La novia del Rey Cuervo CAPÍTULO 8 #2
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CAPÍTULO 8 #2

En una página había escrito una lista de posibles causas: edad del rey, muerte de un heredero, guerras, cosechas, posición de tres estrellas. Todas aparecían tachadas salvo una.

«Desgaste de la sangre Corven + acumulación en las elegidas.»

Debajo añadió: «Falta una variable. La casa espera algo.»

—¿La casa? —pregunté.

Danah miró alrededor.

—Dunia fue una de las que empezó a decir que el castillo reaccionaba a las novias. Puertas que aparecían, habitaciones que podían encontrarse durante unos días y luego desaparecían.

—Como la de Sera.

—Eso mismo.

Edrik pasó una página con el dorso del dedo.

—Si el castillo lleva décadas escondiendo y enseñando cosas, me gustaría saber quién decide cuándo.

—Yo también —respondí—. Y sospecho que la respuesta tiene plumas.

Busqué las fechas posteriores en otro cuaderno. Dunia había intentado predecir las siguientes elecciones.

Dunia calculaba la octava seis años después, la novena otros seis y la décima siete.

Su predicción se desviaba, aunque había dejado una nota junto al último cálculo.

«No puedo conocer el estado del recipiente sin verlo.»

—Recipiente —repetí.

La palabra me resultó desagradable incluso antes de comprenderla.

Danah me quitó con suavidad el cuaderno de las manos.

—Descansa un momento.

—Estoy bien.

—Tu muñeca está sangrando.

Miré.

Había arañado la marca sin darme cuenta. Una línea roja recorría mi palma.

Edrik sacó un pañuelo.

—Toma.

Me limpié la sangre y volví a los cuadernos.

—Lysandra quería que encontrara esto. Tiene que haber algo más.

El último volumen estaba cerrado con una cinta de cuero. Al abrirlo, una pieza metálica cayó sobre la mesa.

La acerqué a la lámpara. La pieza tenía una muesca en un extremo.

La pieza encajaba en el instrumento desmontado junto a la ventana.

Nos llevó casi una hora montar lo suficiente para entender qué era. Un armazón circular, dos brazos móviles y un disco central grabado con constelaciones.

Danah encontró una ranura. Introduje la pieza. El disco giró.

Una aguja fina se desplazó hasta una marca grabada en el borde.

Trece pequeñas incisiones rodeaban el círculo. Doce estaban oscurecidas. La última permanecía limpia. No necesité que nadie me explicara qué significaba.

Apoyé una mano junto al instrumento.

—Son trece.

Edrik dejó de hacer bromas. Danah mantuvo la vista en el instrumento.

—Dunia llegó a la misma conclusión.

—Esto confirma el número del que hablaba Ravian.

—Conocía los fragmentos que apuntaban a trece. Nos faltaba esta parte del trabajo de Dunia.

—Ahora tenemos algo que podemos enseñarle.

Cogí el último cuaderno.

En una página cercana al final, Dunia había escrito una frase más grande que las demás.

«Cuando llegue la decimotercera, todas mirarán hacia ella.»

Debajo había una segunda línea.

«La última no será una más.»

La habitación estaba cerrada, pero el batir de unas alas al otro lado de la pared me erizó la piel.

Edrik desenvainó media espada. Danah miró hacia la ventana. Yo sabía de dónde venía el sonido. De arriba.

Cientos de uñas pequeñas rasparon la piedra sobre nuestras cabezas.

Los cuervos habían cubierto el tejado.

Cuando levanté la vista hacia el techo, todos golpearon las alas al mismo tiempo.

Ravian nos esperaba al pie de la escalera.

No pregunté quién lo había avisado. En Nocthar, un secreto podía recorrer tres plantas antes que la persona que intentaba esconderlo.

Miró el cuaderno que llevaba contra el pecho y después a Danah.

—Te pedí que no la llevaras allí.

