CAPÍTULO 13
El anuncio del baile llevaba días cambiando la ciudad.
Llegaron carros con telas, vino, fruta conservada y cajas selladas con emblemas de casas que hasta entonces solo conocía por los mapas del consejo.
Los patios se llenaron de criados extranjeros, caballos nerviosos y guardias que discutían sobre dónde dejar carruajes como si el destino del reino dependiera de ello.
Danah me llevó a la ciudad para elegir unos guantes nuevos porque los que había traído de casa ya no podían ocultar la marca.
Acepté con la condición de bajar sin comitiva ceremonial.
Perdí esa discusión. Edrik nos siguió con dos hombres a una distancia que pretendía ser discreta y no engañaba a nadie.
La plaza estaba llena. Una mujer vendía manzanas asadas junto a una fuente congelada y un grupo de niños perseguía a los cuervos con trozos de pan.
Nadie parecía temer a las aves. Las insultaban cuando robaban comida, las apartaban de los puestos y seguían con su vida.
Me detuve a mirar porque esa normalidad chocaba con todo lo que representaban para mí.
Una anciana reconoció a Danah y luego me reconoció a mí. Esperé una reverencia o una mirada triste. Me tendió una madeja de lana negra.
—Para cuando vuelva la primavera.
—No sé tejer.
—Entonces aprende. La primavera tarda bastante aquí.
Danah pagó la lana antes de que pudiera negarme. Continuamos caminando mientras yo sostenía aquel ovillo absurdo contra el pecho. Hasta ese día nadie en Nocthar me había hablado del futuro como si diera por hecho que yo estaría allí para verlo.
En la tienda de guantes, la dueña me enseñó pares de piel clara, terciopelo y lana bordada. Elegí unos negros sencillos. Danah insistió en que para el baile necesitaba algo mejor.
—No voy a convertirme en un candelabro por agradar al consejo.
—Nadie te lo ha pedido. Los candelabros suelen ser más obedientes.
Acabamos comprando dos pares. Al salir, vi mi reflejo en un escaparate y pensé que ya empezaba a parecer alguien que pertenecía a Nocthar. La idea me gustó y me inquietó casi en la misma medida.
Durante los dos días siguientes Nocthar se llenó de costureras, cocineros, músicos y consejeros que fingían que el Baile del Solsticio era una celebración cualquiera.
La fecha llevaba fijada desde antes de mi llegada y cancelarla habría enviado a los reinos vecinos un mensaje todavía peor que celebrarla. Según Vaelor, Asteria ya sabía que la nueva novia estaba enferma. Según Edrik, Asteria sabía incluso qué había cenado Ravian tres noches atrás.
—¿Qué cenó? —pregunté.
—Ciervo.
—Entonces el espionaje internacional funciona de maravilla.
Edrik me entregó una lista de invitados.
—Doscientas treinta y seis personas confirmadas. Treinta y ocho de Asteria. Veintiuna de Velaria. El resto son casas de Nocthar.
—¿Cuántas quieren verme muerta?
—¿Quieres la cifra diplomática o la útil?
—La útil.
—No cabría en el margen.
Estábamos en el gran salón mientras varios criados colocaban mesas alrededor de las paredes. Los cuervos observaban desde las vigas. Habían empezado a seguirme con una constancia incómoda.
Ya podía sentirlos incluso cuando no miraba a través de ellos.
Era una presión leve detrás de los ojos, como saber que alguien estaba en una habitación contigua.
Danah me había prohibido utilizar el poder de forma voluntaria.
Obedecí durante casi seis horas.
Después descubrí que uno de los cuervos llevaba toda la mañana entrando y saliendo de la sala del consejo.
Me senté en una galería vacía y cerré los ojos.
No sabía si hacía falta, aunque me ayudaba a concentrarme.
Busqué al ave. La imagen llegó.
Vi una mesa desde una cornisa. Vaelor estaba solo con un hombre que no conocía. Llevaba el uniforme azul oscuro de Asteria.
El embajador.
No podía oír bien. Los sonidos a través del cuervo eran confusos, más agudos de lo normal.
Vaelor dejó un documento sobre la mesa. El hombre señaló algo. Después dijo una palabra que sí entendí.
«frontera».
Abrí los ojos. Ravian estaba delante de mí. Di un salto.
—¿Cuánto llevas ahí?
—Lo suficiente para saber que has hecho lo que Danah te prohibió.
—No estaba haciendo nada peligroso.
—Tenías los ojos negros.
Me levanté.
—Vaelor se está reuniendo con el embajador de Asteria.
Ravian dejó de discutir.
—¿En qué sala?
—Sala pequeña del consejo.
—¿Qué has oído?
—Muy poco. Han hablado de la frontera.
—Eso puede significar cualquier cosa.
—También puede significar que tu tío está negociando mientras nos dice que Asteria prepara una invasión.
Ravian miró hacia el corredor.
—No lo confrontaremos todavía.
—¿Por qué?
—Porque si está haciendo algo que no debería, quiero saber qué.
—Eso sí ha sonado a rey.
—A veces recuerdo el oficio.
Le hablé del uniforme del hombre. Ravian confirmó que se trataba de Orven Sald, embajador asteriano y uno de los invitados al baile.
—¿Confías en él?
—Confío en que hará lo que beneficie a Asteria.
—Una respuesta poco romántica.
—La política rara vez lo es.
—Podrías ponerlo en una carta de amor.
—Tú quemarías una carta de amor mía.
—Dependería de la letra.
Se quedó callado. Yo también.
