La novia del Rey Cuervo CAPÍTULO 10 #5
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CAPÍTULO 10 #5

Encontramos tres décadas en las que el linaje se había desplazado fuera de las rutas habituales de los recaudadores. En cada una, la siguiente elección tardó más en llegar. La coincidencia dejó de parecer casual.

—La maldición no estaba siguiendo un calendario. Estaba buscando una familia.

—La mía.

Ravian se alejó un paso.

No necesitaba preguntarle qué pensaba. La culpa volvió a endurecerle la cara, aunque esta vez no tenía nada que ver con una decisión suya.

—Tú ya sabías que los Varen estaban relacionados con Eira —dije.

—Sabía que aparecían en documentos antiguos. No tenía esta genealogía.

—¿Investigaste a mi familia antes de que llegara?

—En cuanto apareció el cuervo blanco se revisaron los registros de la zona.

—¿Cuánto sabías cuando me viste entrar en el salón?

—Que tu madre descendía de los Varen y que existía una posibilidad de parentesco. La marca confirmó que eras la elegida.

No me gustó la respuesta. Tampoco podía acusarlo de haber conocido algo que acabábamos de descubrir.

Seguí leyendo.

El cuaderno terminaba con una frase subrayada dos veces.

«La última no será una novia. Será una puerta.»

Nadie habló. Pasé a la página siguiente. Estaba arrancada.

—Claro —murmuré—. Era demasiado pedir que nos dejara la explicación al lado.

Ravian buscó el borde roto.

—La arrancaron después de escribirla.

—¿Cómo lo sabes?

—La tinta ha manchado la siguiente página. El cuaderno estaba cerrado cuando aún estaba húmeda.

Danah abrió el número ocho. Varias páginas habían desaparecido también.

—Alguien eliminó una parte concreta.

—¿Vaelor? —pregunté.

Ravian negó con lentitud.

—Vaelor tenía doce años cuando Lysandra se transformó. Mi abuelo gobernaba.

—Entonces quizá tu abuelo.

Ravian recibió la sospecha en silencio y no intentó defender a su abuelo.

Eso me gustó más que cualquier intento de proteger el apellido Corven.

—Es posible —dijo—. Mi padre conocía muchos de estos archivos y mantuvo la torre cerrada durante años.

—¿Era como Vaelor?

—En algunas cosas era peor.

Danah hizo ademán de responder. Ravian continuó antes de que ella pudiera intervenir.

—Creía que la maldición era parte del derecho de la corona. En vez de buscar una forma de romperla, intentó entender cómo utilizarla.

Miré los nombres de aquellas mujeres.

—¿Incluida Sereth?

—Murió antes de su elección.

La palabra murió me resultó extraña aplicada al padre de Ravian y normal aplicada a todas las novias en la versión oficial. Aquella familia había pasado un siglo decidiendo qué nombres merecían una tumba y cuáles podían reducirse a una leyenda.

Abrimos el cuaderno nueve. Encontramos una referencia a Vaerra.

«La Madre del Último Vuelo no precisa un cuerpo propio mientras permanezca fragmentada. Cada novia conserva una parte. La última reunirá las doce y ofrecerá forma a aquello que la corona separó.»

—Recipiente —dijo Danah.

La palabra me molestó de inmediato.

—Prefiero puerta.

—Ninguna de las dos opciones es buena —respondió Ravian.

Continué.

«Si despierta completa, las doce perderán el resto de voluntad que conservan. La última perderá algo más que la forma.»

La línea siguiente estaba borrada con tinta. Debajo quedaban dos palabras legibles.

«su nombre».

Recordé el diario de Aveline. Mientras recuerde mi nombre. Apoyé las manos en la mesa.

—Vaerra necesita que deje de reconocerme.

Danah palideció.

—Eso explicaría las voces.

—Intenta entrar por mis recuerdos. Elin. Mi madre. Personas que forman parte de quién soy.

Ravian acortó la distancia entre nosotros.

—A partir de ahora no te quedas sola por la noche.

Giré la cabeza.

—Acabamos de encontrar una habitación entera dedicada a las consecuencias de quitar a las mujeres su capacidad de decidir y esa es tu conclusión.

—Mi conclusión es que algo está usando a tu madre muerta para atraerte fuera de una habitación.

—Puedes recomendarlo. No ordenarlo.

Ravian apretó los labios antes de contestar.

—Bien. Te recomiendo con toda la autoridad que ya no sé si me queda que no duermas sola.

—Así está mejor.

Danah resopló.

—Tengo sesenta y dos años y empiezo a pensar que acabaré educando a los dos.

La puerta se cerró detrás de nosotros. El sonido nos hizo volvernos. Nadie estaba cerca. Ravian avanzó y tiró del picaporte. No cedió.

—Danah.

—La llave.

Se la tendí. Ravian intentó introducirla desde dentro. No entraba.

En algún punto de la habitación sonó un golpe seco.

Luego otro. Procedía de la pared de libros. Me acerqué antes de que Ravian pudiera impedírmelo.

—Lo oigo.

Tres golpes. Una pausa.

Dos.

Tres otra vez. Danah empezó a retirar libros. Detrás había madera. Una pequeña puerta empotrada en la pared.

La puerta quedaba oculta por completo detrás de los volúmenes.

Ravian apartó los últimos volúmenes y encontró un cierre sin cerradura.

Lo levantó.

Dentro había un espacio del tamaño de una caja.

Y una carta.

El sobre estaba amarillento, aunque la tinta del frente seguía perfectamente legible.

No decía «a la última».

Decía:

«A Mel Varen.»

Leí mi nombre tantas veces que las letras empezaron a perder forma.

—Eso es imposible —dijo Danah.

Cogí el sobre.

—Lysandra escribió esto unos diecisiete años antes de que yo naciera.

Ravian miró el cuaderno abierto sobre la mesa.

—Entonces sabía mucho más de lo que dejó escrito.