CAPÍTULO 11 #4
Volví a mi cuerpo con una sacudida. Respiré aire frío. Las rodillas me fallaron y Ravian me sostuvo.
—Estoy aquí —dije, más para comprobarlo que para tranquilizarlo.
—¿Qué has visto?
Miré alrededor.
Los cuervos seguían formando la pluma sobre la nieve.
—A nosotros.
—¿Desde dónde?
—Desde ellos.
Vaelor se acercó lentamente. Su expresión había perdido toda seguridad.
—Eso pertenece al poder de la Madre.
Me aparté de Ravian y comprobé mis manos. Seguían siendo mías.
—Parece que empieza a prestármelo.
—No te está prestando nada —dijo Vaelor—. Está preparando el recipiente.
Ravian se interpuso.
—Basta.
—Necesitas entenderlo. Los ojos son una de las últimas fases antes de que…
—He dicho que basta.
Me llevé una mano a la muñeca. La marca ardía.
Danah apareció en el patio y vino hacia mí.
—Déjame verla.
Aparté la manga. La pluma quebrada había avanzado por el antebrazo. Había algo nuevo en el centro. Una pequeña línea dorada.
Danah la tocó sin presionar.
—Esto tampoco estaba en Sereth.
Ravian miró a Vaelor.
—¿Lo has visto alguna vez?
Su tío negó.
El consejo terminó sin acuerdo, aunque la discusión continuó en los pasillos. Dos representantes de las casas del este alcanzaron a Vaelor antes de que abandonara el ala y caminaron con él hasta las escaleras. Edrik los siguió con la mirada.
—Ya está contando votos.
—¿Cuántos necesita? —pregunté.
—Cuatro casas para obligar a debatir una medida extraordinaria. Cinco para retirarle al rey determinadas competencias durante una crisis.
Ravian ajustó uno de los guantes.
—Y tiene al menos tres.
—Qué ambiente tan agradable para una boda.
Nadie se rió.
Cruzamos el patio. Había más gente de lo habitual junto a la puerta exterior.
Un grupo de comerciantes esperaba autorización para salir hacia el oeste antes de que empeorara el tiempo.
Dos familias de una aldea fronteriza discutían con un funcionario porque querían trasladarse temporalmente dentro de las murallas.
Una mujer reconoció a Ravian y se acercó sin ceremonia.
—Señor, dicen que las aves están bajando otra vez.
Ravian se detuvo.
—Tres se aproximaron anoche. Han regresado a las montañas.
—Mi hijo hace guardia en la ruta de Asteria.
—Edrik reforzará ese puesto antes del anochecer.
La mujer miró hacia mí. En su cara había miedo, no hostilidad.
—¿Es por ella?
Ravian abrió la boca. Me adelanté.
—En parte. También es por algo que empezó mucho antes de que yo naciera.
—¿Va a terminar?
La pregunta era demasiado grande para contestarla en un patio.
—Estamos intentando que termine sin que nadie tenga que ocupar mi lugar.
La mujer asintió y se alejó.
Vaelor había convertido durante años la maldición en una cuenta.
Doce mujeres frente a miles de vidas. Allí podía ver la parte de su argumento que resultaba más difícil de despreciar.
Había madres con hijos en las fronteras, mercaderes que dependían de rutas seguras y aldeas que conocían las guerras mejor que yo.
Romper la maldición no borraría esos problemas.
—Tiene razón en una cosa —dije.
Ravian supo de quién hablaba.
—Lo sé.
—Si las novias dejan de proteger las montañas, alguien tendrá que hacerlo.
—Ya estamos preparando puestos nuevos, almacenes y acuerdos con Velaria. Lleva años costando dinero que el consejo preferiría gastar en otras cosas.
Edrik añadió:
—Una defensa hecha por personas cobra sueldo. Una maldición sale mucho más barata si no cuentas a quienes la pagan con el cuerpo.
Miré a los guardias del portón.
—Entonces hay que conseguir que el reino entienda el precio completo.
Ravian me observó con atención.
—Eso incluye admitir lo que hizo mi familia.
—También eso.
—Vaelor lo utilizará contra la corona.
—Quizá la corona tenga que soportarlo.
No le gustó, pero tampoco encontró un argumento con el que rebatirla.
En las horas siguientes se enviaron órdenes a las guarniciones del este, se adelantó un convoy de grano y Edrik pidió voluntarios para reforzar dos pasos de montaña.
Yo permanecí junto a ellos mientras trabajaban.
Quería comprender qué significaba realmente quitar del mapa una defensa que llevaba generaciones funcionando a costa de otras mujeres.
Al caer la tarde, Danah apareció en el patio con mi capa.
—Te estás congelando.
—Estoy aprendiendo cosas útiles.
—Puedes aprenderlas con abrigo.
Me envolvió la capa alrededor de los hombros antes de que pudiera protestar. Ravian sonrió desde la mesa de campaña que habían instalado bajo el corredor.
—Déjala. Es la única persona del castillo a la que obedeces a veces.
—No abuses de las estadísticas.
Fue entonces cuando las aves de la torre comenzaron a moverse.
El último cuervo descendió desde la torre y se posó delante de mí.
Llevaba en el pico un pequeño trozo de papel.
Lo dejó sobre la nieve. Danah lo recogió. Era una parte arrancada de una página antigua. Solo quedaban siete palabras legibles.
«Cuando la última mire con sus ojos…»
El resto se había perdido. En el reverso había un símbolo astronómico.
El mismo que aparecía en el dibujo de Lysandra.
Miré hacia la torre del observatorio.
—Mañana no —dije.
Ravian entendió.
—Vamos ahora.