CAPÍTULO 6
Pasé la tarde buscando a Edrik.
Encontrarlo resultó más difícil de lo previsto porque el capitán de la Guardia Negra parecía considerar el castillo una excusa para no permanecer quieto. Pregunté a dos soldados, a un muchacho que llevaba leña y a una mujer que limpiaba la plata. Cada uno lo había visto en un lugar distinto.
Al final lo localicé en el patio de entrenamiento.
Había seis guardias practicando con espadas de madera mientras él corregía a uno de ellos. La nieve había sido retirada del centro del patio y se amontonaba contra los muros.
Edrik me vio entrar.
—Si vienes a pedir una espada para matar al rey, necesito que rellenes un formulario.
—Vengo a hacerte preguntas.
—Eso es todavía peor.
El soldado frente a él sonrió.
Uno de los soldados más jóvenes dejó caer la espada de madera detrás de Edrik. El capitán se volvió.
—Si haces eso con acero, el hombre que tengas delante te enviará una carta de agradecimiento.
—Se me ha resbalado.
—Entonces aprende a sudar sin soltar el arma.
Me apoyé contra la pared y esperé mientras Edrik le enseñaba a cambiar el agarre. No gritaba. Corregía dos veces y, a la tercera, golpeaba con su propia espada de madera justo donde el soldado había dejado un hueco. La lección parecía eficaz.
—¿También entrenas a mujeres? —pregunté cuando terminó.
—A cualquiera que tenga brazos y paciencia.
—Tengo lo primero.
—La segunda parte me preocupa.
Cogió una espada de madera del soporte y me la lanzó. La atrapé de manera torpe.
—No sé usar esto.
—Ya lo veo.
—Podrías haber avisado antes de lanzármela.
—En una pelea suelen olvidarse de avisar.
Me enseñó a colocar los pies y me hizo repetir un movimiento sencillo. A la cuarta vez me dolía el hombro.
—¿Cuánto tardaría en aprender lo suficiente para no hacer el ridículo?
—Meses, como poco.
—Respuesta poco comercial.
—Puedo mentirte y decir tres días si te ayuda.
Le devolví la espada.
—Prefiero saber cuándo soy inútil.
—Esa frase te hará popular en el consejo. Allí nadie lo sabe.
Los soldados se rieron desde el otro lado del patio. Edrik les lanzó una mirada y todos encontraron una tarea urgente.
—¿Ravian entrenaba aquí contigo?
—Desde niño.
—¿Siempre fue bueno?
—Era obstinado. Eso se confunde mucho con el talento cuando alguien practica el doble que los demás.
—¿Y tú?
—Yo tenía talento. Por eso podía perder el tiempo.
—Qué humilde.
—Una de mis mejores virtudes.
Se apoyó en la espada.
—Ahora dime qué quieres de verdad. Nadie cruza medio castillo para verme entrenar por interés cultural.
—Sereth.
—Ravian ya te ha contado bastante para un solo día.
—Ravian me ha contado lo que ha querido.
—Eso suele hacer la gente cuando habla.
—Tú estabas allí cuando llegó.
La broma desapareció de su cara.
—Yo estaba allí.
—Quiero saber cómo era.
—¿Para qué?
—Porque he visto lo que es ahora.
Edrik miró a los soldados. Dos estaban peleándose por una cantimplora.
—Vamos a otro sitio.
Atravesamos una puerta lateral y entramos en una armería pequeña. Olía a aceite, cuero y hierro. Había lanzas apoyadas contra una pared y estantes con guantes, protectores y piezas de armadura.
Edrik cerró.
—Sereth tenía más paciencia que tú.
—Empezamos bien.
—También sabía cuándo callarse.
—Eso explica por qué Ravian la recuerda con cariño.
Él apoyó la espalda contra una mesa.
—No conviertas esto en una competición con una mujer que lleva siete años atrapada en el bosque.
Me molestó admitir que Edrik tenía parte de razón.
—No estoy compitiendo.
—Entonces pregunta de verdad.
Respiré despacio.
—¿Cómo era antes de la transformación?
Edrik pensó.
—Tenía una tienda con sus padres en Nael. Vendían telas, especias, algunas cosas traídas de Velaria. Sabía hacer cuentas más rápido que cualquiera del consejo. Odiaba montar a caballo. La mitad del viaje hasta aquí lo hizo insultando al animal y la otra mitad pidiendo perdón por haberlo insultado.
Sonreí sin querer.
—Eso no aparece en ningún retrato.
—Los retratos sirven para que la gente parezca importante. Sereth era bastante más divertida que su cuadro.
—¿Tenía familia?
—Sus padres murieron hace tres años. Una hermana vive en Asteria.
—¿Sabe lo que le ocurrió?
—Cree que murió.
—¿Por qué no le contasteis la verdad?
—Porque la verdad habría provocado que intentara venir a buscarla.
—Otra decisión tomada por alguien que quería protegerla.
Edrik inclinó la cabeza.
—Empiezo a entender por qué tú y Ravian discutís tanto.
—¿Porque los dos sois insoportables?
—Porque os parecéis más de lo que os gustaría.
No respondí. Él continuó:
—Cuando Sereth empezó a cambiar, pidió que su familia creyera que había muerto. Fue decisión suya.
Eso alteraba las cosas.
—¿Lo dejó escrito?
—Lo dejó escrito.
—Quiero verlo.
—Está en la torre occidental.
—La torre prohibida.
—Ahora entiendes una de las razones.
—Ravian dijo que allí hay cosas que pueden acelerar mi vínculo con las otras mujeres.
—Eso también.
—¿Qué clase de vínculo?
Edrik se rascó la cicatriz de la mandíbula.
—No soy la persona adecuada para explicarte magia.
—Eres la persona adecuada para decirme qué viste.
