CAPÍTULO 14 #2
—Y quiero todos los textos que hablen de la sangre Corven.
—Los tendrás.
—Incluidos los que hayas escondido.
—También esos.
Ravian sostuvo mi mirada sin apartarse.
Me apoyé en la mesa de cultivo.
—Me caes fatal cuando cooperas.
—A mí me resulta agotador.
Nos miramos.
La tensión de los últimos días regresó con una fuerza que me hizo consciente de cada centímetro entre ambos.
Ravian dio otro paso.
—¿Puedo tocarte?
La pregunta llegó baja, sencilla. Miré sus manos. Llevaba guantes.
—Con el guante.
Me rozó la mejilla con los nudillos. La marca no reaccionó. Cerré los ojos un segundo.
No necesitábamos besarnos para convertir aquello en algo peligroso.
—Ayer pude matarlo —dije.
—Y no lo hiciste.
—Parte de mí quería continuar.
—Parte de ti estaba furiosa porque un hombre te había sujetado después de que le pidieras que te soltara.
—Eso no justifica despedazarlo.
—No. Y por eso los detuviste.
Abrí los ojos.
—Vaerra quería que eligiera.
—¿Qué crees que estaba probando?
—Si usaría el poder cuando tuviera una excusa.
—¿Y qué aprendió?
Pensé en la voz satisfecha dentro de mi cabeza.
—Que puedo usarlo y detenerlo.
Ravian retiró la mano.
—Eso puede interesarle más que cualquier otra cosa.
La puerta del invernadero se abrió de golpe. Edrik apareció con nieve en los hombros.
—Tenemos un problema.
—¿Otro? —pregunté.
—Este sabe escribir.
Llevaba una hoja doblada. La dejó sobre la mesa. Era una nota breve.
«La decimotercera ya ha elegido una vez. La segunda elección será más cara.»
Debajo había un símbolo. La estrella atravesada por una línea curva. El signo de Dunia.
—¿Dónde estaba? —preguntó Ravian.
—En la habitación de Orven.
—¿Él la escribió?
—Dice que no.
—Qué sorprendente.
Edrik hizo un gesto de desacuerdo.
—Hay algo más. La puerta estaba vigilada. Nadie entró.
Miré el papel. La tinta seguía húmeda.
Una corriente fría atravesó el invernadero pese a que todas las ventanas estaban cerradas.
Las flores de Sereth se movieron. Después oímos un golpe en el cristal. Sereth estaba al otro lado.
La criatura mantenía una mano apoyada contra la ventana.
Entre sus dedos sujetaba algo. Una cinta de tela oscura.
Danah llegó pocos minutos después y la reconoció en cuanto la vio.
—Era de Lysandra.
Sereth se alejó del cristal. La seguimos hasta la galería de las esposas. Se detuvo frente al décimo retrato.
Lysandra.
Después golpeó tres veces la pared. El sonido fue hueco.
Edrik retiró el cuadro con ayuda de dos guardias.
Detrás había una cavidad pequeña.
Dentro encontramos un paquete de cartas atadas con la misma cinta que Sereth llevaba en la mano.
La primera tenía una sola línea escrita en el frente.
«Para abrir después de que la última descubra que puede mandar.»
Lysandra había preparado seis cartas.
Las llevamos a la biblioteca y cerramos las puertas. Ravian ordenó que nadie entrara sin permiso. Danah comprobó los sellos antes de dejarme tocar el paquete.
—La cera es antigua —dijo—. No se han abierto.
—Entonces lleva cuarenta años esperando este momento.
Edrik miró las seis cartas alineadas sobre la mesa.
—Empiezo a sentirme insultado por una mujer muerta que parece saber más de nosotros que nosotros mismos.
—No está muerta —recordé.
—Eso tampoco mejora mi autoestima.
Ravian permanecía junto a la ventana. Desde la discusión en el invernadero hablaba poco, aunque ya no escondía nada que yo supiera. Había mandado traer dos cajas con documentos del archivo privado de los Corven.
Empecé por la carta marcada con el número uno.
La letra de Lysandra era pequeña y firme.
«Si puedes leer esto, la maldición ha llegado a un punto que yo solo pude calcular. Las aves te obedecen y la Madre ya habrá intentado que confundas obediencia con derecho. No cometas nuestro error.»
Seguí.
Lysandra explicaba que durante su transformación había aprendido a distinguir tres fuerzas: la voluntad de las aves, la de las novias y la de Vaerra.
No eran lo mismo.
Los cuervos podían obedecer impulsos simples porque llevaban generaciones ligados al pacto.
Las novias, en cambio, conservaban su conciencia dentro de la transformación, aunque la maldición la ahogara durante largos periodos.
Vaerra podía empujar a ambas cosas, nunca fundirlas por completo sin el último vínculo.
—La decimotercera —dijo Ravian.
Asentí.
La carta terminaba con una advertencia.
«Cuando las doce te reconozcan, no creerán estar eligiéndote. Creerán que regresan a casa.»
Edrik dejó de bromear. Abrí la segunda. Lysandra narraba su encuentro con Dunia.
Dunia llevaba casi veinte años transformada cuando Lysandra llegó a Nocthar, así que nunca pudieron encontrarse como dos mujeres sentadas frente a una mesa. Aun así, habían conseguido comunicarse mediante el observatorio, los patrones de vuelo y pequeñas modificaciones en los mapas celestes.
Dunia había descubierto que las trece elecciones formaban una estructura precisa. Cada novia retenía una parte del poder extraído a Eira. La última no recibiría una parte más.
