La novia del Rey Cuervo CAPÍTULO 18 #2
85%

CAPÍTULO 18 #2

Se lo conté a Ravian esa misma tarde. Esperaba que se enfadara.

—Gracias por apartarte —dijo.

—Podría haber seguido mirando.

—También podrías haber ordenado a los cuervos que mataran a Sald y no lo hiciste.

—No quiero que cada decisión decente se convierta en una medalla.

—Entonces no te la pondré. Recuerda solamente que el poder existe y tú sigues decidiendo qué haces con él.

Recordé sus palabras durante los ejercicios siguientes.

Aquella tarde recorrí Nocthar a través de un cuervo durante unos minutos. Vi los tejados, el humo de las chimeneas y las murallas exteriores. Podía haber seguido más lejos. Podía haber buscado a los hombres del consejo, entrar en patios ajenos, mirar por ventanas.

Vaerra se hizo sentir como una presencia cálida detrás de mis pensamientos.

No necesitó palabras. El poder estaba allí y una parte de mí lo quería.

Regresé a mi cuerpo antes de encontrar una excusa para continuar.

Elin estaba sentada frente a mí.

—¿Dónde has ido?

—Hasta la muralla.

—¿Podrías haber venido a buscarme?

—Podría haber ido a buscarte.

—¿Lo has hecho?

—Elegí no hacerlo.

Ella asintió.

—Entonces lo has entendido.

Aquella aprobación me molestó más de lo esperado.

—No necesito que me examines.

—Tú me examinaste durante diecinueve años.

Me quedé mirándola. Elin sonrió.

—Déjame disfrutar una semana.

Acabé riéndome.

Más tarde, cuando Ravian y yo nos quedamos solos, le conté que había querido seguir mirando.

—Por curiosidad, no para encontrar a Vaelor —dije—.

—Eso es peor.

—Ya lo sé.

Ravian tomó una de las piedras y la giró entre los dedos.

—Yo también echaré de menos la corona.

Lo miré, sorprendida.

—Pensaba que la odiabas.

—La odio. También sé lo que es sentir todo Nocthar alrededor de mí cuando la llevo. Saber dónde hay una ruptura en las defensas. Saber que puedo llamar a las novias si un ejército cruza la frontera. Durante años he dicho que quiero destruirla mientras una parte de mí agradecía tenerla.

Aquella confesión hizo más llevadera la mía.

—Somos dos hipócritas.

—Parece un buen fundamento para una relación.

—No te emociones.

Ravian dejó la piedra junto a las demás.

La renuncia empezaba a parecer menos heroica cuanto más comprendíamos lo que íbamos a perder.

Por eso empezaba a parecer verdadera.

Edrik siguió investigando lo que Elin había visto en el camino.

Edrik trajo una hoja arrancada del registro de guardias y la dejó sobre la mesa de la biblioteca. El nombre del hombre alto era Karel Vos. Su turno oficial lo situaba en la puerta norte durante la llegada de Elin. El sello del registro afirmaba que no había abandonado el castillo.

—Entonces alguien ha falsificado esto —dijo Elin.

—O alguien con autoridad suficiente ordenó que se escribiera así —respondió Edrik.

Ravian leyó la hoja sin tocarla.

—¿Quién firma?

—El segundo escribano del consejo. Ha desaparecido.

Elin se sentó frente a nosotros y apoyó los codos sobre la mesa.

—En la posta del puente, Karel habló con otro hombre. Llevaba un abrigo verde con un broche de plata.

Edrik abrió un cajón y sacó una caja de insignias. Había varias piezas antiguas, algunas pertenecientes a casas que ya no existían. Elin señaló un broche con una montaña partida en dos.

—Ese.

Ravian conocía el símbolo.

—Casa Deren. Uno de los hombres de Vaelor.

La investigación dejó de parecer una sospecha y adquirió nombres.

Edrik distribuyó órdenes con la misma calma que utilizaba para hablar de vino malo. Dos guardias fueron enviados a buscar al escribano. Otros revisaron los accesos de servicio y las cuadras. Nadie podía abandonar el castillo sin autorización de dos oficiales distintos.

—Si Vaelor está preparando algo, acabamos de avisarle de que sabemos que lo prepara —dije.

—Ya debía de suponerlo —contestó Ravian—. La diferencia es que ahora sabrá que no pensamos dejarle elegir el momento.

Elin miró hacia la puerta.

—¿Y la corona?

—Sigue en la cripta, bajo guardia —respondió Ravian.

La mañana de la noche abierta llegó después de otros cinco días de trabajo.

Revisamos las traducciones, repetimos las mediciones de la marca y compartimos con Elin cuanto habíamos aprendido.

Los informes de Edrik seguían incompletos.

La corona permanecía en su cámara de la cripta, bajo guardia, y las doce continuaban cerca de las murallas.

Como si hubiera estado esperando su turno, un guardia llamó a la puerta.

Traía una citación del consejo. Vaelor había convocado una sesión extraordinaria. Ravian leyó el documento.

—Quiere votar la custodia de la Corona de Hueso Negro.

—¿Puede hacerlo? —pregunté.

—Puede intentarlo.

—¿Y si consigue mayoría?

Ravian dobló el papel.

—La corona dejaría de estar bajo mi custodia.

Entendí el movimiento.

Vaelor ya no necesitaba convencer a Ravian de utilizarla.

Le bastaba con quitársela. Fuimos al consejo. El salón estaba lleno.

