La novia del Rey Cuervo CAPÍTULO 14
67%

CAPÍTULO 14

Orven Sald exigió una disculpa oficial antes del amanecer.

Edrik respondió que podía empezar disculpándose él por haber sujetado a una mujer después de que le pidiera que la soltara. Vaelor consideró aquella respuesta poco diplomática. Yo la consideré bastante razonable.

El embajador terminó la noche en una habitación de invitados con doce puntos de sutura, un médico de palacio y dos guardias en la puerta.

Yo terminé la mía sin dormir.

Cada vez que cerraba los ojos regresaban las imágenes del salón. El rostro de Orven desde veinte alturas distintas. Las uñas de un cuervo clavándose en la tela azul. El instante en que había entendido que podía continuar.

Lo que más me costaba aceptar era la facilidad terrible con la que aquel poder había obedecido.

Al amanecer me rendí y salí de la cama.

Danah había dejado ropa limpia junto al biombo. El vestido negro estaba tirado sobre una silla, con la manga rota y una mancha de sangre que no era mía cerca del puño.

Lo doblé y lo dejé dentro de un arcón.

No quería volver a verlo durante un tiempo.

Encontré a Ravian en la galería de las esposas.

Estaba solo delante de mi retrato. El lienzo había cambiado durante la noche. El rostro ya estaba completo.

Mis ojos seguían sin pintar, dos espacios claros que resaltaban demasiado en medio de la cara. Alrededor del cuello aparecían plumas negras. Una de las manos, la derecha, estaba abierta con la palma hacia arriba.

Encima había un cuervo.

—Eso tampoco estaba ayer —dije.

Ravian se giró.

Tenía la misma ropa de la noche anterior. Solo se había quitado el broche del cuello.

—No has dormido.

—Tú tampoco.

—He tenido trabajo.

—Yo he tenido pesadillas. Estamos empatados.

Me acerqué al lienzo.

—¿Qué significa el cuervo?

—No lo sé.

—Últimamente esa respuesta se repite mucho.

—Es una época humilde para la corona.

Miré el retrato de Sereth. La pintura seguía igual que el día que llegué. Vestido claro, mirada frontal, una mano escondida entre los pliegues de la falda.

—¿Ella llegó a controlar a los cuervos?

—Nunca así.

—¿Podía ver a través de ellos?

—A veces tenía imágenes. Fragmentos. Pensábamos que eran sueños.

—¿Y las otras?

—Dunia escribió sobre algo parecido. Lysandra también.

—Entonces no soy tan especial.

—Ninguna pudo detener a una bandada entera después de haberla lanzado contra alguien.

Me crucé de brazos.

—No la lancé deliberadamente.

—Lo sé.

—Eso no mejora demasiado la sensación.

Ravian se apoyó en el marco del retrato vacío que ya no estaba vacío.

—Orven sabía dónde estaba la marca.

—También lo creo.

—Vaelor niega haberle dado esa información.

—¿Le crees?

—No del todo.

—Vas progresando.

—No disfrutes demasiado.

Un guardia apareció en la entrada de la galería.

—Majestad, el consejo está reunido.

Ravian se apretó el puente de la nariz.

—Voy.

El hombre se retiró.

—¿Puedo ir? —pregunté.

—Te dirán que no.

—Te he preguntado si puedo, no qué dirán ellos.

—Puedes.

La sala estaba llena cuando llegamos.

Vaelor ocupaba su lugar junto a la cabecera. Edrik permanecía de pie contra la pared. Había siete representantes de las grandes casas, dos consejeros militares y el responsable de las fronteras.

Algunos dejaron de hablar al verme.

—Mel no pertenece al consejo —dijo Lord Aerden.

—Ayer el consejo utilizó su existencia como mensaje político —respondió Ravian—. Hoy puede escuchar cómo piensan arreglar las consecuencias.

Nadie insistió. Vaelor tenía varios documentos delante.

—Asteria ha enviado una protesta formal. Orven Sald exige garantías antes de abandonar el castillo.

—Puede marcharse cuando quiera —dijo Edrik—. Nadie le impide caminar.

—Capitán, intente guardar su opinión mientras hablamos de diplomacia.

—Me costará, pero puedo intentarlo.

Ravian tomó asiento.

Yo elegí una silla al final de la mesa.

Vaelor continuó.

—La buena noticia es que las tropas del paso de Helder no han avanzado durante la noche.

—Porque saben lo ocurrido —dije.

Varias miradas se volvieron hacia mí.

—Es posible —admitió Vaelor.

—Entonces el ataque les ha dado el mensaje que usted quería.

—No provoqué el ataque.

—He dicho que le beneficia, no que lo hiciera.

Vaelor sostuvo mi mirada.

—También te beneficia a ti seguir teniendo un reino alrededor cuando llegue la primavera.

Ravian golpeó una vez la mesa con los dedos.

—Basta.

—No. Esto es lo que tenemos que discutir —replicó Vaelor—. Ayer todos vimos que Mel posee un control que ninguna novia mostró antes. Puede ser la diferencia entre perder las defensas de Nocthar y conservarlas sin repetir el ciclo.

Se me heló algo por dentro.

—¿Conservarlas cómo?

Vaelor abrió un documento.

—Si la decimotercera puede dirigir a las antiguas novias, quizá no sea necesario permitir que la maldición se complete. Podemos encontrar un punto de equilibrio.

—¿Un punto de equilibrio? —pregunté.

—Mantener el vínculo sin permitir la manifestación total de Vaerra.

Ravian se levantó.

—Se acabó.

—Escúchame.

—Estás proponiendo conservar a doce mujeres convertidas en criaturas y utilizar a Mel como llave.

