La novia del Rey Cuervo CAPÍTULO 15
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CAPÍTULO 15

La cripta estaba debajo de la parte más antigua del castillo.

Bajamos a media tarde, como habíamos acordado. Ravian había ordenado despejar los accesos y Edrik revisó con sus hombres la ruta de salida.

Danah me revisó la marca antes de salir de mis habitaciones. La línea dorada seguía detenida junto al nudillo, mientras las plumas bajo la clavícula se habían extendido unos centímetros hacia el hombro. Ya no dolían si no las tocaba y empezaba a acostumbrarme a verlas.

—No me gusta esa cara —dijo Danah.

—Estoy pensando.

—Eso es lo que me preocupa.

Me ajustó el cuello del vestido hasta cubrir la zona oscura.

—Si te mareas, si oyes voces o si ves por otros ojos, lo dices. No esperas a comprobar si puedes soportarlo.

—Prometido.

Debió de bastarle. Recogió el manojo de llaves y salió conmigo.

Edrik esperaba en el corredor. Llevaba espada y una lámpara de aceite, además de la expresión resignada que utilizaba cada vez que Ravian y yo conseguíamos convertir una investigación en una excursión peligrosa.

—El rey está abajo —dijo—. Lleva diez minutos fingiendo que no mira la escalera cada treinta segundos.

—¿Eso también forma parte de tus funciones como capitán?

—Observar cómo sufre. Es una de las mejores.

Bajamos dos plantas y cruzamos un pasillo que apenas había recorrido. Allí no había tapices ni retratos. La piedra quedaba desnuda y el aire olía a humedad, hierro y cera vieja. Ravian esperaba delante de una puerta negra sin cerradura visible.

La Corona de Hueso Negro descansaba entre sus manos.

Vista tan de cerca, parecía más pequeña y todavía más desagradable. El material no reflejaba la luz como un metal corriente. La absorbía. Los bordes irregulares tenían un brillo mate y, entre las puntas, unas vetas grises recordaban la superficie de un hueso quemado.

—No tienes que ponértela hasta que estemos preparados —dije.

—Estamos preparados.

—Has respondido muy rápido.

Edrik dejó la lámpara en un soporte de pared.

—He revisado los accesos y las salidas. Dos guardias esperan arriba. Otros dos, en la salida del patio. Si la puerta se cierra, la derribaremos.

Ravian lo miró.

—La puerta tiene seis siglos.

—Entonces habrá tenido una vida larga y satisfactoria.

Danah me dio una pequeña bolsa de cuero.

—Sal y agua. No preguntes. Tu madre habría utilizado otras cosas, pero esto es lo que tenemos.

La mención me hizo mirarla.

Danah comprendió la pregunta que todavía no había formulado.

—No conocí a tu madre. Encontré referencias al linaje Varen en los documentos de Lysandra. Si llegamos vivos a mañana, podemos seguir buscando.

Ravian se colocó la corona. El cambio fue inmediato.

Sus hombros se tensaron y bajó la cabeza como si el peso hubiera aumentado de golpe. Las venas de las manos se oscurecieron. El negro trepó desde los dedos hasta las muñecas antes de detenerse bajo las mangas.

La puerta respondió con un golpe seco.

Una línea apareció en el centro de la piedra.

Ravian respiró despacio.

—Entramos, leemos y salimos.

—Eso dije yo esta tarde.

—Quería comprobar si seguía siendo un plan malo.

—¿Y qué has decidido?

—Sigue siéndolo.

Empujó.

La puerta se abrió hacia dentro.

La escalera descendía en espiral y era tan estrecha que tuvimos que bajar de uno en uno. Ravian iba delante. Yo detrás de él, seguida por Danah y Edrik. La temperatura cayó conforme nos alejábamos del castillo habitado. A los pocos minutos me dolían los dedos pese a los guantes.

La cripta no estaba llena de tumbas.

Encontré una sala circular y, en el centro, una mesa de piedra rodeada por trece ranuras abiertas en el suelo. Doce contenían una sustancia negra endurecida. La última estaba vacía.

Me acerqué sin necesidad de preguntar cuál era la mía.

—¿Qué guardaban ahí?

—Sangre —respondió Ravian.

Lo dijo con cansancio, sin intentar suavizarlo. Danah levantó la lámpara.

En las paredes había palabras talladas. Algunas estaban casi borradas por el tiempo. Otras conservaban restos de una pasta dorada dentro de las letras.

—La inscripción de Lysandra —dije.

Ravian señaló el muro del fondo.

Allí aparecía la frase que llevábamos días discutiendo. Reconocí algunos signos gracias a las copias de la biblioteca, aunque seguía sin poder leer el idioma antiguo.

Danah abrió una carpeta que había traído bajo el brazo.

—Tenemos tres traducciones. La oficial dice: «Cuando la sangre del rey termine, la Madre perderá su camino». La versión de Dunia utiliza una palabra que también puede significar herencia. Lysandra anotó otra posibilidad.

—Derecho —dije.

—Derecho de sangre.

Ravian se quitó un guante. Las uñas ya no parecían humanas.

—Quiero verlo entero.

Danah acercó la lámpara mientras él recorría los signos con un dedo sin tocarlos.

Yo miré las trece ranuras. La última seguía limpia. Una presión apareció detrás de mis ojos.

—Mel —dijo Ravian.

—Estoy bien.

La presión aumentó. No llegué a terminar de corregirme.

La cripta desapareció y la visión saltó a la nieve, a un tejado, a un campanario y después a un camino blanco entre árboles.

