiría por el otro.

Le entregué la bolsa.

Ravian la tomó y apenas tuvo tiempo de cerrarla contra su pecho. El techo cedió sobre la galería norte.

Doce cuerpos atravesaron la lluvia de vidrio y madera.

Las doce quedaron inmóviles durante una fracción de tiempo que pareció mucho más larga. A mi alrededor, los hombres del consejo retrocedieron hasta las paredes. Los soldados de Asteria buscaron sus armas aunque nadie se atrevió a desenvainar delante de aquellas criaturas.

Sereth me miró.

Conservaba el cuerpo de ave, las garras hundidas en las losas y las alas abiertas para equilibrarse. Sin embargo, en su manera de mantener la cabeza había algo que reconocí. La misma pausa que hacía antes de responder con las piedras. El mismo gesto con el que había mirado la cinta de Elin.

Elin abrió su bolsa y me tendió las doce piedras que había llevado hasta el salón.

Las dispuse en el suelo, conservando el orden que Elin me había mostrado.

—Vosotras ya elegisteis —dije.

Vaerra se agitó dentro de mí. Sentí su irritación como una presión detrás de los ojos.

Vaelor dio un paso hacia la corona.

—Mel, no sabes qué ocurrirá si la rompe.

—Tú tampoco.

—Sé lo que hay al otro lado de esas montañas.

—Y ellas saben lo que significa pasar décadas convertidas en armas.

Vaelor miró a las doce mujeres como había hecho siempre. Buscó fuerza, utilidad y defensa. Sereth soportó la mirada durante varios segundos. Luego se acercó a la piedra azul que había elegido en el bosque y la tocó con una garra.

Una vez.

El sonido fue pequeño. Bastó para que Nadia avanzara hacia la suya. Luego Sera, Dunia, Lysandra y las demás.

Doce golpes sobre la piedra del salón. Vaelor perdió el color del rostro. Ravian sostuvo la corona delante de él.

—Puedes seguir llamándolo seguridad si te ayuda a dormir. Ellas acaban de decirte lo que quieren.

Un estruendo llegó desde el patio. Edrik corrió hacia una ventana rota y miró hacia abajo.

—Los asterianos están entrando por la puerta oriental.

El embajador Orven Sald dio media vuelta.

—Eso es imposible.

—Pregúntaselo a tus soldados —replicó Edrik.

Orven llegó a la ventana y soltó una maldición.

Las tropas que Vaelor había permitido cruzar los pasos avanzaban por el patio interior.

Algunos hombres de la Guardia Negra les cerraban el acceso al castillo mientras otros civiles corrían hacia las galerías inferiores.

El acuerdo que debía garantizar una transición ordenada acababa de mostrar su precio.

Vaelor contempló aquella escena con una expresión que por fin se parecía al miedo.

—Debían permanecer fuera de las murallas hasta recibir mi señal.

—Los ejércitos extranjeros tienen esa mala costumbre —dijo Edrik—. A veces dejan de obedecer cuando ya les has abierto la puerta.

—Mi acuerdo autorizaba una fuerza de contención en los pasos y la protección de la delegación —dijo Vaelor, mirando a Orven—. Nadie debía ocupar el castillo.

Orven sostuvo la mirada de Vaelor. —Cuando una frontera se queda sin mando claro y las defensas sobrenaturales se derrumban, los generales toman decisiones. Ese era el riesgo de pedir tropas para una crisis que todavía no existía.

Ravian volvió hacia mí con la corona entre las manos.

Las novias se distribuyeron por el salón. Sereth se acercó al estrado y una de sus alas rozó el respaldo del trono, que cayó al suelo.

El aire se llenó de polvo y de un olor áspero, parecido al hierro mojado.

Una parte de Vaerra empujó dentro de mí con tanta fuerza que tuve que apoyar una mano en el suelo.

Vi el salón desde mis propios ojos y, al mismo tiempo, desde los cientos de cuervos que cubrían las torres.

Vi a soldados combatiendo junto a la puerta oriental.

Vi a Lessa guiando a tres niños del servicio hacia las bodegas.

Vi a Edrik corriendo por una galería con dos hombres detrás.

Podía intervenir en todos aquellos lugares. La posibilidad apareció limpia y seductora.

Un pensamiento bastaría para enviar aves contra los asterianos.

Otro podría cerrar los ojos de cualquier hombre que se acercara a Elin.

Podría vigilar cada camino por el que ella viajara durante el resto de su vida.

Podría saber dónde estaba Ravian sin preguntárselo.

Podría convertir el miedo en una herramienta tan eficaz como la corona.

«Tómalo», dijo Vaerra.

La voz ya no imitaba a mi hermana ni a mi madre.

Sonaba antigua, cansada y enorme.

