CAPÍTULO 19
La llave dejó de calentarse en cuanto Ravian cerró los dedos alrededor de ella.
Sereth seguía al otro lado del cristal. No volvió a golpear. Tampoco se marchó.
—¿Está aceptando? —preguntó Elin.
Danah miró hacia la ventana.
—Con Sereth aprendí a no confundir silencio con permiso.
Me acerqué al cristal. La criatura inclinó ligeramente la cabeza. La cinta azul que Elin llevaba anudada a la muñeca apareció reflejada entre nosotras.
—Vamos a entrar en tu habitación —dije—. Queremos esconder allí la corona. Si no quieres que lo hagamos, encuentra la forma de decírnoslo.
Edrik me miró de lado.
—¿Esperas que responda?
—Ha respondido cosas más difíciles.
Sereth abrió las alas. Durante un instante ocupó casi toda la ventana. Luego retrocedió hasta desaparecer del patio.
Ravian guardó la llave bajo la camisa.
—Podemos interpretarlo de muchas maneras.
—Pues no interpretemos —dijo Elin—. Vamos allí y vemos qué hace.
Me gustó escucharla. Semanas atrás habría buscado una razón para dejarla encerrada en mi habitación. Ahora tuve que recordarme que aquella decisión ya no me pertenecía.
Edrik se quedó coordinando a la guardia.
Vaelor había abandonado el consejo acompañado por dos representantes y nadie sabía dónde estaba.
Ravian ordenó reforzar la vigilancia de las puertas exteriores sin impedir la salida de los invitados que aún quedaban tras el solsticio.
Si Vaelor quería marcharse, permitirle hacerlo podía ser más seguro que convertir Nocthar en una cárcel con él dentro.
Danah discrepó.
—Si sale, volverá con hombres.
—Si lo retengo sin acusación formal, mañana tendrá a medio consejo defendiendo que soy yo quien prepara un golpe —respondió Ravian.
—Entonces encuentra una acusación.
—Estoy trabajando en ello.
Danah masculló algo mientras caminábamos hacia la parte más antigua del ala oriental.
La habitación de Sereth quedaba en un tramo que yo había recorrido varias veces sin saber que existía una puerta detrás de un tapiz. Danah apartó la tela. El muro parecía limpio hasta que Ravian introdujo la llave en una ranura estrecha entre dos piedras.
Sonó un mecanismo al otro lado.
La puerta se dibujó poco a poco en la pared.
El aire que salió tenía olor a madera cerrada, polvo y lavanda seca.
Ravian tardó en empujar.
—Si prefieres que entre yo —dije.
—La vi cerrar esta puerta cuando todavía podía abrirla con sus propias manos.
Su voz apenas cambió, pero dejó de mirar la cerradura.
—Entonces entra cuando quieras.
Elin y Danah guardaron silencio. Ravian abrió. La habitación llevaba siete años detenida.
Una manta doblada en el respaldo de una silla.
Tres libros junto a la cama. Un vaso de metal sobre una mesa pequeña.
En una esquina había un baúl con la tapa abierta y un vestido gris colgaba de un biombo.
El polvo se había adueñado del suelo, aunque alguien había colocado flores secas dentro de una jarra.
Miré a Danah.
—Entro una vez al año —admitió—. Ravian me deja la llave.
—Pensaba que estaba sellada.
—Lo está para casi todos.
Ravian caminó hasta la ventana.
Allí había marcas profundas en la piedra. Cuatro surcos paralelos bajaban desde el alféizar hasta el suelo.
No pregunté de dónde habían salido.
—¿Dónde ocurrió? —preguntó Elin.
Danah señaló la ventana. La madera del marco conservaba arañazos profundos.
—Empezó allí. Sereth pidió que la atáramos antes de perder el control. Ravian se negó hasta que intentó saltar sobre uno de los médicos. Terminamos usando las cortinas porque no teníamos cuerdas en la habitación.
Elin observó los restos de tela recogidos a un lado.
—¿Ella os lo pidió?
—Sereth nos lo pidió.
