La novia del Rey Cuervo CAPÍTULO 10 #2
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CAPÍTULO 10 #2

—Aveline usaba esto para las polillas —dijo, sacando una bolsita de hierbas secas—. Mi abuela decía que llenaba los cajones con ellas aunque el rey de entonces se quejaba del olor.

—¿Tu abuela la conoció?

—Era una niña. Trabajaba con su madre en las cocinas y recordaba a Aveline robando pan caliente antes de las cenas de gala. Según ella, la primera novia oficial de esta galería tenía la costumbre poco regia de quemarse los dedos por impaciente.

Miré el retrato pequeño apoyado sobre una cómoda. Aveline aparecía rígida, con un vestido claro y las manos juntas. La historia del pan hizo más por devolverle vida que cualquier fecha del archivo.

Danah encontró una caja de madera con tres compartimentos. En uno había agujas. En otro, piedras pulidas. El tercero estaba vacío.

—¿Qué guardaba aquí?

—Nadie lo sabe. Cuando mi madre recibió el arcón ya faltaba algo.

Edrik se agachó junto a nosotros.

—¿Y nunca pensasteis que podía ser importante?

—En esta torre faltan tantas cosas importantes que podríamos pasar años haciendo una lista.

Ravian se había quedado junto al escritorio. Revisaba los lomos de varios libros sin tocarlos.

—Mi padre ordenó sellar esta habitación después de que uno de sus consejeros enfermara al llevarse una medalla.

—¿Qué le ocurrió? —pregunté.

—Durante tres días juró que alguien caminaba detrás de él. Al cuarto se lanzó por una ventana intentando escapar.

Edrik se incorporó.

—Podrías haber contado eso antes de dejarnos tocar cajones.

—La medalla está en la cripta desde hace veinte años.

—Me quedo mucho más tranquilo.

Seguimos trabajando con más cuidado. Yo esperaba encontrar otra gran revelación entre aquellas cosas, aunque lo que apareció fueron pedazos de una vida.

Una receta anotada al margen de un libro.

Una cuenta sin pagar de una tienda de telas.

Dos cartas de una hermana que preguntaba cuándo volvería a casa.

En la última, escrita varios meses después de la llegada de Aveline, la hermana ya no preguntaba.

La doblé con cuidado.

—Todos hablan de las novias como si hubieran nacido aquí.

Danah dejó de ordenar un cajón.

—Es más fácil contar una maldición cuando las víctimas pertenecen al castillo. Si recuerdas que tenían madres, hermanos, deudas y planes para el verano, la historia se vuelve bastante menos cómoda.

Ravian levantó los ojos y guardó silencio. Tampoco hacía falta que respondiera. Su familia había necesitado más de un siglo para aprender esa lección y el castillo todavía estaba lleno de pruebas.

Entonces toqué la pared junto al escritorio. Escuché un golpe. Uno solo.

Como si alguien hubiera llamado desde el otro lado.

Me detuve.

—¿Habéis oído eso?

Edrik acercó la mano a la espada. Llegó otro golpe. Danah palideció.

—Esa pared da al exterior.

Un tercer golpe. Luego una voz. Muy baja.

Muy cerca de mi oído pese a venir de detrás de la piedra.

—Mel.

Ravian me agarró por los hombros antes de que pudiera moverme.

—No respondas.

La tercera regla.

Si escuchaba mi nombre desde fuera, no debía contestar.

La voz volvió a llamarme. Esta vez era la de mi madre.

Ravian no soltó mis hombros hasta que estuvimos fuera de la habitación de Aveline.

Cruzamos el corredor y Danah cerró el acceso a la torre con las tres llaves y esperó un momento antes de apartarse. La voz había dejado de oírse en cuanto cruzamos el umbral.

—Era mi madre —dije.

—Lo sé —respondió Ravian.

—Tú nunca la escuchaste.

—No hacía falta.

Me molestó que tuviera razón.

El sonido seguía dentro de mi cabeza con una precisión desagradable. Mi madre tenía una forma particular de alargar mi nombre cuando quería que me acercara. La voz detrás de la pared había copiado incluso eso.

—Sereth utilizó la voz de Elin en el bosque —dije—. ¿Las novias pueden hacer lo mismo con los muertos?

Danah negó.

—Las novias toman recuerdos que ya existen en ti. La torre ha hecho algo diferente.

—¿Vaerra?

—Es probable.

Ravian llevaba la corona entre las manos. No había vuelto a ponérsela.

—Nos vamos.

—Todavía quedan habitaciones.

—No pienso abrirlas hoy. Quiero entender qué acaba de ocurrir.

—Lo entenderemos fuera.

Era sensato. Me irritó igualmente.

Bajamos hasta la biblioteca sin hablar. Edrik se quedó en la puerta mientras Danah fue a buscar uno de sus cuadernos. Ravian dejó la corona sobre una mesa y se apoyó con ambas manos en el respaldo de una silla.

—¿Estás bien? —pregunté.

—Estoy entero.

—Has respondido muy rápido.

—Estoy cansado.

—Puedes decirlo sin que se hunda el reino.

Esperó a que continuara.

—Estoy cansado.

—Mucho mejor.

Se sentó.

La tensión que había quedado entre nosotros después del diario seguía allí. Ya no podía mirar su boca sin pensar en la frase de Aveline. Tampoco podía recordar la noche de la torre sin preguntarme cuánto de aquel acercamiento me pertenecía.

Me enfadaba que la maldición pudiera intervenir incluso ahí.

Me había acostumbrado a pensar que mi cuerpo era mío incluso mientras algo crecía bajo mi piel. Aquella duda era distinta. Podía soportar las plumas. Soportaría dolor. Lo que me costaba aceptar era que algo pudiera empujar mis deseos y después obligarme a desconfiar de ellos.

