La novia del Rey Cuervo CAPÍTULO 17
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CAPÍTULO 17

A la mañana siguiente, Elin pidió ver a las novias.

Danah casi dejó caer una llave.

—¿A las doce?

—A ser posible.

—No son una atracción.

—Por eso quiero verlas.

Danah me miró. Esperaba que interviniera. No lo hice. Elin lo notó.

—Gracias por intentarlo.

—Todavía puedo arrepentirme.

—Hazlo en silencio.

Edrik había pasado la noche interrogando a miembros de la Guardia del Consejo. Dos hombres no pudieron justificar dónde estuvieron el día del viaje de Elin. Uno había desaparecido antes del amanecer.

Vaelor, por supuesto, consideró ofensivo que Ravian cerrara dependencias del castillo sin consultar al consejo.

Ravian consideró ofensivo que alguien bajo autoridad del consejo hubiera seguido a Elin.

La discusión terminó sin acuerdo y con tres puertas vigiladas.

A media mañana salimos hacia la parte baja de las montañas.

Ravian insistió en acompañarnos. Elin aceptó con una condición.

—No me agarres si se acercan.

Él bajó la vista a mis manos.

—No suelo agarrar personas sin motivo.

—Mi hermana sí.

—Lo he oído.

—Estoy aquí mismo —dije.

Edrik sonrió mientras ajustaba la correa de su espada.

El camino estaba cubierto por una nieve vieja endurecida durante la noche. El cielo había amanecido limpio y el frío hacía doler los dientes al respirar.

Danah iba delante.

Conocía el lugar exacto donde las novias solían aparecer cuando no estaban llamadas por la corona.

Yo las sentí antes de verlas: doce presencias distintas, una inquieta y otra distante.

Una tercera cargada de una tristeza que me llegó sin imagen ni palabra.

Elin se detuvo.

—¿Están cerca?

—Están cerca.

—¿Cómo lo sabes?

Busqué una explicación.

—Es como saber que alguien te mira desde una habitación aunque todavía no hayas encontrado dónde está.

—Muy tranquilizador.

Sereth apareció entre los árboles. Elin dejó de bromear. La había descrito, pero ninguna descripción servía.

Su cuerpo conservaba una forma vagamente humana. Las piernas eran demasiado finas y se doblaban con un ángulo que hacía daño mirar. Plumas negras cubrían parte del cuello y el hombro. El rostro seguía siendo reconocible bajo los cambios, aunque los ojos parecían más grandes.

Sereth inclinó la cabeza hacia Elin. Mi hermana se obligó a no retroceder.

—Hola.

Sereth dio un paso. Ravian no se movió. Elin tampoco.

—Soy Elin.

Sereth abrió el pico. No salió palabra alguna. Un sonido bajo vibró en su garganta. Después dejó algo sobre la nieve. Una cinta azul.

Danah se llevó una mano al pecho.

—Era suya.

—¿Qué significa? —preguntó Elin.

—Llegó a Nocthar con esa cinta en el pelo.

Sereth empujó la cinta hacia Elin. Mi hermana se agachó.

Ravian tensó los brazos, pero cumplió su palabra y no la tocó.

Elin recogió la cinta.

—¿Quieres que me la quede?

Sereth hizo un movimiento breve. Parecía un asentimiento. Las otras empezaron a salir del bosque. Nadia fue la segunda.

Dunia llegó detrás, con una de las alas más dañadas.

Lysandra permaneció lejos. Elin las miró una por una.

Yo percibía su miedo. Estaba en la rigidez de sus hombros, en cómo mantenía el peso sobre una pierna preparada para retroceder.

No se marchó.

—Mel me ha contado vuestros nombres —dijo.

Las criaturas se quedaron quietas.

—Aveline. Nadia. Evelia. Sera. Adria. Liora. Dunia. Nara. Odelle. Lysandra. Talia. Sereth.

Algo cambió en la forma en que las doce atendieron a Elin.

Doce cuerpos giraron hacia ella. Elin apretó la cinta azul.

—No sé si me entendéis. Espero que sí.

Sereth volvió a emitir aquel sonido.

—Mi hermana quiere sacaros de aquí. Yo también.

Lysandra avanzó. Traía algo sujeto entre las garras. Una pieza de papel doblada. Me la entregó. Reconocí la escritura. Era otra de sus cartas.

El papel tenía una frase en el exterior.

«La hermana debe leer.»

Miré a Elin.

—Es para ti.

—Eso empieza a parecer una costumbre desagradable.

Le entregué la carta. Elin la abrió con cuidado.

A Elin se le fue borrando la calma mientras leía.

—¿Qué dice?

—Habla de Eira.

Se aclaró la garganta.

—Dice que tuvo una hermana menor llamada Mareth. Que cuando Eira fue llevada ante los Corven, Mareth quiso seguirla. Eira se lo prohibió.

Danah cerró los ojos.

—Mel desciende de Mareth.

—Sigue.

Elin leyó el resto.

