La novia del Rey Cuervo CAPÍTULO 12
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CAPÍTULO 12

El observatorio estaba más frío que la última vez.

La tormenta había dejado una costra de hielo en los cristales y el mecanismo de Dunia se había quedado atrapado mirando hacia el norte. Ravian encendió dos lámparas mientras yo extendía sobre la mesa el fragmento que había traído el cuervo.

Danah llegó unos minutos después con los cuadernos de Lysandra y una manta que me dejó sobre los hombros sin pedirme permiso.

—Gracias, Danah.

—Agradécemelo obedeciendo cuando te diga que estás congelada.

—Eso ya es pedir demasiado.

Ravian sonrió mientras ajustaba una de las lámparas. Danah lo vio.

—Y tú no la animes.

La normalidad de aquella pequeña discusión me desconcertó más que la sala. Hacía menos de una hora había visto el castillo desde los ojos de un pájaro y ahora discutíamos sobre una manta como si mi mayor problema fuera un resfriado.

Puse el papel junto al dibujo de Lysandra.

El símbolo del reverso coincidía con una anotación que Dunia había repetido en tres de sus mapas. Parecía una estrella atravesada por una línea curva.

—Creímos que era una fecha —dijo Ravian.

—Lo es —respondió Danah—. O una posición.

Me acerqué al mecanismo.

Dunia había grabado pequeños signos alrededor del aro principal. Doce estaban marcados con una línea negra. El decimotercero, el que seguía limpio la última vez, tenía ahora una mancha dorada en el borde.

La misma tonalidad que había aparecido dentro de mi marca.

—Eso tampoco estaba —dije.

Ravian dejó la lámpara.

—Tampoco estaba.

Pasé un dedo cerca del metal sin tocarlo.

—¿Qué significa?

—Que el observatorio está reaccionando a ti —respondió Danah.

—Magnífico. Ya me faltaba una torre interesada en mi salud.

Ravian me miró de lado.

—Intenta no provocarla.

—Si la torre tiene peor humor que tú, estamos perdidos.

La sonrisa le duró poco. Se acercó a la mesa y abrió uno de los cuadernos de Lysandra por la página donde aparecía el mismo símbolo.

Había una frase incompleta en el margen.

«Cuando la última mire con sus ojos, el cielo devolverá lo que la tierra escondió.»

Leí dos veces.

—El fragmento encaja aquí.

Danah juntó ambos trozos. La rotura era irregular, pero las fibras coincidían.

Debajo aparecía otra frase que hasta entonces había quedado incompleta.

«Busca donde la novia que miraba las estrellas dejó de contar.»

Dunia.

Abrimos sus cuadernos uno tras otro.

No tardamos demasiado en encontrar la última página escrita de su puño y letra. No contenía números, sino los nombres de Aveline, Nadia, Evelia, Sera, Adria, Liora y Dunia.

Debajo, cinco líneas vacías y una sexta mucho más larga.

—Ella solo conoció a las seis anteriores —dije.

—Y sabía que vendrían más —respondió Ravian.

En la línea larga había una palabra casi borrada.

Varen.

El apellido de mi madre. Me senté. Ravian acercó la lámpara.

—Hay algo debajo.

La tinta se había desvanecido, pero al inclinar la página apareció una marca hecha con punta seca. Dunia había escrito sin tinta.

Danah colocó una hoja fina encima y frotó carbón sobre ella.

Las letras fueron apareciendo despacio.

«La última no será escogida entre las casas. La última volverá.»

Sentí un cansancio extraño, más mental que físico.

—Volverá —repetí—. Como si ya hubiera estado aquí.

—Tu sangre sí —dijo Ravian.

—Mi sangre no toma decisiones.

—No he dicho eso.

Habíamos tenido demasiadas conversaciones parecidas desde mi llegada. Siempre acabábamos regresando al mismo lugar. Linajes. Deudas. Personas muertas tomando decisiones sobre quienes aún respirábamos.

Cogí el cuaderno.

—Dunia encontró algo que no llegó a escribir con claridad. Si esperaba a una Varen, tuvo que descubrir de dónde venía el linaje.

Danah señaló el mecanismo.

—Quizá el cielo pueda enseñárnoslo.

Ravian revisó las ruedas dentadas.

—Está bloqueado por el hielo.

—Podemos calentarlo.

—Y romper un instrumento de más de cincuenta años.

—Entonces deja de mirarlo como rey y míralo como alguien que quiere usarlo.

—Esa frase explica demasiadas cosas sobre ti.

Trabajamos durante más de una hora. Quitamos hielo con paños calientes, limpiamos dos engranajes y buscamos en los cuadernos de Dunia cómo había calibrado el aro central.

Cuando por fin cedió, el ruido del metal resonó por toda la torre.

El mecanismo giró. Las doce posiciones oscuras pasaron delante de mí. La decimotercera quedó arriba.

La línea dorada del borde se encendió con una luz tenue.

Todos los cuervos del exterior levantaron el vuelo. Mi visión se abrió con ellos. Esta vez no me pilló desprevenida.

Vi el tejado de la torre desde arriba. El patio. Las murallas. El bosque cubierto de nieve. Decenas de imágenes entraron a la vez, aunque logré mantenerme quieta.

—Estoy viendo otra vez —dije.

Ravian se colocó delante de mí sin tocarme.

—Quédate aquí.

—Lo intento.

Busqué algo concreto.

Dunia había escrito que el cielo devolvería lo escondido. Miré hacia arriba a través de los ojos de las aves.

El cielo estaba cubierto. Nubes grises, pesadas.

