CAPÍTULO 10 #4
Edrik, que estaba terminando una taza de leche caliente, sonrió.
—Eso describe muchas mañanas.
—El consejo quiere saber por qué se ha duplicado la guardia en el ala oeste —explicó Ravian—. Y por qué se han cerrado dos patios durante la noche.
—¿Por qué se han cerrado?
—Tres de las novias se acercaron demasiado al castillo.
Dejé el pan en el plato.
—¿Sereth?
—Ella estaba entre ellas.
—¿Intentaron entrar?
Ravian negó.
—Se limitaron a observar.
—A mí.
Tardó en responder.
—Es probable.
Edrik se levantó.
—Voy a revisar el cambio de guardia antes de que esta conversación empiece a requerir que me quede.
—Cobarde —dije.
—Profesional con instinto de supervivencia.
Danah llegó poco después con una capa gruesa bajo el brazo.
—Vamos a la torre en diez minutos.
Ravian la miró.
—¿Desde cuándo das tú las órdenes?
—Desde que los dos tardáis demasiado en hacer cualquier cosa sencilla.
La torre occidental parecía distinta a la luz de la mañana. Ya no había tormenta ni voces utilizando recuerdos muertos, aunque la sensación de entrar en un lugar que llevaba años esperando continuaba allí.
Subimos hasta el corredor de las habitaciones. La puerta número diez estaba al final, después de la de Dunia y frente a una ventana estrecha cubierta de hielo.
El nombre de Lysandra seguía grabado en la placa.
Introduje la llave. Giró sin esfuerzo.
Ravian me pidió que esperara mientras él entraba primero. Esta vez acepté. Llevaba la corona dentro de una bolsa de cuero y Edrik esperaba dos plantas más abajo con varios guardias. Habíamos aprendido a no convertir cada descubrimiento en una demostración de valentía.
La habitación olía a papel seco. No había cama.
Tampoco vestidos, peines ni cofres como en las otras dependencias.
Había libros.
Centenares.
Ocupaban las paredes desde el suelo hasta el techo. Algunos se habían deformado por la humedad. Otros estaban protegidos dentro de cajas. En el centro había una mesa larga con mapas extendidos y una silla caída de lado.
—Vivía aquí —dije.
Danah pasó los dedos por el borde de la mesa.
—Durante los últimos meses dejó de utilizar sus habitaciones privadas. Dormía en una estancia pequeña junto a la biblioteca y trabajaba aquí hasta que el cuerpo se lo permitía.
—¿Tu madre la conoció?
—Sí. Ya trabajaba aquí y la ayudaba a llevar libros.
Ravian abrió una caja. Dentro había doce cuadernos numerados. Faltaba el trece.
—Eso parece deliberado —murmuré.
Danah buscó entre los papeles.
—Lysandra sabía que sería la décima. Dunia había dejado suficientes cálculos para entender el patrón. Lo que nadie sabía era cuándo llegaría la última.
Me acerqué a la mesa.
El polvo cubría casi todo salvo una pequeña zona circular cerca del borde.
—Aquí había algo.
Ravian se inclinó.
La marca tenía el tamaño aproximado de un vaso, pero el contorno no era regular. Parecía la base de un objeto metálico con tres pequeñas patas.
Danah recorrió la habitación con la mirada.
—Puede que se lo llevara.
—O que alguien viniera después.
Ravian abrió el primer cuaderno.
Las primeras páginas estaban escritas con una letra firme y pequeña. Fechas, nombres, genealogías, referencias cruzadas. Lysandra no escribía como Aveline: en lugar de relatar miedo o sentimientos, ordenaba datos.
—Me habría caído bien —dije.
Ravian alzó una ceja.
—No has leído ni una página.
—Eso. Lleva cuarenta años muerta a ojos del mundo y aun así ha conseguido organizar mejor esto que tu consejo.
Danah ocultó una sonrisa.
Pasamos más de una hora revisando los cuadernos. Lysandra había reconstruido los árboles familiares de cada novia, incluido el suyo. Había comparado lugares de nacimiento, estaciones, edades, enfermedades, matrimonios y parentescos.
En el cuaderno siete aparecía un apellido que ya conocía.
Varen.
El de mi madre. Me frené en seco.
—Ravian.
Él se acercó.
Había cuatro ramas trazadas desde un mismo nombre antiguo: Mareth Varen, hermana menor de Eira.
Una línea descendía hasta mi abuela. Otra terminaba varias generaciones antes. La tercera desaparecía en Velaria. La cuarta estaba tachada.
Debajo, Lysandra había escrito:
«El ciclo no busca a trece mujeres al azar. Busca doce cuerpos capaces de sostener fragmentos y una última sangre capaz de reunirlos.»
Sentí a Ravian demasiado cerca de mi hombro.
—Sigue —dijo.
Pasé la página.
«La decimotercera deberá descender de la sangre que quedó fuera del pacto. Si la línea se pierde, el ciclo esperará. Si sobrevive, el cuervo la encontrará.»
El frío de la habitación dejó de importarme.
—Por eso hubo diecinueve años entre Talia y Sereth —dije—. Y siete entre Sereth y yo.
Danah tomó el cuaderno.
Los cuadernos de Lysandra ocupaban media mesa.
Había copiado nacimientos, matrimonios, cambios de apellido y mudanzas a partir de registros de templos, cuentas de impuestos y cartas privadas.
Su método tenía algo obsesivo y también algo profundamente humano.
Junto a algunos nombres había escrito detalles que no servían para ningún cálculo.
«Buena panadera.»
«Se marchó al oeste por una discusión con su padre.»
«Tuvo cuatro hijos y sobrevivió a tres inviernos de fiebre.»
Leí varias notas antes de comprender que todas pertenecían a mujeres de la línea que descendía de la hermana de Eira.
—Lysandra no estaba buscando solo sangre —dije—. Quería saber quiénes eran.
Danah se inclinó sobre una hoja.
—Quizá necesitaba recordarse a sí misma que el final de una línea no era una fecha en un árbol.
Uno de los registros mencionaba a una Varen que había trabajado durante treinta años como maestra en un pueblo del sur.
Otra había administrado una posada. Una tercera murió al dar a luz y su hermana crió a la niña.
Ninguna sabía que una mujer de hacía más de un siglo había convertido su apellido en parte de una guerra entre una corona y una diosa.
Encontré el nombre de mi abuela y tuve que sentarme mejor.
La conocía por historias de mi madre. Una nota sobre su infancia la describía con seis años, cuando había cambiado de casa después de una inundación. Más abajo aparecía mi madre, todavía sin fecha de muerte porque la entrada se había escrito décadas antes.
—Llegó hasta ellas —murmuré.
Ravian observó la página desde el otro lado de la mesa.
—Hasta donde pudo.
—Mi madre no sabía nada.
—Probablemente eso la protegió durante años.
La posibilidad me dejó una sensación extraña. Había pasado buena parte de mi vida pensando que mi madre guardaba secretos familiares porque todas las madres parecían tener alguno. Ahora descubría que quizá el mayor secreto había sobrevivido porque nadie recordaba que existía.
Edrik apareció con una carpeta nueva y la dejó junto a los cuadernos.
—He pedido los registros fiscales del sur que conservamos. Si los cálculos de Lysandra son correctos, deberían aparecer movimientos de la familia Varen en los mismos periodos en que el cuervo tardó más en elegir.
—¿Desde cuándo disfrutas con genealogías? —pregunté.
—Desde que he descubierto que son menos peligrosas que tus excursiones nocturnas.
Ravian abrió la carpeta.