—Estoy proponiendo estudiar una posibilidad antes de destruir una defensa que lleva un siglo evitando guerras.

—No soy una cerradura —dije.

Vaelor me miró.

—Eres la única persona que ha conseguido detenerlas.

—Cuervos. Ayer detuve cuervos.

—El principio puede ser el mismo.

—Y si no lo es, ¿qué hacemos? ¿Probamos hasta que una de ellas me arranque la cabeza?

—No he dicho eso.

—Lo has pensado con palabras más bonitas.

Aerden intervino.

—Lord Vaelor tiene razón en una cosa. No sabemos qué ocurrirá si se rompe la maldición.

—Sabemos qué ocurre si continúa —respondí—. Las mujeres siguen atrapadas.

—Y el reino sigue protegido.

Edrik se separó de la pared.

—Mi madre vivía en una aldea del paso de Helder cuando atacó Asteria. Sé lo que hicieron las novias porque las vi regresar cubiertas de sangre. También sé que ninguna persona debería ser obligada a vivir así para que nosotros podamos dormir tranquilos.

El silencio cambió de forma. Vaelor lo observó.

—Hablas como soldado que nunca ha tenido que elegir entre dos pérdidas.

—He enterrado bastante gente como para reconocer cuándo alguien llama estrategia a utilizar el cuerpo de otro.

Ravian no apartó los ojos de su tío.

—La discusión termina aquí. No se hará ninguna prueba con Mel ni con las novias.

—Esa decisión podría costarnos una guerra.

—Entonces será mi responsabilidad mientras siga siendo rey.

Vaelor sonrió sin humor.

—Ese es el problema. No sé cuánto tiempo seguirás siéndolo.

Ravian tardó en responder. La incertidumbre siguió sobre la mesa entre los dos.

Yo sí entendí.

Vaelor conocía la falsa solución. La muerte del rey. O al menos había leído la misma traducción.

—¿Qué sabe? —pregunté.

—Mel —dijo Ravian.

—No. Quiero escucharlo.

Vaelor se recostó en la silla.

—Sé que varias versiones del pacto hablan del final de la sangre Corven. Sé que Lysandra dedicó años a buscar una alternativa y nunca la encontró. Y sé que Ravian lleva siete años preparándose para la posibilidad de que su muerte sea el precio.

La mesa desapareció de mi atención. Miré a Ravian. Él no negó nada.

—Luego hablaremos —dije.

—He dicho que luego hablaremos.

Mi voz bastó para que nadie intentara detenerme cuando salí.

Caminé sin rumbo y acabé en el invernadero.

Dentro hacía demasiado calor. Me quité la capa y la dejé sobre un banco.

Las plantas de las antiguas novias seguían ocupando sus espacios. Flores secas, pequeños árboles, hierbas que no reconocía. Cada una tenía una placa con un nombre.

Sereth.

Me detuve delante de la suya.

Ravian había conservado las pequeñas flores naranjas que Sereth decía odiar. Recordé por qué las había pedido después: crecían en la ventana de su madre.

Toqué una hoja. El olor me llenó las manos.

—Podrías haberme dicho que planeabas morir.

Ravian estaba en la puerta.

No lo había oído llegar. Quizá llevaba allí varios segundos.

—No tengo un plan.

—Qué alivio. Solo llevas siete años contemplando la posibilidad.

—Es distinto.

—Explícame la diferencia.

Entró y cerró la puerta.

—Mientras no sepamos qué significa el texto, no hay nada que decidir.

—Y si descubrimos que significa lo que parece, ¿qué harás?

Ravian dejó la pregunta en el aire. Me reí, aunque no tenía ninguna gracia.

—Ahí está.

—Te enfadaste conmigo por ocupar el lugar de Elin. Me dijiste que decidir por otra persona podía disfrazarse de sacrificio y seguir siendo una decisión tomada sin permiso.

—Mi vida me pertenece.

—También la mía me pertenecía cuando fui a buscar a tus emisarios.

—No es lo mismo.

—Claro que lo es.

Se acercó un paso.

—Si mi muerte rompe la maldición y te salva, no voy a pedirte permiso.

—Entonces no vuelvas a hablarme de elección como si la hubieras inventado tú.

Le dolió. Lo vi en su cara y me arrepentí de la crueldad, aunque no de lo que quería decir.

—No quiero morir —dijo.

Me quedé quieta. Ravian miró hacia las ventanas empañadas.

—No llevo siete años esperando una oportunidad heroica.

No quiero que me recuerden por sacrificarme.

Quiero salir de estas montañas sin escuchar cada ala como una amenaza.

Quiero dormir una noche sin despertarme con las manos deformadas.

Quiero saber qué aspecto tiene un invierno en el que nadie espere una novia.

Se pasó la mano por el pelo.

—Y desde que llegaste quiero cosas que había dejado de permitirme querer.

El calor del invernadero se volvió incómodo.

—Entonces deja de hablar como si morir fuera una solución sencilla.

—Nunca he dicho que lo fuera.

—Lo ocultaste.

—Porque no había nada que pudieras hacer con esa información salvo cargar con ella.

—Otra vez decidiendo por mí.

Ravian dejó caer los ojos.

—Tienes razón.

No esperaba escucharlo tan rápido.

—Eso ha sido sospechosamente fácil.

—No me acostumbres.

Seguía enfadada. También quería acercarme a él.

Ambas cosas podían existir a la vez, y empezaba a cansarme de comportarme como si una emoción tuviera que expulsar a la otra.

—Vaelor cree que puede utilizarme para mantener a las novias —dije.

—No se lo permitiré.

—Quiero estar en la decisión, no que tú se lo permitas o se lo impidas.

—De acuerdo.