La novia del Rey Cuervo CAPÍTULO 9 #3
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CAPÍTULO 9 #3

—Y esperar a que destrozara la habitación o se hiciera daño.

Edrik miró hacia el patio antes de responder.

—Ravian lleva años haciendo lo posible para que nadie tenga que pagar por lo que le ocurre a él.

—Y yo llevo varios días descubriendo que su método favorito consiste en ocultar cosas.

—No siempre fue así.

—Todo el mundo me dice lo mismo. Empiezo a pensar que existió otro Ravian y alguien lo cambió durante la noche.

Edrik apoyó los antebrazos en la barandilla de piedra.

—Cuando Sereth llegó, él todavía creía que podía arreglarlo todo si encontraba el libro correcto, la persona correcta o una pieza que los anteriores hubieran pasado por alto.

Se encerró durante semanas en la biblioteca.

Mandó traer estudiosos de Asteria y Velaria.

Pagó fortunas por reliquias falsas. Interrogó a sacerdotes, médicos, alquimistas.

Sereth se reía de él porque se levantaba cada mañana con una solución distinta.

—¿Y ella?

—Ella buscaba con él. Discutían mucho. Se llevaban bastante bien cuando dejaban de discutir.

No pregunté si habían compartido cama. Ya había decidido que no quería saberlo, aunque la curiosidad se quedó dando vueltas en un lugar poco digno.

—Cuando empezó a transformarse —continuó Edrik—, Ravian cambió.

Cada intento por salvarla acababa acelerando otra parte del proceso.

Aprendió a desconfiar de cualquier solución que pareciera sencilla.

Cuando Sereth dejó de poder hablar, él siguió visitándola cada noche hasta que Danah consiguió convencerlo de que aquello solo empeoraba las cosas.

—¿La cercanía también la afectaba?

—También la afectaba.

—¿Por eso evita estar conmigo?

Edrik me lanzó una mirada lateral.

—Entre otras razones.

—Qué respuesta tan cómoda.

—La alternativa sería explicar lo que piensa Ravian, y llevo demasiados años intentando entenderlo como para fingir que puedo hacerlo.

Un grupo de guardias pasó cargando una viga rota. Edrik esperó hasta que se alejaron.

—Hay otra cosa que deberías saber. Lo de esta noche no es habitual.

—Ya he deducido que las plumas en la espalda no forman parte de la moda de Nocthar.

—Me refiero a la rapidez. Ravian empeora cuando utiliza la corona o cuando la maldición se altera. Desde que llegaste, ha tenido tres episodios. El último antes de tu llegada fue hace meses.

Miré mi brazo.

—Entonces nos estamos acelerando mutuamente.

—Eso parece.

El problema era que la frase no me dio ganas de apartarme de él. Me dio ganas de averiguar por qué.

Danah apareció al fondo del corredor con su manojo de llaves golpeándole la falda.

—Te estaba buscando.

—Me alegra comprobar que sigo siendo popular.

—Ven conmigo antes de que esa cosa crezca otro dedo.

Edrik se despidió con una inclinación exagerada.

—Siempre es un placer ver cómo alguien te da órdenes y sobrevive.

—Vete a arreglar un tejado.

Danah me llevó hasta una sala pequeña junto a sus habitaciones. Había preparado agua caliente, vendas y el ungüento de olor amargo que ya conocía.

—Quítate la manga.

—Podrías empezar por buenos días.

—Buenos días. Quítate la manga.

Obedecí.

Danah examinó la pluma en silencio. Con unas pinzas retiró la piel que la rodeaba y tiró de ella con cuidado. Esta salió acompañada de una gota de sangre oscura.

—Cada vez salen más grandes.

—Qué observadora.

—También salen más deprisa.

Puso la pluma junto a las anteriores. Las guardaba en una cajita de madera.

—¿Por qué las conservas?

—Porque necesito comparar.

—¿Con las de Sereth?

Danah abrió un cajón.

Dentro había varias cajas iguales, cada una con un nombre grabado en la tapa: Aveline, Sera, Dunia, Lysandra, Sereth y otros que apenas había visto bajo los retratos.

—¿Guardaste plumas de todas?

—De las que pude conocer o recuperar. Algunas llegaron a mí a través de otras mujeres de mi familia.

Sacó la caja de Sereth y la abrió.

Las plumas eran casi idénticas a las mías, salvo por una diferencia.

Las de Sereth tenían una línea gris en el centro. Las mías eran negras por completo.

