CAPÍTULO 9
La tormenta llegó dos noches después.
Durante la mañana el cielo había permanecido bajo y gris, con una franja oscura pegada a las montañas. Nadie en Nocthar parecía preocupado. Danah ordenó cerrar contraventanas, Edrik duplicó la guardia de las puertas y Ravian canceló una reunión del consejo.
Fui la única que preguntó si aquello podía considerarse normal.
—Aquí llamamos normal a muchas cosas que en otros lugares vaciarían una ciudad —respondió Edrik.
A media tarde empezó a nevar.
Una hora después ya no se veía el patio desde las ventanas.
Danah me había obligado a descansar tras revisar las nuevas plumas de mi brazo. Seguían bajo la piel y, según ella, era mejor dejarlas quietas mientras no intentaran salir.
La explicación no resultaba tranquilizadora.
Me encontraba en la biblioteca cuando Edrik apareció con una capa doblada sobre el brazo.
—Ravian quiere que bajes.
—¿A dónde?
—A la torre sur.
—Eso está bastante lejos de mis habitaciones.
—Por eso tenemos prisa.
Cerré el libro.
—¿Qué ocurre?
—Una parte del tejado de las habitaciones de las novias ha cedido. El viento ha arrancado varias placas y entra nieve. Danah está trasladando tus cosas.
—¿Y la torre sur?
—Es la zona más segura mientras dure la tormenta.
Me puse la capa.
—Qué romántico. Una noche encerrada en una fortaleza que se cae a pedazos.
—Espera a ver con quién compartes refugio.
Lo miré. Edrik sonrió con demasiada satisfacción.
—Ni hablar.
—Yo no he decidido nada.
—Ravian tiene un castillo entero.
—Un castillo entero con tres alas expuestas al viento, dos chimeneas bloqueadas y unas cuantas habitaciones donde los cuervos han decidido meterse por las ventanas.
—¿Y la única solución es la torre sur?
—La única con fuego, cristales enteros y acceso desde el interior.
—Casualidad preciosa.
—A veces los dioses tienen sentido del humor.
—Aquí los dioses deberían pedir disculpas.
Atravesamos dos galerías casi a oscuras. Los sirvientes corrían con mantas, cubos y herramientas. El viento se colaba por alguna parte con un silbido largo. Cada cierto tiempo el edificio crujía como si estuviera ajustándose sobre la montaña.
La torre sur quedaba unida al cuerpo principal por un corredor estrecho. Cuando llegamos, Ravian estaba ayudando a dos guardias a asegurar una puerta exterior.
Llevaba el cabello mojado por la nieve y los guantes puestos.
—¿Qué haces aquí? —pregunté.
—Vivo aquí.
—Me refería a esta habitación.
—También voy a dormir aquí.
Edrik se aclaró la garganta.
—Mi labor ha terminado.
—Cobarde —le dije.
—Prefiero llamarlo superviviente.
Desapareció antes de que pudiera seguir insultándolo. Ravian cerró la puerta.
La habitación era sencilla. Una cama grande, una chimenea, una mesa, dos sillones y una ventana estrecha que temblaba con cada golpe de viento.
Miré la cama. Después a Ravian.
—Ni se te ocurra.
—Pensaba dormir en el suelo.
—Eso también es ridículo.
—Me alegra que hayamos empezado la noche de acuerdo.
—Tienes treinta años y eres rey. Puedes compartir una cama sin convertirlo en una tragedia nacional.
—La última vez que te agarré la muñeca aparecieron tres plumas nuevas.
—Dormir no exige agarrarme la muñeca.
—Tú te mueves mucho.
—¿Cómo sabes eso?
Ravian interrumpió el movimiento de las manos. Yo levanté las cejas.
—¿Me has visto dormir?
—La noche que llegaste estabas enferma. Danah me llamó cuando subió la fiebre.
—¿Y decidiste observar mis hábitos nocturnos?
—Decidí comprobar que respirabas.
—Qué detalle tan tierno.
—Tu sarcasmo mejora con la fiebre baja.
Una ráfaga golpeó la ventana. Los cristales vibraron. Ravian se acercó a comprobar el cierre.
—Si esto empeora, tendremos que bajar a la cripta.
—Preferiría dormir contigo antes que con tus antepasados.
Se giró despacio.
Se me había escapado con una naturalidad de la que me arrepentí al instante.
—Quiero decir en la misma habitación.
—Lo había entendido.
—Mejor así.
—Aunque la aclaración ha sido útil.
—Puedes dormir en el suelo.
Ravian sonrió mientras echaba más leña al fuego.
Cenamos allí porque nadie quería atravesar el castillo con bandejas durante la tormenta. Danah había enviado pan, queso, carne fría y una botella de vino que Edrik, según una nota, consideraba «medicinal».
—Tu capitán bebe demasiado —dije.
—Solo cuando está despierto.
Serví dos copas.
—¿Siempre habéis sido amigos?
—Desde los ocho años.
—¿Cómo acaba el hijo de una familia noble compartiendo infancia con el heredero?
—Su padre era capitán de mi guardia. Edrik pasaba más tiempo en el castillo que en su casa.
—¿Y Danah?
—Siempre estuvo aquí.
—Hablas de ella como si fuera una columna.
—Probablemente resistiría mejor un asedio.
Bebí un poco. El vino estaba mejor de lo que esperaba.
—¿Cómo eras antes de ser rey?
Ravian cortó un trozo de queso.
—Más bajo.
—Qué revelación.
—Preguntas demasiado amplias.
—¿Eras feliz?
Su cuchillo se detuvo. El viento ocupó el silencio.
—A veces.
—Eso sí ha sonado sincero.
—Siempre intento serlo.
—Intentas serlo cuando ya te han pillado ocultando algo.
