CAPÍTULO 8
El papel crujió entre mis dedos.
Edrik se inclinó un poco, lo suficiente para leer el nombre sin tocar la carta.
—Lysandra —murmuró—. Esa sí la conozco.
—¿En persona?
—Tengo treinta y dos años, Mel.
—En este castillo empiezo a desconfiar hasta de las edades.
La comisura de su boca se movió, aunque la sonrisa se quedó a medio camino.
—Desapareció unos ocho años antes de que yo naciera. Si es que podemos seguir utilizando esa palabra.
Volví a mirar el papel.
—Ravian dijo que todas siguen aquí.
—Y te dijo más de lo que suele decir en una semana. Aprovecha el milagro.
Desdoblé la carta con cuidado. El papel estaba seco y había adquirido ese color de las cosas que han pasado demasiados inviernos encerradas. La tinta seguía firme.
«A la que venga después de nosotras:
Si has encontrado esto, ya habrás aprendido algo que yo tardé demasiado en comprender. La casa no guarda nuestras cosas por nostalgia. Las guarda porque sabe que otra mujer vendrá a necesitarlas.
Busca las respuestas en los errores de las historias de los reyes, en los nombres que faltan, las fechas que no coinciden y los retratos que fueron cambiados.
El ciclo no termina cuando una novia desaparece. Continúa dentro de ella.
Cuenta.
Y cuando hayas terminado de contar, busca a Dunia.»
La carta acababa ahí. Le di la vuelta.
Vacía.
—Eso es todo.
Edrik volvió a mirar la página vacía.
—Lysandra tenía fama de escribir páginas enteras para pedir una jarra de vino.
—¿Y cómo sabes eso?
—Danah guarda copias de algunas de sus cartas. Las encontró después de la transformación.
—Entonces esto está cortado.
Busqué una segunda hoja en el hueco del marco. Solo encontré polvo y una pequeña tira de tela azul.
La saqué.
Era del mismo tono que el vestido de Sera.
—Han trabajado juntas —dije.
—Separadas por cuarenta y cuatro años.
—Aquí el tiempo parece tener menos importancia de la que debería.
Edrik miró hacia el pasillo.
—Voy a avisar a Ravian.
—Todavía no.
—Dame una hora.
—Eso dijiste la última vez y acabaste siguiendo a una mujer muerta por un bosque.
—Técnicamente no está muerta.
—No mejora mi argumento.
Guardé la carta dentro de mi vestido.
—Una hora. Después puedes arrastrarme ante el rey si te hace ilusión.
Edrik se pasó una mano por la nuca.
—Si Ravian descubre que te he dejado investigar sola, no me despedirá. Tiene formas mucho más creativas de castigar a sus amigos.
—Puedes venir conmigo.
—Eso sigue siendo ayudar a investigar.
—Entonces ya estás perdido.
Esta vez sí sonrió.
Danah estaba en las habitaciones de las novias cuando llegamos. Había extendido sobre una mesa varias telas oscuras y revisaba dobladillos con una paciencia que me pareció ofensiva después de todo lo que acababa de descubrir.
Dejó la aguja cuando vio mi cara.
—Has encontrado otra cosa.
No parecía una pregunta. Saqué la carta. Danah la reconoció antes de cogerla.
—Lysandra.
—¿Sabías que había escondido esto en mi retrato?
—Tu retrato no existía hasta hace unos días.
—La ranura sí.
Danah examinó el borde del papel.
—Este trozo fue arrancado de una hoja mayor.
—Eso he pensado.
—¿Qué dice?
Se la tendí.
La leyó dos veces. Después volvió a leer la última línea y dejó allí los ojos.
—Busca a Dunia.
—Quiero ver sus cosas.
Danah apoyó ambas manos en las caderas.
—La torre occidental.
—Qué sorpresa.
—Ravian prohibió que entraras.
—Ravian también sabía que mi familia llevaba un siglo apuntada en sus registros y decidió esperar para contármelo.
—Eso no convierte todas sus órdenes en inútiles.
—Solo las vuelve discutibles.
Danah me observó con una mezcla incómoda de cansancio y aprobación.
—Tienes el mismo problema que él.
—¿Cuál de todos?
—Crees que tener una razón te da derecho a hacer lo que quieras.
Me molestó reconocer en sus palabras algo que Elin habría podido decirme casi igual.
—Necesito saber qué está pasando dentro de mi cuerpo.
—Y yo quiero que conserves ese cuerpo entero.
—Entonces ayúdame.
Edrik apoyó el hombro contra la pared y dejó que el silencio se alargara. Danah dobló la carta siguiendo las marcas antiguas.
—Dunia fue la séptima —dijo al fin—. Llegó hace cincuenta y nueve años. Su familia fabricaba instrumentos de navegación. Ella prefería mirar el cielo a viajar por debajo de él.
—¿Era astrónoma?
—Entre otras cosas. El rey de aquella época permitió que instalara un observatorio en una de las torres menores. Cuando empezó a enfermar, llenó las paredes de cálculos. Su marido ordenó borrarlos después de su transformación.
—¿Por qué?
—Porque los hombres poderosos suelen confundir aquello que no entienden con aquello que debe desaparecer.
Edrik rió por lo bajo.
—Danah, algún día te van a colgar por traición.
—A mi edad tendrían que buscar una cuerda cómoda.
Miré la carta otra vez.
—¿Quedó algo de esos cálculos?
Danah recogió las llaves de la mesa.
—Nunca se borra todo.
