La novia del Rey Cuervo CAPÍTULO 10 #3
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CAPÍTULO 10 #3

—Era roble.

—Entonces estaba peor de lo que pensaba.

Me senté frente a Ravian.

—Hoy trabajamos juntos.

Pasamos la mañana revisando las copias del diario de Aveline.

No nos tocamos.

Al principio me costó concentrarme porque era demasiado consciente de él al otro lado de la mesa. Tras un rato la sensación perdió intensidad. Acabamos discutiendo una traducción, luego una fecha, después una referencia a un rey llamado Hadran que no coincidía con la cronología oficial.

A mediodía, el dolor bajo la clavícula había disminuido.

—Danah.

Ella se acercó. Le enseñé la zona.

La pluma seguía allí, pero ya no empujaba con tanta fuerza.

Ravian se quitó el guante.

La línea negra de su mano también parecía más fina.

Nos miramos.

—Separarnos empeora a los dos —dije.

—Estar juntos sin contacto parece estabilizarnos —respondió él.

—Eso complica tu plan de evitarme.

—No sabes cuánto lo lamento.

Edrik apareció con una bandeja y la dejó sobre una mesa auxiliar.

—Me alegra anunciar que el futuro del reino depende de que ambos paséis mucho tiempo juntos sin hacer nada interesante.

—Edrik —dijo Ravian.

—Ya me voy.

Danah cerró el cuaderno.

—Necesitamos repetir la prueba.

—¿Cuántas veces? —pregunté.

—Las suficientes para estar seguros.

—Podrían ser días —dijo Ravian.

—Qué tragedia —respondí.

Sus labios se movieron apenas.

La parte más incómoda era que me sentía mejor.

No solo físicamente.

La presencia de Ravian había calmado una inquietud que llevaba horas intentando ignorar.

Eso no demostraba amor, ni deseo, ni destino. Demostraba que la maldición nos conectaba de alguna manera.

Y me negaba a permitir que aquella conexión decidiera por mí qué significaba cada gesto.

Por la tarde encontramos algo nuevo en la copia del diario de Aveline.

Había una página que hasta entonces todos habían interpretado como una confesión romántica.

«Cuando él se marcha, el cuerpo me duele. Cuando vuelve, puedo respirar. He confundido ese alivio con amor demasiadas veces. Tal vez lo ame. Tal vez necesite que esté cerca. No son la misma cosa y temo morir sin saber distinguirlas.»

Leí el fragmento dos veces antes de atreverme a hablar.

—Ella ya lo sabía —murmuré.

—Al final, sí.

—¿Qué ocurrió con Hadran?

—Murió seis años después de la transformación de Aveline.

—¿Ella lo mató?

—No. Murió durante una campaña militar.

—Entonces el impulso de matar al heredero no aparece siempre.

—O Aveline consiguió resistirlo.

Seguí leyendo. La página terminaba con otra frase.

«La necesidad pertenece a la maldición. La decisión seguirá siendo mía mientras recuerde mi nombre.»

Cerré el libro.

—Ahí está.

Ravian me observó.

—¿Qué cosa?

—La diferencia que estamos buscando. Puede empujar lo que siento, provocarme dolor y hacer que quiera tenerte cerca. Lo que haga con eso sigue siendo mío.

—Hasta que dejes de recordar quién eres.

—Entonces habrá que evitar llegar a ese punto.

Ravian bajó la vista hacia su mano.

—Mel, si alguna vez empiezas a perderte…

—No termines esa frase.

—Tenemos que hablarlo.

—Hablaremos cuando sepamos más.

—Podría llegar un momento en que no podamos esperar.

—Y podría llegar otro en que encontremos una solución. No voy a pasar cada día preparando la forma más eficiente de morir.

—No te pediría eso.

—Entonces tampoco lo hagas tú.

Ravian entendió la alusión y apartó la vista.

Su plan de sacrificarse seguía allí, aunque ninguno lo hubiera mencionado desde la torre.

Me levanté y llevé el diario hasta la estantería.

Cuando volví, Ravian estaba junto a la ventana.

La nieve empezaba a caer otra vez sobre el patio.

Me coloqué a su lado dejando un espacio suficiente entre ambos.

—Mañana volvemos a la torre occidental.

—Eso no estaba acordado.

—Ahora sabemos que estar juntos sin tocarnos nos estabiliza. Sería irresponsable separarnos durante una investigación peligrosa.

A Ravian se le escapó una risa baja.

—Has tardado menos de un minuto en utilizar el experimento contra mí.

—Me parece ofensivo que te sorprenda.

—No me sorprende.

Nos quedamos mirando la nieve.

La distancia entre nuestros hombros era pequeña y, esta vez, ninguno intentó aumentarla.

La prueba de distancia se convirtió durante los dos días siguientes en una rutina absurda.

Ravian trabajaba en un extremo de la biblioteca y yo ocupaba una mesa cerca de las ventanas.

Danah medía mi marca por la mañana y antes de la cena.

Edrik entraba con informes que conseguían demostrar que un reino podía tener problemas mucho más aburridos que una diosa atrapada en una corona.

El primer día discutieron durante media hora por un puente hundido en la ruta oriental.

Yo intentaba leer el diario de Aveline y acabé aprendiendo que una recua de treinta mulas permanecía bloqueada al otro lado del río con sal, harina y dos barriles de vino que Edrik consideraba de importancia estratégica.

—La harina es estratégica —dijo Ravian.

—El vino mantiene la moral.

—La guardia sobrevivirá.

—Eso lo dices porque tú bebes el bueno.

