CAPÍTULO 7 #2
—Eso funcionaría estupendamente. Ya has comprobado lo bien que se me dan las prohibiciones.
Ravian retiró la mano.
—La corona permite controlar parte de la maldición. Cada vez que la uso, la maldición también me utiliza a mí.
—¿Puedes controlar a Sereth?
—Durante unos minutos, si ella está cerca y si acepta resistirse lo suficiente.
—Eso no parece control.
—Porque nunca lo fue del todo.
Pensé en el bosque. Sereth se había retirado cuando Ravian llegó, aunque Edrik dudaba de que hubiera sido por obediencia.
—¿Por qué la usaste tanto cuando Sereth se transformó?
Ravian miró hacia el cristal del invernadero. La nieve se acumulaba en el exterior mientras allí dentro una gota de agua recorría una hoja verde.
—Porque intenté traerla de vuelta.
—¿Llegaste a traerla de vuelta?
—Durante unos minutos cada vez. Los suficientes para que hablara conmigo.
—¿Qué decía?
—Que parase.
La ausencia de dramatismo en su voz hizo más pesado lo que acababa de decir.
—Y paraste.
—Paré tarde.
Ravian recogió los guantes de la mesa.
—La cripta estará abierta en una hora.
—Quiero terminar aquí.
—¿Qué buscas?
Señalé las flores de Sera.
—Ayer un cuervo me llevó a su retrato. Sus bordados parecen estar relacionados con algo que dejó en la torre occidental.
—La torre está cerrada.
—Ya me lo han dicho.
—Y continuará cerrada.
—¿Por qué?
—Porque dentro hay objetos que reaccionan a la marca.
—Eso habría sido útil saberlo antes de decidir que quiero entrar.
—Por eso no lo sabías.
Lo miré hasta que apartó la vista.
—Has vuelto a hacerlo.
—Empiezo a sospechar que tendremos esta discusión durante todo el invierno.
—Si llego a primavera, podemos celebrarlo discutiendo en otro sitio.
Ravian se colocó los guantes.
—Llegarás a la primavera.
La seguridad de su voz me desconcertó.
—No puedes saberlo.
—Necesito creerlo.
No tuve tiempo de responder. Un golpe seco sonó detrás de nosotros.
Una maceta había caído al suelo sin que nadie la tocara.
La tierra se extendió entre las baldosas.
En el centro había una pequeña caja de metal ennegrecido.
Ravian fijó la vista en la caja.
—¿Eso estaba enterrado?
—Parece que sí.
Me agaché.
—No la toques.
—Llevas toda la mañana diciéndome que no toque cosas.
La caja tenía una letra grabada en la tapa: una S. Sera.
Levanté la vista.
—Creo que ella quiere que entremos en la torre.
Ravian observó la caja y después las flores azules.
—Sera lleva ochenta y cuatro años sin poder querer nada.
—Tal vez eso es lo que todos habéis decidido por ella.
La caja no se abrió en el invernadero.
Ravian lo intentó con una llave, Danah con dos y Edrik llegó a sugerir un martillo hasta que los otros dos lo miraron como si acabara de proponer incendiar el castillo.
La llevamos a una sala pequeña junto a la biblioteca. Yo permanecí frente a ellos con los brazos cruzados mientras discutían sobre cerraduras, sellos y la posibilidad de que el objeto llevara enterrado varias décadas.
—Tiene una marca —dije.
Nadie me escuchó.
—Una marca igual que la mía.
Esta vez Ravian levantó la cabeza.
Señalé el borde inferior de la caja. Entre la suciedad se distinguía una línea curva y dos cortes pequeños.
Danah limpió el metal con un paño. Apareció una pluma quebrada.
—Sera —murmuró.
—Eso llevo diciendo desde el invernadero.
Ravian tomó la caja.
—La marca de las novias no siempre tuvo la misma forma.
—¿Qué significa?
—Que esto pudo fabricarse después de su transformación.
—¿Quién lo enterró entonces?
Danah respondió:
—Yo no.
Edrik se encogió de hombros.
—Y yo todavía no había nacido, por si alguien pensaba acusarme.
Ravian ignoró el comentario.
—Podría haberlo hecho mi abuelo.
—¿Por qué esconder algo de Sera bajo sus propias flores?
—Porque la familia Corven lleva generaciones escondiendo cosas con una imaginación bastante limitada.
La puerta de la sala crujió. Todos nos volvimos. No había nadie. Se abrió unos centímetros y quedó quieta.
—¿Corriente? —pregunté.
Edrik negó.
—No hay ventana en el pasillo.
Ravian se levantó.
—La cripta puede esperar.
—Hace una hora parecía urgente.
—Ahora tenemos otra cosa.
—La torre occidental.
—He dicho otra cosa, no la torre.
Salimos al corredor.
La puerta se cerró detrás de nosotros con un golpe suave.
Al fondo del pasillo había una abertura que no recordaba.
Me detuve.
—Eso no estaba ahí.
Danah palideció.
Donde siempre había visto una pared cubierta por un tapiz apareció una puerta estrecha de madera gris. El tapiz seguía allí, recogido hacia un lado como si alguien lo hubiera apartado.
Ravian se acercó despacio.
—¿La conoces? —pregunté.
—La conozco.
—Entonces estaba ahí.
—Hace muchos años.
—¿De cuántos años hablamos?
Danah contestó por él.
—Desde antes de que Sereth llegara no se podía ver.
Edrik apoyó una mano sobre la empuñadura de la espada.
—Esto empieza a parecerme una mala idea incluso a mí.
—Un criterio tranquilizador —dije.
La puerta no tenía pomo. Solo una pequeña hendidura en forma de pluma.