«Ellos llaman control a lo que temen. Tú sabes lo que significa perder a alguien.»

Miré a Elin.

Estaba junto a Sereth, con la bolsa vacía apretada contra el pecho. Tenía miedo y se había quedado porque lo había decidido.

Con eso bastaba.

—No voy a vigilarla toda su vida —dije.

Vaerra empujó otra vez.

«Morirá algún día.»

La crueldad de la frase residía en que era cierta.

—Sé que morirá algún día.

Elin me miró.

—¿Con quién hablas?

—Con alguien que cree que puede convencerme recordándome lo evidente.

Mi hermana entendió más de lo que expliqué.

—Pues dile que se vaya a la mierda.

Una risa escapó de mí en el peor momento posible.

Vaerra no rió. Su presencia se hizo más pesada.

«Puedes impedirlo.»

—Podría impedirle muchas cosas. También vivir.

Las plumas de mi espalda ardieron.

Ravian apareció entre el polvo con la corona en las manos. Una de las piezas negras acababa de separarse del aro.

—Mel.

Busqué su cara entre el polvo.

—Estoy aquí.

—Necesito saber si vas a hacerlo.

Entendí la pregunta. Renunciar al poder. Abrir la mano cuando todo mi cuerpo quería cerrarla sobre aquello que podía proteger a los míos.

—Voy a hacerlo.

Ravian no pidió una promesa.

Confiaba en que la elección tendría que pertenecerme cuando llegara el momento.

Vaelor retrocedió hasta chocar con dos guardias.

—Controladlas.

Nadie se movió.

—He dado una orden.

Edrik rió por lo bajo desde el otro extremo de la sala.

—Tienes un problema, Vaelor. Ya no mandas demasiado aquí.

Sereth abrió la boca.

El sonido que salió de ella fue un graznido grave que me hizo vibrar los dientes. Las otras respondieron. Solo hubo alas batiendo, cristales bajo las botas y aquel coro imposible dentro del salón.

Danah vio a varios criados atrapados al otro lado de la puerta oriental. Elin la siguió al corredor para ayudarlos a entrar.

Entonces oí la voz de Vaerra.

«Ven.»

Me llegó desde todas partes. Desde Sereth. Desde el techo.

Desde los cuervos que se acumulaban en los alféizares.

Desde mi propia garganta.

El mundo se abrió ante mí y dejé de verlo desde un solo lugar.

Vi el gran salón desde arriba, vi la nieve acumulada en las almenas, vi a los soldados de Asteria corriendo por el patio interior, vi a Elin junto a Danah en el corredor oriental y a dos hombres intentando cerrarles el paso.

Mi cuerpo seguía junto a Ravian y tuve que obligarme a recordar dónde estaba.

—Mel.

La voz de Ravian llegó desde cerca. Me obligué a volver a mis ojos.

—Elin está en el corredor este.

Edrik ya había oído.

—Voy.

—Ella sabe defenderse.

Él me miró de una forma extraña. Entendí lo que acababa de hacer.

Confiar.

Edrik asintió y salió con cuatro guardias.

Vaelor observaba a las novias con una mezcla de miedo y furia.

Le habían quitado la corona, pero aún esperaba que la costumbre hiciera el resto.

Más de medio salón continuaba mirándolo antes de tomar cualquier decisión.

Había sido regente durante tantos años que el poder seguía marcando el rumbo incluso después de desaparecer.

—Ravian, todavía podemos detener esto —dijo—. No necesitas destruir la casa por una mujer.

Ravian sostuvo la reliquia envuelta en la tela contra su pecho.

—Doce mujeres, tío.

Vaelor apretó los labios.

—Sabes lo que quiero decir.

—Lo sé demasiado bien.

Otro golpe sacudió el castillo. Esta vez vino del interior.

Las puertas del gran salón se abrieron de golpe y entraron varios miembros de la guardia empujando a dos soldados de Asteria. Detrás de ellos apareció Elin. Tenía un corte en la frente, la manga rota y una espada demasiado grande para ella.

—Antes de que empieces —me gritó—, estoy bien.

Danah llegó detrás, más despacio, con las llaves colgando de una mano y sangre ajena en el puño de la otra.

—Tu hermana ha descubierto que golpear con la empuñadura funciona mejor que discutir.

—La próxima vez traeré una espada de mi tamaño —respondió Elin.

Quise correr hacia ella. Mis piernas no se movieron.

Vaerra estaba tirando de mí.

La marca me ardió bajo la manga. La línea dorada rebasó el codo y siguió subiendo. Las plumas de mi espalda empujaron la tela del vestido. Una atravesó el tejido junto al hombro.

Ravian lo vio.

—Empieza.

—Ya había empezado hace tiempo.

—Sabes a qué me refiero.

Lo sabía.