CAPÍTULO 8 #3
—Nada que vaya a gustarte.
—No pongas esa cara y esperes que no pregunte.
—No me acostumbro a oírte reír.
—Ocurre alguna vez.
—Podríais incluirlo en los registros. Para las generaciones futuras.
Volvió al cuaderno, aunque durante un instante pareció más joven.
Seguí leyendo.
Una criada entró con una bandeja de sopa, pan y dos manzanas. La dejó en una mesa lateral sin interrumpirnos. Ravian agradeció el gesto por su nombre, preguntó por el hijo enfermo de una de las cocineras y pidió que enviaran un médico a su casa antes del anochecer.
Esperé hasta oír cerrarse la puerta.
—Sabes cómo se llaman todos.
—No todos.
—Los suficientes para arruinar otra de las historias sobre ti.
—¿Cuál de todas?
—La que dice que solo sales de tus habitaciones para ordenar ejecuciones y alimentar cuervos.
—Los cuervos se alimentan solos. Me ahorran bastante trabajo.
Cogió un trozo de pan sin apartar los ojos de una columna de cifras. Yo hice lo mismo. Habíamos pasado tanto tiempo inclinados sobre los cuadernos que el hambre había quedado relegada a otra parte de mi cuerpo.
Un mensajero apareció pocos minutos después. Ravian leyó una nota, escribió tres líneas de respuesta y selló el papel.
—¿La frontera?
—Un paso de montaña bloqueado. Hay dos aldeas que no recibirán harina si sigue nevando.
—¿Y qué haces?
—Abrir un almacén de la corona, mandar carros por la ruta del lago y escuchar mañana a tres consejeros explicarme que he gastado demasiado.
—Parece entretenido ser rey.
—Te lo recomiendo poco.
El mensajero se marchó. Ravian volvió a Dunia como si pudiera cambiar de una carretera bloqueada a una maldición centenaria sin dejar nada en medio.
Lo observé un rato. Había conocido hombres capaces de parecer importantes porque otros corrían alrededor de ellos.
Ravian trabajaba de una forma menos vistosa.
Leía, preguntaba, corregía una cifra, recordaba un nombre.
Aquello no lo convertía en bueno. Solo hacía más difícil reducirlo al papel que yo le había asignado durante el viaje.
—¿Qué miras? —preguntó sin levantar la cabeza.
—Estoy recopilando pruebas.
—¿Contra mí?
—Todavía no he decidido.
—Avísame antes del juicio.
—Dependerá de tu comportamiento.
Ravian alzó la vista. La sonrisa llegó despacio y desapareció casi enseguida, pero esta vez no me sorprendió. Empezaba a conocerla.
Volvimos a los cuadernos. Durante unos minutos nuestros hombros quedaron cerca sin tocarse. La conciencia de esa distancia absurda ocupó demasiado espacio dentro de mí. Podía medirla sin mirar. Un palmo. Quizá menos.
Me obligué a concentrarme en la letra de Dunia.
Encontré una anotación sobre el contacto entre la novia y el rey.
«La proximidad altera ambos extremos del vínculo. La novia recibe. El Corven pierde.»
—Mira esto.
Ravian se acercó a mi lado. Le señalé la frase.
—¿Qué significa «pierde»?
—Dunia creía que parte de la corrupción del rey pasa a la novia cuando el vínculo se estrecha.
—¿Por eso mis plumas avanzan cuando me tocas?
—Puede ser.
—Entonces al aliviar tus manos podría estar empeorando yo.
Ravian cerró el cuaderno.
—Es lo que temo.
—Lo sospechabas.
—Desde que te toqué en el salón. La marca respondió de inmediato.
—¿Por qué no me lo dijiste?
—Porque no pienso utilizarte para contener mi maldición.
—Otra decisión tomada por mí.
—Esta sí me corresponde. Es mi cuerpo.
Me callé. Tenía razón, y me molestó que la tuviera. Miré sus guantes.
—¿Cómo están hoy?
—Algo mejor que ayer.
—Enséñamelas.
—No hace falta.
—Te estoy preguntando.
Ravian dudó. Se quitó el guante derecho.
La piel alrededor de los nudillos seguía oscura. Las uñas tenían un brillo duro, casi mineral, aunque los dedos conservaban forma humana.
—Ayer estaban peor.
—Mucho peor.
Extendí mi mano. Ravian la miró.
—Mel.
—Quiero comprobar algo.
—Ya sabemos lo que ocurre.
—Sabemos lo que creemos que ocurre.
—Tu marca ha avanzado demasiado rápido.
—Entonces cinco segundos.
—Cinco segundos pueden ser suficientes.
—Para ambos.
Ravian no se movió. Yo tampoco. Al final puso la mano sobre la mía.
Su piel estaba más fría de lo que esperaba.
Conté en silencio. Al llegar a dos, la tensión en sus dedos disminuyó. Al tres, la zona oscura alrededor de los nudillos empezó a aclararse. El cuatro me trajo un dolor fino en la muñeca. Al cinco retiré la mano.
La marca había crecido un par de milímetros hacia el antebrazo.
Ravian maldijo.
—Te dije que podía ocurrir.
—Y yo necesitaba verlo.
—¿Siempre haces esto?
—¿Qué cosa?
—Comprobar por ti misma cualquier peligro aunque alguien te lo explique con detalle.
—Solo cuando quien me lo explica lleva días escondiéndome la mitad.
Me cogió la muñeca antes de que pudiera cubrirla.
Fue un gesto rápido, casi irritado. La marca reaccionó.
Una línea negra apareció bajo la piel y avanzó desde el borde de la pluma quebrada hasta la mitad del antebrazo.
Los dos nos quedamos inmóviles. Ravian soltó mi brazo en el acto. El dolor llegó un segundo más tarde. Me doblé sobre la mesa.
—Mel.
—Espera.
El ardor recorrió la cara interna del brazo. Debajo de la piel aparecieron tres manchas oscuras, pequeñas y ovaladas.
Plumas.
Ravian dio un paso atrás como si hubiera sido él quien acabara de herirme con un cuchillo.
—Voy a buscar a Danah.
Le agarré el borde de la manga.
—No te vayas.
Se detuvo. La petición me sorprendió a mí también. Ravian se agachó a mi lado.
—Estoy aquí.
Evitó tocarme otra vez, y eso ayudó. Respiré hasta que el dolor cedió.
Cuando pude enderezarme, las tres sombras seguían bajo la piel.
—Parece que Dunia tenía razón —dije.
—No vuelvas a hacer una prueba así.
—Eso ha sonado mucho a orden.
—Es una súplica con mala educación.
Lo miré.
Ravian tenía la mano todavía desnuda. Los nudillos parecían casi normales.
Mi brazo, en cambio, guardaba tres plumas nuevas.
La maldición acababa de enseñarnos el precio exacto del contacto.
Y el problema era que una parte de mí seguía recordando cómo había sentido su mano sobre la mía.