Importaba que Sereth hubiese sido quien respondiera. Después de todo lo ocurrido, cada decisión recuperada tenía peso.
El armario conservaba ropa de Sereth. Danah abrió un cajón y encontró varias cintas azules idénticas a la que había entregado a Elin.
—Se las ponía en el pelo —dijo.
Elin soltó la suya. La dejó sobre la cama.
—Entonces debería estar aquí.
Una sombra pasó frente a la ventana. Sereth aterrizó en el alféizar exterior.
Su cuerpo apenas cabía. Las garras arañaron la piedra antigua. Miró la cinta y después a Elin.
No atacó. Ravian dio un paso hacia ella. Sereth tensó las alas. Él se detuvo.
—Entendido.
Me sorprendió que sonriera, aunque fue una sonrisa triste.
—Sigue enfadada conmigo.
—Tiene motivos —dijo Danah.
—Tiene demasiados.
Sereth volvió la cabeza hacia mí. La marca de mi muñeca empezó a arder.
—Necesitamos esconder aquí algo que pertenece a la maldición —le expliqué—. Queremos destruirlo cuando llegue el momento. Si permitir que entre la corona te hace daño, impedirlo también es una elección.
La criatura abrió el pico. Salió un sonido áspero, demasiado grave para un ave.
Luego estiró una garra hacia el interior. La apoyó en la piedra.
Esperó.
Ravian comprendió antes que yo.
Sacó la llave y la depositó junto a la garra.
Sereth la cubrió con uno de sus dedos deformados.
La puerta de la habitación se cerró sola a nuestra espalda.
Elin dio un respingo. Sereth retiró la garra. La llave quedó dentro.
—Creo que ha contestado —dije.
Ravian recogió la llave.
—Y creo que acaba de recordarme quién manda en esta habitación.
Sereth desapareció de la ventana.
Elin recogió la cinta que había dejado sobre la cama y volvió a anudársela en la muñeca.
Solo faltaba ir a buscar la corona a la cripta.
La tensión cedió lo suficiente para que Edrik llegara corriendo y la devolviera de golpe.
—Tenemos un problema.
Su chaqueta estaba abierta y llevaba la mano apoyada sobre la empuñadura de la espada.
—Vaelor ha salido del castillo.
Ravian frunció el ceño.
—Eso no es un problema. Era una posibilidad.
—Ha salido con doce hombres de la Guardia del Consejo y ha dejado a otros ocho dentro.
—¿Dónde están esos ocho?
—No los encuentro.
Danah cerró el cajón de Sereth.
—La corona sigue en la cripta.
Ravian ya estaba caminando.
Bajamos por el corredor con Edrik delante. Elin se mantuvo a mi lado. Danah desapareció por una escalera secundaria para ordenar al servicio que permaneciera en sus habitaciones.
Los guardias personales de Ravian nos esperaban en la entrada de la cripta. Dos estaban inconscientes, uno sangraba por la sien y el cuarto había desaparecido.
Edrik se agachó junto a uno de ellos.
—Respira.
Ravian abrió la puerta. La cámara y la urna de piedra parecían intactas hasta que levantó la tapa.
Estaba vacía.
La Corona de Hueso Negro ya no estaba allí.
El silencio dentro de la cripta duró poco. Edrik empezó a dar órdenes. Cerró las salidas, mandó hombres a los establos y envió dos patrullas hacia el camino del norte.
Yo seguía mirando la urna vacía.
—Vaelor ha salido con sus hombres para que pensemos que se la llevó.
Ravian giró hacia mí.
—¿Por qué?
—Porque necesitaba que buscáramos fuera.
Elin miró a los dos guardias inconscientes.
—Y ha dejado ocho dentro.
Edrik maldijo.
—Torre de los Cuervos.
El nombre nos hizo reaccionar a todos.
Subimos.
Las aves empezaron a agitarse antes de que alcanzáramos la mitad de la escalera. Miles de alas golpeaban madera y piedra por encima de nuestras cabezas.
Yo podía sentirlas.
La sensación tenía más fondo que durante el baile. Había miedo entre ellas y una orden que no procedía de mí.