Entonces uno de los cuervos se alejó del grupo.

Voló hacia el este. Lo seguí.

Atravesó el bosque hasta una zona donde los árboles se abrían alrededor de una pequeña construcción de piedra.

Un santuario.

Lo reconocí por los dibujos del archivo de Lysandra.

La capilla abandonada de la antigua Madre.

—Hay algo en el bosque —dije.

—¿En qué parte?

—Al este. Una capilla.

Danah se puso rígida.

—Ese lugar fue cerrado cuando el culto desapareció.

—Pues alguien acaba de abrirlo.

El cuervo descendió. La puerta estaba entreabierta. Vi marcas recientes en la nieve. Huellas humanas.

—No estamos solos.

La visión desapareció cuando el mecanismo se detuvo.

Volví a la torre y me agarré al borde de la mesa.

Ravian me sujetó por el codo. El contacto provocó una punzada en la muñeca. La línea dorada avanzó medio dedo.

Él me soltó de inmediato.

—Lo siento.

—No te disculpes cada vez que me toques. Empieza a resultar agotador.

—Cada vez que lo hago algo cambia en ti.

—También cambia en ti cuando no lo hago.

Danah cerró los cuadernos.

—La discusión puede esperar. Si alguien ha entrado en esa capilla, quiero saber quién.

Ravian llamó a Edrik.

Edrik tardó casi media hora en reunir a los hombres porque media guardia seguía reparando los desperfectos de la tormenta.

Aproveché la espera para bajar a las caballerizas.

Allí descubrí que el caballo que me habían asignado desde mi llegada se llamaba Bruma y que, según el mozo que lo cepillaba, había mordido a tres consejeros, dos soldados y a un recaudador de impuestos. Me cayó mejor de inmediato.

—¿También muerde reyes? —pregunté.

—Solo a los que se lo ganan —respondió el chico, muy serio.

Ravian apareció a mi espalda justo a tiempo para escucharlo.

—Procura no darle ideas.

—Parece que ya tiene criterio propio. Eso deberías respetarlo.

El mozo bajó la cabeza para ocultar una sonrisa y siguió trabajando con una concentración exagerada.

Antes de salir, Ravian habló con el encargado de los almacenes sobre dos aldeas que se habían quedado sin harina por el cierre de un paso.

Lo hizo junto a la puerta de la cuadra, con las botas llenas de barro y una lista doblada en la mano.

El hombre le explicó que podían desviar dos carros por la ruta del lago, aunque perderían casi un día.

Ravian autorizó el cambio y añadió una escolta porque los lobos se habían acercado demasiado a los caminos.

Yo escuché sin intervenir. Cada una de aquellas decisiones pequeñas hacía más difícil mantenerlo dentro del personaje que me habían descrito en casa.

Cuando terminó, me encontró observándolo.

—¿Qué ocurre?

—Estaba pensando que eres bastante menos interesante cuando haces cosas normales.

—Puedo mandar ejecutar a alguien si necesitas recuperar la ilusión.

—El recaudador que mordió Bruma puede servir.

Ravian dejó escapar una risa y se dirigió hacia su caballo. Empezaba a reconocer aquel sonido, y me molestó admitir que me gustaba.

Partimos antes de que anocheciera.

La nieve llegaba por encima de los tobillos y el camino no existía como tal. Dos guardias iban delante. Edrik cerraba el grupo. Danah se quedó en el castillo revisando los archivos del santuario.

Ravian y yo caminamos casi todo el trayecto sin hablar.

A medida que nos acercábamos, los cuervos aparecían entre los árboles. Ninguno graznaba.

La capilla era más pequeña de lo que había imaginado. Una construcción circular, medio hundida en la ladera, con una puerta de piedra rota por uno de los laterales.

Las huellas seguían allí. Edrik se agachó.

—Dos personas. Tal vez tres. Han pasado esta mañana.

—¿Del castillo? —pregunté.

—Podrían ser botas de la guardia. También las usan cazadores y comerciantes.

Ravian sacó la espada.

Entramos.

El interior olía a humedad y ceniza vieja. En las paredes quedaban restos de figuras borradas a golpes. Mujeres con los brazos abiertos. Pájaros. Estrellas.

En el centro había un altar partido. Sobre él habían dejado una caja. Muy reciente. Ravian me impidió acercarme.

—Espera.

Edrik la revisó. No había mecanismo visible.

Dentro encontramos una tira de tela negra, un pequeño espejo y una carta.

La carta estaba dirigida a mí.

«Mel Varen.

Si has llegado hasta aquí, la Madre ya puede mirar contigo. La corona lo sabrá pronto. Cuando lo sepa, intentará convertirte en lo mismo que convirtió a las demás.

No permitas que el rey te convenza de que su muerte es la única salida.

Tampoco permitas que te convenza de que amarlo te salvará.

Ambas cosas sirven a la maldición.»

No había firma.

Ravian terminó de leer por encima de mi hombro.

—Lysandra.

—La letra no es la misma.

Edrik cogió la carta.

—Entonces alguien vivo ha estado preparando esto.

Miré la tela negra. Tenía bordada una pluma quebrada.

—¿Quién conoce el símbolo?

Ravian respondió sin apartar la vista de la caja.

—Demasiada gente dentro del consejo.

Encontré una segunda hoja debajo del espejo. Solo tenía una frase.

«La última elección no será del cuervo.»

—¿Qué significa? —pregunté.

Ravian tardó en contestar.

—Que todavía hay algo que no entendemos.

Regresamos al castillo de noche.

No hablamos de la carta delante de los guardias.