CAPÍTULO 21
El grito que siguió no salió de una sola garganta.
Las doce novias abrieron el pico y la torre entera vibró.
Vaelor se arrancó la corona de la cabeza.
La sostuvo con ambas manos mientras la sangre le bajaba desde la nariz hasta el labio.
—¿Qué has hecho?
Lysandra permaneció frente a él.
La garra con la que había arrancado el fragmento temblaba.
—Ha elegido —dije.
Vaelor me miró como si acabara de insultarlo.
—Esa cosa no elige.
Lysandra abrió las alas. Vaelor retrocedió.
—Hace cuarenta años era una mujer que escribió cartas para alguien a quien jamás conocería. Quizá llevas años llamándolas cosas y por eso no escuchas cuando te contestan.
Ravian recogió el fragmento de la corona y se lo guardó en el interior de la chaqueta.
La pieza era ligera. Tenía líneas doradas en el interior, similares a las de mi marca.
—Esto estaba unido desde dentro —dijo.
—Dunia señaló trece puntos —recordé—. Doce consumidos y uno pendiente.
Lysandra inclinó la cabeza. Vaelor intentó ponerse la corona otra vez. Sereth se incorporó. La criatura se lanzó contra él.
Esta vez nadie dio la orden.
Uno de los guardias interceptó el golpe y salió despedido contra una columna. Los demás levantaron sus armas.
—¡Bajadlas! —ordenó Ravian.
Dos obedecieron. Los otros cuatro miraron a Vaelor.
El tío de Ravian logró encajarse la corona mientras Sereth volvía a girar.
El efecto fue más débil.
Las novias se tensaron, aunque ninguna cayó de inmediato bajo su control.
La fisura se extendió.
—La habéis dañado —dijo Vaelor.
—Esa es la intención —respondió Ravian.
Abajo sonaron golpes contra las puertas exteriores. El ejército de Asteria había dejado de esperar.
A través de los cuervos vi el patio central.
Edrik distribuía arqueros sobre los corredores superiores.
Los soldados de Nocthar bloqueaban la puerta sur con carros, bancos y cualquier cosa pesada que encontraban.
Danah había conducido al servicio hacia las cocinas antiguas, donde los muros eran más gruesos.
Elin no estaba con ella. Busqué más deprisa. La encontré subiendo una escalera.
—Elin viene hacia aquí.
Ravian soltó una palabrota.
—Dile que baje.
La orden me rozó de una manera distinta. Podía hacerlo.
Podía meterme en los cuervos del corredor, rodearla, impedirle avanzar.
Podía utilizar cientos de cuerpos para obligarla. No lo hice.
—Le diré que aquí es peligroso.
—Ella decidirá.
Ravian me miró. La discusión que habría tenido semanas atrás no llegó a empezar.
—De acuerdo.
Envié un cuervo al rellano.
El animal aterrizó delante de Elin y golpeó dos veces la piedra con el pico.
Mi hermana levantó la cabeza.
—Si eres Mel, deja de hacerte la misteriosa y dime qué quieres.
Casi me reí en mitad de la torre.
Concentré la voluntad. El cuervo voló hacia abajo y regresó al peldaño.
—¿Quieres que baje?
El ave golpeó una vez. Elin apoyó las manos en la cintura.
—Pues dile a Ravian que no pienso hacerlo.
El cuervo me devolvió su expresión con una claridad irritante.
—Viene —dije.
Ravian soltó una maldición entre dientes.
—Es familia tuya.
—Más de lo que imaginas.
Vaelor nos observaba.
—Mientras vosotros aprendéis lecciones familiares, Asteria está derribando la puerta.
—Tú los has traído —respondió Ravian.
—Y puedo hacerlos marcharse si restablecemos el orden.
—Tu orden.
—El que mantiene vivos a nuestros pueblos.
Un estruendo atravesó el castillo. La puerta sur cedió parcialmente. Vi a Edrik retroceder con sus hombres.
