La novia del Rey Cuervo CAPÍTULO 11
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CAPÍTULO 11

Abrí la carta en la biblioteca. No quise hacerlo en la habitación de Lysandra.

Ravian consiguió abrir la puerta después de colocarse la corona y obligar al sello de la torre a ceder. El esfuerzo le dejó la mano derecha ennegrecida hasta la muñeca, y Danah nos hizo bajar antes de que a cualquiera se le ocurriera seguir investigando.

El sobre permaneció delante de mí durante casi una hora.

Edrik entró dos veces con comida. En la segunda dejó un plato a mi lado y señaló el papel.

—Si esperas que empiece a hablar solo, quizá convenga que pida otra cena.

—Estoy pensando.

—Eso siempre me preocupa.

Ravian estaba en un sillón junto al fuego mientras Danah trataba su mano. Había discutido con ella durante diez minutos porque quería quedarse en la mesa. Perdió.

—Ábrela cuando quieras —dijo.

—Gracias por concederme permiso.

—He aprendido algo esta mañana.

—Muy rápido.

—No abuses.

Deslicé un dedo bajo el sello.

La carta constaba de cuatro hojas dobladas. La letra era la misma de los cuadernos, aunque menos firme. Algunas palabras descendían al final de las líneas, como si a Lysandra le costara mantener la mano en su sitio.

Empecé a leer en voz alta.

—«Mel Varen. Si este nombre pertenece a la mujer que ha encontrado la carta, mis cálculos fueron correctos y lamento profundamente haberlo conseguido».

Edrik perdió cualquier rastro de humor.

Seguí.

—«No conozco tu rostro. Tampoco conozco la fecha de tu nacimiento.

Conozco el nombre porque la Madre lo ha repetido durante años en sueños que no eran míos.

Al principio pensé que se trataba de una palabra antigua.

Dunia dejó suficiente conocimiento para demostrar que no lo era.

Era una persona que todavía no existía».

Levanté la vista. Danah se había sentado.

—Vaerra sabía mi nombre antes de que naciera.

La carta continuaba unas líneas más abajo.

Lysandra había llegado a una conclusión menos tranquilizadora: la Madre necesitaba que las doce reconocieran a la última cuando llegara.

Les dio mi nombre para conducirlas hasta mí y dio por hecho que, después de tantos años, ya no conservarían voluntad suficiente para utilizar ese conocimiento en su contra.

—O conocía una posibilidad —dijo Ravian.

—No parece una diferencia muy tranquilizadora.

Volví a la carta.

Lysandra explicaba que, durante los últimos meses antes de su transformación, había empezado a compartir recuerdos con las novias anteriores.

Al principio llegaban como imágenes confusas.

Una cocina que no conocía. Una canción que jamás había aprendido.

El rostro de una madre que no era la suya.

Con el tiempo comprendió que aquellas imágenes pertenecían a otras mujeres.

Después llegó algo distinto. Una voz.

Vaerra.

En lugar de frases completas, dejaba nombres, lugares y sensaciones. Entre ellos aparecía Mel.

—«La Madre te conoce porque te ha esperado. Eso no significa que te posea» —leí—. «Recuerda esta diferencia cuando intente convencerte de lo contrario».

Ravian se incorporó un poco.

—Sigue.

—«Eira tuvo una hermana llamada Mareth. La corona tomó a una y dejó a la otra fuera del pacto.

La sangre de Mareth conserva aquello que el rey no pudo encerrar: la voluntad.

Por eso la última debe proceder de esa línea.

La Madre necesita una puerta que pueda abrirse desde dentro.

Ningún hechizo puede obligarla del todo».

Me detuve. La habitación pareció quedar más cálida.

—Entonces no puede utilizarme sin mi consentimiento.

Danah perdió el gesto de alivio.

—No confiaría demasiado en esa palabra. Puede hacerte daño, confundirte y desgastarte hasta que aceptar parezca una salida.

—Pero tiene que conseguir que yo abra.

—Eso parece —dijo Ravian.

La línea siguiente terminó de confirmarlo.

«Te ofrecerá aquello que más deseas proteger. No aceptes una promesa formulada en nombre de otra persona. La Madre aprendió de los reyes. Sabe que el miedo convierte la protección en una jaula.»

Pensé en Elin. No tuve que explicar por qué. Ravian lo supo al verme.

—Tu hermana está lejos de aquí.

—Y Vaerra ya utiliza su voz.

—Mandaré hombres a comprobar que está bien.

—Eso sí te lo acepto.

Edrik se puso en pie.

—Puedo hacerlo ahora.

—Envía dos jinetes y que no asusten a nadie —dijo Ravian—. Quiero una respuesta directa de Elin o de alguien que Mel conozca.

—Mejor de Elin —pedí—. Si intentáis ocultarle el motivo, descubrirá que pasa algo y acabará viniendo ella misma.

Edrik me observó un instante.

—Empiezo a entender por qué sois hermanas.

Salió.

La tercera página estaba peor conservada. Parte de la tinta había desaparecido.

Lysandra hablaba de la Corona de Hueso Negro.

La describía como una jaula forjada con los restos de un servidor de Vaerra, una materia sagrada anterior a la casa Corven.

Eira había servido de vínculo durante el ritual, y el primer rey había utilizado la corona para separar el poder de Vaerra en fragmentos sin permitir que la divinidad se manifestara por completo.