«Ven.»
Vaerra utilizó mi propia voz. Apreté la barandilla.
—La corona está arriba.
Ravian no preguntó cómo lo sabía. La puerta de la torre estaba abierta.
Dos hombres de la Guardia del Consejo custodiaban la entrada.
Edrik desenvainó.
—Apartaos.
Uno de ellos levantó la espada.
—El consejo ha asumido la custodia de la reliquia.
—El consejo no ha votado nada parecido.
—Tenemos órdenes del regente.
Ravian lo miró con una quietud que resultó más amenazadora que cualquier grito.
—No existe un regente desde que heredé el trono.
El hombre dudó. Solo un instante.
Edrik aprovechó para golpearle la muñeca y desarmarlo. El segundo guardia atacó. Ravian lo frenó con el antebrazo y lo empujó contra la pared. El choque me dejó ver cómo sus uñas, ya oscurecidas, rasgaban la manga del uniforme del hombre.
Elin retrocedió.
—Mel.
La marca me ardía hasta el codo.
—Estoy bien.
La mentira no llegó lejos. Los cuervos de la torre comenzaron a gritar.
Miles.
La puerta superior se abrió de golpe. Una corriente helada bajó por la escalera. Subimos los últimos peldaños. Vaelor estaba esperándonos.
No había abandonado el castillo.
Llevaba la Corona de Hueso Negro entre las manos.
A su alrededor permanecían seis guardias. Karel Vos estaba entre ellos y Elin lo reconoció antes que yo. El hombre desaparecido de la cripta también.
—Tío —dijo Ravian—. Déjala en el suelo.
Vaelor observó la corona.
—Llevo más de treinta años viendo cómo tu familia la teme.
—También es tu familia.
—Por eso sé lo que cuesta mantener este reino.
—Lo que ha costado a otros.
Vaelor levantó la mirada.
—Siempre cuesta a otros. Esa es la parte que un rey aprende antes o después.
—Entonces nunca aprendí a ser el rey que querías.
—Eso salta a la vista.
Dio un paso hacia el centro de la torre.
Los cuervos se apartaron de él.
—Vaelor —intervine—. La corona no controla a Vaerra.
—Controla suficiente.
—A las novias, durante un tiempo. Cada uso empeora al que la lleva.
—Tu prometido tiene treinta años y sigue vivo.
Ravian se quitó el guante derecho. Las uñas negras bastaron como respuesta. Vaelor lo miró y no mostró sorpresa.
—Tu padre sufría lo mismo.
La confesión le borró cualquier gesto del rostro.
—Nunca me lo dijiste.
—Tu padre entendía que algunas verdades solo sirven para debilitar a quien debe gobernar.
—Mi padre murió con cuarenta y seis años.
—Y sostuvo Nocthar durante veintidós.
Elin dio un paso hacia mí. Sentí cómo los cuervos cambiaban de posición. Todos miraron a Vaelor. Él levantó la corona.
—Nocthar no sobrevivirá a una guerra sin ellas.
—Las has llamado ellas —dije—. Al menos ya has aprendido que fueron mujeres.
Su boca se endureció.
—Nunca he olvidado lo que fueron.
—Lo importante es lo que decides hacerles ahora.
Vaelor se colocó la corona. El efecto fue inmediato. Los cuervos callaron. Cada ave de la torre bajó la cabeza.
La presión detrás de mis ojos me hizo perder el equilibrio.
Ravian me sujetó. Las ventanas explotaron hacia dentro. Cristales y nieve invadieron la sala.
La primera figura negra que atravesó el hueco fue Sereth. Las demás llegaron detrás hasta que las doce novias ocuparon la torre.
No llegaron como aliadas.
Sus cuerpos se movían con una precisión que yo no les había visto nunca.
Todas miraban a Vaelor. Él sonrió.
—Ahora veremos si la corona todavía recuerda a quién debe obedecer.
Sereth giró la cabeza hacia Ravian. Durante un segundo creí que lo reconocía. Luego se lanzó contra él.