Las reuniría todas.
—Aquí está —dije.
Ravian acercó la lámpara. Leí en voz alta.
—«Doce cuerpos guardarán lo robado. El decimotercero devolverá a la Madre una forma capaz de caminar.»
Danah se sentó.
—Un recipiente.
La palabra me revolvió el estómago.
—Mi cuerpo.
Ravian tomó la carta y siguió leyendo.
—«La última conservará conciencia durante el inicio. Después las fronteras entre ambas se debilitarán hasta que nadie pueda saber dónde termina una y comienza la otra.»
Me quedé frente a los documentos, intentando asimilarlo.
Había imaginado la transformación como convertirme en una de las mujeres del bosque. Plumas, huesos, otra forma de existir.
Esto era distinto.
—No quiere convertirme en cuervo —dije.
—Quiere entrar —respondió Danah.
Edrik miró hacia las ventanas.
—Entonces el baile de ayer era una prueba.
—Quería comprobar si puedo dirigir el poder antes de ocuparme —dije.
Ravian dejó la carta.
—No va a ocupar nada.
—Agradezco el entusiasmo, aunque necesitamos algo mejor que una amenaza.
Abrí la tercera. Era mucho más larga.
Lysandra había investigado el origen de Eira con documentos que después desaparecieron de los archivos públicos.
Confirmaba que la sacerdotisa nunca aceptó el matrimonio con el primer Corven.
El pacto original exigía una alianza libre entre el soberano y la representante de Vaerra.
El rey convirtió aquella alianza en posesión.
La Corona de Hueso Negro no había sido entregada por Vaerra. Aldren la había forjado con los restos del servidor que cayó en el desfiladero y después la convirtió en el instrumento con el que forzó el vínculo.
La historia oficial había transformado aquella apropiación en un regalo de la divinidad.
En realidad, era una herramienta creada para convertir una alianza libre en posesión.
—Eso cambia todo —dijo Ravian.
—¿Por qué?
—La historia oficial dice que Vaerra entregó la corona como garantía del pacto.
Danah soltó una blasfemia en voz baja. Edrik la miró con admiración.
—No sabía que conocieras esa palabra.
—Conozco varias. Sigue hablando y aprenderás otras.
Leí el párrafo siguiente.
«La corona nunca fue un regalo. Fue una jaula. Cada rey que la lleva prolonga la primera imposición aunque crea utilizarla para proteger al reino.»
Ravian se quitó los guantes.
Las uñas estaban más oscuras que la última vez.
—La he utilizado cientos de veces.
—Porque te enseñaron que protegías Nocthar —dije.
—Eso no cambia lo que hace.
—No. Cambia lo que sabías mientras lo hacías.
Ravian no pareció consolarse.
Continué.
Lysandra había encontrado una copia incompleta del juramento original. Varias palabras habían sido traducidas de forma distinta en épocas posteriores. Entre ellas estaba la frase que todos conocíamos.
La sangre del rey deberá terminar.
La carta advertía que la traducción podía ser falsa.
—Lo sabíamos —dijo Danah.
—Sospechábamos. Ella también sospechaba.
—¿Encontró la correcta?
Busqué al final.
—En esta carta, no.
La cuarta estaba sellada con cera negra. Al abrirla cayó una tira estrecha de pergamino. Ravian la recogió.
Había tres palabras escritas en una lengua que yo no conocía.
—Antiguo nor —dijo—. Una forma anterior a la lengua de Nocthar.
—¿Puedes leerlo?
—Solo parte.
Edrik se acercó.
—Mi abuelo lo hablaba. Bueno, decía que lo hablaba. La mitad de sus palabras eran insultos.
Ravian señaló la primera.
—Esta es sangre o linaje, según el contexto.
La segunda le costó más.
—Terminar, cerrar, renunciar.
Me incliné sobre el pergamino.
—¿Renunciar?
—Podría significar eso.
—¿Y la tercera?
—Derecho. Herencia. Algo que se posee por nacimiento.
Nos miramos.
La segunda lectura que apuntaba la carta anterior empezaba a sostenerse en las palabras del original.
Danah fue quien la dijo.
—Esto respalda que no se refiera a matar al rey.
Ravian volvió a leer las palabras.
—Puede hablar de terminar el derecho de sangre.
Mi cuerpo aflojó una tensión que llevaba horas instalada sin permiso.
—Renunciar a la corona.
—Tal vez.
—Eso sería demasiado sencillo —dijo Edrik.
—Destruir una monarquía de más de un siglo no me parece especialmente sencillo —respondí.
—Comparado con matar a mi mejor amigo, mejora bastante el día.
Ravian seguía serio.
—Falta contexto.
—Entonces buscamos contexto.
La cuarta carta ofrecía una pista. Lysandra había localizado un fragmento más antiguo en la cripta, bajo la cámara donde se guardaba la Corona de Hueso Negro. No pudo acceder porque el rey de su época se lo prohibió y la transformación avanzó antes de que encontrara otra forma.
La quinta carta hablaba de mi linaje. Tuve que leerla dos veces.
«La última no descenderá de Eira. La sangre que puede cerrar el pacto quedó fuera del matrimonio. Busca a la hermana. Busca a quienes conservaron su nombre cuando los vencedores borraron el de ella.»
Varen era el hilo que unía a mi madre, mi abuela y a las demás mujeres cuyo parentesco con Mareth aparecía una vez más en aquellos papeles.