Cada novia recibía uno de esos fragmentos. La decimotercera debía reunirlos.

—«Cuando las doce acudan a ti, no huyas de ellas» —leí—. «Teme más a la corona que a sus garras. Todavía recuerdan. Algunas más que otras. Sereth tendrá ventaja porque habrá pasado menos tiempo dentro del vínculo. Si puede acercarse, escúchala aunque ya no tenga voz».

—Lysandra sabía que habría una Sereth —dijo Danah.

—Quizá no el nombre —respondí—. Puede que añadiera esa parte después.

Ravian negó.

—La carta lleva cuarenta años cerrada.

Miré otra vez la tinta. Era imposible acostumbrarse. La última hoja contenía menos texto.

«He buscado la forma de romper el ciclo.

Encontré dos traducciones. Una exige el fin de la sangre del rey.

La otra habla del fin de su derecho. Alguien eliminó el original de los archivos de la corona antes de que pudiera comprobar cuál era correcta.

Si estás leyendo esto, búscalo antes de aceptar una muerte como solución.

Los Corven llevan generaciones comprendiendo sacrificio donde quizá solo se les pidió renuncia. »

Ravian dejó el brazo sobre el sillón.

—¿Dónde está ese original?

Seguí hasta el final.

«Dunia dejó una pieza del camino fuera del castillo. Yo escondí otra entre quienes ya no podían ser registradas por los hombres del rey. La décima guarda la llave. La duodécima sabrá dónde llevarla.»

Miré a Danah.

—La décima es Lysandra.

—Y la duodécima, Sereth.

La última línea estaba separada del resto.

«Cuando llegue el momento, confía en la mujer a la que todos llaman monstruo antes que en el hombre que todavía lleve una corona.»

Ravian torció la boca al leerlo.

—Lysandra tenía una opinión bastante clara de mi familia.

—Después de leer esto, parece que se la ganaron.

—No voy a discutirlo.

Doblé las hojas.

Antes de guardar las cartas, pedí a Danah que me enseñara los objetos de Lysandra que habían sobrevivido. Esperaba libros. Encontré también una peineta rota, dos botones distintos, una piedra lisa con una cara dibujada y un trozo de tela verde lleno de puntadas torcidas.

—¿Qué es esto?

—Intentó reproducir los bordados de Sera.

—Era terrible.

—Yo opino lo mismo.

Sonreí mientras tocaba la tela. Cuarenta años atrás, Lysandra había perdido una tarde intentando hacer una flor que parecía una araña enferma. La historia oficial la había reducido a una fecha y una desaparición. Aquella chapuza me contó más sobre ella que muchas páginas del archivo.

Danah abrió otro cajón. Dentro había una pequeña libreta con una lista de cosas que Lysandra quería hacer si conseguía salir de Nocthar. Ver el mar. Beber vino de Velaria. Dormir una noche sin oír alas. Aprender a cocinar algo que no pudiera quemar. Visitar una ciudad donde nadie supiera quién era.

—¿Hizo alguna?

—Ninguna.

—Si conseguimos romperlo, ¿qué ocurrirá con ellas?

Danah tardó en contestar.

—Eso tampoco lo sé. Puede que recuperen su forma. Puede que el tiempo las alcance. Algunas quizá no quieran regresar a una vida donde ya no queda nadie que las recuerde.

—Seguimos hablando de liberarlas como si supiéramos qué significa para ellas.

—Entonces tendremos que preguntar cuando puedan responder.

Miré la libreta de Lysandra.

—Y si no pueden, tendremos que hacerlo con mucho cuidado.

Danah asintió. Era una promesa pequeña frente a todo lo que se acercaba, pero me pareció necesaria.

Luego señaló el sobre.

—Habla de una llave que guarda Lysandra. La que abrió la habitación estaba fuera.

—Puede referirse a otra cosa.

Ravian se quitó la venda que Danah acababa de ponerle y recibió una mirada capaz de matar.

—Necesitamos ver a Sereth.

—Tú necesitas dejar esa mano quieta —respondió Danah.

—Puedo hacer ambas cosas.

—Y yo puedo partirte los dedos para asegurarme de que descansas.

La miré.

—¿Lo harías?

—He criado a varios hombres Corven. Hay días en que una aprende recursos.

Ravian volvió a ponerse la venda. Decidimos esperar hasta la tarde.

La zona donde se refugiaban las novias no estaba junto al castillo. Ravian me explicó que ocupaban varios riscos y bosques al norte, dentro de un territorio que los habitantes de Nocthar evitaban incluso durante el verano. No existía una frontera marcada. La gente sabía hasta dónde podía llegar.

Salimos con Edrik, cuatro guardias y Danah, que insistió en acompañarnos.

El cielo estaba limpio. La nieve reciente hacía brillar el camino y los caballos avanzaban despacio por una senda que ascendía entre pinos.

—¿Cuándo las viste todas juntas por última vez? —pregunté.

Ravian iba a mi derecha.

—Durante la transformación de Sereth.

—¿Vinieron al castillo?

—Sí. Pasaron tres noches alrededor de las murallas.

—¿Intentaban ayudarla?

—Entonces creímos que esperaban que terminara.

—Quizá hacían ambas cosas.

Ravian miró el bosque.

—He pensado en eso desde que llegaste.

Seguimos ascendiendo hasta que la senda desapareció. Dejamos los caballos junto a una caseta de piedra utilizada por la guardia y continuamos a pie.