CAPÍTULO 11 #3
—Me han dicho que quería verme.
—Quiero que participe. Hablar de su vida mientras espera fuera sería de mal gusto.
No esperaba aquella consideración de Vaelor y necesité un instante para responder.
—Al menos estamos de acuerdo en algo.
Ravian ocupó la cabecera.
Yo elegí la silla a su derecha. Vaelor se sentó enfrente.
Los representantes de las casas se presentaron.
Retuve tres nombres y dejé los demás para otro momento.
Una mujer mayor llamada Lady Enora me observó con abierta curiosidad.
Un hombre ancho de hombros, Lord Brekan, llevaba la mano vendada.
Había también un noble joven de Asteria como invitado, aunque no tenía voto.
Vaelor abrió la reunión.
—Tres novias llegaron anoche a menos de cien pasos de la muralla. La guardia norte informa de actividad en los pasos y Asteria ha desplazado dos compañías hacia la frontera.
El noble asteriano se movió en su silla.
—Maniobras de invierno.
—Sus maniobras llevan soldados, carros de provisiones y arietes —respondió Vaelor—. Deben de entrenar con entusiasmo.
Ravian apoyó los antebrazos en la mesa.
—No estamos aquí para discutir Asteria.
—Todo está relacionado. La protección del norte depende de que el vínculo de la corona permanezca estable.
—La protección del norte depende también de soldados, fortalezas y tratados —dijo Ravian.
Vaelor giró hacia mí.
—¿Sabe qué ocurrió hace diecisiete años en el paso de Eren?
—No conozco esa historia.
—Tres mil soldados de Asteria cruzaron la frontera. Nocthar tenía menos de mil hombres preparados para detenerlos. Las novias aparecieron durante la segunda noche.
La sala quedó en silencio.
—¿Qué hicieron? —pregunté.
—Terminaron la batalla.
—Te he preguntado qué hicieron.
Vaelor mantuvo la mirada.
—Mataron a más de mil hombres antes del amanecer. El resto huyó.
Entendí entonces por qué nadie en aquella mesa hablaba de las novias como mujeres.
Para ellos eran una frontera. Un ejército. Una amenaza que convenía mantener orientada hacia fuera.
—¿Cuántas novias había entonces? —pregunté.
—Había once.
—Once mujeres contra tres mil soldados.
—Once criaturas vinculadas a un poder antiguo.
—Eran mujeres antes de que su familia las utilizara de esa manera.
Vaelor no se ofendió.
—Lo considero un precio terrible.
Que lo admitiera con tanta facilidad me descolocó.
—¿Y considera aceptable que continúe?
—Considero inaceptable casi todo lo relacionado con esta maldición. También considero inaceptable enterrar pueblos enteros porque decidimos destruir la única defensa que ha impedido tres invasiones.
Ravian apretó una mano.
—Ya hemos tenido esta conversación.
—Y sigues respondiendo como un hombre que puede permitirse convertir la moral en un lujo.
—Doce mujeres no son un lujo.
—Tampoco lo son veinte mil habitantes del valle norte.
La discusión se extendió. Vaelor tenía cifras, fortalezas, rutas, informes de cosechas y recuentos de soldados disponibles.
No defendía la maldición con superstición, sino con cuentas.
Eso lo hacía más difícil de despreciar y mucho más fácil de temer.
Lady Enora intervino.
—La cuestión inmediata es la boda. Si el vínculo se formaliza, la inestabilidad de las novias podría disminuir.
—O aumentar —respondí.
La mujer me observó.
—¿Tiene razones para afirmarlo?
—Las tengo para no aceptar que nadie experimente conmigo mientras seguimos sin entender qué ocurre.
Vaelor juntó las manos.
—La ceremonia existe desde antes de cualquiera de nosotros.
—También la maldición.
—Justo por eso.
Ravian se inclinó hacia delante.
—La boda no se adelanta.
—Majestad —dijo Brekan—, la frontera…
—He dado una respuesta.
