La novia del Rey Cuervo CAPÍTULO 13 #3
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CAPÍTULO 13 #3

Entendí entonces qué debía de haber sentido cada una de las mujeres que me precedieron al entrar en una sala semejante. Todos conocían su final antes que ellas. Todos observaban buscando síntomas, miedo, cualquier detalle que pudieran llevarse después a casa convertido en historia.

Bajé sin mirar a las mesas ni a los balcones. Toda mi atención estaba en Ravian.

Él me ofreció la mano. La tomé con el guante puesto.

La marca reaccionó con una punzada leve que desapareció enseguida.

—Negro —dijo en voz baja cuando estuve a su lado.

—Si vas a criticarlo, llegas tarde.

—Iba a decir que ha sido una buena elección.

—Eso mejora bastante las cosas.

La música empezó.

Durante la primera hora sobreviví a presentaciones, inclinaciones de cabeza y preguntas disfrazadas de cortesía.

Una mujer de Velaria quiso saber si el clima del norte me resultaba saludable.

Un conde de Nocthar preguntó cuánto tiempo pensaba permanecer en el castillo.

Un anciano que olía a licor me deseó una primavera agradable y pareció darse cuenta demasiado tarde de lo que acababa de decir.

Le respondí que esperaba disfrutarla mucho. Edrik casi se atragantó con la bebida.

Vaelor circulaba entre los invitados como si hubiera nacido en aquella sala. Orven Sald permanecía cerca de él.

Lo reconocí por el uniforme azul.

Era más joven de lo que había imaginado, quizá cuarenta años, con barba clara y una cicatriz pequeña junto a la oreja. Cuando nuestras miradas se cruzaron, levantó la copa.

—Ahí está tu espía —dije a Ravian.

—Embajador.

—Es una palabra más elegante.

—Y menos fácil de convertir en incidente diplomático.

—Qué aburrido eres cuando trabajas.

—Tú me das demasiado trabajo.

Los músicos cambiaron de pieza. Varias parejas ocuparon el centro. Ravian me ofreció la mano.

—¿Bailas?

—Depende de cuánto te importe conservar los pies.

—He sobrevivido a cosas peores.

Acepté.

Su mano quedó en mi cintura. La mía sobre su hombro. Entre ambos seguían los guantes, la ropa, capas suficientes para que Danah no apareciera con un cuchillo y nos separara allí mismo.

El contacto importaba menos que el recuerdo del beso.

Ravian también lo estaba recordando. Lo supe por la forma en que evitaba mirarme la boca.

—Estás muy serio.

—Estoy contando.

—¿Pasos?

—Cuervos.

Levanté la vista apenas un momento.

Había más de cuarenta sobre las vigas del centro.

—Antes había menos.

—Lo sé.

La presión detrás de mis ojos aumentó. Vaerra seguía sin hablar.

Terminamos la pieza. Al apartarme de Ravian, la sala tardó unos segundos en recuperar su forma normal. El calor me había subido al cuello y las plumas escondidas bajo el vestido picaban.

Danah apareció con una copa de agua.

—Bebe.

—Qué romántico.

—Ravian puede darte vino cuando dejes de convertirte en pájaro.

—Lo apuntaré como objetivo personal.

Orven Sald se acercó antes de que pudiera terminar.

Vaelor venía con él.

—Lady Mel —dijo el embajador.

—Mel basta.

—En Asteria hemos oído hablar mucho de usted.

—Espero que al menos hayan mejorado las historias.

—Algunas son difíciles de mejorar.

Ravian se colocó a mi lado.

—Embajador.

—Majestad.

La cortesía entre ambos tenía el filo de una navaja.

Orven miró hacia las vigas.

—Siempre me han impresionado sus aves.

—No son mías —respondió Ravian.

—Eso dicen.

—Y esta noche conviene creerlo.

Orven sonrió.

—Solo deseo felicitar a la futura novia.

Extendió una mano. Yo llevaba guantes. Él también. No vi peligro. Le ofrecí la mía. Orven la sujetó demasiado tiempo.

—Asteria desea una larga vida para usted.

Su pulgar presionó justo encima de la marca. El dolor me atravesó el brazo. Retiré la mano. Orven no me soltó.

—Embajador —dijo Ravian.

La advertencia bastaba.

Orven me miró con una curiosidad que ya no parecía diplomática.

—¿Duele?

Entonces entendí que sabía dónde estaba la marca.

—Suéltame.

Apretó un poco más. No llegó a tener tiempo de responder. Los cuervos bajaron de las vigas. El ruido fue enorme.

Alas, gritos, copas cayendo, gente apartándose de las mesas. Una masa negra descendió sobre Orven. El embajador se cubrió la cara con los brazos y perdió el equilibrio.

