CAPÍTULO 6 #2
Por la tarde intenté encontrar a Danah sin conseguirlo, y Ravian tampoco apareció por ninguna de las salas donde lo busqué.
Cené sola en mis habitaciones y me prometí que esperaría hasta el día siguiente para preguntar por Sera.
La promesa duró menos de una hora.
Estaba quitándome la camisa cuando noté algo duro bajo la piel del antebrazo.
Pensé que era una costra. Me acerqué a la lámpara.
Había un punto negro unos centímetros por encima de la marca.
Lo toqué.
Dolió.
Presioné alrededor con dos dedos. La piel se elevó apenas. Algo fino y rígido estaba atrapado debajo.
Cogí una aguja del costurero que Danah había dejado sobre la cómoda. La pasé por la llama de la vela y esperé a que se enfriara.
Después levanté con cuidado la capa superficial de piel.
Salió una gota de sangre. Y una punta negra. Dejé la aguja. Tiré con las uñas.
Lo que emergió medía poco más que una pestaña.
Era suave en un extremo y duro en el otro.
Era una pluma negra que había empezado a crecer debajo de mi piel.
Me quedé mirándola sobre la palma de la mano.
Al otro lado de la puerta sonaron pasos. Esta vez no pasaron de largo. Danah llamó dos veces.
—Mel, abre.
Guardé la pluma en el puño.
—Un momento.
—Abre ahora.
Había algo distinto en su voz.
Me cubrí el brazo y fui hasta la puerta.
Danah entró en cuanto retiré el pestillo. Miró mi cara. Después mi mano cerrada.
—Enséñamela.
—¿Qué quieres que te enseñe?
—La pluma.
Sentí el estómago caer.
—¿Cómo sabes que tengo una?
Danah me abrió el puño con cuidado. La pluma negra quedó entre las dos.
La mujer que había soportado cada descubrimiento con una serenidad irritante perdió el color de la cara.
—Esto es demasiado pronto —dijo.
—¿Cuándo debería ocurrir?
Danah me miró.
—Con Sereth tardó casi un mes.
Danah sostuvo la pluma entre los dedos como si pudiera cortarla.
—Siéntate.
—Preferiría que me explicaras qué significa que sea demasiado pronto.
—Y yo preferiría que no estuviera creciendo dentro de tu brazo en tu segundo día aquí. Ninguna de las dos va a conseguir lo que quiere esta noche.
Señaló la silla junto al tocador y abrió el pequeño armario de la pared.
Sacó una caja de madera que yo había visto al instalarme y que había supuesto llena de agujas, vendas o cualquier cosa útil en una habitación destinada a una mujer condenada a casarse con un desconocido.
La dejó sobre la mesa. Al levantar la tapa vi frascos, pinzas de metal, rollos de lino y un cuchillo fino con el mango gastado.
—¿Cuántas veces has usado eso?
—Más de las que me habría gustado.
Me senté.
Danah apartó la manga de mi camisa y examinó el punto de sangre. Lo hizo con tanta práctica que la pregunta volvió a aparecer, aunque esta vez no la formulé. Había algo obsceno en la familiaridad de aquella mujer con una herida que acababa de descubrir en mi propio cuerpo.
Mojó un paño en un líquido que olía a alcohol y hierbas amargas.
—Va a escocer.
—He sobrevivido al viaje hasta aquí. Confío en poder soportar un paño mojado.
—Tu confianza tiene un problema serio con la realidad.
El líquido ardió de inmediato. Aparté el brazo por reflejo.
Danah me sujetó la muñeca.
—Te dije que iba a escocer.
—También podrías haber dicho que ibas a intentar arrancarme la piel.
—Y habrías movido el brazo antes de tiempo igualmente.
Limpió la sangre y aplicó una pasta oscura alrededor de la pequeña abertura. El frío de la mezcla alivió el dolor hasta que la piel volvió a arder.
—¿Esto detiene la transformación?
—Alivia la inflamación y evita que la piel se infecte. Si tuviera algo que detuviese la transformación, Sereth estaría desayunando con nosotros.
La sencillez con la que lo dijo hizo más dura la evidencia.
Miré la pluma sobre la mesa.
—Dijiste que con ella tardó casi un mes.
—Veintisiete días desde que llegó al castillo hasta que encontramos la primera.
—¿La primera?
Danah cerró el frasco.
—Después hubo más.
—¿Cuántas aparecieron después?
—No las contamos.
—Parece que contáis todo lo demás.
—Porque hay cosas que ayudan y cosas que solo sirven para recordar cuánto fallamos.
Enrolló una venda alrededor de mi antebrazo. Sus manos seguían firmes, pero la piel de sus nudillos había perdido el color.
—Quiero saber qué viene ahora.
—Ravian debe decírtelo.
—Ravian lleva desde que llegué administrándome verdades como si fueran medicina. Una cucharada cuando considera que puedo soportarla.
Danah me lanzó una mirada breve.
—Eso suena bastante a él.
—Y tú lo permites.
—No trabajo para ti desde hace dos días para empezar a desobedecer al rey por simpatía.
—Pensaba que no te caía bien.
