La novia del Rey Cuervo CAPÍTULO 15 #4
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CAPÍTULO 15 #4

—Llevo semanas aprendiendo que no puedo decidir que Elin vuelva a casa porque tengo miedo. Ayer mandé escolta con la orden de acompañarla solo si aceptaba. Tú me has visto hacerlo. Me has escuchado hablar de esto. Y mientras tanto tenías preparada una carta para después de tu muerte.

Ravian vino hasta mí sin interrumpirme.

—Si la elección hubiera sido entre mi vida y la tuya, habría entregado la mía.

—Eso mismo.

Se detuvo.

—Es mi vida.

—Y esta es la mía. ¿Ves el problema?

—No te habría pedido que murieras conmigo.

—Yo tampoco le pedí a Elin que muriera. Decidí que yo sabía qué era mejor y actué sin preguntarle. El mecanismo es el mismo aunque el sacrificio te haga sentir noble.

Ravian apartó la mirada. Me dolió más de lo que esperaba. Danah y Edrik permanecieron callados.

—La carta para mí —dije—. Léela.

—No.

—Entonces rómpela.

Ravian miró el sobre.

—Mel…

—Si de verdad aceptas que hemos encontrado otra posibilidad, esa carta ya no sirve.

Creí que se negaría, pero cogió el sobre y lo rompió por la mitad. Los dos trozos volvieron a ceder entre sus manos.

Los pedazos cayeron dentro del brasero. La tinta ennegreció antes de arder.

—Las demás también —dije.

Ravian abrió la carpeta del consejo.

—La del consejo contiene instrucciones útiles.

Edrik carraspeó.

—Por desgracia tiene razón.

Danah recogió las otras cartas.

—Estas se guardan hasta que tengamos un plan que no incluya funerales.

Me senté otra vez.

La discusión no había terminado. Lo sabía por la forma en que Ravian seguía apartado de la mesa.

Tampoco necesitábamos resolverla en ese momento.

A veces una persona tardaba más de cinco minutos en desmontar una costumbre que llevaba toda la vida practicando.

—Ven aquí —dije.

Ravian obedeció, aunque mantuvo las manos a los lados.

—No estoy perdonándote.

—Lo suponía.

—Y si vuelves a preparar tu muerte sin contármelo, te mato yo.

Edrik torció la boca.

—La lógica tiene algunas grietas.

—Cállate.

—Eso sí ha sonado tajante.

Ravian acabó sonriendo.

La tensión cedió lo suficiente para volver a trabajar.

Por la tarde encontramos otra pieza.

Lysandra había copiado una versión más antigua del juramento de la sacerdotisa de Vaerra. La frase que se refería a la otra línea decía:

«Quien reciba el don deberá devolverlo sin reservarse el derecho de conservarlo.»

Repasé las palabras una vez más.

—Eso soy yo.

Danah asintió.

—Si la traducción es correcta.

—Tengo que renunciar al poder.

Edrik apoyó los codos en la mesa.

—Parece sencillo dicho así.

—No lo es —dije.

Vi la carretera otra vez.

La imagen llegó con tanta claridad que tuve que agarrarme al borde de la mesa.

Elin estaba mucho más cerca.

Podía ver el vaho de los caballos y la capa roja que llevaba sobre los hombros. Podía contar a los guardias. Podía mirar detrás del carruaje y comprobar que nadie los seguía.

Sentí alivio. Después sentí placer. Eso fue lo que me asustó.

Tener aquel poder era útil. Limpio. Adictivo en una forma que empezaba a entender.

Cerré el vínculo.

—¿Qué has visto? —preguntó Ravian.

—A Elin.

—¿Está bien?

—Está a pocas horas.

Ravian esperó.

—¿Y eso te preocupa?

—Me gusta poder hacerlo.

La confesión quedó en la mesa junto a los documentos.

Danah no intentó consolarme.

—Entonces la renuncia tendrá valor.

Un golpe sonó en la puerta.

Un guardia entró con la nieve todavía pegada a las botas.

—Majestad. Capitán.

Edrik se puso de pie.

—¿Qué ocurre?

—Han detenido a un hombre en el camino occidental. Llevaba una carta para la residencia de lord Vaelor.

—¿De quién?

El guardia me miró antes de responder.

—De Asteria.

Edrik cogió la espada.

—Ahora sí tenemos una tarde entretenida.

La carta estaba cifrada.

No tardamos demasiado en descubrir que el cifrado era malo.

Orven Sald había utilizado una clave comercial conocida por los escribas del consejo. El mensaje hablaba de tropas, suministros y fechas. También mencionaba algo llamado «la noche abierta».

Ravian leyó aquella parte dos veces.

—La noche abierta —dijo Danah—. Dentro de nueve días.

Edrik señaló una línea.

—Aquí dice que la defensa del norte puede cambiar de manos.

—Vaelor está negociando con Asteria —dije.

—O haciéndoles creer que negocia —respondió Ravian.

—¿Eso lo mejora?

—No.

Una segunda llamada interrumpió la conversación.

Esta vez el guardia de la puerta apenas pudo recuperar el aliento.

—La escolta del sur ha sido vista desde la muralla.

Me puse de pie tan rápido que la silla cayó detrás de mí.

Edrik sonrió.

—Tu hermana ha llegado.

Bajé las escaleras sin esperar a nadie. En el patio nevaba.

Las puertas se abrieron cuando yo todavía cruzaba la galería exterior.

Cuatro jinetes entraron primero. Detrás apareció un carruaje cubierto de barro y sal.

La puerta se abrió. Elin bajó sin esperar ayuda.

Llevaba el cabello recogido de cualquier manera, la capa roja demasiado grande y una expresión que conocía desde que tenía seis años y descubrió que yo había escondido sus botas para evitar que saliera bajo una tormenta.

Me detuve a tres pasos. Ella me miró de arriba abajo.

—Tienes una cara horrible.

—Tú también.

Elin dejó la bolsa en el suelo.

—Perfecto. Seguimos siendo hermanas.

Y me abrazó.