La novia del Rey Cuervo CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

Dormí mal y me desperté con la sensación de haber olvidado una cita.

Tardé unos segundos en recordar que mi agenda de aquella mañana consistía en visitar una cripta con el hombre al que todo el reino acusaba de matar esposas.

Danah llegó con el desayuno y una camisa de mangas largas.

—¿Eso es para que nadie vea el vendaje?

—Eso es porque fuera hace suficiente frío para que pierdas un dedo.

—Me tranquiliza saber que todavía existe una amenaza normal en este sitio.

Dejó la bandeja sobre la mesa.

—Ravian ha enviado aviso. Se retrasa.

—Qué sorpresa.

—Ha habido problemas en la frontera oriental.

—¿Han vuelto a moverse desde Asteria?

La aprobación de Danah apenas se notó en su expresión.

—Has escuchado algo durante las cenas.

—Cuando nadie quiere contarme cosas importantes empiezo a prestar atención a las aburridas.

—Es una habilidad útil en palacio.

Comí sin ganas. Cada pocos minutos miraba el brazo. El vendaje seguía limpio. No había nuevas puntas negras bajo la piel, aunque sentía un picor constante alrededor de la marca.

A media mañana Ravian continuaba reunido con sus hombres.

A mediodía dejé de esperar.

Encontré a Edrik en el patio interior dando instrucciones a dos guardias. Me vio acercarme y se llevó una mano al pecho.

—Si vienes a preguntarme por la cripta, pienso fingir una lesión.

—Busco otra cosa.

—Eso me preocupa más.

—El invernadero.

Señaló con la barbilla un corredor lateral.

—Baja hasta la galería pequeña, gira a la derecha y sigue el olor.

—¿El olor?

—A tierra mojada. En invierno es difícil confundirlo con otra cosa.

—Gracias, me sirve.

Me detuve.

—No toques nada que tenga espinas negras.

—¿Es una broma?

—Esta vez preferiría que lo descubrieras por tu cuenta.

Seguí el corredor preguntándome por qué la gente de Nocthar parecía disfrutar dando advertencias a medias.

El invernadero ocupaba una estructura de cristal pegada al ala sur. Al abrir la puerta me golpeó un aire húmedo y cálido. Después de días oliendo piedra fría, humo y nieve, el aroma de tierra recién regada resultó casi excesivo.

Me quité la capa.

Había plantas que reconocía de mi región, otras que solo había visto secas en mercados y algunas que parecían incapaces de sobrevivir en ningún lugar razonable.

Flores amarillas crecían junto a ramas cargadas de pequeñas bayas rojas.

En una esquina, una enredadera de hojas violetas trepaba por una pared de hierro.

Encontré las espinas negras sin esfuerzo. Decidí creer a Edrik.

Avancé entre mesas y jardineras hasta descubrir pequeñas placas de metal clavadas en la tierra.

Aveline, Nadia y Evelia.

El nombre de Sera apareció junto a un grupo de flores azules muy pequeñas. Me agaché.

Los pétalos repetían la forma de los bordados del retrato.

—Así que eras tú.

—Hablar con plantas suele ser menos peligroso que hablar con los cuervos.

La voz de Ravian llegó desde detrás. Me incorporé.

—Vas tarde.

—La frontera no ha tenido la cortesía de esperar a que terminemos nuestra conversación.

—Podrías haber mandado a alguien.

—Mandé a Danah.

—Danah me dijo que te retrasabas. Eso no es mandar a alguien, es informar de tu ausencia.

Ravian se quitó los guantes. Por un momento pensé que iba a acercarse a las plantas, pero dejó las manos detrás de la espalda.

—La cripta tendrá que esperar hasta esta tarde.

—Me estoy acostumbrando a esperar cosas en este castillo.

—Lo llevas fatal.

—Me alegra que hayas aprendido algo sobre mí.

Miré otra placa.

Liora.

Más adelante estaba Dunia, junto a unas flores blancas que se cerraban bajo la luz del mediodía.

—¿Quién plantó todo esto?

—Las planté yo.

Tardé un segundo en creerle.

—¿Tú plantaste todo esto?

—Danah consiguió algunas semillas. Otras llegaron de las familias.

—¿De las familias de las novias?

—Cuando fue posible.

—¿Por qué?

Ravian se acercó a las flores de Sera y retiró una hoja seca.

—Porque la gente olvida enseguida.

No esperaba que una razón tan sencilla me dejara sin argumento.

—Fuera de Nocthar dicen que guardas recuerdos de tus esposas como trofeos.

—Fuera de Nocthar dicen muchas cosas.

—¿Nunca intentaste desmentirlas?

—El miedo evita que ciertos ejércitos crucen nuestras montañas.

—Así que permites que crean que asesinaste a doce mujeres porque te resulta útil.

—Diez de esas historias empezaron antes de que yo naciera.

—Podrías corregirlas.

—¿Y explicar qué ocurrió realmente? ¿Contar que las mujeres continúan vivas convertidas en criaturas capaces de arrancar la garganta a un soldado? La noticia tardaría una semana en llegar a Asteria y un mes en convertirse en un plan para capturarlas.

—También podrías decir que la maldición existe sin explicar dónde están.

—Lo intentó mi padre. Lo llamaron cobarde, mentiroso y brujo en la misma estación.

Reanudamos el paseo. Cada grupo de plantas tenía un nombre. Doce nombres.

Algunas placas llevaban además un lugar grabado en letras pequeñas. Val de Oria. Las llanuras de Cest. Una aldea de montaña llamada Brezal, tan al norte que yo solo la conocía por los cargamentos de lana que llegaban al mercado dos veces al año.

