La novia del Rey Cuervo CAPÍTULO 21 #2
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CAPÍTULO 21 #2

—Eres una pesadilla.

—Y voy a ser una pesadilla muy lejos de ti.

Acepté su mano. Vaerra se retiró lo suficiente para dejarme pensar.

Llegar al gran salón nos obligó a atravesar un castillo que ya estaba peleando por mantenerse en pie.

Los corredores que durante semanas me habían parecido demasiado silenciosos estaban llenos de gente.

Criados cargaban cubos de agua por si las flechas incendiarias alcanzaban los tejados.

Dos médicos improvisaban una sala de curas junto a la cocina.

Los soldados de Edrik iban y venían con órdenes que ya no procedían únicamente del rey.

Había capitanes decidiendo por su cuenta, responsables de almacén repartiendo vendas y cocineras señalando rutas de evacuación a hombres armados que las obedecían sin discutir.

Nocthar estaba aprendiendo aquella noche que un reino podía funcionar sin esperar a que una sola persona resolviera cada problema.

Elin caminaba a mi lado con las doce piedras guardadas en una bolsa que había cosido Nira a toda prisa.

—Si me dices que me quede atrás, te muerdo —avisó.

—Estaba pensando en preguntarte dónde quieres estar.

Mi hermana giró la cabeza hacia mí.

—Eso ha sonado doloroso.

—Lo ha sido.

—Quiero estar donde estén ellas.

Se refería a las novias.

Asentí.

Me dio miedo y seguimos andando.

En la galería que conducía al gran salón encontramos a Danah ayudando a Sereth a avanzar. La criatura había recuperado algo de control después de que Lysandra arrancara el fragmento de la corona, aunque el esfuerzo se notaba en cada paso. Danah llevaba una mano apoyada sobre su ala.

—No sé si esto te molesta —le decía—. Si quieres que me aparte, haz algo que pueda entender.

Sereth acercó el ala un poco más a su cuerpo.

Danah respiró por la nariz.

—Siete años y sigues siendo imposible.

Sereth produjo un sonido áspero que, en otro cuerpo, quizá habría sido una risa.

A unos metros, Vaelor caminaba entre dos guardias.

Ya no llevaba corona. Tampoco parecía el hombre seguro que había defendido ante el consejo la necesidad de sacrificar a doce mujeres.

Había descubierto que su gran cálculo podía acabar entregando Nocthar a Asteria y aun así seguía buscando argumentos.

—Si Ravian renuncia ahora, no habrá una autoridad reconocida cuando esos hombres lleguen al salón —dijo.

Ravian ni siquiera volvió la cabeza.

—Habrá un consejo, siete casas, capitanes, jueces y una ciudad llena de personas capaces de pensar sin mí.

—Eso no detiene un ejército.

—Una corona tampoco lo ha detenido. Tú mismo acabas de demostrarlo.

Sereth se apartó de Danah y salió por un ventanal roto. La vi reunirse con las otras en el tejado del gran salón.

Atravesamos las puertas del gran salón con el sonido de combate extendiéndose por los patios inferiores.

El gran salón estaba lleno.

Nobles, guardias, miembros del consejo y parte de la delegación asteriana se habían refugiado allí cuando comenzó el ataque. El murmullo murió al ver a Ravian entrar por la galería lateral.

Su transformación era visible. No podía ocultarla con guantes ni ropa. Detrás llegó Vaelor maniatado. El silencio se hizo aún más pesado.

Orven Sald avanzó desde el grupo de Asteria.

—Majestad, mis hombres han entrado para garantizar la seguridad de nuestra delegación.

—Tus hombres saldrán cuando termine esto.

—Necesito garantías.

—Yo necesito que retires tropas que nadie ha invitado legítimamente.

Orven miró a Vaelor.

—Lord Vaelor actuaba en nombre del consejo.

—El consejo podrá explicarlo en unos minutos.

Ravian descendió hasta el centro del salón. Yo llevaba la corona escondida.

La marca dorada había alcanzado el interior del codo.

Las ventanas empezaron a llenarse de cuervos. Nadie habló.

Ravian miró a los representantes de las siete casas.

—Durante generaciones, la autoridad de mi familia ha estado unida a una reliquia construida mediante un pacto que nunca debió existir. Ese pacto convirtió mujeres en armas y nos enseñó a llamar protección a su condena.

Vaelor intentó interrumpir. Edrik lo obligó a callar con una mirada. Ravian continuó.

—He gobernado gracias a leyes que me concedieron poder por mi nacimiento. También he utilizado ese poder para mantener esta maldición bajo control mientras buscábamos una salida. Hoy esa salida existe.