—No he dicho eso.
—Tampoco parece que te caiga especialmente bien Ravian.
Danah terminó el vendaje y recogió las pinzas.
—Llevo demasiado tiempo en este castillo para medir a la gente por si me cae bien.
—Qué manera tan triste de vivir.
—Qué manera tan juvenil de juzgar.
Me callé. Había dado justo donde sabía que dolía. Yo llevaba media vida pensando que la edad de Elin me permitía saber qué era mejor para ella. Danah podía utilizar la misma lógica conmigo y, aun así, me molestaba.
La mujer tomó la pluma y la guardó en un pequeño frasco vacío.
—¿Por qué haces eso?
—Porque quiero que Ravian la vea.
—Podría enseñársela yo.
—Podrías tirarla por una ventana si te enfadas antes de encontrarlo.
—Me conoces muy poco.
—Me has demostrado bastante en dos días.
Tapó el frasco.
—Danah.
Esperó.
—¿Qué ocurrió después de la primera pluma de Sereth?
La reacción fue mínima. Se sentó frente a mí y apoyó las manos sobre el regazo.
—Empezó a oír mejor. Podía distinguir conversaciones al otro lado de una pared, reconocer un caballo por el sonido de los cascos antes de verlo y escuchar cuervos sobre el tejado aunque todos los demás jurásemos que el cielo estaba vacío.
Más tarde llegó la vista. La oscuridad dejó de ser oscuridad para ella.
—Eso no suena especialmente terrible.
—Al principio algunas cosas parecen regalos.
—¿Y después?
—Después dejó de saber de dónde venían ciertos pensamientos.
La habitación se volvió más pequeña.
—Explícamelo.
—Se enfadaba por cosas que cinco minutos antes no le importaban.
Sentía deseos de subir a las torres. Se quedaba mirando las ventanas durante horas.
Hubo días en que hablaba de marcharse y, al llegar a la puerta del castillo, no podía cruzarla.
También empezó a saber cosas que nadie le había contado.
Pensé en la voz de Elin saliendo de la boca de Sereth.
—¿Recuerdos de otras personas?
—Quizá. Nunca conseguimos demostrarlo.
—Edrik cree que las novias comparten algo.
Danah ladeó la cabeza.
—Edrik debería aprender a dejar ciertas teorías para las sobremesas.
—A mí me parece más útil que seguir diciendo que nadie sabe nada.
—Tener una teoría no convierte una sospecha en verdad.
—¿Y la voz de mi hermana?
Danah no encontró una respuesta rápida.
—Eso sí me preocupa.
—Fantástico. Empezaba a pensar que solo me preocupaba a mí.
Se levantó.
—Mañana por la mañana te verá Ravian.
—Esta noche.
—Está reunido con el consejo.
—Que se levante de la silla.
—Tengo una pluma creciendo bajo la piel a una velocidad que asusta a la única persona del castillo que sabe cómo curar estas heridas. Creo que su consejo puede sobrevivir media hora sin él.
Danah me observó un momento y asintió.
—Ponte una chaqueta.
Danah terminó de ordenar la caja, pero en lugar de cerrarla sacó del fondo un pequeño peine de madera. Le faltaban dos púas y tenía una mancha oscura junto al mango. Lo dejó delante de mí.
—Era de Talia. Lo rompió contra la pared la semana en que empezó a escuchar voces.
—¿Guardas cosas de todas?
—Guardo lo que encuentro y lo que nadie reclama. A veces una cinta, otras una cuchara, una carta que no llegó a salir del castillo. Si preguntas a los archivos, Talia fue la undécima novia. Si preguntas a mí, te diré que odiaba la leche caliente y que hacía trampas jugando a las cartas.
Pasó el pulgar por la madera y volvió a guardarla.
—Liora cantaba cuando estaba nerviosa. Nadia discutía con cualquier médico que se acercara a ella. Adria se levantaba antes que las criadas porque decía que dormir hasta tarde era perder medio día. Hay gente aquí que solo conoce sus nombres por los cuadros. Yo prefiero recordar las cosas pequeñas.
La miré mientras cerraba la tapa. Durante los últimos días había pensado en las doce mujeres como en una fila que conducía hasta mí.
Oír a Danah hablar de sus manías deshizo esa comodidad.
Una fila era fácil de contar. Doce vidas resultaban bastante más difíciles de colocar en orden y seguir caminando.
—¿Sereth también dejó cosas?
Danah tardó un momento en responder.
—Muchas. Todavía no estoy preparada para enseñártelas todas.
—¿Porque Ravian no quiere?
—Porque algunas decisiones también pueden ser mías.
Acepté el golpe. Me lo había ganado.
Danah guardó el frasco con mi pluma junto a los ungüentos y se aseguró de que el tapón quedara bien ajustado.
—Cuando esto termine, si termina bien, quiero que ellas puedan decidir qué conservar y qué quemar. Llevan demasiado tiempo convertidas en historias que cuentan otros.
—Entonces tenemos algo en común.
—Tú conservas la ventaja de poder protestar mientras te cuentan mal.
—La estoy aprovechando bastante.
—Eso he notado.