La novia del Rey Cuervo CAPÍTULO 7 #3
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CAPÍTULO 7 #3

Volví a leer el mensaje sobre las manos. Si las novias podían compartir recuerdos, también podían haber conservado formas de ayudarse unas a otras. Aquella posibilidad era pequeña, incómoda y mucho más útil que pensar en doce criaturas esperando obedientemente a que alguien las salvara.

—Sera dejó esto para que alguna supiera qué buscar —dije.

Ravian me corrigió con cuidado.

—Puede que lo dejara para intentar recordarlo ella.

—Las dos cosas pueden ser ciertas.

Danah dobló la tira de lino y la dejó junto a los otros mensajes.

—Eso también conviene recordarlo.

Ravian había dejado de mirar el vestido. Tenía los ojos clavados en mí.

—Sereth utilizó la voz de Elin porque tú llevabas el recuerdo.

—O porque ella podía entrar en él.

—Es posible.

—También explicaría por qué escuché Vaerra cerca de Sereth.

Danah asintió con cautela.

—Si los recuerdos pasan entre las novias, la decimotercera podría recibir mucho más que las anteriores.

—¿Por qué la decimotercera?

Nadie respondió. Edrik miró a Ravian.

—Ya hemos pasado el punto en que ocultarlo sirve de algo.

—No sabemos si Sera se refería a números.

—Tenemos doce retratos y un lienzo esperando a Mel —dije—. A estas alturas fingir que el trece es una coincidencia requiere bastante esfuerzo.

Ravian se acercó a la mesa.

—Dunia encontró un patrón hace cincuenta y nueve años. Lysandra lo confirmó después. Las elecciones forman parte de un ciclo.

—¿Cuántas forman el ciclo?

—Trece en total.

La palabra quedó suspendida entre nosotros.

—Y yo soy la última.

—Eres la decimotercera.

—Eso significa lo mismo.

—Todavía no sabemos qué significa cerrar el ciclo.

—Mientes fatal cuando intentas protegerme.

Edrik se interesó de repente por una grieta de la pared.

Danah siguió inspeccionando el vestido.

—Ravian.

Él sostuvo mi mirada.

—Sabemos que la última novia es diferente. Los textos más antiguos hablan de reunión, regreso y cuerpo. Ninguno es completo.

—¿Regreso de quién?

Ravian tardó en contestar.

—Vaerra.

El nombre ya no me sorprendió. La forma en que lo dijo sí.

Como si fuera una persona capaz de atravesar la puerta en cualquier momento.

—¿Mi cuerpo?

—Esa es una posibilidad.

—¿Desde cuándo lo sabes?

—Desde antes de que llegaras.

Tuve que mirar hacia otro lado.

Había esperado otra mentira, otro rodeo. La verdad directa dolió más.

—Por eso sabías que yo era la elegida.

—La marca lo confirmó cuando llegaste.

—Pero ya sabías que buscabais a la número trece.

—Lo sabía.

—Y aun así esperaste hasta ahora para decirme que mi familia formaba parte de esto.

—Necesitaba comprobar el parentesco antes de afirmarlo.

—Mi familia.

—Tu familia materna pertenece a una línea que aparece en los registros antiguos.

Pensé en el apellido Varen, en las preguntas de los emisarios, en la forma en que habían revisado documentos de mi madre.

—¿Qué línea?

Ravian se quedó callado un segundo de más.

—La hermana de Eira.

Danah dejó las tijeras sobre la mesa.

Yo apenas conocía ese nombre. Lo había oído en historias antiguas, asociado a una sacerdotisa, una traición y una época que todo el mundo contaba de forma distinta.

—¿Eira, la mujer del primer pacto?

—Esa misma.

—¿Qué tiene que ver conmigo?

—Desciendes de su hermana menor.

Me reí, aunque no había nada divertido.

—Claro. También soy descendiente de la mujer adecuada.

—Mel…

—Me dijiste que la marca había elegido. Resulta que llevabais generaciones esperando una sangre concreta.

—Nadie sabía quién sería.

—Pero cuando aparecí sí lo supiste.

Ravian avanzó hacia mí. Yo retrocedí. El movimiento fue pequeño. Lo vio.

—Necesito aire.

—No salgas sola.

—Si intentas detenerme ahora, vas a descubrir cuánto me queda de paciencia.

Edrik abrió la puerta.

—La acompañaré desde lejos.

—No necesito escolta.

—Lo sé. Yo necesito conservar mi puesto.

Salí.

El pasillo seguía allí. La puerta gris también. Caminé deprisa hasta la galería de las esposas. El lienzo número trece había cambiado.

Ya no mostraba solamente el fondo y la silueta del vestido.

Ahora tenía manos. Mis manos. La derecha descansaba sobre una corona negra. La izquierda sostenía una pluma blanca.

Me acerqué tanto que distinguí una línea oscura pintada en la muñeca.

Mi marca. Edrik se detuvo varios pasos detrás.

—Eso no estaba ayer.

—Lo sé.

—Mel, deberíamos llamar a Ravian.

—Que espere.

Miré las manos del retrato. Debajo de la corona había algo más.

Una pequeña mancha azul, casi escondida entre los dedos pintados.

El mismo azul del vestido de Sera. Y entonces entendí la primera frase del bordado.

Recordé la advertencia de Sera: el rey miraba la corona y la novia debía buscar lo que había debajo.

Me arrodillé frente al lienzo.

El marco tenía una pequeña ranura en su parte inferior.

Metí los dedos. Algo metálico cedió. La base del marco se abrió unos centímetros.

Dentro había un papel doblado, amarillento por los años.

Edrik se acercó.

—¿Cómo demonios llegó eso ahí si el lienzo estaba vacío?

Saqué el papel. En la parte exterior solo había una frase.

«Para la última.»

La letra era distinta de la de Sera. Más firme. Más limpia. Debajo aparecía un nombre.

Lysandra.