La novia del Rey Cuervo CAPÍTULO 15 #3
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CAPÍTULO 15 #3

Después del desayuno fui con Danah al almacén de ropa.

Necesitaba un vestido cuya espalda no rozara demasiado las plumas y ella se negó a que pasara el día envuelta en una sábana.

El cuarto estaba lleno de arcones etiquetados con fechas.

Algunos pertenecían a la casa Corven. Otros tenían nombres de mujeres.

—¿También guardaste su ropa?

—Parte. Lo que las familias no pidieron y lo que ellas dejaron aquí.

Abrió un arcón de madera clara. Dentro había prendas sencillas, la mayoría dobladas con una precisión que ninguna tela conservaba por sí sola durante siete años.

—Sereth —dije.

Danah asintió.

Sacó una camisa azul. Tenía una costura reparada en el hombro con hilo de un tono ligeramente distinto.

—La cosió ella. Se negaba a llamar a una costurera para algo que podía arreglar en diez minutos.

Pasé los dedos por el borde de la tela.

—¿Qué ocurrirá con todo esto si vuelve?

Danah mantuvo la atención fija en el arcón.

—Se lo devolveré.

—Han pasado siete años.

—Sigue siendo suyo.

La sencillez bastó para callarme.

Danah abrió otro arcón. El nombre escrito en la tapa era Talia.

—No hemos localizado a su familia —dijo—. El hermano murió hace nueve años. Su sobrino se marchó a Velaria. No sé si vive.

—¿Y si recuperamos a todas?

—Entonces tendremos doce problemas más importantes que cualquier problema que haya tenido este castillo en un siglo.

—Eso ha sonado casi optimista.

—Estoy practicando.

Encontró un vestido de lana oscura con la espalda más holgada y lo dejó sobre una mesa. Antes de cerrar el arcón de Sereth, volvió a tocar la camisa azul.

Comprendí entonces que romper la maldición no iba a devolverles simplemente una vida. Iba a obligarlas a descubrir qué quedaba de ella. Sereth podía abrir los ojos y encontrar un mundo siete años mayor. Para Aveline sería más de un siglo.

La libertad seguía siendo la única salida aceptable, pero ya no podía imaginarla como una puerta abierta directamente a un final feliz.

Cuando regresé al corredor, Ravian estaba esperándome con una carta en la mano.

—La escolta de Elin ha cruzado el puente oriental.

El miedo y la alegría llegaron juntos.

—¿Cuánto falta?

—Tres horas, quizá cuatro si vuelve a discutir con mis hombres.

—Discutirá.

—Eso me han informado.

Ravian empezó a caminar conmigo.

—No intentes decirme que la mantendremos a salvo.

—No iba a hacerlo.

—Estoy aprendiendo —dijo.

Sonreí pese a todo.

—Más te vale.

La mañana se fue entre documentos.

La inscripción de la cripta había cambiado el sentido de todo.

Ravian pidió las actas de coronación de los últimos seis Corven y Edrik trajo copias de los juramentos pronunciados ante la Corona de Hueso Negro.

Yo revisé las cartas de Lysandra buscando referencias a la voluntad, la renuncia o el derecho de sangre.

Encontramos una coincidencia al mediodía.

El juramento de coronación incluía una fórmula que había sobrevivido durante siglos:

«Mi sangre sostiene el derecho. Mi derecho sostiene la corona. La corona sostiene Nocthar.»

Leí la frase tres veces.

—Aquí está.

Ravian siguió la línea que yo señalaba.

—La sangre no es solo la familia. Es la legitimidad.

—Si renuncias al derecho, rompes la cadena.

Edrik se inclinó sobre el documento.

—¿Y qué sostiene Nocthar después?

Nadie contestó enseguida.

Era la misma pregunta que Vaelor llevaba semanas utilizando como arma.

Ravian cerró el libro.

—La gente.

—Eso suena bien —dijo Edrik—, pero tendremos que convertirlo en algo que pueda gobernar carreteras, cobrar impuestos y evitar que Asteria entre por la frontera.

—Un consejo permanente.

—Las casas mayores se despedazarán entre ellas.

—Entonces habrá que meter también a las ciudades.

—Llevas tiempo pensando en esto.

El silencio de Ravian me bastó. Dejé el documento sobre la mesa.

—¿Cuánto tiempo?

—Mel.

—No utilices mi nombre para ganar segundos.

Edrik miró a Danah.

—Creo que deberíamos irnos.

—Creo que deberíais quedaros —dije.

Ravian se apoyó en el respaldo de una silla.

—Desde Sereth.

—¿Desde hace siete años estás preparando tu renuncia?

—He preparado escenarios.

—¿Incluido uno en el que mueres?

El silencio me dio la respuesta. Me levanté.

—Enséñamelo.

—No hace falta.

—Ravian.

—No voy a hacerlo.

—¿Qué cosa? ¿Morir o enseñarme el plan?

Edrik dejó el pan sobre el plato.

—Majestad, quizá este sea un momento excelente para recordar la conversación que tuvisteis ayer sobre decidir por otras personas.

Ravian le lanzó una mirada que habría hecho callar a medio ejército.

Edrik se sirvió más té.

—Yo ya he visto esa mirada.

Danah abrió uno de los cajones del escritorio. Sacó una carpeta negra.

Ravian reconoció la carpeta antes de que Danah la abriera.

—Danah.

—Estoy cansada de guardar planes de hombres que creen que morir con discreción los convierte en responsables.

Puso la carpeta delante de mí.

La abrí. Había cuatro cartas: una para Edrik, otra para Danah, una tercera dirigida al consejo y la última con mi nombre escrito en tinta reciente.

No la toqué.

—¿Cuándo escribiste esto?

Ravian tardó tanto en responder que la pregunta se volvió más desagradable.

—Después de descubrir la traducción de Lysandra.

—¿La que decía que quizá debías morir?

—La interpretación que más temía.

—Y decidiste que si llegábamos a la última fase de la maldición te matarías sin contarme nada.

—Decidí que no permitiría que Vaerra utilizara tu cuerpo.

—Te he preguntado por ti, no por Vaerra.

—Sí lo hace.

La rabia me llegó limpia.