CAPÍTULO 15 #2
—Por rabia. Encontró una inscripción con el nombre del rey que recibió a Talia. Había ordenado grabar una versión del pacto donde la palabra entrega aparecía como obediencia. Sereth pasó una tarde entera insultando a un hombre muerto hacía décadas.
Edrik sonrió.
—Fue una tarde excelente.
Danah terminó de limpiar la pieza. Bajo la suciedad apareció una forma sencilla, dos hojas abiertas alrededor de una línea vertical.
—Esto no es Corven.
Me agaché junto a ella.
Reconocí el dibujo. Mi madre lo había cosido en el interior de una manta que conservábamos en casa. Nunca le había dado importancia porque era el tipo de adorno que podía repetirse en cien familias.
—Los Varen usaban algo parecido.
Ravian examinó el objeto desde el otro lado de la mesa.
Danah dejó el objeto delante de mí.
—Entonces alguien de tu linaje estuvo en esa cripta antes de que Lysandra empezara a seguirlo.
La idea me produjo una inquietud distinta.
Hasta aquel momento, mi familia había sido una línea en un árbol genealógico, una sangre perseguida por una maldición que había esperado generaciones.
La pequeña pieza de metal convertía aquello en una presencia física.
Una mujer había bajado aquellas escaleras.
Había tocado aquellas paredes. Quizá había intentado entender lo mismo que yo.
—Quiero saber quién fue.
—Lo sabremos —dijo Ravian.
Esta vez no sonó a promesa hecha para tranquilizarme. Sonó a trabajo pendiente.
Nos quedamos allí hasta que el fuego empezó a apagarse. Edrik llevó los objetos al archivo. Danah se marchó para revisar unas cajas de la madre de su madre. Ravian y yo nos quedamos unos minutos sin hablar.
Por la ventana se veía parte de la ciudad. A aquella hora, algunas tiendas continuaban abiertas. Un carro bajaba hacia el mercado con sacos de carbón. Dos niños corrían detrás mientras una mujer les gritaba desde una puerta.
—¿La ves alguna vez así? —pregunté.
—¿La ciudad?
—Sin pensar en fronteras, soldados, el consejo o la maldición.
Ravian pensó la respuesta más de lo que esperaba.
—Muy poco.
—Deberías probar.
—¿Es una orden?
—Una sugerencia. Estoy aprendiendo la diferencia.
La sonrisa le duró apenas un instante, pero estuvo ahí.
Ravian dejó la corona en su cámara antes de acompañarme hasta mis habitaciones. Danah y Edrik se separaron de nosotros en la galería. Cuando llegamos a mi puerta, Ravian apoyó una mano en la pared y se quedó allí.
—¿Te duele?
—Menos de lo que debería.
—Eso no es una respuesta tranquilizadora.
—Tampoco pretendía serlo.
Le quité el guante que se había vuelto a poner.
La piel de sus dedos seguía marcada por líneas negras. Pasé el pulgar por una de ellas.
Ravian me dejó hacerlo.
—Cuando me tocaste en la torre retrocedió —dijo.
—Lo recuerdo.
—Y tú empeoraste.
—También lo recuerdo.
—Entonces deja de actuar como si no importara.
Le devolví el guante.
—Tú acabas de ponerte una corona que te rompe los huesos para abrirme una puerta.
—Era necesario.
—Esa palabra nos está dando demasiados problemas.
Ravian sonrió apenas. Me quedé mirándolo.
La sonrisa desapareció despacio, aunque no volvió la distancia de otros días.
—No voy a besarte si vas a decirme que es peligroso.
—Es peligroso.
—Entonces hemos resuelto la duda.
Abrí la puerta.
Él sujetó el borde antes de que pudiera entrar.
—No quiero pasarme otra noche decidiendo cuánto puedo acercarme a ti.
Dejé de moverme.
—¿Qué quieres hacer?
Ravian miró la puerta antes de responder.
—Quiero entrar.
El castillo estaba en silencio. Vaerra seguía en algún rincón de mi cabeza. Las plumas bajo mi piel existían y el retrato continuaba pintándose solo a pocos metros de allí.
Nada de aquello convertía la decisión en menos nuestra.
—Entra.
Cerró la puerta detrás de él. Nos besamos sin prisa.
El segundo beso fue distinto al de la galería.
Allí habíamos llegado enfadados, cargados con todo lo que llevábamos evitando.
Aquella noche ninguno necesitaba demostrar nada.
Ravian me tocó la cara, el cuello y la cintura como si tuviera tiempo para aprenderlos.
Yo desabroché su camisa y encontré bajo la tela las marcas de la transformación, líneas oscuras que cruzaban el hombro y se perdían hacia la espalda.
—Puedes parar —dijo.
—También tú.
—No quiero.
—Yo tampoco.
Seguimos.
La ropa acabó repartida entre la silla y el suelo. Hubo torpeza, una risa que intentamos callar porque Danah dormía dos habitaciones más allá y un momento en el que Ravian se golpeó la rodilla contra la cama y juró que el mobiliario de sus antepasados había sido diseñado por enemigos de la corona.
Me gustó aquello más de lo que habría esperado.
Me gustó que pudiera ser un hombre de treinta años intentando no hacer ruido y no el Rey Cuervo de las historias.
Cuando me preguntó otra vez si estaba segura, respondí con una frase suficientemente larga para que no pudiera acusarme de falta de claridad.
La intimidad no borró la maldición. Tampoco consiguió que dejara de pensar en ella. Durante algunos minutos logró algo mejor: hacerla pequeña.