—Hay una diferencia entre mentir y no contar cada cosa que sé.
—La diferencia suele favorecer mucho a quien guarda la información.
Ravian dejó el cuchillo.
—Mi padre murió cuando yo tenía diecinueve años. La corona pasó a mí con un consejo que seguía tratando a Vaelor como regente. Sereth llegó cuatro años después. Hasta entonces creía conocer la maldición porque había leído sobre ella.
Me quedé callada.
—Y no la conocías.
—Nadie conoce una cosa así hasta verla entrar en una habitación con su propia voz y salir meses después sin reconocer su nombre.
Sereth.
Ravian miró el fuego.
—El día de su llegada estaba furiosa. Había roto la nariz a uno de los emisarios durante el viaje.
—Me cae mejor cada vez que hablas de ella.
—A él no le hacía tanta gracia.
—¿Te odiaba?
—Durante semanas.
—¿Y luego?
Ravian pasó el pulgar por el borde de la copa.
—Luego entendió que yo tampoco sabía cómo salvarla.
Esperé.
—¿La amabas?
La pregunta me salió antes de decidir si tenía derecho a hacerla.
Ravian no apartó la mirada.
—La quise mucho.
Oírlo admitirlo me dolió de una manera que no me gustó.
Debió de notarlo.
—No tienes que explicarme nada.
—No voy a convertir a Sereth en una historia más pequeña para que resulte más cómoda.
—No te lo he pedido.
—Lo sé.
Miré el vino.
—¿Estabais enamorados?
—Nunca llegamos a saber qué parte de lo que sentíamos pertenecía a nosotros y qué parte estaba empujada por el vínculo.
La misma duda que empezaba a crecer entre nosotros.
—Eso debió ser horrible.
—Lo fue.
—¿Por eso te apartas cada vez que estamos demasiado cerca?
Ravian necesitó unos segundos antes de contestar.
—Entre otras razones.
—¿Qué otras?
—Ya has visto tu brazo.
—Mi brazo no responde a la pregunta.
—Cada vez que te toco, la maldición avanza.
—También retrocede en ti.
—Ese intercambio me beneficia demasiado.
—Y por eso decides que no puede ocurrir.
—Decido que no voy a usar tu cuerpo como medicina.
—Eso lo entiendo.
—Me alegra.
—Lo que no entiendo es que confundas tocarme con utilizarme.
Ravian sostuvo mi mirada.
—Hay una diferencia.
—Ahí está la diferencia.
La conversación se quedó ahí porque una sacudida recorrió la torre.
El vino tembló dentro de las copas. Ravian se puso en pie.
La ventana resistió, aunque un sonido seco llegó desde el corredor.
Salimos.
Una parte del techo había soltado polvo y pequeñas piedras. El paso hacia el castillo seguía abierto, pero el viento se colaba por algún hueco nuevo.
Ravian volvió a cerrar la puerta.
—Nos quedamos aquí hasta que amaine.
—Perfecto, qué remedio.
—No pareces convencida.
—Me encanta sentir que una montaña intenta enterrarme.
—No lo conseguirá.
—¿Eso es una promesa real o una de esas frases de rey que luego nadie puede reclamar?
—Es cálculo. Esta torre lleva trescientos años soportando tormentas.
—Mucho mejor.
Cuando terminamos de cenar, Ravian extendió una manta junto al fuego.
—Si te tumbas ahí, mañana no podrás mover el cuello.
—He dormido en sitios peores.
—Yo también. Sigue siendo absurdo cuando hay una cama para dos personas.
—Puedo poner una almohada en medio si temes que te ataque mientras duermo.
—Temo lo contrario.
La broma murió antes de que pudiera sostenerla. Ravian miró sus manos enguantadas.
—Durante el sueño pierdo parte del control cuando la maldición está activa.
—¿Te transformas?
—A veces.
—Entonces dormir en el suelo no me protege si estás a tres metros.
—Me da tiempo para despertarme.
—Y a mí me da tiempo para tirarte una lámpara.
—Muy tranquilizador.
—Tengo buena puntería.
Ravian sostuvo mi mirada más de lo necesario.
—Te quedas en el lado de la pared.
—Acepto esas condiciones.
—Si notas cualquier cambio en mí, me despiertas.
—Acepto también.
—Y si la marca empieza a doler, te apartas.
—Ravian, deja algo para los votos de la boda.
Su expresión se endureció un instante al escuchar la palabra boda.
Me arrepentí de la broma.
La ceremonia todavía estaba pendiente. Habíamos hablado de maldiciones, cadáveres que caminaban, linajes y diosas antiguas con más facilidad que de aquello.
Ravian apagó dos de las lámparas y dejó una encendida junto a la chimenea. La habitación cambió con la luz baja. La piedra dejó de parecer una estancia real y se convirtió en una pequeña isla rodeada por el ruido del viento.
—Cuando eras niño, ¿también te encerraban aquí durante las tormentas? —pregunté.
—A veces. Mi padre decía que la torre sur era la parte del castillo que mejor sabía envejecer.
—Eso suena casi cariñoso.
—Mi padre podía serlo cuando olvidaba que era rey.
Se quitó las botas y las dejó junto a la cama.
—¿Lo querías?
—Mucho. También pasé años enfadado con él después de morir.
—Es una habilidad impresionante enfadarse con un muerto.
—Tienen la ventaja de no poder defenderse.
Me quité las botas y dejé los calcetines cerca del fuego. Uno estaba húmedo.
—Yo discutía con mi madre incluso cuando estaba demasiado enferma para responderme. Le decía que se levantara, que comiera, que hiciera lo que el médico había dicho. Como si obedecerme pudiera curarla.
Ravian esperó. No intentó llenar la frase.