CAPÍTULO 12 #2
Edrik se llevó la caja para buscar huellas, restos de cera, cualquier cosa que pudiera identificar a quien la había colocado.
Ravian me acompañó hasta la galería. El retrato había avanzado. Mi rostro empezaba a aparecer. Todavía sin ojos. Me quedé mirándolo.
—Dunia escribió que la última volvería. Lysandra escribió mi nombre. Alguien vivo me deja cartas en una capilla. Empiezo a echar de menos los días en que solo pensaba que querías matarme.
—Yo también.
—¿Qué parte echas de menos?
—La parte en la que me odiabas con absoluta seguridad. Era más sencilla.
—Nunca he sido muy buena haciendo las cosas sencillas.
—Lo había notado.
La distancia entre nosotros desapareció sin ningún motivo práctico.
Ravian miró mi boca y luego apartó la vista.
Ese gesto me irritó más de lo que debía.
—Otra vez no.
—¿Otra vez qué?
—Decidir por los dos.
—No estoy decidiendo nada.
—Llevas días alejándote cada vez que te apetece acercarte.
Su expresión se cerró.
—Porque acercarme tiene consecuencias sobre tu cuerpo.
—Mi cuerpo sigue siendo mío.
—Justo por eso.
—Entonces deja que yo también decida qué riesgos acepto.
—Mel, has visto lo que un simple contacto hace con la marca.
—Y he visto lo que la distancia hace contigo.
—Eso no te obliga a arreglarme.
—Tampoco te obliga a salvarme solo.
Ravian dio un paso atrás. Lo detesté por hacerlo.
—No voy a utilizar la maldición como excusa para tocarte.
—Ni yo.
—De acuerdo.
—Eso no significa que no quiera hacerlo.
Ravian dejó de respirar durante un instante tan breve que habría podido fingir que no lo vi.
—Mel.
—No me respondas con mi nombre.
—No sé cuánto de esto es nuestro.
—Yo tampoco.
—Esa debería ser una razón suficiente para parar.
—Puede ser una razón para ir despacio.
Se acercó otra vez. Esta vez esperó. No me tocó.
Me dio el tiempo que tantas personas habían decidido quitarme desde que apareció el cuervo blanco.
Fui yo quien cerró la distancia.
El beso empezó con cuidado, casi torpe por todo lo que llevábamos pensando sobre él. Su mano llegó a mi mejilla y se quedó allí, sin apretar, como si incluso entonces esperara que pudiera apartarme.
No lo hice. La magia reaccionó antes que nosotros. La marca ardió.
Una línea de calor subió por mi brazo hasta el hombro.
Ravian se separó.
—Mel.
—Estoy bien.
—Mírate el cuello.
En el espejo de la galería vi tres pequeñas plumas negras bajo la piel, justo encima de la clavícula.
Me dolían.
Mucho.
Aun así, cuando miré a Ravian, la pregunta no era si el beso había sido una equivocación.
La pregunta era cuánto iba a costarnos el siguiente.
Danah encontró las nuevas plumas antes del desayuno.
No hizo preguntas sobre cómo habían aparecido. Me bastó con verla mirar a Ravian, después a mí y finalmente al cuello para saber que había entendido más de lo que pensaba contarle.
—Si vas a sermonearme, dame algo caliente antes.
—No desperdicio sermones con gente que ya sabe qué ha hecho.
Me indicó que me sentara junto a la ventana.
Ravian permaneció de pie al otro lado de la habitación.
—Puedes irte —le dije.
—Prefiero saber qué ha ocurrido.
Danah no pareció convencida.
—Tú también sabes qué ha ocurrido.
Edrik, que acababa de entrar, se detuvo junto a la puerta.
—Voy a asumir que he llegado en mal momento.
—Tu mejor talento —dijo Ravian.
—Mi mejor talento es seguir vivo trabajando para ti.
Danah limpió la piel alrededor de las plumas con alcohol de hierbas. La quemazón me hizo agarrarme al borde de la silla.
—Han crecido más profundas que las anteriores —explicó—. Una de ellas está casi en el hombro.
—¿Puedes sacarlas?
—Podría. No quiero hacerlo todavía.
—La última vez dijiste lo contrario.
—La última vez era una pluma aislada. Estas parecen conectadas a la marca.
Ravian se colocó junto a Danah.
—¿Qué significa?
—Que arrancarlas quizá haga más daño del que evita.
—¿Y dejarlas?
Danah me cubrió el cuello con una venda fina.
—Nos permitirá observar qué hacen.
—Me encanta ser material de estudio.
—Te quejas demasiado para ser material de estudio.
Edrik dejó una bolsa sobre la mesa.
—He encontrado algo más interesante que vuestra vida sentimental.
Ravian lo fulminó con la mirada.
—No la llames así.
—Eso ha sonado muchísimo peor de lo que pretendías.
Me reí y Danah me pidió que no moviera el hombro.
Edrik abrió la bolsa. Dentro había una pequeña hebilla de bronce.
—Estaba en la capilla, bajo el altar. No pertenece a la caja. La nieve que había encima indica que llevaba allí unas horas.
Ravian la reconoció.
—Guardia del consejo.
—Eso intentaba advertirte.
—¿Cuántos hombres utilizan ese cierre?
—Son veinticuatro.
—Eso reduce mucho la lista —dije.
Edrik me miró.
—Y ninguno debería haber estado fuera del castillo ayer por la mañana.