—¿Eso significa algo?

—Todavía intento averiguarlo.

Danah cerró la caja.

—La primera pluma de Sereth apareció veintisiete días después de llegar. La tuya apareció antes de completar la primera semana. Las siguientes tardaron días. En ti están apareciendo mucho más deprisa.

—Ravian dijo que podía ser porque soy la decimotercera.

—Ravian lleva años respondiendo «puede ser» cuando lo que quiere decir es «me aterra averiguarlo».

—¿También le hablas así a él?

—Peor. Lo conocí antes de que aprendiera a ponerse una corona y creer que eso volvía razonables todas sus decisiones.

Me vendó el brazo.

—No vuelvas a tocarlo durante una transformación.

—No puedo prometerte eso.

—Entonces prométeme que no convertirás una excepción en costumbre.

—Eso sí puedo intentarlo.

Danah recogió las pinzas y limpió la mesa.

—Ha prohibido que entres en sus habitaciones.

—¿Perdón?

—Ravian ha dado orden a la guardia de que no te permitan pasar a sus dependencias privadas sin autorización expresa.

Me quedé mirándola.

—¿Después de anoche?

—Sobre todo después de anoche.

La irritación llegó con una claridad casi agradable.

—¿Dónde está?

Danah apretó los labios.

—No voy a decírtelo.

—Entonces buscaré a Edrik.

—Tampoco te lo dirá.

—Encontraré a alguien menos leal.

—Eso podría llevarte todo el día.

Me levanté.

—Tengo tiempo.

Danah me agarró por la muñeca sana antes de que alcanzara la puerta.

—Mel.

Su voz había perdido la dureza habitual.

—Él tiene miedo.

—Yo también.

—Lo sé.

—La diferencia es que yo no puedo encerrarme en una habitación y prohibirle entrar.

—Podrías intentarlo.

—Danah.

—Solo digo que sería entretenido verlo.

Acabé sonriendo pese al enfado.

Salí al corredor con una decisión bastante clara. Si Ravian quería alejarse, tendría que hacerlo dando la cara.

Antes de llegar a la galería, Edrik me obligó a acompañarlo hasta el patio bajo con la excusa de que necesitaba comprobar dos contraventanas arrancadas por la tormenta.

Sospeché que quería sacarme del ala de las novias durante un rato.

Acepté porque llevaba demasiadas horas pensando en piel, plumas y retratos que se pintaban solos.

La parte baja del castillo parecía otra casa.

El viento había levantado media cubierta de las caballerizas, una chimenea se había venido abajo sobre un cobertizo y los soldados trabajaban junto a cocineros, mozos y dos mujeres del lavadero para retirar madera mojada.

Nadie se apartó cuando apareció Edrik. Le pidieron clavos, una mula, hombres para subir al tejado y permiso para quemar unas vigas que ya no servían.

—¿Siempre te reciben con tanto cariño? —pregunté mientras un carpintero le entregaba una lista que parecía escrita durante una guerra.

—Hoy están contenidos. Ayer uno de los mozos me llamó inútil delante de veinte guardias.

—¿Y sobrevivió?

—Sigue debiéndome una puerta nueva, que me parece un castigo más productivo.

Una niña de unos nueve años salió de las cocinas con una cesta de vendas y se detuvo al verme. Me reconoció. Ya había aprendido a distinguir esa mirada. En Nocthar nadie necesitaba presentación para saber quién era la nueva novia.

—¿Es verdad que los cuervos entraron en tu habitación? —preguntó.

Edrik abrió la boca para detenerla. Levanté una mano.

—Uno entró. Se comportó mejor que algunos hombres del consejo.

La niña sonrió y corrió hacia el establo. Edrik siguió su carrera con la vista y luego se volvió hacia mí.

—Acabas de conseguir que mañana todo el mercado cuente que comparaste a Vaelor con un pájaro.

—No he dicho ningún nombre.

—Por eso será Vaelor antes del mediodía.

Ravian apareció al otro lado del patio con el administrador de las obras.

Llevaba los guantes puestos y barro en el borde de la capa.

Se detuvo ante una pared agrietada, escuchó al hombre y señaló dos edificios de la ladera.

El administrador negó con fuerza. Ravian volvió a señalar.

Discutieron durante un rato hasta que el hombre acabó marchándose con cara de haber perdido dinero.

—¿Qué ocurre? —pregunté cuando llegó hasta nosotros.