La novia del Rey Cuervo CAPÍTULO 16 #2
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CAPÍTULO 16 #2

—Me desperté durante seis días esperando que llegara alguien a decirme que estabas muerta. Cada vez que un caballo entraba en el pueblo pensaba que venían del castillo. Cada cuervo que veía me parecía una señal. Y tú estabas aquí decidiendo cuánto podías contarme para que no me asustara.

—Tienes razón.

—Estoy enfadada contigo.

—También tienes derecho a eso.

Se volvió.

—Has aprendido una cantidad insoportable de frases correctas.

—Danah es muy pesada.

Elin intentó seguir enfadada y perdió la batalla durante un segundo. La sonrisa se le escapó.

Después volvió a ponerse seria.

—No he venido para que me mandes de vuelta.

—No voy a hacerlo.

—Quiero ayudar.

Mi reacción llegó antes que la prudencia.

—Esto es peligroso.

Elin levantó una mano.

—Ahí está.

Cerré la boca.

Respiré.

—Es peligroso. Quiero que sepas cuánto. Después decides.

—Me sirve.

Nos sentamos otra vez.

Le expliqué lo que todavía no habíamos contado a nadie fuera del grupo más cercano: la carta cifrada de Asteria, las reuniones de Vaelor y la posibilidad de que intentara utilizar la noche abierta para hacerse con el control de la corona.

Elin escuchó con más atención de la que yo esperaba.

—¿Cuándo dijiste que dejaron esa pluma en mi carruaje?

—No lo sabemos.

—Yo sí puedo reducirlo.

—¿Cómo puedes reducirlo?

—La limpiadora de la posada revisó el interior antes de salir. Yo estaba allí. No había ninguna pluma. Apareció después de parar en el puente de Ardan.

Me incliné hacia ella.

—¿Quién se acercó al carruaje?

Elin empezó a contar con los dedos.

—Los cuatro guardias. Un vendedor de manzanas. Dos mujeres con un niño. Un hombre que pidió indicaciones para la carretera de Velaria.

—Descríbelo.

—Cincuenta años quizá. Pelo gris. Un anillo negro.

Mi espalda se tensó.

—¿Qué dibujo tenía?

—Un pájaro. O una corona. No lo vi bien.

Me levanté.

—Vamos a buscar a Edrik.

Elin sonrió.

—Eso ha sonado mejor que mandarme a dormir.

Antes de salir, Elin fue a buscar uno de sus mapas. Había marcado la ruta desde nuestra casa hasta Nocthar y anotado cada lugar donde la escolta había cambiado de posición.

—Uno de los hombres que nos siguió apareció tres veces —dijo.

—¿El mismo?

—Caballo castaño con una mancha blanca en la oreja. El jinete llevaba capa del consejo al principio. Después se la quitó.

Sentí el impulso de llamar a Edrik y mandar cerrar todas las puertas.

Elin lo vio.

—Puedes avisar al capitán. Esa información también es tuya ahora.

—Gracias por confiarme eso.

—No me des las gracias por dejarte hacer algo sensato. Me pone nerviosa.

Fuimos juntas a buscar a Edrik.

Aquella vez había escuchado todo lo que tenía que contarme antes de decidir qué hacer.

Era una diferencia pequeña.

Empezaba a comprender que las diferencias pequeñas podían sostener una vida entera.

Encontramos a Edrik y Ravian en la sala del consejo.

El capitán sacó varios sellos de una caja cuando Elin describió el anillo.

Reconoció uno de ellos.

—Casa Velkar —dijo.

Ravian tomó la pieza.

—Uno de los aliados de Vaelor.

—¿Un noble siguió el carruaje? —pregunté.

—No necesariamente. Las casas entregan sus sellos a administradores, correos y hombres de confianza.

Elin señaló otro símbolo.

—Se parecía más a ese.

Edrik dejó de moverse. El sello pertenecía a la Guardia del Consejo.

La misma unidad de la que había salido la hebilla encontrada en la capilla.

—Tenemos una filtración dentro del castillo —dije.

