La novia del Rey Cuervo CAPÍTULO 16 #3
80%

CAPÍTULO 16 #3

—Voy a revisar el corredor.

Danah entendió la intención.

—Yo también.

Salieron.

Ravian tardó un poco más.

—Me quedo fuera.

Antes de cerrar la puerta me miró. No intentó pedirme nada. Eso ayudó más que cualquier orden. Elin se sentó frente a mí.

—Quiero que me preguntes.

—¿Qué quieres que te pregunte?

—Qué quiero hacer.

Tragué.

La solución parecía ridículamente sencilla.

—¿Qué quieres hacer?

Elin se tomó un segundo antes de responder.

—Quiero quedarme.

Me quedé mirándola.

—Quiero ayudar a romper esto. Quiero saber por qué una cosa que empezó hace más de cien años ha llegado hasta nuestra casa. Quiero decidir si corro el riesgo. Y si sale mal, quiero que al menos haya sido mi decisión.

—Puedes morir.

—Tú también.

—No es lo mismo.

—Para ti nunca lo es.

Lo dijo sin violencia y eso lo hizo peor.

Elin apoyó los brazos sobre las rodillas.

—Llevas años pensando que si algo me pasa será porque tú no hiciste suficiente. Mamá murió y te quedaste con esa idea metida en la cabeza. Yo también la vi morir, Mel. Yo también tuve miedo. Solo que tú convertiste el miedo en trabajo.

Miré mis manos.

—Tenías catorce años.

—Y ahora tengo diecinueve.

—Cinco años no son tantos.

—Cuando te conviene, sí.

Estuve a punto de reírme.

Elin se inclinó un poco.

—No quiero que mueras para que yo pueda viajar.

—No sé si moriría.

—Tampoco sabes si esa vida que te ha enseñado es real.

Tenía razón.

En aquellas imágenes no había discusiones, retrasos, enfermedades ni accidentes. Solo Elin viajando, riendo y a salvo.

Vaerra conocía la fantasía capaz de comprarme.

—Me quedo —repitió—. Y si vuelve a hablarme, te lo cuento. Si intenta utilizarme contra ti, te lo cuento. Si tengo miedo, también.

—Eso último te va a costar.

—Mira quién habla.

Nos quedamos un momento en silencio. Entonces la voz de Vaerra atravesó mi cabeza.

«Ella sufrirá.»

—Claro que sufrirá —respondí en voz alta.

Elin tardó un segundo en decidir si hablaba en serio.

—Espero que sigas hablando con la diosa.

—Sí. No te lo decía a ti.

Miré hacia la pared.

—Sufrirá porque está viva. Yo también. Ravian también. No voy a encerrarlos a todos para evitarlo.

El frío de la marca disminuyó. No desapareció. Vaerra continuaba allí.

«Aprendes.»

—No gracias a ti.

La presencia se retiró. Los cuervos abandonaron el tejado al mismo tiempo.

Elin volvió a coger su taza y comprobó que el té estaba frío.

—Qué decepción. Esperaba algo más espectacular.

—Tenemos plumas saliéndome de la espalda. Creo que ya hemos cubierto la cuota.

—Buen punto.

Al abrir la puerta encontramos a Ravian al otro lado.

Edrik y Danah se habían marchado de verdad. Él no.

—¿Has escuchado?

—Lo suficiente para saber que tu hermana tiene más sentido común que tú.

Elin sonrió.

—Me cae bien.

—No lo animes.

Ravian miró mi brazo.

—¿La marca?

Me remangué.

La línea dorada había avanzado otro centímetro entre las zonas negras.

Elin se acercó.

—Eso antes no estaba así.

—Ha vuelto a crecer.

Ravian observó el dibujo.

—Cada vez que rechazas una imposición, aparece más oro.

Lo miré.

—¿Crees que está relacionado con la voluntad?

—Creo que llevamos demasiado tiempo mirando la parte negra.

Elin señaló la marca.

—Entonces quizá la parte importante sea esa.

Nos quedamos los tres mirando aquella línea fina.

Durante días había pensado que mi cuerpo estaba contando cuánto faltaba para perderme.

Tal vez también estaba registrando otra cosa. Las veces que elegía por mí misma.

Ravian entró con nosotras y llamó a Danah y a Edrik. Cuando volvimos a sentarnos alrededor de la mesa, Elin mantenía los dedos cerrados alrededor de la taza. Yo esperaba que me mirara, pero observó a Ravian.

—¿Hace eso a menudo?

—Desde que llegó Mel, más de lo que me gustaría.

—Qué acogedor.

Edrik se levantó y fue hasta la ventana sin abrirla.

—Los pájaros se han marchado.

Danah comenzó a recoger las tazas.

—Entonces aprovecharemos para dormir.

Elin me miró como si hubiera perdido el juicio.

—Acaba de usar mi voz dentro de mi propia cabeza.

Danah dejó la bandeja.

—Cuando Sereth empezó a oírla, pasó seis noches despierta. A la séptima estaba tan agotada que habría aceptado cualquier promesa con tal de dormir. Vaerra sabe utilizar también el cansancio.

Mi hermana se quedó seria.

—¿Qué hizo Sereth?

—Me pidió que me sentara a su lado y le leyera el libro más aburrido de la biblioteca.

—¿Funcionó?

—Se durmió en doce páginas.

Elin me miró.

—Quiero ese libro.

Lo encontramos media hora más tarde. Era un tratado sobre impuestos de montaña escrito por un administrador muerto hacía setenta años.

Edrik sostuvo que debería clasificarse como arma.

Ravian aseguró que su padre lo utilizaba durante reuniones del consejo para castigar intervenciones demasiado largas.

Elin terminó riéndose.

Aquella risa hizo algo que ninguna lámpara había conseguido. La habitación volvió a ser una habitación.

Me tumbé en la cama contigua mientras ella leía en voz alta una página sobre tasas de paso para ganado. A mitad de un párrafo se equivocó con una palabra y empezó de nuevo. Su voz era la suya. Imperfecta, cansada y burlona. La escuché hasta que dejó el libro sobre el pecho.

—Mel.

—Estoy despierta.

—Si mañana digo que quiero irme, me dejarás.

La pregunta me atravesó con una claridad desagradable.

—Te dejaré marchar.

—Aunque creas que aquí puedo ayudar.

—Aunque pudieras ayudarnos aquí.

—Aunque tengas miedo de que me pase algo durante el camino.

Me giré hacia ella.

—Tendría muchísimo miedo. Te ofrecería escolta. Intentaría convencerte de que esperaras si las carreteras fueran peligrosas. Pero si después de saber todo eso quisieras marcharte, sería tu decisión.

Elin se quedó callada.

—Eso es nuevo.

—Ya me lo han dicho.

—Me gusta.

Volvió a abrir el tratado.

—Ahora duérmete. Mañana quiero conocer a doce mujeres-cuervo y necesito que estés descansada para impedir que Ravian haga alguna estupidez heroica.

—¿Por qué yo?

—Porque parece escucharte.

—A veces.

—Pues aprovecha las veces.