CAPÍTULO 14 #3
Lysandra había seguido el linaje hasta una familia que abandonó Nocthar décadas después de la muerte de Eira. Los registros se perdían durante tres generaciones y reaparecían con una variante del apellido.
La última anotación era clara.
«La descendiente deberá entregar lo que la Madre le ofrezca, aunque llegado el momento creerá que renunciar a ello es renunciar a sí misma.»
Volví a leer la frase.
—¿Qué me ofrece?
Danah señaló mi muñeca.
—Ya ha empezado.
El poder. Pensé en el salón.
En la facilidad con la que había encontrado a cada ave.
En la sensación de tener cientos de cuerpos disponibles, cientos de ojos, un ejército que podía llegar donde yo no llegaba.
Pensé en Elin sola en casa.
Con aquel poder habría podido vigilar el camino hasta ella.
Habría podido saber si estaba segura. La idea apareció tan rápido que me avergonzó. Ravian debió de ver algo en mi cara.
—¿Qué has pensado?
—En mi hermana.
—¿Qué pasa con ella?
—Que si aprendiera a controlar esto podría encontrarla desde aquí.
—Eso no significa que debas conservarlo.
—Ya lo sé.
Contesté antes de pensarlo. El silencio de Danah lo empeoró.
Y ese silencio me obligó a ser más sincera.
—También entiendo por qué podría querer hacerlo.
Ravian apoyó una mano sobre la mesa, cerca de la mía sin tocarla.
—Lysandra te está advirtiendo de eso.
—Que la jaula puede gustarme si me dan la llave.
—Y que tener la llave no convierte la jaula en libertad.
La sexta carta seguía cerrada. En el sobre había una indicación: «Cuando la hermana elija quedarse».
Danah reunió los sobres.
—Tenemos que bajar a la cripta.
—Ahora —dije.
Ravian negó con la cabeza.
—La entrada está sellada por la corona. Para abrirla necesito llevarla puesta.
—¿Y qué te hará?
—Depende de cuánto tiempo permanezca allí.
—Entonces entramos, encontramos el texto y salimos.
—Acabas de prometerme todos los documentos.
—No he cambiado de idea.
—Tu cara dice otra cosa.
—Mi cara dice que anoche casi pierdes el control de una bandada y esta mañana quieres bajar al centro del pacto.
—Mi cara dice que estoy cansada de esperar a que la maldición avance mientras nosotros leemos cartas.
Edrik levantó una mano.
—Propongo una opción revolucionaria. Podemos preparar la entrada y hacerlo con gente suficiente para sacaros de allí si algo sale mal.
Danah asintió.
—Necesito revisar la marca antes.
Ravian comprobó la hora por la luz de la ventana.
—Al anochecer.
—Después de comer.
—A media tarde.
Edrik sonrió.
—Esto sí parece una negociación de Estado.
Ravian acabó cediendo a media tarde. Danah me llevó antes a mis habitaciones.
La marca había avanzado muy poco desde el baile. La línea dorada se detenía junto al nudillo. Las plumas, en cambio, habían cambiado de orientación bajo la piel. Parecían inclinarse hacia el centro del pecho.
—¿Eso qué significa?
—Ojalá pudiera inventarme una respuesta convincente.
—Puedes intentarlo.
—Significa que te estás convirtiendo en una mujer muy elegante.
—Horrible. Prefiero la verdad.
Danah volvió a cubrir la zona.
—La verdad es que nunca vi esto.
Llamaron a la puerta.
Una joven del servicio entró con una bandeja y un sobre.
—Ha llegado con el correo del sur.
Reconocí la letra antes de tocarlo.
Elin.
Danah me miró.
—Ábrelo.
Rompí el sello. La carta era corta.
«Mel, he recibido tus dos cartas y sigo enfadada.
Me alegra comprobar que sigues viva, aunque no pienso felicitarte por ello porque conseguirás convertirlo en argumento.
Aquí todo está bien. El cuervo blanco no ha vuelto.
La gente sigue mirándome como si fueras a caer muerta sobre nuestra puerta desde trescientos kilómetros de distancia.
He decidido que me cansé de esperar noticias escritas por personas que siempre quitan la mitad para no preocuparme.
Cuando leas esto probablemente ya estaré de camino.
Puedes enfadarte durante el tiempo que necesites. Yo también lo hice.»
Dejé de leer.
Danah me quitó la carta de las manos antes de que la arrugara.
—¿Qué ha hecho?
—Lo que haría cualquier hermana razonable después de que la otra se marche a casarse con un rey maldito.
—Danah.
—Ha venido a buscarte.
—Está loca.
—Tiene diecinueve años.
—Eso no mejora nada.
Calculé fechas. La carta había salido cinco días atrás.
Con buenos caballos, Elin podía estar mucho más cerca de Nocthar de lo que me gustaba.
Me levanté.
—Tengo que mandar gente al camino.
Danah me sujetó del brazo.
—Puedes hacerlo. También puedes recordar lo que llevas semanas aprendiendo.
—Mi hermana está cruzando medio reino en invierno.
—Y ha elegido hacerlo.
Me enfureció porque era cierto.
—No voy a dejarla sola por respetar una lección moral.
—Nadie te pide eso. Manda escolta. Asegura los caminos. Ayúdala sin decidir que debe regresar a casa.
No reaccioné enseguida.
Todavía me costaba distinguir una cosa de la otra.
—Odio cuando tienes razón.
—Eso mantiene nuestra relación sana.
Envié a cuatro guardias con una única orden: encontrarla y acompañarla si ella aceptaba.
Si no aceptaba, debían seguirla a distancia suficiente para no sacarla de quicio.
Edrik leyó la orden y me devolvió el papel.
—Estoy orgulloso.
—No empieces.
—Has utilizado la expresión «si acepta» dos veces.
—Voy a retirarte el rango.
—Eso sí sería abuso de poder.
La broma me alivió, aunque duró poco.
Después miré hacia el norte, donde la torre de los cuervos se recortaba contra el cielo.
La nota encontrada en la habitación de Orven anunciaba una segunda elección más cara.
Y Elin acababa de entrar en el tablero por voluntad propia.