La torre occidental olía a piedra húmeda y madera vieja. Danah abrió dos puertas y dejó atrás un tramo de escaleras que yo no había visto durante mi visita anterior. La tercera llave era pequeña, casi negra.
—Esta pertenecía a Dunia —explicó.
La cerradura protestó.
La habitación al otro lado parecía un almacén olvidado. Había un escritorio cubierto por una sábana, cajas apiladas y una estructura metálica junto a la ventana, desmontada en varias piezas.
Edrik retiró la tela del escritorio. El polvo se levantó y me hizo toser.
—Un lugar encantador para pasar cuarenta años —dijo.
Danah abrió las contraventanas.
Entró una luz gris que apenas mejoró el aspecto del cuarto.
Me acerqué a la pared.
La piedra había sido encalada. En algunos puntos, la capa blanca se había desprendido y dejaba ver líneas negras debajo.
—Es aquí.
Danah pasó la uña por una grieta. La cal cayó en una escama fina. Debajo había números.
Edrik cogió una espátula del escritorio y retiró otro fragmento con mucho cuidado.
Apareció un círculo. Después otro.
La habitación conservaba muy poco mobiliario. Una mesa alta ocupaba el centro y tenía quemaduras circulares de antiguas lámparas. En una esquina había un catre estrecho con el colchón retirado. Sobre la pared norte alguien había clavado una madera llena de pequeños agujeros.
—Colgaba instrumentos aquí —explicó Danah—. Mi madre decía que Dunia desmontaba cualquier cosa que tuviera engranajes para entenderla y luego siempre le sobraba una pieza.
Edrik sonrió.
—Empiezo a sentir simpatía por ella.
—A diferencia de ti, sabía volver a montarlas.
Encontramos una cajita con tornillos, cristales de distintos grosores y tres notas enrolladas. Dos eran cálculos. La tercera decía: «Si el rey vuelve a pedir que deje de mirar estrellas y me dedique a bordar, observaré el cielo desde su tejado y utilizaré su capa como manta.»
Me reí. Danah acarició el borde del papel.
—Esa sí suena a la mujer de las historias de mi madre.
—¿Tu madre llegó a conocerla?
—Mi madre ya trabajaba en el castillo cuando Dunia llegó. Le llevaba agua y carbón para el brasero. Decía que Dunia olvidaba que las demás no sabían astronomía y le explicaba los eclipses como si también ella llevara años estudiándolos.
La imagen me gustó. Hasta aquel momento Dunia había sido un nombre unido a fechas. De repente pude imaginar a una mujer inclinada sobre aquella mesa, enfadada con un rey y dejando tornillos por el suelo.
Edrik encontró una pequeña raya grabada en el canto de la ventana.
—Hay más.
Cada pocos centímetros aparecía otra. Junto a algunas había iniciales. A. N. E. S.
—Las novias anteriores —dije.
Danah acercó la lámpara.
—Dunia estaba colocando sus nombres en orden mucho antes de escribir los cálculos en la pared.
—¿Cómo conseguía las fechas?
—Registros de bodas, nacimientos, defunciones. Los Corven siempre han sido buenos guardando papel, incluso cuando luego deciden esconderlo.
Retiré el guante de la mano izquierda y rocé una de las marcas sin apoyar la muñeca. La piedra estaba helada.
—¿Sabía que acabaría como ellas?
Danah guardó silencio un momento.
—Sabía que estaba cambiando. Eso no significa que aceptara el final.
Encontramos una frase más, casi borrada junto al marco de la ventana: «Si el cielo repite su camino, la casa también.»
Miré el muro cubierto de cal.
—Entonces quitemos lo que alguien se esforzó tanto en tapar.
Durante casi media hora fuimos dejando al descubierto una parte del muro. Dunia había dibujado constelaciones, fases lunares y columnas de fechas. Algunas estaban acompañadas por nombres.
Los nombres aparecían en orden: Aveline, Nadia, Evelia, Sera, Adria, Liora y, por último, Dunia.
Eran las siete primeras.
Sentí que la marca me picaba bajo la manga.
—Estaba contando —dije.
Danah se acercó.
—Eso mismo. Dunia estaba contando.
Las fechas no seguían una distancia regular. Ocho años entre unas, siete entre otras, diez, nueve. Dunia había dibujado encima una serie de arcos que unían determinados puntos del cielo.
—¿Qué significa esto?
Edrik hizo un gesto de impotencia.
—Puedo decirte cuántos hombres caben en una muralla. Esto se me escapa.
Danah señaló una caja baja.
—Sus cuadernos.
Dentro había seis. Solo tres conservaban las cubiertas enteras.
Abrí el primero.
Dunia escribía con letra minúscula y apretada. Había páginas de cálculos que no entendí, aunque algunas notas al margen resultaban mucho más claras.
«La elección ocurre siempre después de la misma conjunción, pero la conjunción no basta.»
Pasé varias páginas.
«La casa responde al desgaste de la sangre Corven.»
Otra.
«Cada mujer conserva una parte. El intervalo se acorta cuando la acumulación aumenta.»
Leí en voz alta. Edrik se quedó muy quieto.
—¿Se acorta?
Los primeros cuadernos estaban llenos de tachones.
Dunia cambiaba de hipótesis, corregía números y se insultaba a sí misma en los márgenes cuando una predicción fallaba.
Aquello me tranquilizó de una forma extraña.
Las respuestas que estábamos siguiendo no habían caído del cielo completas.
Una mujer había pasado años equivocándose hasta encontrar un dibujo que empezaba a sostenerse.