La novia del Rey Cuervo CAPÍTULO 18
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CAPÍTULO 18

A la mañana siguiente faltaban siete días para la noche abierta.

La solución estaba en casa.

Eso habría sido tranquilizador si nuestra casa no estuviera a varios días de Nocthar y alguien no hubiera seguido a Elin durante el camino.

Edrik quiso enviar una patrulla. Elin se negó.

—Si la gente de Vaelor está vigilando movimientos de la guardia, mandar seis hombres hacia nuestra casa es lo mismo que poner un cartel.

—No sabemos que trabajen para Vaelor —dijo Edrik.

—Sabemos que trabajan para alguien con mucho interés en nosotras.

Ravian miró el mapa extendido sobre la mesa.

—Un mensajero solo.

—También lo pueden seguir —dije.

Danah dejó las notas de Lysandra junto al mapa.

—Quizá no haga falta traer la tela.

Todos la miramos.

—¿Qué recuerdas? —preguntó a Elin.

Mi hermana cerró los ojos.

—Era roja. Muy oscura. Tenía letras o dibujos en los bordes.

—¿Bordados?

—Creo que sí.

Danah señaló una página de Lysandra.

—Sera escondía mensajes en costuras. Mareth pudo hacer lo mismo.

Elin abrió los ojos.

—Entonces quizá pueda dibujarlos.

Encontramos papel.

Durante casi una hora intentó reconstruir formas que había visto siete años atrás.

Al principio salieron garabatos. Después apareció un símbolo. Una corona atravesada por una línea. Ravian acercó el libro a la luz.

—Ese signo estaba en los documentos anteriores a la fundación de la casa Corven.

Danah buscó entre los libros. Encontró una copia de un texto funerario. El mismo símbolo aparecía al margen. Debajo había una palabra.

—Renuncia —dijo.

Elin dibujó otra figura. Una mano abierta sobre una pluma. Yo conocía ese símbolo. Estaba grabado en la base del relicario.

—Entrega voluntaria.

Ravian se sentó. Durante semanas habíamos buscado un ritual complicado.

Cuanto más nos acercábamos al origen, más sencilla parecía la lógica.

Lo que había sido tomado sin permiso debía dejar de ser reclamado.

El poder de la corona. El poder de Vaerra. Dos linajes atados por una posesión. Dos renuncias.

—Falta demostrar que sirve —dijo Edrik.

—Y saber qué pasa con las doce —añadí.

Danah asintió.

—Romper una jaula puede liberar a quien está dentro o matarlo.

El silencio se hizo incómodo. Miré hacia la ventana. Las novias seguían en la ladera. Sereth era visible entre los árboles.

—Lysandra lo sabía.

Fui hasta las cartas. Habíamos leído cinco. La sexta continuaba cerrada. En el exterior solo había una indicación.

«Cuando la hermana elija quedarse.»

Elin lo vio.

—Eso es bastante específico.

—La escribió hace cuarenta años.

Lysandra no había adivinado a Elin: dejó una puerta abierta para la hermana que eligiera quedarse, y la mía acababa de cruzarla.

—Cada vez me cae peor.

Danah sonrió.

—Ábrela.

Elin rompió el sello.

Esta vez la carta estaba escrita en dos manos.

Una era de Lysandra. La otra pertenecía a alguien que no conocíamos. Elin empezó a leer.

—«Si has llegado hasta aquí, la última ha rechazado la salida que se le ofrecía a cambio de otra vida. La hermana permanece por voluntad propia y el ciclo ha perdido una de sus armas.»

Me senté. Elin siguió.

—«La Madre creerá que puede recuperar lo robado reuniendo trece cuerpos. Se equivoca en una cosa que también olvidaron los reyes. La voluntad no puede almacenarse.»

Ravian se acercó a la mesa.

—Sigue.

—«Las doce conservan aquello que entregaron antes de perderse.

No son recipientes vacíos. Si la última abre la puerta, la Madre intentará utilizar sus voluntades como puente.

Si la última renuncia al don antes de abrirla y el rey renuncia al derecho que sostiene la corona, las doce quedarán fuera de la deuda. »

Danah se cubrió la boca con una mano.

—Quedarán libres.

—Eso dice.

—¿Vivas?

Elin buscó la línea.

—«La forma prestada caerá. Lo que quede dependerá de cuánto de ellas haya sobrevivido.»

Miré a Sereth a través del cristal. Era una esperanza.

También podía ser una forma elegante de decir que morirían.

Ravian lo entendió.

—No podemos prometerles que recuperarán sus cuerpos.

—Tampoco podemos seguir condenándolas porque la alternativa dé miedo.

Elin volvió a la carta.

—Hay más.

La segunda escritura comenzaba allí. Danah la reconoció.

—Dunia.

Elin leyó.

—«He comprobado el ciclo seis veces. La noche de la decimotercera elegida no necesita una muerte. Necesita una elección pronunciada ante la corona durante la apertura del cielo.»

Edrik señaló la última línea.

—¿Apertura del cielo?

—La noche abierta —dijimos Ravian y yo a la vez.

Elin nos miró.

—Qué romántico.

—Continúa —pidió Ravian.

—«El rey deberá devolver el derecho que heredó. La última deberá devolver el poder que despertó. Ninguno puede ser forzado. Si uno finge, la deuda permanece.»

La traducción no exigía sangre, muerte ni sacrificio humano. Exigía otro precio.

Ravian perdería la corona y yo perdería el poder.

Sentí alivio junto a una resistencia pequeña y vergonzosa.