—¿Vaelor controla esa guardia?
—El consejo la administra. Él puede dar órdenes, igual que Ravian y dos comandantes.
Ravian cogió la hebilla.
—No acuses a mi tío todavía.
—No lo he hecho.
—Lo estabas pensando.
—También pienso que tienes un problema serio con intentar leerme la cabeza.
Edrik sonrió.
—Eso sí que no se lo recomiendo. Yo lo intenté una vez.
—Fuera —dijo Ravian.
—Ahora sí reconozco al rey.
Edrik se marchó con una satisfacción irritante. Danah terminó de vendarme.
—Hoy no entras en ninguna torre.
—Tengo cosas que hacer.
—Las harás sentada.
—Danah.
—Puedes discutir conmigo o ahorrar fuerzas. El resultado será el mismo.
Ravian tuvo la prudencia de no intervenir. Pasé la mañana en la biblioteca.
La mañana resultó más útil de lo que esperaba.
La carta de la capilla tenía una particularidad que no habíamos visto al principio. La tinta era moderna, aunque el papel procedía de uno de los cuadernos antiguos del archivo. Alguien con acceso al castillo había arrancado una hoja de un libro que llevaba décadas guardado.
Danah identificó el origen por la filigrana.
—Archivo del consejo —dijo.
—Entonces se estrecha la lista.
—O se amplía. Hay escribanos, consejeros, guardias y criados con permiso para entrar.
—¿Lysandra tuvo aliados fuera del castillo?
—Seguro. Nunca conocí sus nombres.
—¿Y tu madre?
Danah guardó silencio.
—Mi madre ayudó a algunas novias más de lo que Ravian sabe.
Él estaba al otro extremo de la mesa y me miró.
—Eso es nuevo.
—Porque nunca preguntaste de la manera adecuada.
—Te he preguntado durante siete años.
—Me preguntabas cómo detener la transformación. Ella trabajaba en otra cosa.
—¿En qué?
Danah me miró.
—En conservarlas.
Abrió el manojo de llaves que llevaba siempre consigo y separó una muy pequeña, de plata.
—Hay una habitación debajo de la lavandería. Mi madre guardó allí pertenencias que el consejo ordenó quemar.
—¿De las novias?
—De varias.
Ravian dejó de pasar las páginas.
—¿Por qué nunca me lo dijiste?
—Porque cuando Sereth llegó tenías veintitrés años, llevabas cuatro en el trono y media corte quería utilizarla como arma. Mi madre no confiaba en nadie que llevara una corona.
Ravian aceptó el golpe sin defenderse.
—¿Y después?
—Después murió y yo mantuve su promesa.
—¿Hasta hoy?
—Hasta que ha llegado Mel.
La habitación estaba donde Danah había dicho. Era pequeña, seca y mucho más ordenada de lo que esperaba.
Había doce cajas. Cada una tenía un nombre. Abrimos la de Lysandra.
Dentro encontramos una bufanda, tres cartas sin enviar y un cuaderno estrecho.
El cuaderno no hablaba de la maldición. Hablaba de Vaelor.
La imagen pertenecía a su padre, no al hombre que gobernaba ahora.
Lysandra había descubierto que una rama de la familia llevaba décadas defendiendo el mantenimiento de las novias cuervo como protección militar. Esa facción había bloqueado investigaciones, destruido documentos y vigilado a las mujeres que intentaban comunicarse con el exterior.
—Tu familia sabía mucho más de lo que admitía —dije.
Ravian leyó una de las páginas.
—Mi abuelo también aparece.
—¿A favor o en contra?
—A favor de mantener el sistema.
No intentó suavizarlo.
Eso me gustó más de lo que quería reconocer.
La última entrada del cuaderno estaba fechada pocos días antes de la transformación de Lysandra.
«Si la última llega, habrá dos bandos esperándola. Quienes quieran liberarla y quienes necesiten que complete el ciclo. El peligro no vendrá únicamente de la Madre. Habrá hombres que prefieran una maldición útil a un reino vulnerable.»
Danah cerró los ojos.
—Mi madre conocía esto.
—Por eso guardó el cuaderno —dije.
Ravian apoyó las manos en la mesa.
—Y alguien del consejo sabe que lo estamos buscando.
La puerta se abrió. Edrik apareció sin aliento.
—Tenemos un problema.
—Define problema —dije.
—Vaelor acaba de convocar una reunión extraordinaria. Quiere que la boda se celebre dentro de tres días.
Ravian se enderezó.
—No puede fijar la fecha.
—Puede someterla a votación del consejo alegando riesgo para la sucesión y seguridad del reino.
—No pienso casarme bajo presión de una votación.
Me levanté. Danah me señaló la silla.
—Ni se te ocurra.
—Voy a esa reunión.
—Tienes plumas clavadas cerca del hombro.
—Y una boda que acaban de programar sin preguntarme. Este parece el momento ideal para ponerse de pie.
Ravian me observó.
—No tienes que demostrar nada.
—Tú tampoco.
—Mel…
—Si entramos allí y tú eres el único que protesta, Vaelor convertirá esto en una disputa familiar. Quiero hablar por mí misma.
Danah me ayudó a colocar la ropa sobre el vendaje con más brusquedad de la necesaria.
—Si sangras, te saco de la sala aunque tenga que arrastrarte.
—Me parece justo.
La sala del consejo estaba llena cuando llegamos.