Danah regresó con dos cuadernos.

—He revisado mis notas sobre Sereth.

Se sentó frente a nosotros.

—A partir del día treinta y cuatro empezó a describir una necesidad de proximidad. Buscaba a Ravian incluso cuando estaba enfadada con él. Si pasaban varias horas separados, se ponía nerviosa.

—¿Cuándo empezó a transformarse físicamente? —pregunté.

—Antes. Las primeras plumas aparecieron en el día veintisiete.

—Entonces el deseo llegó después.

—En ella, sí.

Ravian miró mi brazo vendado.

—Tú vas por delante.

—No siento una necesidad de estar contigo.

Edrik soltó una tos sospechosa desde la puerta. Me giré.

—¿Quieres decir algo?

—Me estoy recuperando de la tormenta.

—Recupérate fuera.

Edrik sonrió y cerró la puerta desde el otro lado.

Danah fingió estar muy interesada en sus notas.

—No siento una necesidad —repetí—. Siento curiosidad. Atracción quizá. Y a veces ganas de discutir contigo hasta que una de las dos cosas se agote.

Una ceja de Ravian subió apenas.

—Qué alivio.

—Lo digo en serio.

—Yo también.

Danah nos miró a los dos.

—¿Podéis intentar hablar como adultos durante cinco minutos?

—Estoy haciendo un esfuerzo considerable —dije.

—Se nota.

Ravian pasó una mano por el pelo.

—Si Aveline escribió que todas lo quisieron cerca, tenemos que asumir que el vínculo afecta a la emoción.

—No necesariamente igual a todas —dije—. El bordado de Aveline distinguía entre lo que el deseo empuja y lo que una persona decide hacer con ese impulso. Entre sentir y elegir.

—Eso no nos dice qué parte del deseo es tuya.

—Tampoco qué parte es tuya.

Ravian tardó un instante en responder. Danah cerró el cuaderno.

—Ahí está el punto que los dos estáis evitando.

Él la miró con advertencia.

—Danah.

—No soy ciega ni tengo veinte años. La maldición puede estar empujando a Mel hacia ti, pero eso no explica todo lo que está ocurriendo contigo.

El silencio se volvió incómodo.

—¿Qué está ocurriendo conmigo? —preguntó Ravian.

—Llevas siete años sin permitir que nadie se acerque demasiado. Ahora cambias horarios para coincidir con ella, apareces en la galería cuando sabes que va a estar allí y has dejado de cenar en tus habitaciones desde que llegó.

Me volví hacia él.

—¿Cambias horarios?

—Danah exagera.

—Danah lleva tus horarios desde que eras un niño.

—Eso no la convierte en adivina.

—No necesita serlo.

Ravian se levantó.

—Esta conversación ha terminado.

—Porque te incomoda —dije.

—Porque no aporta nada a la investigación.

—Aporta bastante.

—Si vamos a desconfiar de mis sentimientos por la maldición, también tendremos que desconfiar de los tuyos por otras razones. Quizá estar cerca de mí ralentiza tu transformación y tu cuerpo lo ha entendido antes que tú.

La idea lo detuvo. Danah prestó más atención.

—Eso tiene sentido.

—Gracias por la ayuda —dijo Ravian.

—No trabajo para proteger tu orgullo.

Me levanté también.

—Podemos comprobarlo.

—No.

—Todavía no he explicado cómo.

—Conociéndote, prefiero ahorrar tiempo.

—Sin tocarnos. Pasamos un día separados y anotamos los síntomas de ambos. Luego pasamos otro trabajando juntos, también sin contacto. Comparamos.

Ravian dudó.

—Eso sí es razonable —dijo Danah.

—Empiezo a preocuparme por la facilidad con la que estáis de acuerdo.

—Acostúmbrate.

Hicimos la prueba al día siguiente.

Ravian se quedó en el ala norte. Yo trabajé con Danah en la biblioteca secundaria y revisé copias de documentos de Aveline. Nos vimos únicamente desde lejos durante el almuerzo, cuando él atravesó el patio con Edrik.

Las primeras horas fueron normales.

Por la tarde empecé a notar una irritación difícil de justificar.

Podía concentrarme, leer varias páginas, comer y hablar con Danah sin problema. La molestia aparecía al pensar en Ravian y desaparecía en cuanto me ocupaba de otra cosa.

—¿Qué notas? —preguntó Danah.

—Que me gustaría saber qué está haciendo.

—Eso puede ser curiosidad.

—También me gustaría verlo.

—Eso puede ser atracción.

—Eres muy útil.

—Intento no inventar certezas.

A última hora de la tarde apareció otra pluma bajo mi clavícula.

Danah la marcó en el cuaderno.

—No has tocado a Ravian desde ayer.

—Entonces el contacto no es lo único que acelera esto.

—Nunca lo fue.

Esa noche dormí mal. Soñé con una bandada atravesando una puerta abierta. Al despertar tenía el nombre de Ravian en la cabeza y una sensación absurda de que algo importante ocurría en otra parte del castillo.

Me obligué a permanecer en mi habitación hasta el desayuno.

Cuando llegué al comedor, Ravian ya estaba allí. Tenía una herida nueva en la mano derecha.

—¿Qué pasó?

—Nada importante.

—Enséñamela.

—La prueba consiste en no tocarnos.

—No necesito tocarte para mirar.

Se quitó el guante.

Una línea negra recorría la base del pulgar. La piel alrededor estaba agrietada.

—¿Cuándo apareció?

—Fue anoche.

—¿Tuviste un episodio?

—Fue pequeño.

Edrik, sentado al otro extremo de la mesa, negó con la cabeza.

—Pequeño significa que rompió una mesa.

—Era una mesa vieja.