CAPÍTULO 11 #2
El silencio allí arriba tenía otra calidad. Se oían ramas, nieve cayendo de los árboles y el agua de un arroyo oculto bajo el hielo. Lo extraño era la ausencia de aves.
Ni una.
—¿Los cuervos normales entran aquí? —pregunté.
—Cuando ellas quieren —respondió Edrik.
Llegamos a un claro rodeado por paredes de roca.
Ravian levantó una mano y los guardias se quedaron atrás.
—A partir de aquí, solo nosotros tres.
Danah chasqueó la lengua.
—Seremos cuatro.
Ravian la miró.
—Tú te quedas con los guardias.
—Inténtalo.
Continuó caminando. Edrik me dedicó una sonrisa.
—Ahora sabes de dónde he aprendido.
El claro terminaba en una pendiente desde la que se veía un valle estrecho. Los árboles crecían inclinados por el viento y varias rocas sobresalían de la nieve.
Al principio pensé que las manchas negras pertenecían a las piedras.
Una se movió. Luego otra. Doce figuras ocupaban el valle.
Algunas permanecían sobre las ramas más gruesas. Otras estaban agachadas en las rocas. Una se mantenía erguida cerca del cauce helado.
Sereth.
La reconocí por el vestido roto que todavía conservaba en parte y por la forma menos animal de su rostro.
Las demás eran distintas entre sí. Una tenía los brazos cubiertos por plumas hasta las manos.
Otra caminaba apoyando los nudillos en el suelo.
Había una pequeña y delgada, casi completamente cubierta de negro, y otra cuya espalda formaba dos masas de plumas que se abrían al respirar.
Ninguna se parecía a un cuervo normal.
Eran mujeres que la maldición había intentado obligar a caber dentro de otra forma.
La visión me revolvió más que la primera noche.
Ahora conocía sus nombres: Aveline, Nadia, Evelia, Sera, Adria, Liora, Dunia, Nara, Odelle, Lysandra, Talia y Sereth.
Doce vidas que el reino había resumido durante años con una frase: las esposas muertas del Rey Cuervo.
—¿Nos ven? —susurré.
—Sí —dijo Ravian.
Sereth empezó a subir. Las otras no se movieron. Ravian abrió la bolsa de cuero.
Le agarré la muñeca antes de que sacara la corona.
—Espera.
—La carta dice que confíe en ellas antes que en la corona.
—La carta también fue escrita por una mujer que llevaba meses transformándose.
—Por eso sabía más que nosotros.
Ravian miró mi mano sobre su muñeca. La retiré despacio.
—Déjala acercarse.
Edrik se colocó a mi lado.
—Si salta, te aparto aunque protestes.
—Me parece razonable.
Sereth llegó al borde del claro.
Sus pies desnudos se hundían en la nieve sin que pareciera sentir frío. Había sangre seca en uno de los hombros. Los ojos negros pasaron de Ravian a mí.
Luego miraron la bolsa de cuero. Un sonido áspero salió de su garganta. Ravian cerró la mano sobre la correa.
—No la sacaré.
Sereth se calmó. Me acerqué un paso.
—Lysandra dijo que sabrías dónde llevarme.
Sereth ladeó la cabeza.
—La décima guarda la llave. Tú eres la duodécima.
Nada.
—Necesito encontrar el original que habla del derecho de sangre.
Sereth miró detrás de mí. Pensé que observaba a Ravian. Luego comprendí que miraba a Danah.
Danah se llevó una mano al manojo de llaves.
—¿Yo?
Sereth avanzó. Danah no retrocedió.
La criatura levantó una mano deformada y tocó una de las llaves que colgaban de su cintura.
Una muy pequeña. Danah la separó del resto.
—Esta era de mi madre.
Sereth emitió otro sonido.
—¿De Lysandra? —pregunté.
Sereth negó con la cabeza. Danah miró la llave.
—Era de un cofre que mi madre recibió después de la transformación de Talia. Nunca encontramos el cofre.
Sereth se giró hacia el valle. Empezó a caminar.
—Creo que quiere que la sigamos —dije.
Ravian observó las once figuras restantes.
—Eso implica bajar entre todas.
—He tenido planes peores desde que llegué.
—Me encantaría conocer alguno.
—Casarme contigo, por ejemplo.
Edrik se atragantó con una risa. Ravian sostuvo mi mirada un instante.
—Ese sigue en curso.
El comentario me pilló sin una respuesta preparada. Danah pasó entre nosotros.
—Podéis resolver vuestra vida sentimental cuando dejemos de estar rodeados de mujeres capaces de arrancarnos la cabeza.
Seguimos a Sereth.
Las otras novias nos observaban mientras bajábamos. Ninguna atacó. Algunas se alejaron.
Nos detuvimos al llegar al fondo del valle.
Al principio yo solo sabía distinguir a Sereth.
Después empecé a ver diferencias que el miedo me había impedido mirar.
Una de las mujeres tenía plumas grises alrededor del cuello y conservaba una trenza de cabello oscuro pegada a un lado del rostro.
Danah la llamó Dunia. Otra llevaba en una muñeca restos de hilo rojo incrustados entre las plumas. Sera.
—¿Pueden entendernos? —pregunté.
—A veces —respondió Danah—. Y otras veces entienden cosas distintas de las que decimos.
Me acerqué despacio a la mujer del hilo rojo.
—Sera.
La criatura giró la cabeza. No avancé más.
—He encontrado tus costuras.
Sus dedos se movieron contra el costado. El gesto parecía torpe hasta que comprendí que imitaba una aguja atravesando tela.
—Funcionaron —dije—. Mucho mejor de lo que habrías imaginado.