Me observó un instante.
—Las novias empiezan a encontrarse unas a otras. Sueñan lo mismo. Ven lugares que nunca han visitado. Reconocen objetos que pertenecieron a mujeres muertas décadas antes de que nacieran. Con Sereth ocurrió cerca del final.
—¿Y con Ravian?
—La conexión con él es distinta.
—¿En qué sentido es distinta?
—Más fuerte.
—Eso sigue siendo poco concreto.
—Sereth podía saber cuándo estaba en el castillo. A veces sabía si se había hecho daño. Una noche Ravian se cortó la mano entrenando y ella apareció en su puerta con vendas antes de que nadie se lo contara.
Sentí una incomodidad absurda.
—¿Estaban enamorados?
Edrik se tomó su tiempo.
—Se querían.
—Eso no contesta.
—Es la respuesta que tengo.
—¿Dormían juntos?
—Eso sí que no es asunto mío.
—Eres su mejor amigo. Claro que lo sabes.
—Saber algo no me obliga a contártelo.
Me crucé de brazos.
—Qué leales sois todos cuando la información me afecta a mí.
—No te afecta con quién se acostó Ravian hace siete años.
—Puede afectarme si la maldición obliga a las novias a enamorarse de él.
A Edrik se le borró la sonrisa.
—Nadie ha dicho eso.
—Acabas de explicar que existe un vínculo más fuerte con el heredero Corven.
—Vínculo no significa amor.
—¿Qué significa?
—Puede ser deseo, odio, miedo, dependencia o necesidad de acercarse. Las anteriores reaccionaron de formas distintas. No conviertas una maldición de un siglo en una historia romántica solo porque sería más fácil de entender.
La enumeración me dejó sin una réplica inmediata. Edrik se apartó de la mesa.
—Sereth y Ravian compartieron meses terribles. Lo que sintieran les pertenece. Si quieres saberlo, pregúntale a él.
—Ya sé cómo acabará esa conversación.
—Entonces tendrás que aprender a formular preguntas que no le permitan esconderse.
—¿Eso funciona?
—Con Ravian, a veces. Con Danah, nunca.
Una carcajada llegó desde el patio. Edrik miró hacia la puerta.
—Tengo que volver.
—Una pregunta más.
—Siempre dices eso y nunca es verdad.
—¿Por qué Sereth me llamó con la voz de Elin?
El humor desapareció de su cara.
—Porque quería que respondieras.
—Eso ya lo sé.
—La pregunta importante es cómo conoce esa voz.
—Ravian dice que la maldición sabe qué voz usar.
—Ravian lleva siete años diciendo eso porque no hemos encontrado una explicación mejor.
—¿Tú tienes otra?
—Las novias comparten cosas. Recuerdos, imágenes, sensaciones. Puede que Sereth no escuchara a Elin. Puede que la hayas escuchado tú a través de Sereth.
Me quedé mirándolo.
—Eso es peor.
—Lo sé.
—Gracias por no intentar tranquilizarme.
—Danah me ha enseñado bien.
Abrió la puerta. Antes de salir añadió:
—Mel, no vuelvas sola al bosque. Sereth se retiró porque Ravian apareció. Otro día puede que no lo haga.
—¿Por qué le obedece?
—No siempre le obedece.
—Hoy sí.
—Hoy te tuvo delante y eligió marcharse. Yo no asumiría que fue por él.
Lo vi regresar con sus hombres. Aquella última frase me acompañó hasta la galería. Sereth me había llamado. Me había perseguido.
También había tenido oportunidades de hacerme daño y no las aprovechó.
Tal vez quisiera acercarse por una razón que ninguno de ellos entendía.
O tal vez la parte de Sereth que aún recordaba quién era estuviera intentando contarme algo.
Regresé al retrato. La marca de arañazos seguía en el marco. Tres líneas cortas. Una larga. Pasé la yema del dedo por ellas.
—¿Qué estabas intentando decir?
Un cuervo graznó fuera de una ventana.
Pregunté sin esperar respuesta, aunque el cuervo decidió contestarme de otra forma.
El pájaro entró por una abertura alta, cruzó la galería y se posó sobre el marco de Sereth.
Me aparté.
—Vosotros tenéis una obsesión preocupante conmigo.
El cuervo picoteó la madera. Una vez sobre la primera línea. Otra sobre la segunda. Otra sobre la tercera.
Después saltó hasta la marca larga.
Cuatro.
—¿Cuatro qué?
El animal abrió las alas, voló hasta el retrato de Sera y se posó sobre él.
Miré la placa.
Sera.
Cuarta novia. Sentí que algo se ordenaba en mi cabeza. Volví al marco de Sereth. Tres líneas cortas y una larga.
Las marcas quizá no indicaban el número cuatro. Podían estar señalando a la cuarta.
Sera.
Me acerqué a su retrato.
Era una mujer de cabello rojizo, vestida con un traje azul oscuro lleno de pequeños bordados en los puños y el cuello. Recordé que Danah me había dicho poco de ella. Costurera. Ochenta y cuatro años atrás.
El cuervo picoteó uno de los bordados pintados.
—¿Qué quieres que vea?
El pájaro inclinó la cabeza. Miré más cerca. Las flores bordadas no eran todas iguales. Había seis en el puño derecho.
Cinco en el izquierdo.
Una de las flores de la derecha tenía el centro negro.
—Esto es ridículo. Estoy interpretando un cuadro con ayuda de un pájaro.
El cuervo graznó.
—No te ofendas.
Se marchó por donde había entrado. Me quedé delante de Sera. Los bordados parecían demasiado detallados para ser casuales. Recordé la torre occidental.
Allí guardaban objetos de las novias. Quizá también sus vestidos.
La puerta estaba prohibida porque contenía aquello que las conectaba.