Miré mi muñeca. Ravian hizo lo mismo.
—Ni se te ocurra.
—¿Tienes otra propuesta?
—Sí. Volver a cerrar el pasillo y buscar en los archivos.
—Eso lleváis haciendo generaciones.
—Y seguimos vivos.
—Las doce mujeres del bosque quizá opinen distinto.
Se produjo un silencio incómodo.
Ravian apartó la mirada de mí y observó la hendidura.
—Si la marca reacciona, retiras la mano.
—¿Y si se abre?
—Entonces entramos juntos.
Apoyé la muñeca sobre la madera. La marca ardió.
El dolor subió hasta el codo, rápido y limpio. Antes de que pudiera apartarme, algo cedió dentro de la puerta.
Sonó un clic.
Ravian me sujetó el brazo y tiró de mí hacia atrás.
La puerta se abrió sola.
Un olor antiguo salió del interior. Polvo, tela cerrada y algo dulce que tardé en reconocer.
Lavanda.
Danah cerró los ojos.
—Sera usaba lavanda para guardar la ropa.
Edrik encendió una lámpara.
La estancia era pequeña. Había un armario, una mesa y una silla cubierta por una sábana. Las paredes estaban desnudas salvo por una hilera de ganchos de hierro. En uno colgaba un vestido azul oscuro.
El mismo del retrato. Me acerqué. Los bordados recorrían los puños y el cuello.
—No lo toques todavía —dijo Danah.
—¿Por la maldición?
—Por la edad. Si tiras de una costura equivocada puedes deshacer algo que ha sobrevivido ochenta años.
Esa advertencia sí tenía sentido.
Danah se lavó las manos en una jofaina que Edrik trajo desde una habitación cercana. Luego examinó la tela con una paciencia que me pareció infinita.
—Mira aquí.
Señaló el puño derecho.
Las seis flores estaban bordadas con hilo azul. Una tenía el centro negro.
—En el cuadro era igual.
—El retrato reprodujo el vestido —dijo Ravian.
—¿Con todos esos detalles?
—Como los demás.
—¿También lo que Sera escondió en los bordados?
—Eso estamos intentando averiguar.
Danah giró el puño. En el interior había una costura más gruesa.
—Esto se añadió después de terminar la prenda.
Cogió unas tijeras pequeñas y cortó dos puntadas.
Un trozo de tela doblado cayó sobre la mesa.
Edrik exhaló.
—Por una vez, el pájaro tenía razón.
Danah desplegó la tela.
Había palabras cosidas con hilo casi del mismo color.
La letra era torpe, con algunas palabras deformadas.
Leí despacio:
«Cuando la casa cambie, sigue lo que estaba escondido. El rey mira la corona. La novia debe mirar debajo.»
—¿Debajo de qué? —preguntó Edrik.
—Muy útil —murmuré.
Danah siguió revisando.
—Hay más.
El segundo mensaje estaba en el otro puño.
«Las voces pertenecen a todas. Los recuerdos pasan donde la carne ya no puede guardarlos.»
Sentí un frío que no procedía de la habitación.
—Edrik tenía razón.
Él intentó sonreír.
—Voy a disfrutar mucho recordándoselo a Danah.
—Hazlo y dormirás en las cuadras —respondió ella.
Danah siguió recorriendo el interior del vestido con las yemas de los dedos. Cerca de la cintura encontró otra zona reparada con hilo más reciente. Esta vez no cortó enseguida. Buscó una aguja fina, levantó dos puntadas y separó el forro lo justo para sacar una tira estrecha de lino.
—Sera no escribía bien —dijo—, pero cosía mejor que nadie que haya trabajado en este castillo.
La nueva frase estaba formada por puntos diminutos. Algunas letras se confundían con el dibujo y tuvimos que acercar dos lámparas.
«Si me oyes con voz de otra, recuerda lo que hago con mis manos.»
Edrik leyó dos veces.
—Eso parece escrito para alguien que ya sabía lo de las voces.
—O para ella misma —respondí.
Danah asintió.
—Durante la transformación olvidaban cosas sencillas antes que otras. Nombres de calles, recetas, canciones. Las manos podían recordar una tarea cuando la cabeza empezaba a mezclar recuerdos.
Miré el bordado del puño. Seis flores azules, una con el centro negro. Sera había escondido frases dentro de algo que podía seguir haciendo incluso cuando las palabras empezaban a fallarle.
—¿Quedan más prendas suyas?
—Había tres vestidos y un abrigo. Este es el único que sigue aquí.
—¿Dónde están los demás?
Ravian respondió sin apartar la vista del tejido.
—Uno se quemó durante una búsqueda. Otro desapareció del archivo de mi abuelo. El abrigo fue enviado a su familia después de que la dieran por muerta.
—¿Y nadie revisó los forros?
—Mi abuelo buscaba hechizos. Unas costuras le parecían trabajo de criadas.
—Qué suerte que los hombres importantes sepan reconocer lo importante.
Edrik se llevó una mano al pecho.
—Voy a fingir que no me incluye.
—Tú querías abrir la caja con un martillo.
—Retiro mi protesta.
Danah encontró una última alteración, cerca del dobladillo. Allí Sera había cosido una secuencia de trece pequeñas marcas. Doce eran azules. La última estaba hecha con hilo blanco.
Se me secó la boca, aunque me obligué a contar despacio.
—Son trece marcas.
Ravian se inclinó sobre las marcas.
—Dunia utilizaba marcas parecidas en sus notas.
—Entonces Sera conocía su trabajo.
—O recibió el recuerdo de alguien que lo conocía —dijo Danah.
La posibilidad de que el recuerdo perteneciera a otra mujer devolvió el peso a la habitación.