CAPÍTULO 12 #3
Vaelor ocupaba su lugar junto al extremo de la mesa. Lady Enora tenía varios documentos delante. Otros cinco consejeros hablaban en voz baja.
Cuando entré, callaron. Vaelor se levantó.
—Mel. No esperaba que asistieras.
—Eso parece ser un problema recurrente. La gente espera muchas cosas sin preguntarme.
Ravian ocupó su silla. Yo me quedé de pie junto a él.
—La reunión trata sobre mi boda. Me quedaré.
Vaelor miró el vendaje que asomaba por el cuello.
—Tu estado confirma la urgencia.
—Mi estado confirma que la maldición avanza.
—El matrimonio podría estabilizar el vínculo.
—¿Podría?
—Hay precedentes.
Ravian apoyó una mano en la mesa.
—No existen precedentes de una decimotercera novia.
—Por eso debemos reforzar la protección del castillo.
—Casarnos no reforzará el castillo —dije—. Reforzará la reclamación de la corona sobre mí.
Vaelor me estudió con atención.
—¿Quién te ha dicho eso?
—Una mujer que murió hace cuarenta años y dejó mejores registros que vuestro consejo.
Varias miradas se movieron alrededor de la mesa. Vaelor entendió.
—Lysandra.
—Parece que la recuerda.
—Todo Nocthar recuerda a sus novias.
—No del mismo modo.
Lady Enora intervino.
—La fecha no puede imponerse si una de las partes se niega.
Vaelor se volvió hacia ella.
—Puede recomendarse por seguridad de la corona.
—Recomendar no significa ordenar.
—Entonces recomiendo que dejemos de actuar como si el reino no estuviera a punto de perder su mayor defensa.
Ravian lo miró con una calma peligrosa.
—Ahí está el verdadero motivo.
Vaelor no lo negó.
—Sí. Quiero que Nocthar sobreviva.
—Aunque Mel complete el ciclo.
—Quiero evitar que la Madre la tome.
—Y conservar a las doce.
—Quiero conservar una defensa mientras encontremos otra.
Me incliné sobre la mesa.
—¿Cuánto tiempo?
Vaelor me miró.
—El necesario.
—Eso significa años.
—Puede significarlos.
—Entonces no está buscando una solución. Está buscando una forma de que la maldición continúe siendo útil sin que le moleste demasiado.
Su expresión se endureció.
—Tienes veintitrés años y llevas menos de un mes en este castillo. Yo he enterrado pueblos enteros después de invasiones.
—Y ellas llevan décadas sin poder enterrar a nadie porque les quitasteis hasta sus cuerpos.
Mis palabras tuvieron más efecto que cualquier grito. Vaelor apartó la mirada.
Ravian guardó silencio. Lady Enora pidió la votación.
La propuesta de adelantar la boda fue rechazada por cuatro votos contra tres.
Salimos sin sensación de victoria. En el corredor, Ravian me alcanzó.
—Has hecho que tres consejeros que apoyaban a Vaelor cambien de posición.
—Entonces deberían haber pensado antes.
Me detuve.
—¿Qué ocurre?
—Lo de anoche…
—No voy a arrepentirme para que tú estés más tranquilo.
—Tampoco quiero eso.
—Entonces estamos de acuerdo.
Se acercó lo suficiente para bajar la voz.
—Quiero saber si estás bien.
La pregunta era sencilla. Por eso me costó responder.
—Me duele el hombro. Estoy cansada. Tengo miedo de que una diosa antigua aprenda a utilizar mis ojos y acabo de descubrir que medio consejo quizá prefiera mantenerme maldita. Fuera de eso, estoy bastante bien.
Ravian dejó escapar una risa.
—Esa respuesta se parece más a ti.
—¿Qué esperabas?
—Que dijeras que no pasa nada.
—Ya no me lo creo ni yo.
Nos quedamos mirándonos. Esta vez no nos besamos. Fue más difícil que la noche anterior. Y por alguna razón también me pareció importante.
Al caer la tarde fui a las cocinas porque Danah decidió que mi habitación estaba demasiado fría y que yo tenía menos sentido común que un gato mojado.
Lessa amasaba pan cerca del horno mientras Nira cortaba raíces para el caldo.
Ninguna dejó de trabajar cuando entré. Eso me gustó más que las reverencias.
—¿Siempre habláis de las novias cuando no hay nobles delante? —pregunté.
Lessa se limpió las manos en el delantal.
—Depende de la novia.
—¿Y de mí qué decís?
—Que comes poco.
Nira añadió que también hacía demasiadas preguntas.
—Eso parece más justo.
—Y que el rey baja a cenar más desde que llegaste —dijo Lessa.
—Eso no significa nada.
—Yo solo he dicho que baja a cenar.
Me contaron que Sereth había aprendido a hacer una sopa espesa de cebolla porque odiaba la cocina del norte y se negaba a pasar otro invierno alimentándose de carne seca.
Durante semanas convenció a la mitad del servicio para que la ayudara a conseguir ingredientes.
Danah conservaba todavía la receta, aunque nadie la había preparado desde su transformación. Pedí que la hicieran aquella noche.
Ravian llegó cuando el olor ya había ocupado medio corredor. Se detuvo junto a la mesa, miró la cazuela y comprendió antes de preguntar. Por un momento volvió a aparecer en su cara la misma expresión que había visto cuando hablábamos de Sereth en el bosque.
—Ha sido idea mía —dije.
—Lo imaginaba.
—Si quieres que la retiren…
—Quiero un plato.
Comimos con Edrik y Danah en una mesa pequeña junto a las ventanas del comedor secundario. La maldición no salió en la conversación durante casi veinte minutos. Aquella tregua resultó más íntima que muchas confesiones.