Un consejero se levantó.

—¿Qué estás diciendo?

Ravian buscó mi mirada. Asentí. No necesitaba permiso, sino saber que seguíamos eligiendo juntos.

—Estoy diciendo que cuando termine esta noche, ningún Corven volverá a reclamar Nocthar por derecho de sangre.

Los miembros del consejo se levantaron al oír a las criaturas sobre el tejado.

Orven Sald tenía la mano vendada desde el baile y una expresión que habría resultado divertida en cualquier otra noche.

Dos representantes de Velaria se apartaron de la mesa para dejar espacio.

Los guardias miraron a Edrik esperando una orden.

Él señaló a Vaelor.

—Detenido por traición al reino, conspiración con una fuerza extranjera y robo de una reliquia de la corona.

—Esa reliquia dejará de ser de la corona en unos minutos —dijo Ravian.

Edrik lo miró.

—Entonces añadiré robo de una cosa muy fea.

Elin soltó una risa que se convirtió en tos al recordar dónde estábamos.

Vaelor perdió la paciencia.

—Todo esto os parece sencillo porque todavía no habéis tenido que contar cadáveres.

—Llevo siete años contándolos aunque sigan respirando —respondió Ravian.

Danah endureció el gesto. Sereth permaneció junto a ella.

Ravian ocupó el centro del salón sin subir al estrado. Ese detalle fue suficiente para que varias personas se miraran.

La corona estaba dentro de la bolsa, agrietada y viva.

Las doce piedras seguían con Elin.

Y fuera, las alas empezaron a cubrir el cielo.

Las nubes se abrieron un momento. A través de los ventanales rotos distinguí las estrellas que habíamos señalado en los cálculos de Dunia. La noche abierta había llegado. Ya no quedaba ningún día que aplazar.

Ravian pidió que trajeran al escribano mayor y los sellos del reino.

Nadie tuvo que preguntarle para qué.

El hombre llegó escoltado por dos guardias, todavía con tinta en los dedos. Cuando vio a las novias sobre el tejado intentó retroceder. Edrik cerró la puerta detrás de él.

—Necesito que registres cada palabra —dijo Ravian.

—Majestad, en estas circunstancias quizá convendría esperar a que…

—Por estas circunstancias.

El escribano abrió su libro.

Ravian miró al consejo. Durante años había ocupado el estrado que quedaba a tres pasos de él. Esta vez permaneció en el suelo.

—La autoridad de la casa Corven se sostiene sobre un derecho hereditario que ninguna persona presente eligió concedernos. Ese derecho está unido a una reliquia creada mediante violencia y a una tradición que ha utilizado a trece mujeres como garantía de poder.

Algunos consejeros empezaron a protestar. Ravian esperó a que bajaran las voces.

—No voy a sustituir una mentira antigua por otra más cómoda. Si la corona se rompe esta noche, también se rompe aquello que justificaba su autoridad. Renuncio al trono de Nocthar, a cualquier derecho de sangre sobre él y a la capacidad de transmitir ese derecho a un descendiente.

El escribano levantó la pluma.

—Necesito que confirme la última parte.

—Escríbela tal como la he dicho.

El hombre obedeció. Vaelor sonrió sin alegría.

—Acabas de destruir más de un siglo de estabilidad en cuatro frases.

Ravian lo miró.

—Más de un siglo de estabilidad no caben en cuatro frases. Tampoco caben las mujeres que pagaron por ella.

Uno de los representantes de las casas preguntó quién gobernaría al amanecer.

—Ustedes —respondió Ravian—. Y los jueces. Y las ciudades. Y los capitanes. Tendrán que discutir, equivocarse y aprender. Yo también estaré aquí mientras haga falta, pero mi apellido dejará de ser una orden.

La sencillez de aquello asustó más a algunos que la criatura golpeando el tejado.

Elin se acercó a mí.

—¿Te das cuenta de que mañana todos van a fingir que esto se podía hacer desde siempre?

—Mañana pueden fingir lo que quieran si llegamos vivos.

La corona golpeó dentro de la bolsa. Ravian terminó de firmar. El escribano secó la tinta con arena. Entonces el techo volvió a temblar.

El salón estalló. Gritos, preguntas, amenazas. Vaelor cerró los ojos. Vaerra habló dentro de mí.

«Ahora te toca.»

La Corona de Hueso Negro empezó a moverse dentro de la bolsa.

La agarré con ambas manos. Las costuras se tensaron. Algo golpeó desde dentro. Una vez.

Otra.

La fisura de Lysandra estaba abriéndose.

Las doce novias golpearon el tejado del gran salón al mismo tiempo.