CAPÍTULO 16
El abrazo duró poco.
Elin se separó, me sujetó por los hombros y volvió a mirarme como si necesitara comprobar que debajo del vestido seguía estando yo.
—Estás más delgada.
—Tú has cruzado medio reino en invierno.
—Empezamos bien.
—Elin…
—No he venido para escuchar un sermón en el patio.
La escolta intentaba disimular que nos observaba. Uno de los guardias encontró de repente mucho interés en la hebilla de su montura.
Edrik apareció detrás de mí.
—Lady Elin, bienvenida a Nocthar.
Mi hermana lo examinó.
—Tú debes de ser el capitán que mandó a cuatro hombres a seguirme desde una colina.
—Su hermana escribió que debíamos mantener distancia si rechazaba la escolta.
Elin me miró.
—¿Escribiste eso?
—Sí. Yo di esa orden.
Elin me observó durante un instante.
—Eso está mejor.
Me habría gustado disfrutar más de aquella pequeña victoria.
Ravian llegó al patio. Elin dejó de hablar.
Había crecido escuchando las mismas historias que yo. El Rey Cuervo que elegía esposas, las hacía desaparecer y gobernaba desde un castillo lleno de criaturas. La diferencia era que yo llevaba semanas viendo al hombre detrás de la leyenda.
Elin solo veía a Ravian Corven caminando hacia ella vestido de negro.
Él se detuvo a una distancia prudente.
—Lady Elin.
—Majestad.
—Me alegra que haya llegado sin problemas.
—A mí me alegrará más cuando entienda por qué mi hermana tiene plumas.
Miré a Edrik.
—¿Quién se lo ha contado?
Elin abrió su capa.
Sobre la muñeca llevaba atada una pluma negra con un hilo.
—La encontré esta mañana dentro del carruaje.
Ravian miró la pluma atada a su muñeca.
—¿La tocaste?
—Llevo horas tocándola.
Danah llegó al patio y prácticamente se la arrancó de las manos.
—Dentro. Ahora.
Elin arqueó una ceja.
—¿Ella siempre recibe a las visitas así?
—Cuando quiere caer bien se contiene más —dije.
Danah nos condujo a una sala pequeña junto a la entrada. Encendieron el fuego y trajeron agua caliente. Elin se negó a quitarse la capa hasta que Danah examinó la pluma.
No tenía veta dorada. Tampoco parecía desprendida de una de las novias.
—Es de un cuervo corriente —dijo Danah.
—Entonces alguien la dejó en el carruaje —respondió Ravian.
Elin se sentó.
—Eso pensé.
—¿Y no se te ocurrió comentarlo a los guardias?
—Se me ocurrió. Después recordé que probablemente mandarías dar la vuelta al carruaje.
—No podía dar esa orden.
Elin parpadeó.
—¿Cómo dices?
—Les dije que te acompañaran si aceptabas. Si no, debían seguirte a distancia.
Mi hermana miró a Edrik. Él asintió.
—La orden está por escrito.
Elin volvió a mirarme.
—Eso sí que no me lo esperaba.
—Estoy intentando mejorar.
—Has elegido un momento rarísimo.
Danah dejó la pluma dentro de una caja.
—Ahora necesito ver las manos de la joven.
—Mis manos están perfectamente.
—Entonces tardaremos poco.
Elin obedeció después de mirarme buscando una explicación. Danah examinó sus uñas, muñecas y pupilas. No encontró marca.
Yo respiré mejor.
—¿Qué buscabas? —preguntó Elin.
—Una pluma quebrada.
—Mel tenía una cuando se fue.
—La mía cambió cuando Ravian me tocó.
Elin se volvió hacia él.
—¿Ravian?
El rey me miró.
—Parece que hemos avanzado con los tratamientos protocolarios.
Elin sonrió.
—Eso responde unas cuantas preguntas.
—No todas —dije.
—Espero que no.
Danah pidió comida y una habitación caliente. Yo quería hablar con Elin en ese mismo instante, aunque su cara mostraba el cansancio de varios días de viaje. Decidí esperar hasta que comiera.
Esperar a que comiera también era una forma de aprender.
Elin necesitó menos de una hora para convertir una habitación de invitadas en algo suyo. Puso las botas mojadas junto al fuego, dejó los mapas encima de una cómoda y pidió papel para escribir a Sena antes de que alguien pudiera preguntarle si quería descansar.
La observé desde la puerta.
Durante años había confundido aquellos gestos con despiste.
Elin llegaba a un sitio, abría sus cosas y ocupaba espacio.
Yo lo había llamado falta de cuidado porque siempre era yo quien pensaba en recoger después.
En Nocthar lo vi de otra manera. Mi hermana sabía instalarse en el mundo sin pedir permiso.
—¿Vas a seguir mirándome? —preguntó mientras buscaba tinta.
—Estoy comprobando que eres real.
—Podrías ayudar.
Le alcancé el tintero.
Elin escribió a Sena que había llegado bien, que el castillo no estaba lleno de cadáveres y que el Rey Cuervo tenía un capitán demasiado satisfecho consigo mismo. Me dejó leer la carta antes de doblarla.
—Has omitido las plumas —dije.
—Sena vendría a buscarnos con una sartén.
—Es bastante probable.
—Cuando sepamos algo que no la haga subir al primer caballo, se lo contamos.
Era la decisión que yo habría tomado por ella. La diferencia estuvo en que Elin me había explicado el motivo y yo podía discutirlo.
—De acuerdo. Pero dentro de dos días le escribimos la verdad aunque sigamos sin tener respuestas.