Las siete casas tenían representación. Vaelor ocupaba su sitio habitual, tranquilo, vestido de gris oscuro.

No pareció sorprendido al ver a Elin.

Eso me molestó más de lo que habría querido.

—Majestad —dijo—. Agradezco que haya acudido.

Ravian tomó asiento.

—Has convocado una votación sobre una reliquia de mi casa sin hablar conmigo.

—He convocado una votación sobre el principal instrumento defensivo de Nocthar.

—Es mi corona.

Vaelor inclinó la cabeza.

—Ese es el problema.

Varias miradas se movieron hacia Ravian. Vaelor continuó.

—Las criaturas están agrupadas junto a las murallas. La elegida muestra poderes que ninguna anterior manifestó. Asteria moviliza tropas cerca de nuestra frontera. Y el rey se niega a utilizar la herramienta que durante generaciones ha protegido estas tierras.

—Porque esa herramienta mantiene esclavizadas a doce mujeres.

—Y mantiene vivos a miles de habitantes.

Yo no estaba invitada a intervenir. Eso dejó de importarme.

—¿Cuántas personas tendría que encadenar para que el número empezara a incomodarte?

Vaelor me miró.

—Las preguntas morales son sencillas cuando otra persona paga las consecuencias.

—Las doce ya las han pagado.

—Y gracias a ellas tú has crecido en un reino que no ha sido arrasado.

Elin dio un paso.

—No utilice nuestras vidas para justificar lo que les hicieron.

Vaelor la observó.

—Tú debes de ser la hermana.

—Y usted debe de ser el hombre que manda seguir carruajes.

Un murmullo recorrió la mesa.

Edrik tuvo que mirar al suelo para ocultar una sonrisa.

Vaelor mantuvo la calma.

—Una acusación grave.

—También es grave encontrar a un guardia muerto después de que alguien pagara por mis movimientos.

Ravian levantó la mano.

—Basta. La investigación continúa.

Vaelor se volvió hacia él.

—De acuerdo. Hasta que sepamos quién manipula a quién, propongo que la Corona de Hueso Negro sea custodiada por el consejo.

Uno de los representantes de la Casa Velkar apoyó la propuesta.

Otro pidió aplazar la votación. La discusión se alargó. Yo apenas escuchaba algunas partes.

Vaerra había vuelto como un deseo que no me pertenecía del todo.

Miré a los cuervos tras las ventanas. Podía llamarlos. Con un pensamiento.

Podía hacer que toda aquella sala se quedara en silencio.

Podía aterrorizar a Vaelor delante de todos.

«Hazlo.»

Me obligué a mantener las manos sobre la mesa.

Vaelor seguía hablando.

—La muchacha ya ha atacado a un representante extranjero.

—Lo detuvo —dijo Ravian.

—Después de demostrar que podía hacerlo.

«Hazlo.»

Un cuervo golpeó el cristal. Después otro. Vaelor se calló. Todos miraron hacia las ventanas. Yo sentí a las aves esperando.

Cientos de aves aguardaban al otro lado. Mi voluntad rozó la suya y la facilidad del contacto me asustó.

Elin me tocó el brazo.

Ravian hizo un gesto ligero, suficiente para recordarme que seguía allí sin intentar detenerme.

Retiré la orden antes de llegar a darla. Los cuervos permanecieron fuera. Vaelor me observó.

—Gracias por demostrar mi argumento.

—No he hecho nada.

—Ese es el punto.

Su sonrisa fue pequeña.

—Todavía.

Ravian se levantó.

—No habrá votación hoy.

—No puedes suspenderla.

—Puedo cuando existen sospechas de corrupción dentro de la Guardia del Consejo y una investigación abierta que afecta a una de las casas presentes.

El representante de Velkar golpeó la mesa.

—Eso es una acusación.

—Es una medida cautelar.

Vaelor también se levantó.

—Estás utilizando tu autoridad para impedir que el consejo controle tu autoridad.

Ravian lo miró durante varios segundos.

—Disfruta de esa frase. Esta noche quizá deje de importarte.

Vaelor perdió parte de su calma.

—¿Qué significa?

Ravian no respondió.

Salimos.

En el corredor, Edrik cerró la puerta tras nosotros.

—Acabas de avisarle.

—Ya sabía que pasaría algo esta noche.

—Ahora sabe que tú también lo sabes.

Ravian se quitó un guante. Las uñas estaban empezando a oscurecerse.

—Necesitamos mover la corona.

Danah negó con la cabeza.

—Moverla es peligroso.

—Dejarla donde todo el consejo sabe que está es peor.

Me miró.

—Hay un lugar que Vaelor no conoce.

—¿Qué lugar?

Ravian abrió la mano.

—La habitación donde Sereth dejó de ser humana.

Nadie respondió.

—Está sellada desde hace siete años —añadió—. Ni siquiera Danah tiene llave.

Danah lo miró con dureza.

—Porque tú la conservas.

Ravian metió la mano bajo la camisa y sacó una cadena.

De ella colgaba una llave pequeña.

Sereth apareció en una de las ventanas del patio.

Como si hubiese oído su nombre. Ravian la vio. Yo también.

—Si vamos a romper la corona —dije—, quizá debamos empezar por llevarla al lugar donde dejó más daño.

Sereth golpeó el cristal una sola vez.

Y la llave en la mano de Ravian comenzó a calentarse.