Ravian miró a Edrik.

—Cierra las puertas interiores. Nadie de la Guardia del Consejo sale sin autorización.

Elin se apoyó en la mesa.

—¿Esto cuenta como ayudar?

—Cuenta —respondí.

Su sonrisa duró poco. Un golpe de alas llenó el exterior. Todos miramos hacia las ventanas.

Decenas de cuervos se habían posado en las cornisas.

Entre ellos había uno blanco. Elin lo vio.

—Ese es.

El ave giró la cabeza hacia ella. Yo sentí la llamada en el mismo instante. Vaerra no habló con mi voz.

Utilizó la de Elin.

«Déjala elegir.»

Mi hermana palideció.

—Mel.

Me acerqué sin tocarla.

—¿Qué has oído?

Elin me miró con miedo real.

—Mi propia voz.

Ravian avanzó un paso.

—¿Qué ha dicho?

Elin tardó unos segundos en contestar.

—Que me dejes elegir.

La ventana tembló bajo un golpe de alas. Comprendí lo que Vaerra estaba haciendo. Había encontrado otra forma de llegar hasta mí.

Y esta vez no necesitaba convencerme de proteger a Elin.

Le bastaba con poner una elección delante de ella.

Elin no durmió aquella noche. Yo tampoco.

Danah nos llevó a una habitación apartada, con una sola ventana al patio interior, y ordenó que encendieran todas las lámparas. Ravian quiso doblar la guardia en el corredor. Elin le pidió que no lo hiciera.

—Si Vaerra puede hablarme desde un pájaro, diez soldados detrás de la puerta no van a impresionarla.

Edrik dejó escapar una risa.

—Empiezas a caerme bien.

—Eso me preocupa.

Danah dejó una bandeja con té sobre la mesa y nos miró a los cuatro como si estuviera valorando a quién echar de la habitación.

—El cansancio vuelve estúpida a la gente inteligente. Bebed algo.

Elin aceptó una taza. Yo me quedé de pie.

Desde que había oído su propia voz en la sala del consejo, mi hermana apenas había perdido de vista la puerta.

Su miedo no se parecía al mío. El mío se había vuelto práctico con los días.

Medía distancias, revisaba ventanas, desconfiaba de los sonidos.

El de Elin todavía buscaba una explicación sencilla.

—¿Puede meterse en mi cabeza? —preguntó.

Ravian apoyó ambas manos en el respaldo de una silla.

—Puede acercarse a recuerdos, voces y deseos. Hasta ahora no ha demostrado que pueda obligarte a pensar algo.

—Qué alivio.

—No he dicho que sea inofensiva.

—Ya me había dado cuenta.

Ocupé el sitio a su lado.

—Si vuelve a hablarte, me lo dices.

Elin giró hacia mí.

—Te lo diré porque quiero, no porque me lo ordenes.

Esta vez dolió menos. Quizá porque ya sabía que tenía razón.

—De acuerdo.

Ella me estudió unos segundos y asintió. Danah dejó otra taza delante de mí.

—Eso ha sido casi sensato.

—No te acostumbres.

El silencio posterior estuvo lleno de pequeños ruidos. El fuego. La cuchara de Elin golpeando el borde de la taza. Las botas de un guardia al otro lado de la puerta.

Entonces los cuervos empezaron a arañar el tejado.

Tres rasguños, una pausa y otros tres formaban un patrón demasiado preciso para ser casual.

Edrik levantó la cabeza.

—Eso no lo había oído nunca.

Ravian sí. Lo vi en su cara.

—¿Qué significa?

—Llamada.

—¿A quién?

Los arañazos cesaron.

Una voz llegó desde el otro lado de la pared.

Era la mía.

«Mel.»

Elin dejó la taza. Me puse de pie.

«Mel, abre.»

Danah apagó de un golpe la lámpara más cercana a la ventana, aunque las cortinas estaban cerradas.

—Nadie responde.

Mi nombre volvió a sonar.

Esta vez la voz era la de mi madre.