—Y yo te pedí hace siete años que dejaras de dar órdenes que nadie sensato piensa obedecer —respondió ella.

Edrik carraspeó.

—Yo puedo irme si queréis discutir en familia.

—Tú te quedas —dijo Ravian.

—Magnífico. Me quedo.

Bajé el último escalón.

—Hemos encontrado la prueba que faltaba de los cálculos de Dunia.

Ravian no cambió de expresión. Eso me enfadó más que una sorpresa fingida.

—Los fragmentos que teníais apuntaban a esto.

—Sí. Por eso os hablé del ciclo.

—¿Cuándo encontrasteis aquellos fragmentos?

—Desde que encontramos parte de sus cálculos después de Sereth.

—¿Y nadie pensó en retirar la cal de la pared?

—La habitación estaba sellada. El rey que vivió durante la época de Dunia ordenó destruir su trabajo.

—Qué familia tan entrañable.

—No voy a defenderlo.

—Tampoco hace falta. Está muerto.

Ravian extendió la mano hacia el cuaderno. No se lo di. Sus dedos quedaron en el aire un instante.

—Quiero leerlo entero.

—Puedes hacerlo.

—¿Con tu permiso?

—Con luz, comida y alguien cerca por si vuelves a sacar plumas de tu cuerpo.

Con esa concesión me quedé, por una vez, sin ganas de preparar la siguiente pelea.

Ravian bajó la mano.

—Dunia escribió cosas que no entendemos. También cometió errores.

—El instrumento tiene trece marcas.

—Eso sí lo entiendo.

—Y doce están oscuras.

—Eso también.

—Entonces deja de hablarme como si pudiera protegerme administrando la verdad a cucharadas.

Su mirada fue hacia Danah y Edrik.

—Dejadnos.

—No —dije.

Ravian volvió a mirarme.

—No voy a tener otra conversación donde me cuentas solo lo que consideras que puedo soportar. Ellos ya saben más que yo. Que se queden.

Edrik levantó ambas manos.

—Por mí encantado, aunque empiezo a echar de menos las patrullas con lobos.

Danah se apoyó en su bastón. Ravian aceptó con un gesto mínimo.

—La teoría de Dunia decía que cada novia retenía una parte del poder de Vaerra. La transformación no eliminaba esa fuerza, sino que la acumulaba.

—¿Para qué?

—No lo sabemos con certeza.

—Lysandra sí parecía saberlo.

Le enseñé la carta.

Ravian la leyó sin tocarla. Al llegar a «cuenta», se le tensó la mandíbula.

—¿Qué pasa?

—Sereth utilizaba esa palabra.

—¿Contaba también?

—Los retratos. Los nombres. Las fechas. Todo lo que encontraba. Creía que el número importaba.

—¿Y no te pareció útil contarme eso antes?

—Sereth se equivocó en muchas cosas mientras la maldición avanzaba. Escuchaba voces que mezclaban recuerdos ajenos con los suyos. Llegó un momento en que no podíamos saber qué información pertenecía a una mujer real y cuál procedía de Vaerra.

—Qué cómodo.

—Qué desesperante —corrigió él—. Para ambos.

La dureza de su voz hizo que me callara.

Sereth seguía siendo una herida abierta. Empezaba a comprender que Ravian no necesitaba que nadie la tocara para sangrar por ella.

Le tendí el cuaderno.

—Lee esto.

Señalé la frase sobre la decimotercera. Ravian repasó la frase dos veces.

—Dunia nunca escribió esto en los fragmentos que teníamos.

—Porque estaban en un cuaderno guardado dentro de una habitación que vuestra familia intentó borrar.

—Mi familia lleva más de un siglo haciendo que mi trabajo sea mucho más difícil de lo necesario.

Edrik se rascó la barba.

—Eso puede grabarse en la entrada del castillo.

Ravian pareció agotar su paciencia en una sola mirada.

