CAPÍTULO 10
La torre occidental seguía cerrada con tres llaves.
Volví a fijarme en ellas dos días después, cuando Danah cometió el error de dejar su manojo sobre una mesa mientras discutía con el cocinero por unas provisiones que habían llegado congeladas.
Podría haberle pedido las llaves. También podía adivinar la respuesta.
Cogí el manojo y memoricé las tres que llevaban una marca triangular junto al aro. Luego lo devolví antes de que Danah terminara de amenazar al cocinero con hacerle comer las cebollas heladas una por una.
Todavía no pensaba robarlas. Necesitaba saber qué protegían.
La torre occidental llevaba desde mi llegada apareciendo en todas las conversaciones importantes y desapareciendo de ellas en cuanto preguntaba.
Ravian aseguraba que contenía archivos antiguos y objetos peligrosos.
Danah evitaba hablar del tema. Edrik tenía una facilidad extraordinaria para recibir órdenes urgentes cada vez que yo mencionaba la puerta.
Aquella mañana encontré a Ravian en la biblioteca.
Había tres libros abiertos delante de él, una taza de café intacta y varios folios cubiertos de anotaciones. Parecía llevar horas allí.
—¿Has dormido?
—Lo suficiente.
—Eso significa que no.
—¿Has venido a vigilar mis hábitos?
—He venido a preguntarte por la torre occidental.
Ravian dejó la pluma.
—Entonces prefería la primera opción.
Me senté frente a él.
—Sera escondió mensajes en vestidos. Dunia dejó cálculos. Lysandra escribió cartas para alguien que todavía no había nacido. Todo apunta a que las novias intentaron dejar información para la siguiente. ¿Qué sentido tiene guardar parte de esa información detrás de una puerta que no puedo abrir?
—Parte de lo que hay allí puede hacerte daño.
—Todo en este castillo puede hacerme daño.
—La torre contiene objetos vinculados a la maldición.
—Perfecto. La maldición es lo que intento entender.
—También hay habitaciones selladas porque conservan restos de magia activa.
—¿Restos de quién?
Ravian buscó las palabras.
—De ellas.
—¿Las esposas?
—Las esposas, sí.
—Entonces con más razón quiero entrar.
—Y yo quiero que sigas teniendo una forma humana cuando llegue la primavera.
—Tenemos objetivos compatibles.
Ravian cerró uno de los libros.
—Mel, hay lugares donde Sereth podía entrar sin sufrir nada y yo apenas podía respirar.
Otros reaccionaban a mí y no a ella. Cada novia despertó partes distintas del castillo.
Contigo ya han aparecido corredores que llevaban décadas ocultos.
No sabemos qué puede reconocer tu sangre dentro de esa torre.
—Por eso deberías venir conmigo.
—Eres insoportable.
—Me lo han dicho personas de confianza.
Esperé.
Ravian volvió a abrir el libro.
—Esta tarde.
—¿Esta tarde qué?
—Entraremos esta tarde. Con Danah y Edrik.
—Pensaba que tendría que discutir mucho más.
—Yo también. Es preocupante.
Me hizo sonreír.
—¿Qué estás leyendo?
Me enseñó la cubierta.
Era un tratado sobre juramentos antiguos. Las páginas estaban llenas de notas realizadas por distintas manos.
—Busco referencias a la expresión que aparece en los fragmentos que conserva mi familia. «La sangre del rey deberá terminar».
—¿Sigues pensando que habla de tu muerte?
—Es la interpretación más directa.
—Las interpretaciones directas de esta familia tienen una tendencia bastante mala a acabar con mujeres convertidas en pájaros.
—Por eso sigo buscando.
Me incliné sobre uno de los textos. Había palabras escritas en una lengua que no reconocía y traducciones al margen.
—¿Quién hizo estas notas?
—Mi abuelo. Las de tinta verde son de mi padre. Las negras son mías.
—Tres generaciones buscando.
—Más. Los Corven llevan mucho tiempo intentando entender qué hicieron sus antepasados.
—Y mucho tiempo ocultándolo al resto del reino.
Ravian no discutió eso.
—Eso también.
Era una de las cosas que empezaba a apreciar de él. Cuando una acusación era cierta, no intentaba maquillarla.
A media tarde nos encontramos ante la puerta de la torre occidental.
Danah llevaba las llaves. Edrik llevaba una espada y la expresión de alguien que preferiría estar en cualquier otro sitio. Ravian había insistido en ponerse la corona.
Verla me produjo rechazo incluso antes de saber por qué.
La Corona de Hueso Negro no era grande. Sus puntas irregulares parecían talladas en una materia oscura que absorbía la luz. Sobre la cabeza de Ravian no le daba aspecto de rey. Lo hacía parecer parte de una figura antigua que alguien hubiera desenterrado demasiado pronto.
—¿Es necesaria? —pregunté.
—Si algo dentro de la torre despierta, necesito poder contenerlo.
—¿Y cuánto te costará?
—Intentaré no utilizarla.
—No he preguntado eso.
Ravian sostuvo mi mirada.
—Depende de cuánto tenga que hacer.
Danah introdujo la primera llave.
—Podéis discutir después. La puerta no va a mejorar mientras esperamos.
Las tres cerraduras cedieron con sonidos distintos.
Cuando Danah empujó, el aire que salió de la torre olía a madera vieja, tela guardada y algo más dulce que tardé en reconocer.
Flores secas.