Se me clavó en el pecho con una precisión miserable.

«Abre, cariño.»

Elin me agarró la mano. Agradecí que no intentara llenar el silencio. La voz insistió.

«Solo quiero verla.»

Mi hermana apretó los dedos.

—Esa no es mamá.

—Ya lo sé.

«Elin puede quedarse. Tú vienes conmigo.»

Ravian se acercó a la pared, pero no la tocó.

—Está intentando separar a Mel.

«Puedo dejarla fuera de esto.»

Sentí la presencia de Vaerra antes de entender que ya no hablaba desde el tejado. Estaba dentro de mi cabeza, alrededor de mis pensamientos, como una mano buscando una cerradura.

Y entonces me mostró a Elin. No una imagen borrosa.

La vi caminando por una carretera abierta, lejos de Nocthar, con una mochila al hombro y el pelo recogido de cualquier manera. Era mayor. Reía con una mujer a la que yo no conocía. El sol le daba de lleno en la cara.

La visión cambió. Elin estaba en un barco. Luego en una ciudad de tejados rojos. Después en una llanura cubierta de flores.

Todo aquello se parecía demasiado a la vida que mi hermana había dicho querer.

«Puede tenerla.»

La voz de Vaerra ya no usaba a mi madre.

Usaba la mía.

«Puedes dársela.»

Me obligué a mirar la habitación real. Elin seguía junto a mí.

—¿Qué estás viendo?

—Tu vida.

—Eso suena bastante amplio.

—Viajes. Sitios que no conozco. Tú, lejos de aquí.

Elin entendió antes que los demás.

—Te está ofreciendo sacarme.

Asentí.

Ravian acortó un paso la distancia.

—¿A cambio de qué?

La calidez de la voz me revolvió el estómago.

«Abre.»

Mi marca ardió.

Las plumas de la espalda parecieron tensarse bajo la piel.

«Déjame entrar y ella podrá irse.»

Elin soltó mi mano.

Se apartó para ponerse delante de mí, buscando cubrirme con su cuerpo.

—Ni se te ocurra.

—No he dicho nada.

—Te conozco la cara.

Danah intervino.

—Mel, mírame.

Lo hice.

—Las ofertas de una entidad que lleva un siglo encerrada suelen tener letra pequeña.

Edrik señaló el techo.

—Y muy mala reputación comercial.

El comentario logró que Elin sonriera un instante. Vaerra cambió de estrategia. Las imágenes volvieron. Vi a Elin herida junto a un camino.

Vi sangre sobre nieve. Vi una torre ardiendo.

Vi el cuerpo de Ravian bajo la Corona de Hueso Negro.

Mi respiración se hizo más lenta, casi demasiado.

Sabía lo que buscaba. Si lograba asustarme lo suficiente, yo misma intentaría tomar el control de todo.

Era la versión más útil de mí. También la más peligrosa.

—Quiero que pares —dije.

Elin me miró.

—No estoy haciendo nada.

—No te lo decía a ti.

El frío se extendió desde la marca hasta el codo.

«Puedes protegerlos.»

—No a ese precio.

«No sabes el precio.»

—Entonces dilo.

Ravian se tensó.

—Mel.

—Necesito que lo diga.

La habitación quedó en silencio. Cesaron los arañazos del tejado. La voz volvió dentro de mí.

«Tu puerta por la suya.»

Comprendí.

Vaerra no quería simplemente que aceptara poder. Quería consentimiento. Mi consentimiento.

—Quieres que me entregue.

«Quiero que elijas.»

Elin se acercó.

—Pues ya has oído bastante. Yo también quiero elegir.

Me volví hacia ella.

—Elin…

—Escúchame antes de hacer esa cara.

Me callé.

—Si aceptas algo por mí sin preguntarme, vuelves a hacer lo mismo que hiciste cuando subiste a aquel carruaje.

—Esto podría salvarte.

—También podría condenarte.

—Lo sé.

—Y aun así ya estás calculando si merece la pena.

No pude negarlo. Edrik miró a Ravian.