Habíamos empezado a hacer aquello demasiado. Bromear hasta acercarnos a algo que ninguno quería nombrar y retirarnos justo antes.
La marca me dio una punzada. Ravian la vio.
—¿Ha avanzado?
—Esta mañana, no.
—Déjame verla.
—Danah ya lo ha hecho.
—No uses ese tono.
—¿Qué tono?
—El de rey preocupado que espera que todo el mundo le entregue el brazo cuando lo pide.
Ravian recibió el reproche sin defenderse.
—Tienes razón.
Me quedé sin la réplica preparada. Ravian extendió la mano, palma arriba.
—¿Puedo verla?
La diferencia entre pedir y ordenar fue pequeña en palabras y enorme en todo lo demás.
Le ofrecí la muñeca. Apartó la manga con cuidado.
La línea dorada había llegado casi hasta el codo. La parte negra de la marca permanecía igual desde el beso.
—El dorado avanza aunque no nos toquemos —dijo.
—Quizá no sea malo.
—No sabemos qué es.
—Danah cree que ninguna novia anterior lo tuvo.
—Eso no me tranquiliza.
—A mí un poco.
—¿Por qué?
—Porque si todo en mí fuera igual que en las demás, ya sabríamos cómo acaba.
Ravian recorrió mi rostro buscando algo que no encontró.
—No pienso dejar que acabe así.
—Ahí vuelves.
—¿Dónde dices que vuelvo?
—A hablar como si solo dependiera de ti.
Soltó mi manga.
—Estoy intentando aprender.
—Vas lento.
—He tenido treinta años de práctica haciendo lo contrario.
—Yo veintitrés.
—Entonces quizá seas peor.
Le di un golpe leve con el hombro sano al pasar.
—Cuida tu reino.
—Cuida tus ojos prestados.
La preparación del baile me obligó a convivir con la parte de Nocthar que hasta entonces apenas había visto.
Llegaron comerciantes con cajas de vino, músicos que discutían por el espacio, nobles acompañados por criados exhaustos y mujeres de las casas del norte que me observaban como si intentaran calcular cuántos días me quedaban.
A media tarde Danah me llevó a probar el vestido.
—Blanco no —dije al verlo.
La costurera levantó las manos.
—Su Majestad pidió que eligieras tú.
—Entonces negro.
Danah me miró por encima de sus lentes.
—Qué sorpresa.
—Si esperan verme vestida como una novia camino del sacrificio, prefiero decepcionarlos.
Elegimos un vestido negro de terciopelo ligero, con mangas largas y un escote que permitía cubrir las plumas del hombro con una pieza de encaje. No parecía un vestido de luto. Tenía hilo plateado alrededor de la cintura y pequeñas cuentas oscuras cosidas en las mangas.
La costurera quiso añadir plumas. Danah casi la echó de la habitación.
—Ya tenemos suficientes —dijo.
Cuando me quedé sola, miré mi reflejo.
La mujer del espejo se parecía menos a la que había salido de casa con los emisarios.
La forma de mirar había cambiado, y no por el vestido. Quizá porque ahora sabía demasiadas cosas.
Quizá porque empezaba a descubrir que tener miedo y obedecer no eran la misma cosa.
El retrato de la galería avanzó esa noche.
Los ojos seguían en blanco, aunque el rostro ya era completamente mío.
Debajo del cuello apareció una sombra oscura. La marca. Danah la vio conmigo.
—No me gusta.
—A mí tampoco me favorece.
—Hablo en serio.
—Yo también.
Tocó el borde del lienzo.
—El retrato suele completarse poco antes de la transformación.
—¿Cuánto antes?
—Con Sereth fueron cuatro días desde que el retrato terminó de pintarse. La transformación completa había tardado cuatro meses.
Los ojos sin pintar me retuvieron allí.
—El baile es mañana.
—Lo sé.
—¿Crees que me quedan cuatro días?
Danah tardó demasiado en contestar.
—Creo que contigo ninguna cifra anterior sirve.
No dormí bien.
A mitad de la noche escuché mi nombre desde el exterior.
Esta vez la voz era la de Ravian.
—Mel.
Me incorporé. La regla de Danah regresó de inmediato.
Si escuchas a alguien llamarte desde fuera, no respondas.
La voz volvió.
—Mel, abre.
Me acerqué a la ventana sin tocarla. Un cuervo blanco estaba posado sobre la barandilla. El mismo que había aparecido sobre nuestra casa.
Lo reconocí con una certeza que no necesitaba explicación.
Su plumaje parecía absorber la luz de la luna.
Me miró.
La voz de Ravian salió otra vez de algún lugar que no era su pico.
—Necesito que vengas conmigo.
No respondí. El cuervo inclinó la cabeza. Entonces utilizó la voz de Elin.
—Mel, tengo miedo.
Apoyé una mano en el marco de la ventana.
El impulso de abrir fue brutal.
Pensé en mi hermana. En la última discusión. En todo lo que yo había decidido por ella durante años.
—No eres ella —dije.
El error quedó claro en cuanto las palabras salieron.
Había respondido. El cuervo blanco abrió las alas. La ventana se abrió sola. El frío entró en la habitación.
Todos los cuervos del castillo empezaron a graznar al mismo tiempo.
La marca ardió hasta hacerme doblar la muñeca. El ave blanca no entró. Se limitó a mirarme.
Dentro de mi cabeza escuché una voz distinta a todas las anteriores.
Una mujer. No utilizaba ningún recuerdo prestado.
Era vieja y joven a la vez, cansada, furiosa.
«Mañana elegirás.»
La ventana se cerró de golpe. El cuervo desapareció.