Sera emitió un sonido bajo. La mujer a su lado se agitó y Danah pronunció otro nombre.
—Liora.
Una tras otra, fue nombrándolas. Aveline. Nadia. Evelia. Adria. Nara. Odelle. Lysandra. Talia. Algunas reaccionaban. Otras permanecían quietas. Dunia levantó el rostro cuando Danah mencionó el observatorio. Lysandra me miró cuando dije mi apellido.
Elin habría odiado que las llamáramos únicamente novias.
Pensar en mi hermana me dolió con una claridad inesperada.
Sereth se acercó un paso. Llevaba algo enredado entre las plumas del brazo. Tardé unos segundos en reconocer una cinta azul muy descolorida.
Danah la vio también.
—La llevaba en el pelo cuando llegó a Nocthar.
—¿La ha conservado siete años?
—Parece que sí.
Sera se acercó lo suficiente para oler mi cabello.
Tardé un momento en moverme.
—Mel —advirtió Ravian.
—Estoy bien.
Sera rozó con la frente mi hombro y se apartó.
Una imagen atravesó mi cabeza: un vestido azul, unos dedos cosiendo una frase en el dobladillo y una mujer riéndose porque había pinchado a un rey con una aguja.
La visión desapareció. Di un paso atrás.
—Acabo de ver un recuerdo.
Danah me miró.
—¿De quién?
—De Sera.
La criatura ya se alejaba. Ravian parecía preocupado.
—No vuelvas a dejar que te toque.
—No ha sido desagradable.
—Eso no lo hace seguro.
—Lo sé.
Sereth nos condujo hasta una grieta en la roca. Detrás había una abertura baja cubierta por ramas.
Dentro encontramos un refugio antiguo.
Las paredes talladas y los restos de una mesa de piedra en el centro indicaban que aquel lugar era anterior a las novias.
Sereth se acercó a una esquina y empezó a apartar nieve y hojas con las manos.
Apareció una caja metálica. Danah probó la llave.
Encajó.
Dentro había una pieza circular de bronce con tres patas pequeñas.
La marca de polvo sobre la mesa de Lysandra.
También había una tira de pergamino enrollada alrededor. La abrí. Solo contenía una frase.
«Dunia miró al cielo. Yo miré a la sangre. La respuesta está donde ambas líneas se cruzan.»
Debajo había un dibujo. Una constelación. Y una torre. Ravian reconoció el lugar.
—El observatorio antiguo de Dunia.
—Ya estuvimos allí.
—En la parte superior. Hay una cripta debajo que permanece sellada desde antes de mi nacimiento.
Sereth golpeó la caja con una uña. Había algo más en el fondo. Un fragmento de cristal negro. Ravian palideció.
—Eso pertenece a la corona.
Danah lo miró.
—¿Estás seguro?
—Estoy seguro.
Sereth lanzó un sonido tan parecido a una palabra que todos nos quedamos quietos.
No llegó a formarla. Volvió a intentarlo. Esta vez entendí.
—Romper —dije.
Sereth me miró. Y asintió.
Regresamos al castillo con el fragmento de la corona envuelto en tres capas de tela.
Ravian no quiso tocarlo. Eso bastó para que comprendiera cuánto le preocupaba.
Danah guardó la pieza en una caja de madera y la dejó en la biblioteca, dentro de un armario cuya llave llevaba siempre encima. Edrik puso dos guardias en la puerta sin pedir explicaciones.
—Mañana iremos al observatorio —dije.
Ravian se quitó la capa.
—Mañana tengo consejo.
—Entonces iré con Danah.
—No.
Levanté una ceja. Pareció arrepentirse de haber contestado tan rápido.
—Te recomiendo que no vayas sin mí.
—Mucho mejor.
Danah nos miró a ambos como si estuviera reconsiderando todas sus decisiones vitales.
—La cripta lleva décadas cerrada. Puede esperar unas horas.
—Yo no asistiré al consejo —dije.
Ravian dejó la capa sobre una silla.
—Sí asistirás.
—¿Eso es una orden o una recomendación?
—Una petición. Vaelor quiere verte delante de las siete casas.
—Qué ilusión.
—Está utilizando el avance de tu transformación y el movimiento de las novias para exigir que la ceremonia de matrimonio se adelante.
La palabra matrimonio, que hasta entonces había funcionado como una amenaza lejana y una excusa para entrar en Nocthar, adquirió de pronto un peso distinto.
—¿Cuándo estaba prevista?
—Después del Solsticio.
—¿Y cuándo la quiere él?
—La quiere antes.
—¿Por qué?
Ravian se sentó frente a la mesa.
—Porque una novia sin juramento pertenece todavía a sí misma según el derecho antiguo. Una esposa coronada queda vinculada oficialmente a la casa Corven.
Miré la caja donde habíamos guardado el fragmento.
—Y eso le daría a la corona más poder sobre mí.
—Es lo que sospecho.
—¿Vaelor lo sabe?
—Sabe suficiente.
—Entonces vamos al consejo.
Danah se marchó murmurando algo sobre personas que parecían necesitar conflictos para desayunar.
La reunión se celebró a media mañana en una sala que todavía no conocía. Era más pequeña que el gran salón y mucho menos impresionante. Una mesa ovalada ocupaba casi todo el espacio. Siete personas esperaban alrededor, acompañadas por secretarios y dos guardias de cada casa.
Vaelor estaba de pie junto a una ventana.
Vestía gris oscuro. No llevaba corona ni símbolos salvo un anillo con el emblema Corven. Su cabello tenía más blanco que la última vez que lo había visto y el parecido con Ravian se limitaba a la forma de la nariz y cierta costumbre de observar antes de hablar.
—Mel —dijo—. Gracias por acompañarnos.