La novia del Rey Cuervo CAPÍTULO 9 #2
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CAPÍTULO 9 #2

—Después empecé a hacer lo mismo con Elin. Con mejores resultados, porque ella sí podía levantarse y mandarme a paseo.

—¿Lo hacía?

—Con frecuencia. Yo lo interpretaba como falta de juicio.

—Naturalmente, qué sorpresa.

—Tenía dieciocho años y una hermana menor. Me consideraba una autoridad indiscutible.

—A los diecinueve yo llevaba una corona y también me consideraba una autoridad indiscutible.

—Entonces ambos tenemos excusa por edad y ninguna por haber continuado después.

Ravian miró sus guantes.

—Vaelor gobernó durante años antes de que mi padre muriera. Cuando heredé el trono, todos esperaban que siguiera preguntándole qué debía hacer. Pasé demasiado tiempo tomando decisiones solo para demostrar que podía tomarlas.

—¿Malas decisiones?

—Algunas. Otras salieron bien por razones que no tenían nada que ver conmigo. Ser rey enseña rápido lo fácil que es atribuirse un acierto y repartir una culpa.

—Eso sí podrías bordarlo en una bandera.

—Edrik preferiría una frase sobre cerveza.

Sonreí y miré hacia la ventana. La nieve se pegaba al cristal en manchas blancas que desaparecían con cada golpe de viento.

—Si sobrevivo a esto, quiero llevar a Elin a Velaria.

Ravian volvió la cabeza.

—Pensaba que querías regresar a casa.

—Quiero regresar. También quiero dejar de utilizar la casa como una jaula bien decorada para mi hermana.

Pronunciarlo me costó más de lo esperado.

—Ella siempre quiso viajar. Yo encontraba una razón para esperar otro año.

—¿Por miedo?

—Por costumbre. El miedo sabe disfrazarse muy bien de sentido común.

Ravian asintió.

—La corona hace algo parecido.

Durante un momento ninguno añadió nada. El castillo crujió y una ráfaga hizo vibrar la puerta.

—Mañana, cuando esto pase, puedes volver a darme órdenes absurdas —dije—. Esta noche te concedo descanso.

—Generoso por tu parte.

—Estoy intentando mejorar como persona.

—Avísame cuando notes resultados.

Nos acostamos vestidos, cada uno en un extremo. La cama era lo bastante grande para que hubiera distancia entre ambos.

El viento golpeaba los cristales.

—¿Duermes? —pregunté al cabo de un rato.

—Estaba intentándolo.

—Yo también.

—Tus preguntas suelen impedirlo.

—Tengo una.

—Qué sorpresa.

Me giré hacia él. Ravian estaba boca arriba, mirando el techo.

—¿Qué pasará si no nos casamos?

Tardó en responder.

—La maldición continuará.

—¿La ceremonia importa?

—Sí, aunque menos de lo que creía mi familia. La elección ya te ha ligado al ciclo. El matrimonio fortalece el vínculo con la casa y permite que parte de la magia sea contenida aquí.

—Así que negarme no me salva.

—Negarte solo cambiaría el lugar donde ocurre.

—¿Y casarme podría matarme más rápido?

—Podría acelerar algunas fases.

—Fantástico. Justo lo que necesitaba.

—Podemos retrasarlo.

—¿Cuánto tiempo podemos retrasarlo?

—Hasta que tengamos más información.

Seguí con la vista la sombra del fuego en el techo.

—¿Sereth se casó contigo?

—No llegamos a casarnos.

—¿Y las anteriores?

—Algunas llegaron a casarse. Otras, no.

—Entonces tu consejo ya debería estar acostumbrado a esperar.

—Eso parece preocuparte menos que a mi consejo.

—Tu consejo puede casarse contigo si tiene tanta prisa.

Ravian rió entre dientes. Cerré los ojos.

El ruido de la tormenta fue perdiendo forma hasta convertirse en algo lejano.

No sé cuánto dormí. Me despertó un golpe contra la cama. Abrí los ojos.

El fuego había bajado. La habitación estaba casi a oscuras.

Ravian respiraba mal. Me incorporé.

—Ravian.

No respondió.

Se había girado hacia mí. Una mano agarraba las sábanas con tanta fuerza que los nudillos marcaban la tela.

El guante estaba roto. Sus dedos habían cambiado.

Las uñas eran negras y demasiado largas. La piel del dorso de la mano estaba cubierta por placas oscuras que subían hacia la muñeca.

—Ravian, despierta.

Su cuerpo se arqueó. Escuché un crujido bajo la camisa. La tela se tensó en los hombros.

Me aparté hacia la pared, tal como habíamos acordado.

—Ravian.

Otro crujido.

Esta vez vi algo atravesar la tela a la altura del omóplato.

Una pluma negra. Luego otra.

Su rostro se contrajo. Los dientes parecieron demasiado afilados cuando abrió la boca para coger aire.

Cogí la lámpara de la mesita.

La sujeté preparada para usarla si Ravian dejaba de reconocerme.

—Despierta de una vez.

Sus ojos se abrieron. Eran completamente negros. Me quedé inmóvil. Ravian tampoco se movió.

Durante un segundo tuve delante algo que conservaba su cara y, al mismo tiempo, apenas se parecía al hombre con el que había cenado.

—Mel —dijo.

La voz salió áspera. Había reconocido mi nombre. Dejé la lámpara.

—Estoy aquí.

—Apártate.

Intentó levantarse y el dolor lo dobló.

Le agarré el brazo por encima de la manga.

—He dicho que te apartes.

—Y yo llevo días ignorando órdenes mejores.

—Puedes acelerar tu transformación.

—Tú puedes acabar atravesando la pared.