La visión se aceleró. Un cuervo volaba hacia el sur siguiendo una carretera que reconocí por las cartas de los guardias. Otro estaba posado sobre una señal de piedra. Un tercero observaba un carruaje pequeño acompañado por cuatro jinetes.

Elin iba dentro.

La vi apartar la cortina y discutir con uno de los guardias que yo había enviado.

Me reí sin querer.

—¿Qué ocurre? —preguntó Edrik.

—La han encontrado.

Cerré los ojos, aunque aquello no servía de mucho cuando la imagen llegaba desde otro animal.

Busqué la sensación que había aprendido a reconocer en el baile. No era una orden formulada con palabras. Se parecía más a elegir una dirección con todo el cuerpo.

El cuervo descendió. Se posó sobre el techo del carruaje. Elin me miró. Durante un segundo pensé que podría verme. La presión cambió.

Una voz se deslizó por debajo de mis pensamientos.

«Podrías vigilarla siempre.»

Abrí los ojos. Ravian estaba delante de mí.

—¿Vaerra?

Asentí.

—Me ha enseñado a Elin.

—¿Está bien?

—Sí. Está con la escolta.

Edrik se frotó la nuca.

—Eso nos ahorra enviar otra patrulla.

La voz regresó.

«Podrías ver cada camino que recorra. Cada puerta que abra. Cada hombre que se acerque.»

Me aparté de la ranura vacía.

—Está ofreciéndome el poder otra vez.

Danah cerró la carpeta.

—Entonces ya sabe qué parte de ti debe tentar.

No me gustó reconocerlo.

Durante años habría dado cualquier cosa por saber dónde estaba Elin en cada momento.

Por poder asegurarme de que llegaba a casa, de que no viajaba sola, de que nadie le hacía daño.

Vaerra no me estaba ofreciendo una corona ni un ejército.

Había encontrado una propuesta mucho más difícil de rechazar.

Ravian se quitó la Corona de Hueso Negro. La oscuridad de sus manos retrocedió despacio.

—Nos vamos.

—Todavía no hemos leído todo.

—Has oído a Vaerra aquí abajo.

—También la he oído en mi habitación.

—Aquí la corona está reaccionando contigo.

Me acerqué al muro antes de que pudiera detenerme.

Había una segunda inscripción bajo la principal. Era más pequeña y estaba parcialmente cubierta por una placa de hierro.

—Edrik, ayúdame.

—Mel…

—Solo quiero mover esto.

Edrik miró a Ravian. Él tardó un instante en ceder, pero acabó acercándose.

Entre los dos retiraron la placa. Debajo apareció una frase corta.

Danah tardó unos segundos en encontrar la equivalencia en sus papeles.

—«Lo tomado sin voluntad solo puede devolverse con voluntad».

Nadie habló. Volví a leer la traducción.

—Eso confirma a Lysandra.

Ravian observó la inscripción.

—Confirma una parte.

—La parte importante.

—Todavía no sabemos qué debe devolver cada uno.

Miré la corona en su mano. Él siguió mi mirada.

—Mi derecho al trono.

—Y yo el poder de Vaerra.

Danah cerró la carpeta.

—Puede ser más complicado.

—Siempre lo es —dijo Edrik—. Las maldiciones antiguas parecen incapaces de redactar instrucciones útiles.

Aquella vez nadie se rió.

Subimos.

Al salir de la cripta no regresamos directamente a las habitaciones.

Ravian pidió que abrieran una sala pequeña junto a la biblioteca, una de esas estancias que el castillo parecía reservar para conversaciones que nadie quería tener en un pasillo.

Había una mesa cuadrada, cuatro sillas distintas y una chimenea tan estrecha que el fuego parecía castigado contra la pared.

Danah puso la bolsa de sal sobre la mesa y vació a su lado lo que habíamos recogido abajo.

Polvo negro, una hebra de tela endurecida por los años y una pieza de metal que podía haber pertenecido a una hebilla o a un cierre.

Nada tenía el aspecto de una respuesta. Eso me gustó más de lo que habría admitido.

Empezaba a desconfiar de cualquier descubrimiento que llegara demasiado limpio.

—¿Cuántas veces has bajado? —pregunté a Ravian.

Se quitó los guantes. Las articulaciones seguían oscuras por el uso de la corona.

—De niño, ninguna. Mi padre decía que la cripta era un lugar para reyes y muertos. Cuando murió, bajé seis veces en el primer año.

—¿Y luego?

—Perdí la cuenta.

Edrik acercó una silla con el pie.

—Yo no. Cuarenta y tres hasta que dejé de acompañarlo.

—¿Por qué dejaste de hacerlo?

—Porque siempre salíamos con una teoría nueva y la misma maldición. Además, ahí abajo hay humedad suficiente para criar peces.

Ravian recibió la broma con el cansancio de quien ya la había oído demasiadas veces.

—Tu aportación histórica es conmovedora.

—Mi aportación histórica consiste en recordar que llevas once años intentando resolver esto como si dormir fuera una superstición extranjera.

Danah recogió la pieza de metal y la limpió con un paño.

—Sereth decía algo parecido.

El nombre dejó un pequeño hueco en la conversación. Ya no me incomodaba de la misma forma. Sereth había empezado a ocupar un lugar distinto en mi cabeza, alejado del absurdo deseo de compararme con una mujer a la que le habían robado siete años de vida humana.

—¿También bajó aquí? —pregunté.

Ravian asintió.

—Dos veces. La segunda se negó a volver.

—¿Por miedo?