—¿Habéis encontrado algo más?

Le enseñé la pieza del instrumento.

—La encontramos en el cuaderno de Dunia.

La reacción llegó esta vez. Ravian cogió la pieza con dos dedos.

—Sereth tenía una parecida.

—¿Era de Dunia?

—Eso sospechamos. Sereth la encontró meses antes de transformarse. Nunca supimos dónde encajaba.

—Ella sí.

—¿Cómo puedes estar segura?

—El cuervo me llevó hasta Sera. Lysandra me mandó buscar a Dunia. Las pistas nos están conduciendo de una a otra.

Ravian apretó la pieza dentro de la palma.

—Eso me preocupa más que cualquier otra cosa que hayas dicho.

—A mí me tranquiliza bastante poco.

—Las novias transformadas están ligadas a Vaerra. Si empiezan a actuar de forma coordinada, puede significar que la entidad está recuperando control sobre ellas.

—O que ellas están recuperándolo sobre sí mismas.

—No podemos saberlo.

—Entonces tendremos que averiguarlo.

—Tú no vas a acercarte a ellas otra vez.

Me reí sin humor.

—Ahí está. Ya tardabas.

—Sereth podría haberte matado.

—No lo hizo.

—Usó la voz de tu hermana para sacarte del castillo.

—Y el cuervo nos ha ayudado a encontrar una pieza que necesitábamos.

—También te hizo sangrar.

—Tú llevas una corona que puede obligarla a obedecer. No estoy segura de quién debería darme más miedo.

El silencio cayó con bastante más peso del que había previsto.

Edrik miró al suelo. Danah se mantuvo inmóvil. Ravian no apartó los ojos de mí.

—Yo sí.

Lo dijo con tanta calma que tardé un segundo en entenderlo.

—¿Tú qué?

—Yo sí estoy seguro de quién debería darte más miedo.

Abrió la mano. La pieza metálica había dejado una marca roja en su palma.

—Yo puedo elegir quitarme la corona. Ellas no pueden elegir lo que la maldición les ordena.

La explicación rebajó parte de mi rabia, aunque no toda.

—Entonces ayúdame a entenderlas.

—Quiero hacerlo.

—Sin encerrarme.

—No prometo eso.

—Ravian.

—Y tú no prometes no salir por una ventana cuando alguien imita la voz de Elin.

Edrik soltó una tos que se parecía demasiado a una risa.

—Podéis continuar, está siendo muy educativo.

Danah le dio un golpe con el bastón en la bota.

Ravian me indicó el corredor.

—Ven conmigo.

—¿Adónde quieres llevarme?

—A un lugar donde podamos leer sin que el tejado se llene de cuervos.

—Eso limita bastante las opciones en este castillo.

Acabamos en el invernadero.

Fuera había empezado a nevar. Dentro, los cristales empañados retenían el calor y el olor a tierra húmeda. Ravian cerró la puerta y dejó los cuadernos sobre una mesa de trabajo.

Danah se llevó a Edrik con una excusa que ninguno intentó hacer creíble.

Nos quedamos solos.

—¿Por qué aquí? —pregunté.

—Las plantas ayudan a amortiguar ciertas reacciones de la casa.

—Por supuesto. Qué normal todo.

Ravian empezó a revisar las páginas de Dunia. Yo me senté enfrente.

Durante un rato trabajamos sin discutir. Descubrí que Ravian leía deprisa y regresaba sobre las frases importantes. Tomaba notas pequeñas en un papel aparte, sin escribir jamás sobre los cuadernos.

—Eso es de persona civilizada —comenté.

—Gracias. Temía no superar tu evaluación.

—Todavía estás en periodo de prueba.

—Llevo once años gobernando un reino.

—Ese es un cargo político. Para ser persona hace falta más documentación.

La risa le salió baja y breve. Al descubrir que seguía observándolo, arqueó una ceja.

—¿Qué estás pensando?