También vi algo que él no podía ver. Dos novias cuervo descendían hacia el patio. Vaelor había recuperado parte del control.
—Detenlas —pedí.
—Acércate a la corona.
—No.
—Entonces habrá muertos.
—Los habrá porque tú has abierto la puerta.
Vaelor levantó la mano. Las criaturas aceleraron.
Me metí en todos los cuervos del patio a la vez.
El dolor atravesó mi cabeza.
Aun así conseguí rodear a las novias en el aire. No ataqué. Formé una barrera viva delante de ellas.
Las criaturas chocaron contra la masa negra. Cientos de aves cayeron.
Sentí cada impacto como un latido roto dentro de mí.
Grité.
Ravian me sostuvo por la cintura.
—Sal de ellos.
—Tengo que frenarlas.
—Te está destruyendo.
—Edrik está debajo.
—Y Edrik sabe defenderse.
No quería soltar.
Poder verlos me hacía sentir que todo dependía de mí.
Vaerra aprovechó.
«Puedes protegerlos.»
Vi a Elin subiendo.
Vi una flecha atravesar el hombro de un soldado.
Vi a Danah cerrar una puerta delante de una familia aterrorizada.
Vi a Edrik levantar su espada.
«Puedes proteger a todos.»
La oferta era perfecta. No prometía coronas ni inmortalidad. Prometía que nadie escaparía de mi vigilancia.
La clase de seguridad que yo había perseguido desde que nuestra madre enfermó.
Ravian me agarró la cara con la mano que todavía conservaba humana.
—Mírame.
Me costó encontrar mis propios ojos. Su rostro apareció entre cientos de imágenes.
—No puedo dejarlos.
—No te pertenecen.
Dolió porque era verdad.
Edrik, Danah y, menos que nadie, Elin me pertenecían.
Podía ayudarlos. Podía luchar con ellos. Convertir mi miedo en una cadena no los mantendría vivos.
Solté a los cuervos.
El mundo regresó a la torre con tanta brusquedad que vomité sobre la piedra.
Ravian se quedó conmigo hasta que pude respirar.
—Encantador —murmuré.
—Me estaba planteando decírtelo.
—Guárdalo para cuando sobrevivamos.
Una voz llegó desde la escalera.
—¿Habéis terminado de poneros románticos?
Elin apareció junto a la puerta. Edrik venía detrás, furioso y cubierto de polvo.
—He intentado detenerla.
—Muy mal —dijo Elin.
—Gracias por la evaluación.
Edrik miró a Vaelor.
—Los asterianos han entrado en el primer patio. No quieren avanzar mientras las criaturas estén sobre nosotros. Orven Sald está intentando convencer a sus propios hombres de que esto sigue siendo un acuerdo diplomático.
—¿Puedes contenerlos? —preguntó Ravian.
—Durante unos minutos.
—Nos bastará.
Vaelor se rió.
—¿Para qué?
Ravian miró la corona.
—Para terminarlo.
La transformación le había alcanzado el cuello. Plumas oscuras asomaban bajo el borde de la camisa. Su mano derecha ya no podía cerrar bien.
—Necesitamos llegar al gran salón —dije.
Edrik miró hacia las puertas del corredor.
—¿Para qué?
—La renuncia de Ravian debe ser pública. El derecho de sangre no puede desaparecer en una torre con seis testigos.
Vaelor entendió.
—Si abdicas ahora, el consejo nombrará un regente.
—No voy a abdicar a favor de otro Corven.
—No puedes borrar siglos de ley con una frase.
—Puedo renunciar a mi derecho. Lo que venga después lo decidirá Nocthar sin esta corona.
Vaelor apretó los dientes.
—Y dejarás el reino abierto a Asteria.
—Tú ya lo has abierto.
Ravian se levantó. Sereth se colocó delante de él y, en lugar de atacar, lo observó. Él levantó la mano deformada.
—No voy a tocarte.
