CAPÍTULO 20
Ravian me apartó cuando Sereth cayó sobre nosotros.
Sus garras chocaron contra la piedra donde había estado mi cabeza.
Edrik se interpuso con la espada, aunque evitó atacar. Sabía lo mismo que todos: las criaturas que llenaban la torre eran víctimas. Herirlas para detener a Vaelor podía resultar necesario, pero nadie quería ser quien diera ese paso.
Sereth volvió a lanzarse.
—¡Sereth! —gritó Ravian.
Ella no reaccionó. Vaelor alzó una mano. La criatura se detuvo en mitad del movimiento.
La Corona de Hueso Negro parecía demasiado pequeña para producir aquello. Un aro oscuro, irregular, construido con piezas que parecían piedra pulida hasta que la luz revelaba vetas similares a hueso.
—Funciona —dijo Vaelor.
—Estás jugando con algo que no comprendes —respondí.
—Llevo toda mi vida comprendiéndolo.
Vaelor habló mientras Sereth permanecía inmóvil bajo su orden.
—Cuando yo tenía veintisiete años, Asteria cruzó el paso de Lorn con casi cuatro mil hombres. Ravian era un niño. Su padre estaba enfermo y el consejo discutió durante dos jornadas enteras sobre quién debía mandar las tropas. ¿Sabes cuántas casas ardieron mientras discutíamos?
Nadie respondió.
—Ciento diecisiete. Yo recorrí esas aldeas. Vi lo que quedaba de las familias que no llegaron a las murallas. Luego el rey utilizó la corona. Las novias descendieron sobre el ejército asteriano y la invasión terminó antes del amanecer.
Edrik mantenía la espada baja.
—También murieron soldados nuestros aquella noche.
—Murieron ciento ochenta y tres. Habrían muerto miles.
—Siempre tienes una cifra preparada —dije.
Vaelor me miró.
—Porque gobernar consiste muchas veces en contar lo que costará una decisión antes de permitirte sentirte virtuoso por tomarla.
Detrás de él, Sereth tenía las garras clavadas en el suelo. Su cuerpo obedecía. La cabeza permanecía ligeramente inclinada, como si dentro continuara luchando por mirar hacia otro lugar.
Elin me tendió la piedra azul de Sereth. Vaelor se fijó en ella.
—¿Qué es eso?
—Una respuesta.
La dejé sobre la piedra entre Sereth y yo.
—La eligió ella.
—Una criatura golpeó una piedra.
—Sereth eligió destruir la corona.
Vaelor apretó los labios.
—Sereth dejó de existir hace siete años.
Danah dio un paso adelante.
Hasta entonces había permanecido junto a la puerta, observando la escena con una quietud que conocía demasiado bien. Cuando habló, lo hizo sin elevar la voz.
—Yo la vi perder palabras. La vi olvidar cómo funcionaba una cuchara.
La vi despertarse sin recordar mi cara y volver a reconocerme dos horas después.
Estuve allí cuando sus dedos empezaron a romperse para convertirse en eso que tienes delante.
Puedes decir que murió si te facilita utilizarla. Yo no voy a ayudarte.
Sereth movió un ala. Vaelor giró la corona apenas unos centímetros. El movimiento de ella se detuvo.
La furia me subió tan deprisa que Vaerra reaccionó con ella. Docenas de cuervos golpearon los marcos rotos de la torre.
«Déjame», susurró dentro de mi cabeza.
Aparté la voz. Vaelor lo vio.
—Ese poder también te gusta.
—Cada vez menos cuando te veo utilizar el tuyo.
—Y aun así quieres renunciar a la única defensa que impide que Asteria vuelva a entrar.
—Quiero que las personas que forman esa defensa puedan decidir si desean seguir haciéndolo.
—¿Y si dicen que no?
—Entonces tendremos que aprender a defendernos sin convertirlas en propiedad.
El silencio que siguió fue roto por tres golpes en la puerta inferior.
Edrik se tensó.
Los golpes seguían la señal utilizada por la Guardia Negra cuando una posición interior había caído.
Un soldado apareció segundos después, con nieve en los hombros y sangre ajena en la manga.
—Capitán. Han abierto la puerta oriental de la ciudad.
Edrik palideció.
—¿Quién?
El hombre miró a Vaelor.
—Guardias del consejo.
Vaelor no pareció sorprendido. Ravian sí.
—¿A quién han dejado entrar?
El soldado tardó demasiado en responder.
—La avanzadilla de Asteria.
La noticia recorrió la torre antes de que nadie pudiera reaccionar.
Edrik salió al corredor y empezó a repartir órdenes. Ravian quiso seguirlo, pero Vaelor movió la corona y tres de las novias bloquearon la puerta. Sus alas chocaron contra las paredes. El espacio se volvió demasiado estrecho para ellas y aun así obedecieron.
—Si sales —dijo Vaelor—, Sereth atacará a quien esté delante.
Ravian se detuvo. Yo miré la piedra azul en el suelo.
—Sereth, escucha mi voz.
La criatura no se movió.
—Elin está aquí. Danah está aquí. Ravian está aquí. Tú elegiste romper esa corona. Nadie puede quitarte lo que elegiste.
Una de sus garras raspó la piedra.
Vaelor tensó la mandíbula y giró el aro negro.
Sereth levantó un ala. La bajó otra vez. El gesto costó tanto que la articulación tembló. Danah se acercó un paso.
—Muy bien —dijo con una ternura que casi nunca le había oído—. Haz lo que puedas. Con eso basta.
Las otras novias empezaron a reaccionar. Dunia giró la cabeza hacia una ventana. Sera abrió y cerró una mano deformada. Lysandra volvió a mirar la fisura de la corona.