Su tono cambió el ambiente.
Aquel era el rey que la gente temía. No necesitó levantar la voz.
Vaelor lo miró durante varios segundos.
—Entonces al menos permita que Mel comprenda lo que está en juego.
—Estoy aquí —dije—. Puede hablarme directamente.
Vaelor asintió.
—Si la maldición se rompe y las novias recuperan aquello que fueron, Nocthar pierde su defensa más poderosa. Asteria lo sabrá en días. Quizá semanas. Debemos estar preparados para una guerra.
—¿Y su solución es mantenerlas así?
—Mi solución es no destruir un sistema antes de tener con qué sustituirlo.
—El sistema secuestra mujeres.
—Lo sé.
—Las transforma.
—Lo sé.
—Y aun así quiere conservarlo.
Vaelor tardó en contestar.
—Quiero conservar vivo este reino. Si encuentra otra forma, tendrá mi apoyo.
Ravian respondió con una sonrisa breve que no llegó a los ojos.
—No mientas delante de ella.
—No miento.
—Llevas años bloqueando cada investigación que amenaza la corona.
—Porque tus investigaciones empiezan siempre con la destrucción de lo que nos protege y terminan esperando que encontremos después una solución.
—Sereth era una persona.
Vaelor dedicó un segundo al suelo antes de responder.
—Lo sé mejor de lo que crees.
Algo cambió en Ravian.
—No la uses.
—No la estoy usando.
—Entonces deja su nombre fuera de tu aritmética.
La reunión se interrumpió cuando un guardia entró sin anunciarse.
—Majestad.
Ravian se volvió.
—¿Qué ocurre?
—Los cuervos.
Miré hacia las ventanas. No vi ninguno.
—¿Qué hacen?
—Todos han abandonado la torre este. Se dirigen al patio del consejo.
Vaelor se levantó. Salimos casi al mismo tiempo.
El patio estaba cubierto de nieve y docenas de personas miraban hacia el cielo.
Los cuervos llegaban desde todos los tejados del castillo.
Cientos.
Se posaban en cornisas, almenas, ventanas y árboles desnudos. Ninguno graznaba.
El silencio resultaba peor. Ravian se colocó delante de mí.
—Vuelve dentro.
—No pienso moverme mientras no sepamos qué quieren.
—Recomiéndamelo luego.
Un cuervo descendió hasta el centro del patio. Otro se posó a su lado. Luego otro. Empezaron a formar una figura sobre la nieve.
Una línea curva.
Otra.
Un tallo estrecho. Reconocí la forma antes de que acabaran. Una pluma quebrada. Mi marca. Vaelor palideció.
—Esto no había ocurrido antes.
Ravian lo miró.
—¿Nunca?
—Jamás.
Los cuervos levantaron la cabeza al mismo tiempo. Y entonces vi el patio desde arriba.
El cambio fue tan rápido que pensé que me había caído.
Vi mi propio cuerpo junto a Ravian. Vi la nieve alrededor. Vi las torres desde una altura imposible.
Intenté mover la mano y, en lugar de eso, unas alas se abrieron a ambos lados de mi visión.
El aire me golpeó el rostro aunque mi cuerpo seguía abajo.
—Mel.
La voz de Ravian llegó desde muy lejos.
Giré.
El cuervo giró conmigo. Vi a Vaelor desde el tejado.
Desde los tejados vi a Vaelor y a Lady Enora salir al patio, mientras Edrik corría desde la galería.
Otra imagen se superpuso: el corredor de la torre occidental visto por un cuervo que esperaba allí.
Después llegaron la habitación de Lysandra y el observatorio, cada uno desde unos ojos distintos.
La visión se multiplicó con tal rapidez que cerré los ojos, aunque algunos siguieron abiertos.
—Mel, mírame.
Ravian me sujetó por los hombros. Su contacto debería haber acelerado la marca.
En ese momento fue lo único que consiguió ordenar el mundo.