La novia del Rey Cuervo CAPÍTULO 9 #4
42%

CAPÍTULO 9 #4

—El granero del barrio alto ha perdido una parte del tejado. Quieren reparar primero el salón de recepciones porque dentro de pocos días llegarán representantes de Velaria.

—Y tú quieres reparar el granero.

—La gente come más veces de las que recibe embajadores.

Me hizo gracia y, al mismo tiempo, me recordó que Ravian gobernaba incluso cuando yo no estaba delante. Había aldeas, depósitos de cereal, caminos bloqueados y tejados que se hundían mientras nosotros perseguíamos cartas escritas por mujeres muertas solo a medias.

Ravian observó mi manga.

—Danah debería ver el brazo.

—Ya lo ha visto esta mañana.

—Entonces debería volver a verlo.

—¿Tienes intención de mandar también sobre la frecuencia con la que me desnudo delante de Danah?

Edrik se alejó sin ninguna discreción.

—Voy a comprobar una pared que está muchísimo más lejos.

Ravian esperó a que se marchara.

—Me preocupa lo que ocurrió anoche.

—A mí también. La diferencia es que yo sigo aquí.

Solo se oyó el arrastre de una viga por el patio. Ravian siguió a los hombres con la mirada y luego volvió a mí.

—No estoy intentando echarte.

—Te sale con bastante naturalidad.

—Estoy intentando encontrar una manera de que llegues viva a la primavera.

—Entonces tendrás que acostumbrarte a que participe.

Un golpe de martillo resonó desde el tejado. Ravian miró mis manos y asintió con un cansancio que parecía más antiguo que la tormenta.

—Participa. Solo te pido que no conviertas cada puerta cerrada en una ofensa personal.

—No puedo prometer eso.

—Era de esperar.

Volvimos al interior por caminos distintos. Aun así, cuando levanté la vista desde el corredor, lo vi detenerse para ordenar que llevaran mantas al barrio bajo antes de que cayera la temperatura. Ese pequeño gesto se quedó conmigo más tiempo del que habría querido admitir.

Volví a encontrar a Ravian en la galería.

Estaba al otro extremo de la galería de las esposas.

Se había detenido frente a mi lienzo. Durante la noche había aparecido algo nuevo. El retrato ya tenía hombros.

Una parte del vestido negro se extendía desde las manos pintadas hasta el pecho.

Ravian estaba tan concentrado que tardó en advertir mi presencia.

—Me han dicho que has prohibido que entre en tus habitaciones.

—Danah habla demasiado.

—Danah habla lo justo. Tú compensas el promedio.

Se volvió hacia mí.

Parecía agotado. Llevaba guantes nuevos y una camisa cerrada hasta el cuello.

—Lo de anoche no puede repetirse.

—En eso estamos de acuerdo. Preferiría que la próxima tormenta me encuentre en una habitación con dos camas.

—Sabes a qué me refiero.

—También sé a qué me refiero yo.

Ravian miró mi vendaje.

—Te hice avanzar.

—Yo decidí tocarte.

—La próxima vez podría no reconocerte.

—Entonces hablaremos de la próxima vez cuando llegue.

—No pienso permitir que ocurra.

Me acerqué hasta dejar entre nosotros apenas dos pasos.

—Ahí está otra vez.

—¿Qué costumbre?

—Esa costumbre de decidir por todo el mundo.

Apenas cambió el gesto de Ravian, pero había dado en el blanco.

—Soy responsable de lo que ocurre en este castillo.

—Yo soy responsable de mi brazo.

—Estás vinculada a mi familia por una maldición que empezó hace más de cien años. Tus decisiones no afectan únicamente a ti.

—Las tuyas tampoco, y no veo que eso te haya impedido intentar apartarme sin consultarme.

Ravian apartó la vista hacia el retrato.

—Cuando termine de pintarse, no sé qué ocurrirá.

Mi enfado perdió fuerza.

—¿Nunca se completaron los otros antes de la transformación?

—Sí. Siempre.

—¿Cuánto tardaban?

—Meses, normalmente.

Miré la pintura fresca de mi vestido.

—Yo llevo aquí días.

—Por eso necesito que mantengamos distancia.

—¿Y qué vas a hacer con las investigaciones?

—Continuaremos.

—¿Desde habitaciones separadas y comunicándonos mediante Edrik?

—Si hace falta.

—Eso es ridículo.

—Es prudente.

—También es imposible.

Ravian esperó, atento.

—¿Por qué?

Podría haber respondido que necesitábamos trabajar juntos. Que él sabía cosas que yo no. Que la maldición parecía reaccionar a ambos y separarnos podía ser tan peligroso como acercarnos.

Todas eran razones válidas.

Ninguna explicaba por qué la idea de no volver a tenerlo cerca me había producido una molestia tan inmediata.

—Porque ya hemos probado tu método durante siete años —dije— y Sereth sigue en el bosque.

Ravian recibió el golpe sin apartarse. Me arrepentí en cuanto terminé la frase.

—Eso ha sido bajo.

—Ha sido cierto.

—Las dos cosas pueden convivir.

Respiré hondo.

—Lo siento.

Ravian asintió.

—Yo también.

—¿Por qué?

—Porque tienes razón en una parte.

Se quitó uno de los guantes. La mano parecía humana.

—Distancia no ha salvado a nadie. Cercanía tampoco. Necesitamos averiguar qué cambia contigo antes de que el retrato termine.

—Entonces deja de poner guardias delante de tu puerta.

—Puedo quitar esa orden.

—Te lo agradezco.

—Pondré dos.

Lo miré unos segundos. Ravian sonrió. Me costó demasiado evitar hacer lo mismo. Fue él quien se alejó esta vez.

Yo me quedé frente al retrato.

El vestido pintado cubría ya buena parte del pecho.

Y en el borde superior, donde debería empezar el cuello, había aparecido una línea negra muy fina.