El corredor interior era estrecho. No había ventanas y las lámparas de aceite apenas iluminaban las paredes. A ambos lados se sucedían doce puertas numeradas con pequeñas placas de plata.
—¿Cada habitación pertenece a una novia? —pregunté.
—A lo que quedó de su paso por aquí —respondió Danah.
—¿Por qué guardarlo separado?
—Porque mezclar objetos vinculados a distintas etapas de la maldición provocó problemas.
Edrik señaló una marca quemada en el techo.
—Ese fue uno.
—¿Qué pasó?
—Dos cajas acabaron juntas durante una mudanza de archivos. Ardió una sala entera sin que hubiera fuego.
—Eso no tiene sentido.
—Bienvenida a mi trabajo.
Danah abrió la habitación número uno.
Aveline.
Esperaba encontrar una especie de mausoleo.
La estancia se parecía más a un dormitorio abandonado. Había un escritorio, una cama estrecha, un armario y varias cajas. Todo estaba cubierto por telas de protección menos una vitrina situada contra la pared.
Dentro descansaba un diario de cuero oscuro.
—¿Ese es el original? —pregunté.
—Sí —dijo Ravian—. La copia del archivo se hizo hace décadas.
—¿Por qué guardar el original aquí?
—Porque nunca conseguimos sacar todas sus páginas.
Me acerqué a la vitrina.
—¿Cómo que no?
Danah abrió el cristal. El diario parecía normal hasta que intenté levantarlo. No se movió.
—Está pegado.
—No —dijo Ravian—. Está ligado a la mesa desde que Aveline terminó de escribir.
Pasé los dedos por la cubierta. Un frío intenso me subió por la mano. Ravian reaccionó al verme apartar la mano.
—Estoy bien.
El diario se abrió solo. Nadie habló.
Las páginas empezaron a pasar con rapidez. Algunas estaban llenas de escritura. Otras aparecían completamente en blanco. Se detuvieron cerca del final.
Una línea de tinta se extendió frente a mis ojos.
No estaba allí unos segundos antes.
«Si puedes leerme, has llegado demasiado cerca.»
Edrik murmuró una maldición.
—¿Eso estaba escrito? —pregunté.
Ravian negó. La tinta siguió avanzando.
«No confíes en lo que deseas cuando empiece a llamarte.»
Sentí que la habitación se enfriaba. Otra frase apareció debajo.
«Nosotras también lo quisimos cerca.»
Me aparté del diario. La página dejó de escribir.
—¿Qué significa? —preguntó Edrik.
—Que la atracción hacia el heredero podría formar parte de la maldición —respondió Ravian.
Su tono era demasiado neutro.
—Eso ya lo sospechábamos.
—Sospechar y leerlo escrito por la primera novia son cosas distintas.
Danah observó el diario.
—Aveline vivió con el rey Hadran durante seis meses. En sus primeras páginas lo odiaba. En las últimas apenas podía soportar estar lejos de él.
—¿Se enamoró?
—Ella creía que sí.
La forma en que Danah lo dijo me dejó peor que cualquier respuesta clara.
Ravian se alejó hacia la puerta.
—Terminamos por hoy.
—Acabamos de entrar.
—Y ya hemos obtenido más de lo que esperaba.
—Hay once habitaciones.
—Justo por eso.
—Ravian.
Se volvió.
—Si esa frase es cierta, cada minuto que pasamos juntos puede estar alterando lo que sentimos. No pienso seguir investigando contigo aquí dentro como si eso no importara.
La dureza de su voz me irritó porque entendía el miedo que había detrás.
—¿Y qué propones? ¿Que dejemos de hablarnos?
—Propongo que seamos cuidadosos.
—Llevas días utilizando esa palabra para decir «aléjate».
—Porque quizá debas hacerlo.
—Quizá tú también.
El silencio cayó entre nosotros. Danah cerró el diario con cuidado.
—Antes de que los dos convirtáis una sala maldita en un lugar todavía más incómodo, hay algo que deberíais ver.
Se acercó al armario y abrió las puertas. Dentro colgaba un vestido gris muy sencillo.
En el interior de una manga había una serie de palabras bordadas con hilo negro.
Danah giró la tela para que pudiéramos leerlas.
«El deseo abre la puerta. La voluntad decide quién la cruza.»
Miré a Ravian. Él seguía mirando el bordado.
—Eso cambia algo —dije.
—No sabemos qué significa.
—Significa que sentir algo no obliga a actuar.
—Eso ya lo sabíamos.
—Entonces deja de comportarte como si cualquier emoción fuera una orden.
Ravian apoyó una mano en el respaldo de la silla.
—No me preocupa obedecer una emoción. Me preocupa no saber de dónde viene.
—A mí también.
—Entonces deberías entenderlo.
—Lo entiendo. Lo que no voy a hacer es fingir que no existe.
Edrik carraspeó.
—Voy a defender durante unos minutos la opción de seguir mirando objetos antiguos. Parecen bastante menos peligrosos que esta conversación.
Danah le lanzó una mirada que casi consiguió hacerlo callar.
Ravian se quitó la corona.
—Cinco minutos más.
—Generoso —dije.
Nos movimos por la estancia.
Encontré cartas sin destinatario, un peine de madera, una pequeña caja de botones y varias hojas arrancadas de un libro de rezos. Nada reaccionó a mí.
Danah abrió después un arcón bajo la ventana. Dentro había ropa doblada con una paciencia que daba miedo. Las telas olían a cedro, a polvo y a algo dulce que apenas sobrevivía.