CAPÍTULO 13 #2
Ravian entró en mi habitación menos de un minuto después acompañado por dos guardias.
—¿Qué ha pasado?
Le enseñé la muñeca. La línea dorada había alcanzado la palma.
—He respondido.
Su cara cambió.
—¿A quién?
—A Vaerra.
El nombre pareció quedarse suspendido en el cuarto.
—¿Qué te ha dicho?
Miré la ventana cerrada.
—Que mañana voy a elegir.
Ravian siguió mi mirada.
—¿Elegir qué?
—Eso no ha tenido la cortesía de explicarlo.
El baile empezaría al anochecer.
Desde mi llegada a Nocthar había temido muchas cosas, pero entrar en una sala llena de personas que esperaban verme morir había dejado de ocupar el primer puesto.
Me preocupaba que la criatura que llevaba un siglo esperando mi nacimiento tuviera intención de asistir conmigo.
El día del Baile del Solsticio empezó con Danah arrancándome una pluma del hombro.
Lo hizo sin aviso. Yo estaba sentada frente al espejo mientras una costurera terminaba de ajustar el vestido y, cuando sentí el tirón, estuve a punto de clavarle un alfiler a alguien que no tenía culpa de nada.
—Podrías haberme avisado.
Danah dejó la pluma sobre un paño blanco.
—Te habrías puesto tensa.
—Me he puesto homicida. No veo la mejora.
La costurera se apartó un paso. Danah ni siquiera me miró.
—La raíz estaba suelta. Las otras siguen profundas.
Miré el pequeño hueco que había quedado junto a la clavícula. Apenas sangraba. La pluma parecía más larga que las anteriores y tenía una línea dorada muy fina en el centro, casi invisible salvo cuando la luz de la ventana caía encima.
—Eso es nuevo.
—Contigo todo termina siendo nuevo.
—Qué bonito. Podrías bordarlo en una almohada.
Danah envolvió la pluma y la guardó en uno de sus frascos. Llevaba tantos que empezaba a sospechar que, si sobrevivía, acabaría teniendo una colección completa de mí repartida por su habitación.
El vestido negro esperaba sobre el biombo.
Lo había elegido yo después de rechazar tres blancos, dos grises y uno azul pálido que Vaelor consideraba adecuado para una futura reina.
Lo descarté por eso antes de probármelo.
No tenía intención de aparecer ante media nobleza vestida como una mujer que ya había aceptado un destino que ni siquiera comprendía.
El negro tampoco era discreto. La falda caía pesada hasta el suelo y el cuerpo estaba bordado con hilo oscuro que solo se veía al moverse.
Danah había ordenado modificar el cuello para tapar las plumas.
Las mangas cubrían la marca de la muñeca, aunque yo sabía que la línea dorada había seguido avanzando durante la noche.
—Si te mareas, sales del salón —dijo Danah.
—Lo tendré en cuenta.
—Eso significa que lo harás.
—Significa que lo tendré en cuenta.
Me dedicó esa mirada con la que conseguía decirme que estaba cansada de mí sin gastar palabras.
La puerta se abrió y Edrik asomó la cabeza.
—¿Puedo entrar o hay agujas volando?
—Depende de lo que vengas a contar.
Entró ya vestido con el uniforme ceremonial de la Guardia Negra. Había cambiado la capa habitual por una más corta y llevaba el pelo recogido hacia atrás. Seguía teniendo cara de preferir una patrulla bajo la nieve a una noche entre nobles.
—Ravian quiere verte antes de bajar.
Danah resopló.
—Ravian puede esperar.
—He intentado explicárselo.
—Y te ha mandado igualmente.
—Por eso sigo siendo capitán y no poeta.
La costurera terminó de cerrar el vestido. Me levanté y comprobé que podía respirar, caminar y levantar los brazos sin romper nada. Era un comienzo bastante digno.
—¿Qué ocurre? —pregunté.
Edrik miró a Danah.
—Ha llegado otro mensaje de la frontera.
La ligereza desapareció de la habitación.
—¿Asteria?
—Dos compañías han avanzado hasta el paso de Helder. Dicen que son maniobras de invierno.
—Qué casualidad.
—Ravian piensa lo mismo.
Danah me colocó una capa fina sobre los hombros.
—Ve. Yo terminaré cuando vuelvas.
Encontré a Ravian en la sala pequeña del consejo. Había mapas abiertos sobre la mesa y tres alfileres rojos cerca de la frontera sur. Vaelor estaba con él.
La conversación se detuvo cuando entré.
Vaelor fue el primero en mirarme de arriba abajo.
—Has elegido negro.
—Veo que conserva la vista.
—Una novia debería vestir de blanco durante el Solsticio.
—También debería estar muerta antes de primavera y no pienso esforzarme por cumplir todas las tradiciones.
Ravian bajó la cabeza para esconder una sonrisa. Vaelor lo vio y su expresión empeoró un poco.
—Esto no es un juego, Mel.
—Por eso he venido. Edrik me ha hablado de la frontera.
Vaelor apoyó ambas manos en la mesa.
—Asteria está midiendo nuestra respuesta.
—Ayer se reunió con su embajador.
Ravian me miró. Vaelor tardó apenas un instante en entender de dónde había salido aquella información.
—Así que ya espías a través de los animales.
—No me gusta la palabra animales cuando hay doscientos cuervos sobre nuestras cabezas y parecen entender mejor las conversaciones que muchos miembros del consejo.
—¿Qué viste?
—Lo suficiente para saber que estaban hablando de la frontera.
Vaelor no trató de negarlo.
—Orven Sald me informó del movimiento antes de que llegara el mensaje oficial. Quería evitar una reacción precipitada.
