CAPÍTULO 20 #2
Elin observó la corona.
—Me quedo junto a la puerta.
Edrik soltó una maldición y se quedó con ella.
Vaelor me señaló.
—Lysandra creyó que podía aceptar el vínculo y conservarse. Le faltaba una parte del poder. A ti no te falta.
—¿Y quieres que me ponga esa cosa?
—Quiero que la toques mientras yo la llevo.
Ravian enseñó los dientes. Durante un instante parecieron demasiado afilados.
—Si la acercas a ella, te arranco la cabeza.
Vaelor lo miró con una tristeza casi sincera.
—Eso intento evitar.
Una campana empezó a sonar en el castillo. Tres golpes largos. Edrik palideció.
—Puerta sur del castillo.
Los asterianos habían llegado. Vaelor hizo un gesto. Dos novias abandonaron la torre por las ventanas.
Yo vi hacia dónde iban antes de que nadie pudiera preguntar.
—Las está enviando a la muralla.
Ravian miró a Vaelor.
—Detenlas.
—La frontera necesita una demostración.
—Tus aliados están al otro lado.
—Por eso será controlada.
—Una criatura controlada por una corona que nunca has usado.
Vaelor perdió la paciencia.
—He gobernado este reino más años de los que tú recuerdas.
—Fuiste regente. Ese matiz te ha molestado toda la vida.
La corona reaccionó a la rabia de Vaelor. Las novias se agitaron. Sereth volvió a atacar.
Esta vez Ravian no consiguió apartarse del todo. Una garra le abrió el hombro. La sangre manchó su camisa.
El mundo se llenó de alas. Grité su nombre. Los cuervos respondieron.
Una masa negra entró por las ventanas y cayó sobre Sereth.
—¡Apartaos de ella! —ordené.
Las aves obedecieron. Sereth quedó libre. Vaelor levantó ambas manos. La corona tiró de ella en una dirección. Mi voluntad en otra.
Sereth empezó a convulsionar.
—¡Basta! —gritó Elin.
Retiré mi orden. Vaelor hizo lo mismo un momento después. Sereth cayó al suelo. Ravian se arrodilló junto a ella.
La criatura respiraba con dificultad.
—Mira lo que estás haciendo —le dijo a Vaelor.
Vaelor tenía sangre bajo la nariz.
Se la limpió con el dorso de la mano.
—El control exige esfuerzo.
—A ella también.
Vaelor dejó pasar la pregunta. La campana volvió a sonar: cinco golpes esta vez.
Edrik salió al rellano y gritó órdenes hacia abajo.
Un guardia llegó corriendo.
—Capitán, hay hombres del consejo dentro de la armería. Han cerrado el acceso.
—¿Cuántos?
—Al menos una docena.
—¿Y la puerta sur?
—Los asterianos exigen entrar para proteger a su embajador y garantizar el orden.
Edrik miró a Ravian.
—Estamos divididos.
Ravian se puso en pie. La sangre seguía bajándole por el brazo.
—Lleva a la guardia leal al patio central. Que nadie abra la puerta sur. Si intentan entrar, mantened posición sin atacar mientras sea posible.
—¿Y aquí?
Ravian miró a las novias que seguían en la torre.
—Aquí me quedo yo.
—Te estás transformando.
—Lo sé.
Edrik cerró los dedos alrededor de la empuñadura.
—Odio cuando dices eso con tanta calma.
Elin tocó el brazo de Edrik.
—Vamos.
Él la miró.
—Tú vas con Danah.
—Voy a ayudar a sacar gente de los corredores.
—Eso sigue siendo ir con Danah.
—Entonces estamos de acuerdo.
Se fueron. Danah se quedó unos segundos más.
—Ravian.
Él giró.
—¿Qué ocurre?
—Sereth siempre decía que eras insoportable cuando creías tener razón.
Ravian miró a la criatura tendida.
—Sigue pensándolo.
—Procura que pueda decírtelo ella misma.
Danah salió.
Quedamos Vaelor, sus hombres, Ravian, las novias y yo.
Una situación que habría parecido absurda semanas atrás ya era nuestra realidad.
Vaelor respiraba con dificultad. La corona le estaba cobrando cada orden.
—Dámela —dije.
Ravian giró hacia mí.
—He dicho que me la dé. No que vaya a ponérmela.
Vaelor sonrió.
—Puedes tocarla.
—Puedo. También puedo elegir no hacerlo.
Di un paso hacia él. Los seis guardias levantaron las armas.
—Si me matan, pierdes a la única persona que puede completar tu plan.
Vaelor hizo una señal. Las espadas bajaron. Seguí acercándome. La marca dorada avanzó por mi muñeca.
«Tócala.»
Vaerra hablaba con una dulzura que me asustó más que sus amenazas.
Vi a Elin a través de un cuervo del corredor. Ayudaba a Danah a sacar a dos niños de una habitación del servicio. Edrik corría hacia el patio.
Podía verlo todo. Podía protegerlos a todos. Solo tenía que aceptar. Me detuve a dos pasos de Vaelor.
—¿Sabes qué me ofrece?
Él negó lentamente.
—Poder.
—Eso ya lo tienes.
—Me ofrece no volver a perder de vista a nadie que quiera.
Vaelor pareció comprender por fin.
—Entonces entiendes por qué no se abandona una herramienta útil.
—Entiendo lo fácil que es empezar a llamar herramienta a una jaula.
Extendí la mano. Vaelor acercó la suya.
La Corona de Hueso Negro quedó a pocos centímetros de mis dedos.
El dolor de la marca desapareció. Eso me asustó. Todo mi cuerpo se relajó. Las plumas de mi espalda dejaron de empujar.
El ruido de los cuervos se convirtió en un murmullo ordenado.
Vaerra estaba allí, esperando.
«Abre.»
Mis dedos rozaron la corona. Vi el castillo entero. Vi las montañas. Vi la columna asteriana frente a la muralla.
Vi aldeas, caminos y bosques bajo la nieve.
Vi a doce mujeres encerradas en cuerpos que ya no eran suyos.
Y vi una memoria que tampoco me pertenecía. Eira de rodillas.
Un rey colocando aquella misma corona sobre su cabeza.
Una mano masculina obligándole a levantar el rostro.
La sensación de una voluntad aplastada bajo una ceremonia que todos llamaban sagrada.
Retiré la mano.
El golpe de realidad me hizo caer de rodillas.
Vaelor perdió el equilibrio. La corona se inclinó sobre su frente. Ravian llegó hasta mí.
—Mel.
—La he visto.
—¿A quién?
—A Eira.
Vaelor se sujetó la corona.
Una fisura fina había aparecido en uno de los extremos negros.
Lysandra descendió desde la viga sin atacar a ninguno de los dos. Toda su atención estaba en la fisura.
Y entonces hizo algo que Vaelor no había ordenado.
Introdujo una garra bajo una pieza suelta de la corona.
Tiró.
El fragmento negro cayó al suelo. Vaelor gritó.
Las doce novias levantaron la cabeza al mismo tiempo.
La corona perdió el control.