—Mareth obedeció durante tres días. Después decidió ir tras ella por su cuenta. Llegó tarde para impedir la boda, pero consiguió sacar del templo una caja con textos del culto. Los escondió y huyó al sur.

—¿Qué caja?

Elin levantó el papel.

—Lysandra cree que siguió dentro de la familia.

Pensé en nuestra casa. En los cajones de nuestra madre. En las pocas pertenencias que habíamos conservado.

—La caja que encontré en el arcón de mamá.

Elin me miró.

—La misma que abrí de niña.

El frío dejó de importar.

—¿Dónde la viste?

—Debajo de la cama de mamá.

—Eso era un arcón.

—Dentro había una caja pequeña. La abrí una vez.

—¿Cuándo?

—Tendría doce años. Me gritaste.

Me acordé. Recordé también aquella vez.

Había encontrado a Elin revolviendo las cosas de nuestra madre años antes de que muriera.

Había cerrado el arcón y le había dicho que no volviera a tocarlo.

Elin sonrió sin humor.

—Otra decisión tuya que sale estupendamente.

—Puedes disfrutar esto cinco minutos.

—Voy por el segundo.

Ravian se situó a mi lado.

—¿Qué había dentro?

Elin intentó recordar.

—Una tela vieja. Un collar o algo parecido. Papeles que no pude leer.

Mi relicario.

El relicario antiguo que había encontrado antes de salir de casa.

Me toqué el cuello. Había pertenecido a mi madre. Vaerra reaccionó. Un golpe de calor atravesó la marca. Lysandra lanzó un graznido áspero.

Todas las novias se apartaron de mí. Ravian vio mi mano sobre el relicario.

—Creo que una parte de lo que había en la caja llegó conmigo.

Saqué la cadena.

El relicario era pequeño, de metal oscuro, con una superficie gastada por generaciones de dedos.

Al encontrarlo me había parecido un pájaro. De cerca, el grabado de la base se distinguía mejor.

Elin la miró.

—Es una pluma.

Lysandra se abalanzó. Ravian se interpuso.

—Espera.

Yo entendí algo distinto.

—Déjala.

Ravian se volvió.

—Déjala elegir.

Las palabras quedaron entre nosotros. Él se apartó. Lysandra se acercó despacio. No atacó.

Rozó el relicario con la punta de una garra.

El metal se abrió.

Ya lo había abierto en casa, pero entonces no me atreví a extraer la lámina.

Dentro había una lámina finísima doblada.

Danah la recogió antes de que cayera sobre la nieve.

—Está escrita por ambos lados.

—¿Puedes leerla?

—Parte.

Edrik miró alrededor.

—Yo preferiría hacerlo dentro del castillo antes de que alguien decida dispararnos desde un árbol.

Permanecimos en las montañas mucho más tiempo del previsto.

Ravian no quiso llamar a las novias con la corona y ninguna pareció tener intención de marcharse.

Se limitaron a ocupar el claro, algunas sobre las rocas, otras entre los árboles, como si también ellas esperaran que alguien terminara una conversación pendiente desde hacía décadas.

Elin se sentó en un tronco caído.

—¿Ellas entienden todo lo que decimos?

—No lo sabemos —respondió Ravian.

—Eso significa que nunca se lo habéis preguntado de una manera que puedan contestar.

Edrik cruzó los brazos.

—Empiezo a comprender por qué vuestra casa debía de ser agotadora.

—No has visto nada —dije.

Elin sacó doce pequeñas piedras de la orilla de un arroyo. Las puso en fila sobre el tronco.

—Una piedra significa que sí. Dos, que no. ¿Os parece?

Ravian abrió la boca y volvió a cerrarla.

—Eso es ridículamente simple —dijo Edrik.

—Perfecto. Será difícil estropearlo.

Elin señaló las piedras y luego a Sereth.

—¿Me entiendes?

Durante un rato no ocurrió nada.

Sereth bajó de la roca. Cogió una piedra con dos dedos deformados y la dejó delante de Elin.

Una.

Danah se llevó una mano a la boca. Elin miró a las demás.

—¿Queréis que intentemos romper la maldición aunque no sepamos qué ocurrirá después?

El claro quedó inmóvil.

Sera descendió de una rama y colocó una piedra junto a la de Sereth.

Dunia tardó más. Lysandra se acercó después. Talia arrastró la suya por la nieve.

Una a una, las doce dejaron una piedra frente a Elin.

Ravian tenía la mirada fija en aquella fila.

—Nunca preguntamos —dijo.

Danah lo miró.

—Durante años creímos que no podían responder.

—Podríamos haberlo intentado.

La culpa apareció tan deprisa que casi pude verla cerrarse sobre él.

Me acerqué, aunque mantuve las manos a los lados.

—Ahora lo sabemos.

Ravian observó a Sereth.

—¿Queréis que destruya la corona?

Elin volvió a explicar el sistema. Esta vez las respuestas llegaron más rápido. Doce piedras. Ninguna duda.