Me reí sobre el libro. Ravian giró la cabeza.

—¿Quieres participar?

—Prefiero que resolváis la crisis del vino sin mi intervención.

Edrik señaló mi montón de papeles.

—Ella está salvando el reino de un problema más antiguo.

—Y bastante peor organizado —añadí.

Aquellas horas cambiaron algo que me costó identificar.

La cercanía con Ravian había estado ligada hasta entonces a peligro, discusiones o momentos en los que alguno de los dos sangraba.

Compartir una habitación mientras cada uno hacía su trabajo resultaba extrañamente íntimo.

Él se quitaba un guante cuando escribía porque la pluma se le escapaba con la tela.

Yo aprendí que mordía el extremo de madera cuando una cuenta no cuadraba.

También descubrí que odiaba las pasas y las apartaba del pan con una dedicación infantil.

La maldición seguía allí. Mi brazo dolía. Las plumas bajo la clavícula recordaban cada contacto. Aun así, durante varias horas dejamos de ser una novia marcada y un rey maldito. Éramos dos personas ocupando demasiado espacio en una mesa.

Al atardecer Danah midió la marca.

—No ha avanzado.

Ravian dejó de escribir.

—¿Nada?

—La línea termina donde estaba esta mañana.

Me incliné para mirar la anotación del cuaderno.

—Entonces estar cerca sin tocarnos funciona.

Danah corrigió algo con la punta de la pluma.

—Funciona hoy. No conviertas un día en una ley.

—Me estás quitando toda la alegría científica.

—Nunca has tenido alegría científica. Tienes curiosidad y muy poco respeto por las puertas cerradas.

Ravian sonrió, divertido.

Lo miré sin querer. Él bajó los ojos al papel, aunque la sonrisa tardó un poco más en desaparecer.

Esa noche cenamos en la misma mesa pequeña de la biblioteca porque ninguno quiso perder tiempo trasladando los documentos. Edrik se marchó antes del postre y Danah fue a comprobar a los guardias de la torre occidental. Ravian y yo nos quedamos solos con una fuente de manzanas asadas entre ambos.

—¿Crees que lo que sentimos puede separarse de esto? —pregunté.

Sus dedos dejaron de mover una página.

—No tengo una respuesta que me guste.

—Yo tampoco.

—Entonces será mejor no fingir que la tenemos.

La honestidad me alivió y me fastidió al mismo tiempo.

—Qué poco romántico.

—Nunca he presumido de serlo.

—Tu castillo tiene una galería entera de vestidos y retratos.

—Eso me impide presumir.

La vista se me quedó en el fuego.

—Quiero saber que una decisión es mía antes de tomarla.

—Yo también.

Ravian acercó la fuente de manzanas hacia mí sin tocarme. Ese gesto sencillo tuvo más efecto del que merecía. Seguimos leyendo hasta que Danah volvió y nos echó de la biblioteca como si fuéramos dos niños que se negaban a acostarse.

En el cristal apareció el reflejo de un cuervo que se había posado fuera.

Llevaba algo en el pico. Una llave. Danah la reconoció en cuanto la vio.

Pertenecía a la habitación número diez de la torre occidental.

La de Lysandra.

La llave de Lysandra pesaba menos de lo que esperaba.

Danah la dejó sobre la mesa de la biblioteca y ninguno de los cuatro intentó cogerla de inmediato. Era una pieza estrecha, de hierro oscuro, con un círculo de plata en la cabeza. El cuervo que la había traído seguía al otro lado del cristal, inmóvil pese a la nieve.

—¿La reconoces sin duda? —pregunté.

—La guardaba mi madre —respondió Danah—. Cuando Lysandra se transformó, cerraron su habitación y la llave desapareció. Mi madre pensó que alguien de la familia Corven se la había llevado.

Ravian observó al cuervo.

—Nadie de mi familia la tuvo.

—Entonces la tuvo una de ellas —dije.

Danah asintió despacio.

La idea de que una mujer convertida en criatura hubiera conservado una llave durante cuarenta años habría resultado ridícula en cualquier otro lugar. En Nocthar empezaba a parecerme una explicación bastante razonable.

Cogí la llave. Ravian se apartó de la ventana.

—Lo haremos mañana.

—Llevamos dos días aplazando la visita a la torre.

—Mel, llevamos todo el día trabajando y anoche apenas dormiste.

—Tú tampoco.

—Ese argumento no mejora nada.

Danah recogió sus cuadernos.

—Tiene razón.

Miré a Ravian.

—Disfruta del momento. No ocurre mucho.

—Más de lo que crees.

Guardé la llave en el bolsillo. La curiosidad me acompañó durante el resto de la velada y hasta mi habitación. Intenté leer una de las copias del diario de Aveline, pero acabé recorriendo tres veces la misma página sin enterarme de una sola frase.

A medianoche escuché alas junto a la ventana. No me levanté. Había aprendido algo desde mi llegada. Los cuervos podían esperar. Yo también.

Dormí mejor de lo que esperaba y, al despertar, la pluma bajo la clavícula seguía doliendo menos. Danah comprobó la marca antes del desayuno y anotó que no había avanzado durante la noche. La pequeña victoria me animó más de lo razonable.

Ravian apareció en el comedor con los guantes puestos y una expresión que indicaba que ya había discutido con alguien.

—¿Vaelor? —pregunté.

Se sentó frente a mí.

—¿Cómo lo sabes?

—Cada vez que tu tío aparece, tienes cara de querer enviar a medio consejo a trabajar en las minas.