Ravian quiso soltarme. Le cogí la mano. El efecto fue inmediato. Sentí un latigazo en la muñeca. Él dejó caer la cabeza.

La oscuridad de sus dedos retrocedió poco a poco. Las uñas recuperaron tamaño. Las plumas de su espalda temblaron y una cayó sobre la sábana.

Mi brazo ardió. Apreté los dientes.

—Suéltame —dijo Ravian.

—Todavía no.

—Mel.

—Mírame.

Levantó la cabeza.

El negro de sus ojos se estaba retirando desde el borde del iris.

—Ya está —murmuré.

—Suéltame.

Esta vez obedecí.

La marca había avanzado más allá de la mitad del antebrazo.

Una nueva pluma empujaba bajo la piel cerca del codo.

Ravian la vio.

—Joder.

—Me alegra saber que los reyes también conocen palabras útiles.

No sonrió.

Se dejó caer en el colchón, todavía respirando con dificultad.

—Te he hecho daño.

—Yo te he tocado.

—Porque estabas intentando ayudarme.

—Ese es el problema.

—No puedes hacer esto cada vez.

—Tampoco tú puedes decidir que voy a quedarme mirando cómo te conviertes en una cosa de dos metros con garras.

—Podría hacerte daño.

—Entonces me apartaré cuando ocurra.

—No puedes saber cuándo será demasiado tarde.

—Tú tampoco.

Ravian se quedó callado.

La tormenta seguía golpeando fuera, aunque dentro de la habitación el único sonido cercano era nuestra respiración.

Recogí la pluma que había caído de su espalda.

Era grande, más larga que mi mano.

—¿Esto te duele?

—Duele bastante.

—Eso me tranquiliza.

La sorpresa le cambió la cara.

—¿Te tranquiliza?

—Me tranquiliza saber que todavía puedes sentirlo. Si algún día deja de doler, entonces me preocuparé.

Ravian bajó la vista hacia la pluma.

—Sereth decía algo parecido.

—No vuelvas a compararme con ella mientras estamos en una cama.

El silencio duró medio segundo. Ravian se echó a reír.

Se cubrió la cara con una mano y acabó riendo hasta tener que respirar hondo.

Yo acabé riendo también.

Quizá fue el cansancio. Quizá el miedo acumulado. La escena era absurda: una tormenta intentando arrancar el tejado, una pluma monstruosa sobre las sábanas y los dos riéndonos como idiotas.

Cuando paró, Ravian se quedó mirándome.

La cercanía había cambiado sin que ninguno se moviera.

Estábamos a menos de un brazo de distancia.

Vi la pequeña cicatriz que tenía junto a la ceja izquierda. El pelo le caía sobre la frente. Sus ojos habían recuperado el gris habitual.

Mi atención bajó a su boca.

La evidencia de mi mirada me alcanzó tarde.

Ravian también. Se apartó.

—Deberíamos dormir.

—Será mejor intentarlo.

La palabra me salió más baja de lo que pretendía.

Volvimos a tumbarnos. Esta vez ninguno mencionó la distancia.

Ravian se quedó de lado, de espaldas a mí.

Yo miré la línea de sus hombros bajo la camisa rota.

La nueva pluma de mi brazo seguía doliendo. El precio estaba claro.

Lo que empezaba a resultar mucho menos claro era cuánto iba a costarme mantenerme lejos de él.

La tormenta había terminado cuando desperté.

El silencio me pareció raro después de tantas horas escuchando al viento golpear la torre. Al despertar no recordé dónde estaba. Luego noté el olor a ceniza, vi el fuego casi consumido y encontré una pluma negra sobre la sábana.

Ravian ya no estaba en la cama.

Me incorporé despacio. El lado donde había dormido seguía hundido y la manta conservaba algo de calor. La silla junto a la ventana estaba vacía. Tampoco estaba su capa.

—Muy elegante —murmuré—. Compartimos una noche espantosa y huyes antes del desayuno.

Mi brazo respondió con un dolor fino bajo la piel.

Aparté la manga.

La marca había alcanzado el codo. La pluma que había empezado a crecer durante la noche ya rompía la superficie. La punta era pequeña, apenas negra, aunque el tejido alrededor estaba enrojecido.

Pensé en la cara que pondría Danah al verlo y en Ravian sentado a mi lado, con los ojos negros y el cuerpo intentando convertirse en algo que la propia carne parecía rechazar.

No sabía cuál de las dos imágenes me molestaba más.

Me vestí con lo que tenía seco y bajé por la escalera de la torre.

La tormenta había dejado nieve acumulada en los alféizares y un aire afilado que se colaba por cada rendija.

En el patio, varios guardias retiraban ramas y tejas.

Dos hombres sujetaban una escalera mientras un tercero intentaba asegurar una contraventana que amenazaba con soltarse.

Edrik me vio cruzar el corredor cubierto y levantó una mano.

—Tienes aspecto de haber dormido de maravilla.

—Y tú tienes aspecto de haber pasado la noche diciendo a otros qué hacer.

—Capitanear consiste en eso cuando uno tiene suerte.

Se acercó y me observó con más atención. Su sonrisa desapareció al fijarse en la manga recogida sobre el antebrazo.

—¿Qué ha ocurrido?

—Una tormenta. Una torre. Tu rey intentando convertirse en un animal gigantesco y una decisión poco inteligente por mi parte.

—Eso último no reduce demasiado las posibilidades.

—Lo toqué.

Edrik dejó de bromear.

Le conté lo suficiente para que entendiera, pero omití la cama y el momento en que Ravian y yo nos habíamos quedado mirándonos demasiado cerca. Edrik tenía una habilidad irritante para completar huecos.

—¿Cuánto tiempo lo sujetaste?

—Hasta que volvió a parecer humano.

—Me habría gustado disponer de otra opción.

—Podías apartarte.