Vaelor hablaba de ellas como una defensa que Nocthar no podía permitirse perder. El consejo hablaba de estabilidad. Los viejos documentos hablaban de guardianas. Ravian y Danah habían hablado durante años de liberarlas.

Las doce acababan de expresar algo mucho más sencillo.

Querían salir.

Antes de regresar al castillo, Elin recogió las piedras y las guardó en su bolsa.

Separó la piedra azul que había elegido Sereth y me mostró las demás antes de guardarlas. Quería conservar el orden de las respuestas.

—¿Para qué las quieres? —pregunté.

—Para la reunión del consejo.

—No creo que Vaelor se impresione con piedras.

—No son para impresionarlo.

Las acarició a través de la tela.

—Son para que nadie vuelva a decir que no sabemos lo que ellas quieren.

El camino de regreso fue lento. Dunia nos siguió durante parte del trayecto desde los árboles. En un punto se adelantó, bajó hasta la nieve y dibujó con una garra una forma circular atravesada por una línea.

Elin se agachó.

—Es el mismo símbolo que vi en la tela de casa.

Danah palideció.

Dunia golpeó la línea central dos veces y luego señaló hacia el sur.

Hacia nuestra casa.

Desde entonces dejamos de hablar del viejo tejido como un recuerdo familiar.

Se convirtió en una pieza del ritual.

Volvimos con las doce novias siguiéndonos desde el bosque.

No entraron en el castillo.

Se quedaron en las laderas, visibles desde las ventanas.

Su presencia provocó pánico entre algunos sirvientes y una avalancha de rumores entre los hombres del consejo.

Vaelor exigió una reunión inmediata. Ravian la rechazó.

—Hoy no.

—Doce criaturas están rodeando Nocthar.

—Llevan un siglo rodeándolo.

—Ahora están a cincuenta pasos de las murallas.

—Entonces será fácil encontrarlas.

Vaelor me miró.

—¿Qué has hecho?

—Hablar con ellas.

—No hablan.

—Escuchan mejor que mucha gente.

Su mandíbula se endureció.

—Estás jugando con algo que no entiendes.

—Llevo semanas oyendo esa frase de personas que tampoco lo entienden.

Ravian nos hizo continuar. Subimos a la biblioteca. Elin desplegó la lámina sobre una mesa.

El texto estaba escrito en una forma antigua de la lengua del norte. Danah reconocía palabras, Ravian otras. Necesitábamos las notas de Lysandra para reconstruir el resto.

Trabajamos durante horas.

Edrik entraba y salía con informes sobre la guardia.

Uno de los hombres interrogados había confesado haber recibido dinero para informar de los movimientos de Elin.

No sabía quién pagaba.

Los mensajes llegaban mediante un administrador de la Casa Velkar.

Vaelor seguía sin aparecer en ninguna orden escrita. Eso no lo limpiaba. Tampoco bastaba para condenarlo.

Al anochecer conseguimos traducir la primera mitad de la lámina.

Era una oración antigua. Danah leyó despacio.

—«Lo entregado con voluntad pertenece a quien lo entrega. Lo tomado por fuerza pertenece a quien fue despojado hasta que la deuda sea devuelta.»

Ravian se apoyó en la mesa.

—Es la misma idea de la cripta.

Elin señaló una línea.

—Aquí vuelve a aparecer la palabra que tradujisteis como sangre.

Busqué las notas de Lysandra. La palabra antigua era var y, según el contexto, podía significar sangre, casa, linaje o derecho heredado.

—Necesitamos el resto —dije.

Danah recorrió la segunda cara.

—Está deteriorada.

Había dos líneas prácticamente borradas. Elin acercó una lámpara.

—¿Y si no es tinta?

—¿Qué quieres decir?

—La caja de mamá tenía una tela roja. Me acuerdo porque manchaba los dedos.

Se me olvidó moverme durante un instante.

—¿La tiramos?

—Tú la guardaste.

Eso sí lo recordé.

Había doblado aquella tela y la había metido en el fondo del arcón.

Seguía en casa. A días de distancia. Edrik entró en ese momento.

—Tengo una noticia peor.

Ravian dejó lo que estaba haciendo.

—Habla.

—El hombre de la Guardia del Consejo que desapareció ha sido encontrado.

—¿Dónde lo encontraron?

—En el camino oriental.

Edrik no necesitó añadir mucho más. Su expresión bastó.

—Está muerto.

Elin miró la lámina.

—¿Cómo ha muerto?

—Una caída, según parece. El caballo regresó solo.

—¿Y según tú?

Edrik dejó sobre la mesa una pequeña bolsa. Dentro había una pluma blanca.

—Según yo, alguien quiere que pensemos en otra cosa.

Vaerra se movió dentro de mi cabeza.

«Ocho días.»

Miré a Ravian.

—La noche abierta.

Él entendió.

—¿Te ha hablado?

—Acaba de recordármela.

Elin cruzó los brazos.

—Entonces tenemos ocho días para encontrar el resto de esa traducción.

Miró la lámina, el relicario abierto y las notas de Lysandra.

—Y esta vez nadie decide solo.