Sereth bajó lentamente la cabeza. Ravian dejó caer la mano.
—Lo siento.
La criatura emitió un sonido bajo. En el exterior, las otras novias respondieron. Vaelor intentó ordenarles que cerraran el paso. La corona tembló.
Lysandra volvió a tirar de la fisura. Vaelor la golpeó con el brazo. Sereth reaccionó. Las dos criaturas se abalanzaron sobre él.
Los guardias huyeron hacia la escalera.
Edrik desarmó al primero. El segundo se rindió sin que nadie tuviera que tocarlo. Los otros comprendieron muy rápido que permanecer al lado de Vaelor ya no significaba estar del lado fuerte.
—Reducidlos —ordenó Edrik.
Sus hombres esposaron a los guardias.
Vaelor cayó contra una columna con las novias encima. La corona rodó por el suelo.
Yo la vi detenerse junto a mis pies. Vaerra calló. Eso resultó peor. La recogí. Ravian vio lo que llevaba en la mano.
—Tenemos que llevarla al gran salón.
—Dámela.
—Tu mano apenas funciona.
—Justo por eso.
Elin fijó la atención en la reliquia.
—¿Te está diciendo algo?
—Ahora mismo, nada.
—Entonces está pensando.
—Gracias por tranquilizarme.
—Para eso he venido.
Guardé la corona dentro de una bolsa de tela que Edrik arrancó de un estandarte decorativo. Seguía sintiendo su presencia incluso sin tocarla.
Vaelor se incorporó. Tenía la cara ensangrentada. Sereth mantenía una garra sobre su pecho.
—Si vais al gran salón, os matarán antes de llegar.
Edrik miró hacia la escalera.
—Puede que tenga razón.
—Qué alegría —respondí—. Hoy todos estamos aprendiendo cosas.
Ravian señaló una puerta estrecha detrás de las vigas.
—Existe una escalera de servicio que baja hasta la galería superior del salón.
Danah había mencionado caminos antiguos, pero jamás aquel. Edrik negó despacio.
—Llevo media vida en este castillo.
—Y yo nací aquí.
—Empiezo a comprender por qué eres tan insoportable.
—Me alegra que Danah haya conseguido crear escuela.
La puerta estaba bloqueada por un cerrojo oxidado. Ravian lo rompió con la mano transformada.
El gesto le costó. Se dobló sobre sí mismo.
Las plumas de su cuello avanzaron.
—Ravian.
—Sigo aquí.
—No te pregunto eso.
Me miró.
—Sé lo que me estás preguntando.
No había tiempo para discutir. Sereth retiró la garra de Vaelor. Él intentó levantarse.
Edrik lo redujo y le ató las manos por delante.
Durante el forcejeo, Vaelor chocó de lleno contra Ravian antes de que Edrik consiguiera apartarlo. Nadie se detuvo a comprobar bolsillos mientras el castillo temblaba bajo nuestros pies.
—Vienes con nosotros.
—¿Para exhibirme?
—Para que expliques a Asteria por qué la has invitado a una guerra que no existe.
Elin recogió la piedra azul de Sereth antes de seguirnos y la guardó con las otras once.
Bajamos por la escalera estrecha.
Las piedras estaban húmedas y el aire olía a hollín antiguo. Elin caminaba delante de mí. Ravian detrás. Edrik obligaba a Vaelor a avanzar al final.
A mitad del descenso, Vaerra volvió.
«Mel.»
Seguí caminando.
«Si renuncias, perderás mis ojos.»
Lo sabía.
«Perderás mis alas.»
También.
«Cuando tu hermana cruce una frontera, no podrás verla.»
Elin se giró.
—¿Qué pasa?
—Nada que no esperáramos.
—Está intentando convencerte.
—Tiene argumentos muy personalizados.
Elin bajó un peldaño y me ofreció la mano.
—Cuando cruce una frontera, tendrás que escribirme como hacen las hermanas normales.