—¿Y por qué se lo ocultó a Ravian?
—Porque el rey ha demostrado durante las últimas semanas que sus decisiones están condicionadas por tu situación.
Ravian giró la cabeza hacia el consejero.
—Mide lo que vas a decir.
—Lo llevo midiendo siete años. Desde Sereth.
El nombre cayó pesado sobre la mesa. Vaelor señaló el mapa.
—Asteria no teme a nuestros soldados. Teme a las montañas. Teme lo que ocurre cuando un ejército entra en ellas. La última invasión terminó porque las novias salieron del bosque.
—Las mujeres a las que llamas defensa —dije— no eligieron convertirse en eso.
—Tampoco eligieron los campesinos que murieron durante aquella invasión.
—Una injusticia no arregla la otra.
—La política rara vez ofrece una opción limpia.
Ravian apartó uno de los alfileres.
—No vas a utilizarla.
Vaelor lo miró con cansancio.
—Si esta noche Asteria entiende que la decimotercera está perdiendo el control, tendremos soldados cruzando Helder antes de que termine el mes.
—Entonces haremos que entiendan otra cosa.
—¿Qué cosa?
Ravian señaló hacia mí con una inclinación apenas visible.
—Que Mel está viva.
No me gustó ser parte de una estrategia, aunque agradecí que no dijera que estaba bajo control.
Vaelor dejó escapar un sonido de incredulidad.
—Procura que siga así hasta el final del baile.
Se marchó sin despedirse. La puerta se cerró tras él.
—Qué hombre tan encantador.
—Hoy está de buen humor.
Me acerqué a la mesa.
—¿Crees lo que ha dicho?
—Creo que Asteria lleva años esperando una debilidad.
—Me refería a ti.
Ravian dejó el alfiler.
—Sé qué hicieron las novias durante la invasión. Yo estaba aquí.
—¿Cuántos años tenías?
—Tenía trece.
Había mencionado la guerra muy pocas veces. Yo conocía el resultado por Edrik y por los documentos que Vaelor había utilizado para defender su postura. Nunca había pensado en Ravian dentro de ella.
—¿Las viste?
—Desde la muralla. Salieron del bosque cuando los asterianos alcanzaron el desfiladero. En menos de una hora dejaron de avanzar.
—¿Qué hicieron?
Ravian tardó en contestar.
—Lo suficiente para que algunos soldados se tiraran por un barranco intentando escapar.
Dejé las manos sobre la mesa.
—Y Vaelor quiere conservar eso.
—Vaelor quiere conservar todo lo que crea que mantiene el reino en pie.
—Aunque tenga que alimentar la maldición.
—Aunque tenga que alimentarla.
Su voz no contenía duda.
Miré los alfileres rojos y entendí por qué el baile importaba tanto. Bajo las velas y la música se escondía una exhibición. Los nobles vendrían a comprobar si el Rey Cuervo seguía teniendo dientes.
—¿Y qué esperas de mí esta noche?
Ravian dejó el mapa y se acercó.
—Que no hagas nada que no quieras hacer.
—Eso es sorprendentemente poco regio.
—Estoy practicando.
Se detuvo delante de mí.
Llevaba el cabello peinado hacia atrás y un broche de plata en el cuello. No tenía la corona. Me fijé en eso antes que en cualquier otra cosa.
—¿No vas a llevarla?
—Durante el baile no la necesito.
—Vaelor pensará que deberías.
—Vaelor piensa muchas cosas.
—También piensa que yo soy una frontera con vestido.
—Esta noche habrá gente que piense cosas peores.
—Eso me tranquiliza muchísimo.
Ravian miró el cuello del vestido.
—¿Danah ha podido hacer algo con las plumas?
—Ha arrancado una.
Su mano se movió un poco y se detuvo antes de tocarme.
Ese gesto me resultó más íntimo que el beso de la galería.
—¿Te duele?
—Menos que ayer.
—No era esa mi pregunta.
—Entonces pregunta mejor.
Levantó los ojos hacia mí.
—¿Te duele ahora?
—Un poco.
Asintió.
No intentó tocarme.
La distancia entre nosotros se había vuelto extraña desde el beso. Ninguno fingía que no había ocurrido. Tampoco sabíamos qué hacer con algo que podía acelerar una maldición cada vez que se nos olvidaba ser prudentes.
—Ravian.
—Dime.
—La voz de anoche dijo que hoy elegiría.
—Lo sé.
—¿Tienes alguna idea de qué puede significar?
—Demasiadas. Ninguna buena.
—Perfecto.
—Si escuchas a Vaerra dentro del salón, me lo dices.
—¿Y si me pide que haga algo?
—Lo decides tú.
Lo dijo sin esfuerzo, y ahí noté el cambio.
—Estás aprendiendo rápido.
—Tengo una profesora insoportable.
La sonrisa apenas me duró un segundo: alguien llamó a la puerta y el día volvió a ponerse en marcha.
El gran salón de Nocthar parecía otro lugar al caer la noche.
Habían encendido cientos de velas en lámparas de cristal y retirado las mesas del centro para dejar espacio a los músicos. Las ventanas altas devolvían reflejos dorados. Fuera seguía nevando, aunque desde dentro el frío parecía pertenecer a otro mundo.
Los cuervos permanecían en las vigas. Había demasiados. Lo noté en cuanto crucé la galería superior. Danah también.
—No mires arriba todo el tiempo —murmuró.
—Ellos me miran a mí.
—Que aprendan educación.
Edrik esperaba junto a la escalera.
—¿Preparada?
—No, pero bajaré igualmente.
—Esa respuesta sirve para casi todo en palacio.
Ravian apareció al pie de la escalinata. Las conversaciones fueron bajando de volumen.