Después dormimos. Al despertar, Ravian seguía a mi lado.
La luz gris del amanecer entraba entre las cortinas. Tenía una mano apoyada cerca de mi cintura y el cabello revuelto de una forma que habría provocado un escándalo en cualquiera de sus retratos oficiales.
Me incorporé con cuidado. Entonces vi mi espalda en el espejo.
Las plumas negras cubrían desde el omóplato izquierdo hasta parte de la columna.
Ravian se despertó al escuchar el cristal de la jarra contra la mesa.
Me miró. Después miró el espejo. La expresión le cambió.
—Ya las he visto.
Se levantó. Yo mantuve la mirada en mi reflejo.
Las plumas eran pequeñas y brillantes. Algunas estaban completamente fuera. Otras seguían atrapadas bajo la piel.
Recordé la voz de Vaerra en la cripta. Podrías vigilarla siempre. Ravian se colocó detrás de mí sin tocarme.
—Llamaré a Danah.
—Hazlo.
Su mano quedó a pocos centímetros de la mía.
Podíamos lamentar lo ocurrido. Podíamos utilizar las plumas como prueba de que habíamos cometido un error.
No quise hacerlo.
—Ravian.
Me miró desde el espejo.
—Lo elegiría otra vez.
Su expresión se ablandó.
—Yo también.
Danah tardó menos de cinco minutos en llegar y otros diez en enfadarse con los dos.
Danah no levantó la voz, aunque habría sido más cómodo que lo hiciera.
Me hizo sentarme frente a la ventana, apartó el cabello de mi espalda y observó las plumas con una lámpara tan cerca que noté el calor en la piel.
—¿Cuántas horas? —preguntó.
Ravian estaba junto a la chimenea.
—Danah.
—Necesito saber cuánto tiempo permanecisteis en contacto.
—No hemos llevado un reloj —dije.
—Entonces dame una aproximación que no me obligue a interrogar al rey sobre asuntos que preferiría ignorar.
La ayudé lo mejor que pude.
Danah comprobó la marca, las pupilas y las uñas. Después sacó una pluma con unas pinzas. El dolor fue breve y mucho más intenso que otras veces.
La depositó sobre un paño. El borde tenía una veta dorada.
—Sereth nunca tuvo esto —dijo Ravian.
—Ninguna la tuvo.
—¿Es bueno?
Danah me miró.
—Estoy empezando a odiar esa pregunta.
La puerta se abrió y Edrik apareció con una bandeja de desayuno.
Se detuvo al ver a Ravian descalzo, mi vestido de la noche anterior sobre una silla y la cara de Danah.
—Puedo volver dentro de media hora.
—Entra —dijo Ravian.
Edrik dejó la bandeja sobre la mesa.
—Prefería mi idea.
Danah cubrió mi espalda con una sábana.
—Si haces un comentario, capitán, te haré bajar a la cripta sin abrigo.
—He venido con noticias de la escolta de Elin. Estará aquí antes de la noche.
La alegría me llegó mezclada con una preocupación inmediata que me obligué a frenar antes de convertirla en órdenes.
—¿Ha aceptado la escolta?
—Después de discutir veinte minutos con ellos. Uno de mis hombres ha escrito que se parece a ti.
—Pobre hombre.
—Eso mismo pensé.
Ravian se acercó a la mesa y abrió el mensaje.
—Hay otra cosa.
Edrik perdió el tono de broma.
—Vaelor ha convocado a cuatro miembros del consejo en su residencia de invierno. Orven Sald sigue allí.
—¿Con qué motivo?
—Ninguno oficial.
Ravian dobló el papel.
—Pon vigilancia.
—Ya la tiene.
Danah terminó de vendarme.
—Y ahora desayunáis. Los cuatro. Tengo la impresión de que las conspiraciones se vuelven más atractivas cuando nadie ha comido.
Edrik cogió una pieza de pan.
—Por eso la considero una mujer sabia.
Elin aún tardaría en llegar, así que Danah me obligó a comer antes de permitir que empezara a dar vueltas por el castillo.
Ravian se quedó. Edrik también, aunque aseguró que lo hacía únicamente porque la cocina había enviado pan de cebolla y porque nadie debería afrontar una crisis familiar con el estómago vacío.
La normalidad de aquella mesa resultó extraña después de la noche anterior.
Tenía el cuerpo cansado, la espalda sensible y una conciencia demasiado precisa de Ravian sentado frente a mí.
La maldición había dejado su factura sobre mi piel.
Aun así, cuando nuestras miradas se cruzaban, no sentía arrepentimiento.
—Deja de comprobar si me he arrepentido —le dije.
Edrik dejó de masticar.
—Puedo irme.
Danah le sirvió más té.
—Ahora te quedas.
Ravian apoyó el pan en el plato.
—No estaba comprobando nada.
—Llevas haciéndolo desde que Danah entró en la habitación.
—Quizá estaba mirando cómo desayunas.
—Eso sería todavía más raro.
Edrik se tapó la boca con la taza. Danah ni siquiera fingió que no estaba escuchando.
Ravian terminó por rendirse.
—Quería saber si estabas bien.
—Estoy dolorida, tengo plumas en la espalda y mi hermana viene hacia un castillo donde una diosa intenta usarme como puerta. Dentro de lo razonable, estoy bien.
La reacción de Ravian fue mínima, aunque aquella respuesta pareció servirle más que cualquier frase tranquilizadora.