—Me parece justo.
Nos miramos un instante. Aquellas dos palabras contenían más cambio del que cualquiera desde fuera habría percibido.
Después de comer la llevé a conocer el castillo.
Evité convertir el recorrido en una lista de lugares prohibidos, aunque me costó.
Le enseñé las cocinas, el invernadero y la biblioteca.
Elin se detuvo delante de cada ventana con vistas al sur para calcular distancias como si llevara años preparando el viaje.
En el invernadero encontró las plantas de las antiguas novias.
—¿Todas tenían una?
—Todas.
Le mostré las flores naranjas de Sereth, las blancas de Dunia y las pequeñas flores azules de Sera.
Elin leyó las pequeñas placas de metal.
—Esto es raro.
—¿El qué?
—Que nadie nos contara nunca esta parte.
—¿Qué parte?
—Que habían tenido una vida antes de convertirse en eso.
Pensé en sus palabras durante el resto del paseo.
En casa habíamos escuchado decenas de versiones sobre las novias del Rey Cuervo.
La rubia que saltó desde una torre. La que intentó envenenar al rey.
La que apareció sin ojos junto al lago. Casi siempre quedaban reducidas a una desgracia.
Una novia sustituía a la anterior igual que el invierno sustituía al otoño.
Ravian estaba en el patio cuando salimos del invernadero. Hablaba con dos hombres de la ciudad sobre un molino detenido por el hielo. Elin redujo el paso.
—Sigue siendo raro verlo.
—¿A Ravian?
—Al monstruo de nuestra infancia discutiendo sobre harina.
Uno de los hombres gesticuló hacia el río. Ravian pidió una pizarra y trazó algo sobre ella.
—Tiene días mejores.
Elin me miró de lado.
—Te gusta mucho.
—No empieces.
—No he preguntado.
—Eso lo empeora.
Continuó andando con una satisfacción que reconocí demasiado bien.
—¿Y tú qué piensas de él? —pregunté.
Elin tardó en contestar.
—Que todavía no sé si confiaría en él con tu vida.
—Eso es razonable.
—Y que parece dispuesto a dejar que tú decidas si confías la tuya.
No esperaba que Elin llegara a esa conclusión tan pronto.
—Llevas aquí unas horas.
—Eso. Todavía no me he acostumbrado a él.
Después del recorrido pasamos por la galería antes de volver a mis habitaciones.
Elin se había lavado y llevaba uno de mis vestidos porque su equipaje seguía húmedo. Le quedaba corto de mangas y ancho de cintura. Cuando vio el retrato número trece, se olvidó de que estaba intentando mantener una actitud tranquila.
—¿Ese eres tú?
—Eso parece.
—No está terminado.
—Se pinta solo.
—Claro. Qué pregunta tan absurda por mi parte.
Se acercó al lienzo.
El rostro ya tenía forma. Las facciones se parecían a las mías, aunque los ojos seguían sin color. Las líneas negras del cuello habían avanzado desde la última vez que lo observé.
Elin miró el cuadro y después a mí.
Entramos en mis habitaciones y cerré la puerta. Elin dejó la mirada fija en el cuello de mi vestido.
—Enséñame las plumas.
—Elin…
—He recorrido trescientos kilómetros. Puedo mirar una espalda.
Me quité la chaqueta y aparté la tela. Guardó silencio. Eso me preocupó más que cualquier grito.
—Duelen menos de lo que parece.
—No me importa cuánto duelan.
—Entonces, ¿qué quieres saber?
—Todo.
Empecé por el cuervo blanco.
Le conté que siempre me había elegido a mí. Le expliqué la marca, las doce novias, Sereth, Dunia, Lysandra y Eira. Hablé de Vaerra. De la corona. Del ciclo de trece. De la posibilidad de que mi cuerpo se convirtiera en recipiente.
Elin no interrumpió hasta que llegué a la parte en la que Ravian había preparado su propia muerte.
—Sois dos idiotas.
—Edrik opina algo parecido.
—Cada vez me cae mejor.
—No le des motivos para sentirse orgulloso.
Seguí hasta la inscripción de la cripta y la posibilidad de romper la maldición mediante dos renuncias voluntarias.
Cuando terminé, Elin dejó los ojos en el fuego.
—¿Por qué me escribiste que estabas bien?
—Porque estaba viva.
—Eso no significa estar bien.
—No quería preocuparte.
—Ya estaba preocupada.
No encontré una respuesta útil. Elin se puso de pie.
—Y ahora vamos a hablar de lo que hiciste en casa.
—Lo sé.
—No, creo que no.
Cruzó la habitación hasta quedarse frente a mí.
—Cuando aparecieron los emisarios, decidiste que yo no podía ir. Mentiste. Te marchaste. Me pediste que esperara tus cartas y confiabas en que me quedara allí agradecida porque habías sido muy valiente.
—No esperaba que estuvieras agradecida.
—Esperabas que obedeciera.
Tuve que apartar los ojos. La acusación era justa.
—Esperaba que obedecieras.
Elin pareció preparada para seguir discutiendo. Mi respuesta la detuvo.
—¿Sí?
—Esperaba que te quedaras. Pensaba que era lo mejor.
—¿Y ahora?
—Ahora sé que no tenía derecho a decidirlo sola.
Su enfado no desapareció. Tampoco tenía por qué hacerlo.
—Podrías haber muerto.
—También tú.
—Esa era mi decisión.
—Lo sé.
—Deja de decir que lo sabes como si eso arreglara algo.
—No lo arregla.
Elin caminó hasta la ventana. La nieve golpeaba el cristal.