Vaelor entendió que perdería el control si prolongaba aquella lucha.
—Habéis pasado semanas enseñándoles a recordar que fueron personas —dijo—. Qué conmovedor. También habéis olvidado que fuera hay un ejército que no se detendrá porque ellas tengan sentimientos.
—Por eso hay soldados —respondió Edrik desde la puerta.
Uno de los hombres de Vaelor intentó cerrarle el paso. Edrik lo desarmó con un golpe seco y lo empujó contra la pared.
—Y por eso tenemos que llegar al gran salón antes de que tus aliados decidan que el acuerdo que firmaste ya no les sirve.
Vaelor miró hacia las ventanas. A lo lejos sonó una campana. Una llamada larga. Dos cortas. Ravian cambió de expresión.
—Puerta interior.
Edrik asintió.
La ciudad no estaba siendo invadida desde fuera. Habían abierto el camino desde dentro.
—Has entendido cómo utilizar una cadena. Eso no significa que entiendas a quien está encadenado.
Vaelor bajó la mano. Sereth retrocedió.
Las otras novias ocuparon las ventanas y las vigas. Reconocí a Dunia por la deformación de una de sus alas. Sera llevaba todavía un pequeño resto de hilo rojo alrededor de una garra. Lysandra estaba sobre una viga alta, tan inmóvil que parecía tallada en carbón.
Elin miró alrededor.
—¿Puede obligarlas a hacer cualquier cosa?
—No durante mucho tiempo —dijo Ravian.
Vaelor lo oyó.
—Eso creías porque vuestro linaje siempre tuvo miedo de usar la corona completa.
La mano derecha de Ravian terminó de deformarse delante de nosotros. Los nudillos sobresalieron bajo la piel y las uñas se curvaron.
Vaelor señaló la transformación.
—Tu padre sabía contenerlo.
—Mi padre murió por contenerlo.
—Tu padre murió porque dudó en el momento equivocado.
Ravian intentó avanzar. Tres novias descendieron entre ambos. Edrik agarró a Elin por el hombro.
—Tenemos que sacarla de aquí.
—Tengo nombre —protestó ella.
—Y quiero seguir utilizándolo mañana.
Elin no discutió más. Yo quise acompañarlos. Mis piernas no respondieron.
La presión de la corona se había metido bajo mi piel. Las plumas de mi espalda empujaban al mismo ritmo que los latidos.
«Acércate.»
Vaerra me llamaba desde todas partes.
—Mel —dijo Ravian.
—Puedo andar.
Di un paso. El mundo cambió. Dejé de mirar desde mis propios ojos.
Vi la torre desde las vigas, desde el tejado, desde el patio, desde el bosque.
Cientos de imágenes me atravesaron al mismo tiempo.
Edrik llevando a Elin hacia la escalera.
Danah corriendo por un corredor con cuatro criadas.
Guardias cerrando las puertas del gran salón.
Hombres de Vaelor ocupando el acceso norte.
Y, más allá de los muros, doce caballos sin jinete.
Vaelor había fingido su salida mejor de lo que habíamos supuesto. Sus hombres habían soltado los caballos hacia el camino para dejar huellas.
También vi algo peor.
El grueso de la columna asteriana subía desde la ciudad hacia el castillo.
Estandartes de Asteria.
—El resto viene hacia el castillo —dije.
Edrik se detuvo.
—¿Cuántos ves?
—Una columna entera.
Vaelor cerró los ojos un segundo. Fue suficiente para confirmarlo. Ravian lo entendió.
—Les has abierto la frontera.
—Les he ofrecido una entrada controlada.
—Has metido un ejército extranjero en Nocthar.
—Un contingente. Orven Sald cree que viene a garantizar la estabilidad durante una crisis de sucesión.
—¿Qué sucesión?
Vaelor sonrió con cansancio.
—La que empieza cuando el rey renuncia o muere.
Ravian avanzó entre las novias.
Sereth le golpeó el pecho con un ala y lo lanzó contra la pared.
Oí el impacto. Algo dentro de mí respondió con violencia. Los cuervos de la torre se agitaron. Vaelor me miró.
—Ahí está.
—¿Qué quieres de mí?
—Lo mismo que tú. Que tu hermana viva. Que este reino sobreviva. Que Ravian no tenga que morir.
—Te falta la parte donde tú conservas el poder.
—El poder es una herramienta.
—También una excusa excelente.
Vaelor estiró la mano hacia mí.
—La corona y tú podéis estabilizar el ciclo. Las doce seguirán protegiendo las montañas y la decimotercera no tendrá que completarse.
Ravian se incorporó.
—Eso no existe.
—Lysandra lo intentó.
Me quedé mirándolo. Vaelor disfrutó de mi sorpresa.
—Hay archivos que Danah no conservó.
Danah acababa de llegar a la puerta cuando escuchó su nombre.
—Porque los quemaste —dijo.
Vaelor giró.
—Tu madre guardó documentos que pertenecían a la corona.
—Mi madre guardó los nombres de mujeres a las que tu familia convirtió en armas.
—También guardó un intento de Lysandra por vincularse voluntariamente a la reliquia.
Miré hacia la criatura que había sido Lysandra.
—¿Qué pasó?
Vaelor respondió sin apartar los ojos de Danah.
—Falló porque no era la última.
La palabra se clavó en mí. Elin volvió a la entrada. Edrik intentó retenerla.
—Ni se te ocurra —dijo ella—. Si vais a hablar de mi hermana como si fuera una pieza, pienso escucharlo.
—Elin, baja —pedí.
Su mirada me recordó nuestra discusión.
Cambié la frase antes de repetir el mismo error.
—Quiero que estés lejos de Vaelor, pero la decisión es tuya.