—¿Fuiste a buscarlas tú? —pregunté.

—A algunas plantas, sí. Otras las enviaron las familias.

—¿Te reciben bien cuando apareces preguntando qué flores le gustaban a una mujer que entró en tu castillo y nunca volvió?

Ravian apoyó dos dedos en una placa torcida y la enderezó.

—Depende de la familia. Una me echó los perros.

—Eso suena razonable.

—Lo pensé mientras corría.

Me volví hacia él.

—¿De verdad corriste?

—Eran perros grandes.

La imagen del Rey Cuervo huyendo por un camino embarrado de dos animales enfurecidos estuvo a punto de hacerme reír. Ravian debió de verlo en mi cara.

—Puedes hacerlo. Edrik lleva años haciéndolo.

—Estoy intentando decidir si creer la historia.

—Pregunta a Danah por el pantalón que tuvo que coser.

Esta vez sí reí. Duró poco, aunque bastó para cambiar el aire entre nosotros. Ravian siguió andando y tardé unos segundos en alcanzarlo.

Junto a las plantas de Dunia había un banco estrecho y una caja de herramientas. Vi tierra seca bajo las uñas de un guante viejo, abandonado sobre la madera.

—¿También cuidas tú esto?

—Hay dos jardineros que hacen casi todo. Yo vengo cuando puedo.

—¿Por qué no delegarlo?

—Porque bastante de mi vida consiste ya en firmar cosas que hacen otros.

Se agachó para retirar dos hojas caídas de una jardinera. El gesto resultaba demasiado normal para encajar con las historias que había oído antes de llegar. Me molestó descubrir que cada día encontraba una pieza nueva de él que no servía para el monstruo que me habían contado.

—A Nadia le gustaba la menta —dijo—. La usaba para todo y conseguía que el corredor entero oliera como una botica.

Aveline pidió rosas blancas y después se quejó de que eran demasiado delicadas.

Liora quería una planta que no conseguimos traer viva desde Velaria.

Esa de ahí es la cuarta que intentamos cultivar.

—Hablas como si las hubieras conocido.

—Conozco lo que dejaron. A veces es suficiente para echar de menos a alguien que murió antes de que nacieras.

Miré las doce placas. Entendí entonces por qué aquel lugar estaba caliente incluso en mitad del invierno.

Aquello servía para mucho más que recordar a las mujeres que habían pasado por el castillo.

Ravian mantenía aquellas plantas vivas y, con ellas, una obligación que no podía guardar en un archivo.

—¿Viene gente de sus familias?

—Algunas veces. La mayoría prefiere no acercarse al castillo. Les enviamos semillas, dinero cuando lo necesitan y cualquier objeto que podamos devolver sin revelar lo que ocurre aquí.

—Eso no compensa nada.

—Nunca he pensado que lo hiciera.

No había defensa en su tono y, por eso, no discutí.

Sereth estaba al final, junto a una hilera de pequeñas flores naranjas.

Ravian no se acercó a ellas.

—¿Las eligió ella?

—Las odiaba.

—Entonces no entiendo nada.

—Su madre las cultivaba en la ventana de su casa. Sereth decía que eran feas, que olían a humedad y que atraían insectos. Cuando llevaba dos meses aquí me pidió que buscara semillas.

—¿Por qué?

—Porque empezó a echarlas de menos.

Miré las flores naranjas.

—Tú la conociste bien.

—La conocí bien.

Agradecí que no intentara convertir aquella respuesta en otra cosa.

—¿Estabas enamorado de ella?

Ravian tardó unos segundos.

—Sereth fue importante para mí.

—No es lo que he preguntado.

—Porque la respuesta sencilla sería cómoda y falsa. Éramos dos personas intentando resolver algo que podía destruirnos. Hubo cariño, miedo, noches enteras trabajando y días en que no soportábamos estar en la misma habitación. Si necesitas una palabra para tranquilizarte, no puedo dártela.

—No necesito tranquilizarme.

—Mejor así.

—Solo preguntaba.

—Si tú lo dices.

Me molestó que sonriera.

—Eres insoportable.

—Lo has dicho varias veces.

—Y todavía no has mejorado.

Ravian se inclinó sobre una planta y arrancó una hoja seca. Vi entonces sus dedos con claridad.

La piel alrededor de las uñas estaba oscurecida. La mancha nacía debajo, como tinta extendiéndose hacia las articulaciones.

Él vio dónde miraba y cerró la mano.

—Enséñamela.

—Ya la viste en el bosque.

—Vi una parte mientras intentabas que no me matara Sereth.

—Entonces viste suficiente.

—Eso lo decido yo.

Ravian rió sin humor.

—Acabas de utilizar mi peor argumento contra mí.

—Estoy aprendiendo.

Extendió la mano.

La piel de los dedos estaba fría. Alrededor de las uñas se había formado una dureza negra, más parecida a una cubierta que a una mancha. El dedo índice tenía una pequeña grieta rojiza en la articulación.

—¿Te duele cuando la mueves?

—A veces.

—¿Cuándo empezó?

—De niño tenía episodios breves. Empeoró después de la transformación de Sereth.

—¿Por qué?

—Porque utilicé demasiado la corona.

—¿La corona de la que me hablaste?

Su mirada cambió.

—La Corona de Hueso Negro.

—Por fin le ponemos nombre.

—¿Qué te han contado de ella?

—Tú dijiste que mantiene a las novias en estas montañas. El resto son preguntas sin responder.

—Voy a terminar oyendo mis propias frases hasta arrepentirme.