Yo no había dicho nada. Ni siquiera había pensado una orden completa. Solo había querido que me soltara. Los cuervos atacaron.

Uno le abrió la mejilla. Otro se enganchó a su hombro. Orven gritó y cayó de rodillas.

Ravian me agarró por la cintura para apartarme.

—Mel.

No pude contestarle. Estaba viendo demasiado. El salón desapareció detrás de decenas de imágenes.

Vi a Orven desde arriba, desde el suelo, desde una lámpara, desde la barandilla. Vi a Vaelor empujar a dos nobles. Vi a Danah correr hacia mí. Vi el rostro de Ravian desde la espalda de un cuervo que volaba a menos de un metro de nosotros.

Y sentí la voluntad de todas aquellas aves como una corriente esperando dirección.

Podía continuar. La certeza llegó sin palabras.

Podía hacer que siguieran hasta que Orven dejara de moverse.

La voz de Vaerra entró en mi cabeza.

«Elige.»

Entendí lo que había querido decir. Vaerra no me había pedido escoger una corona. Estaba eligiendo qué hacer con el poder.

Orven estaba en el suelo, con los brazos sobre el rostro.

Una parte de mí quería castigarlo. Había sabido dónde tocarme. Había querido comprobar qué ocurría. Quizá Vaelor le había dado esa información. Quizá me habían conducido hasta allí para medir mi reacción.

Podía terminarla con una sola decisión.

«Elige.»

Cerré los ojos.

Busqué las aves igual que había buscado al cuervo en la sala del consejo.

Empujé en sentido contrario con una sola intención: basta.

Los cuervos se detuvieron.

Fue tan brusco que varios quedaron suspendidos un instante antes de batir las alas y regresar a las vigas.

El salón entero permaneció inmóvil. Orven respiraba en el suelo.

Tenía sangre en la cara y una manga rota, aunque seguía consciente.

Ravian me sujetaba todavía.

—Mírame.

Lo intenté.

Sus ojos tardaron en convertirse en los únicos que veía.

—Estoy aquí —dije.

Mi voz sonó extraña.

Danah llegó hasta nosotros y me agarró la muñeca.

—La marca.

La manga se había abierto por la costura.

La línea dorada cubría ya parte de mi mano.

Vaelor ordenó despejar la sala. Edrik se arrodilló junto a Orven mientras varios guardias apartaban a los curiosos.

—Está vivo —dijo.

—Lo sé —respondí.

Vaelor me miró desde el otro lado.

Entonces comprendí qué había querido comprobar Vaelor: no solo si podía atacar, sino si era capaz de detener a los cuervos. Ravian también lo entendió y se volvió hacia su tío.

—¿Qué le dijiste?

Vaelor no retrocedió.

—No es el momento.

—¿Sabía dónde estaba la marca?

—Ravian.

—¿Lo sabía?

Orven escupió sangre sobre el suelo.

—Pregúnteselo a su novia.

Edrik lo obligó a sentarse.

—La próxima vez que hable, embajador, procure que no sea para provocar a la mujer que controla los pájaros del techo.

En cualquier otro momento me habría hecho gracia. Allí solo consiguió darme miedo.

Porque era cierta. Vaerra volvió a hablar dentro de mi cabeza. Esta vez su voz parecía satisfecha.

«Has elegido.»

La presión desapareció. Las aves dejaron de mirarme. Ravian me llevó fuera del salón.

Atravesamos dos corredores sin hablar. Danah venía detrás. Yo podía caminar, aunque las piernas no terminaban de obedecerme como siempre.

Al llegar a mis habitaciones, Ravian cerró la puerta.

—¿Qué ha dicho?

—Que he elegido.

—¿Qué has elegido?

Miré mis manos.

—No matarlo.

Danah empezó a cortar la manga dañada. Ravian dejó de observar la manga.

—Podías haberlo hecho.

—Eso creo.

—¿Y los detuviste tú?

—Eso también.

Danah descubrió la marca.

La línea dorada había llegado hasta la base del dedo índice.

—Esto no es una buena noticia —dijo.

Yo seguía pensando en Orven en el suelo. En lo fácil que habría sido continuar.

—Para él sí.

Ravian se agachó delante de mí.

—Mel.

Levanté la vista.

—El poder no ha decidido por ti.

—El poder ha rozado tu voluntad.

—Y has elegido tú.

Ravian se echó atrás, sin apropiarse de una decisión que no le pertenecía. Fuera, los músicos habían dejado de tocar.

El Baile del Solsticio había terminado antes de medianoche.

Y Asteria acababa de descubrir algo bastante peor que una novia enferma.

Había descubierto que la decimotercera podía dar órdenes.