Vaerra la encontró.

«Te gusta.»

Miré mis manos. Podía ver a través de los cuervos.

Podía llamar a una bandada sin levantar la voz.

Había sentido cientos de cuerpos volando como si fueran uno.

Ese poder me aterraba y, aunque me costara admitirlo, también me gustaba.

Ravian me observaba.

—¿Qué ocurre?

—Nada que vaya a gustarme admitir.

Elin cerró la carta.

—Entonces dilo igualmente.

—No quiero renunciar.

Nadie respondió enseguida. Danah fue la única que no pareció sorprendida.

—Eso está bien.

—¿Bien?

—Si no te importara perderlo, no sería una renuncia.

Me quedé sin aquella excusa. Ravian observó sus propias manos.

—A mí tampoco me resulta fácil.

—Odias la corona.

—Odio lo que hace. También llevo media vida siendo rey.

Su voz cambió poco. Lo suficiente.

—No sé quién soy fuera de eso.

Elin se recostó en la silla.

—Pues parece que los dos vais a tener que averiguarlo.

Edrik recogió la carta.

—Antes tendremos que llegar vivos a la noche abierta.

El dibujo de Elin no bastó para traducir el texto completo, pero sí para identificar dónde buscar.

La biblioteca conservaba copias de leyes anteriores a los Corven, la mayoría recopiladas por escribas que ya no entendían del todo las palabras que copiaban.

Durante dos días ocupamos una mesa larga con diccionarios, registros funerarios y páginas de Lysandra.

Elin resultó ser mucho mejor que yo reconociendo símbolos repetidos.

—Porque tú lees palabras —dijo—. Yo llevo años mirando mapas. Cuando una forma se repite, la veo.

Señaló una marca que aparecía junto al símbolo de la corona atravesada.

Danah acercó otra página.

—Aquí está junto a un juramento de adopción.

Ravian se inclinó sobre el texto.

—Y aquí, en una renuncia territorial.

Edrik dejó una taza a mi lado.

—Lleváis tres horas hablando de raíces lingüísticas. Estoy empezando a echar de menos que nos ataquen.

—Puedes marcharte —dije.

—Y perderme el momento en que descubrís que llevamos cien años traduciendo una palabra al revés. Jamás.

El humor ayudaba, pero la presión crecía con cada coincidencia. La palabra que los textos posteriores habían traducido como sangre aparecía en documentos donde nadie hablaba de cuerpos. Se utilizaba para herencias, títulos y derechos transmitidos de padres a hijos.

Ravian tomó una hoja y escribió tres columnas. En la primera puso sangre. En la segunda, linaje. En la tercera, derecho heredado.

—Mi padre conocía las dos primeras traducciones —dijo—. Nunca vi la tercera en sus notas.

—Quizá no quiso verla —dijo Elin.

Nadie respondió enseguida. Ravian apoyó la pluma.

—Es posible.

Ravian evitó tanto defender a su padre como condenarlo con facilidad. Esa contención me pareció más difícil.

Encontramos otra prueba en un registro de coronación de hacía doscientos años. Un noble había renunciado a transmitir una fortaleza a sus hijos y el escriba utilizaba el mismo término. Danah lo leyó dos veces.

—Entonces terminar la sangre del rey puede significar terminar aquello que la sangre le concede.

—La corona —dije.

—El derecho a heredarla —corrigió Ravian.

La precisión importaba.

Destruir un objeto podía ser un gesto. Renunciar a un sistema era otra cosa.

Miré el relicario. La lámina también procedía de aquel pacto. Si devolver el don exigía desprenderse de lo que lo mantenía unido a nosotros, quizá no bastaría con romper la corona y conservarla intacta. Me incomodó la facilidad con la que había evitado pensar en ello.

Elin sacó de su bolsa las doce piedras del bosque y las puso sobre la mesa.

—Ellas ya han elegido.

Ravian las miró durante mucho tiempo.

—Ahora falta que nosotros hagamos lo mismo.

Aprender a mirar con los cuervos resultó menos grandioso de lo que habría imaginado. En uno de los ejercicios acabé vomitando en un cubo de Danah después de seguir a cuatro aves a la vez. Edrik tuvo la delicadeza de esperar a que terminara antes de reírse.

—Me alegra que encuentres entretenimiento.

—Llevo años defendiendo este castillo. Hay pocas novedades.

—Puedo lanzarte el cubo.

—Eso sí sería una novedad.

Danah limitó los ejercicios a una sola ave y Ravian insistió en que siempre hubiera alguien conmigo.

Practicamos desde una terraza cerrada. Elegía un cuervo del patio y trataba de acompañarlo hasta el tejado de las cocinas.

Al principio veía demasiado. Con práctica empecé a separar mi cuerpo del suyo.

Podía sentir mis manos apoyadas en la piedra mientras otra parte de mí observaba las chimeneas desde veinte metros de altura.

La utilidad apareció enseguida. Encontré una carreta volcada cerca de la puerta este antes de que llegara el aviso.

Vi a dos niños escondidos sobre el tejado de una panadería para robar nueces y mandé a un guardia a bajarlos antes de que se rompieran el cuello.

También descubrí a Ravian solo en el patio de entrenamiento a una hora indecente, descargando su mal humor contra un poste de madera.

Aparté la visión en cuanto comprendí que lo estaba observando sin que él lo supiera. Ese gesto me dejó más incómoda que los vómitos. El poder me permitía entrar donde nadie me había invitado. Vaerra no necesitaba enseñarme a utilizarlo para controlar. La posibilidad ya venía incluida.