CAPÍTULO 5 #3
La edad me sorprendió. En el retrato parecía incluso más joven.
—¿Estuvisteis casados?
—La ceremonia no llegó a celebrarse.
—¿Por qué?
—La transformación avanzó con una rapidez anormal.
—¿Cuánto tardó en completarse?
—Cuatro meses desde la aparición de la marca. Las últimas semanas apenas podía dormir. Oía voces, veía cosas que los demás no veíamos y empezó a salir del castillo por las noches.
Recordé los pies desnudos sobre la nieve.
—¿Ya podía usar voces ajenas?
—Al final sí.
—¿De dónde las saca?
Edrik respondió:
—No lo sabemos.
—Ha usado la de mi hermana. Elin está a varios días de aquí.
Ravian se volvió hacia mí.
—La maldición sabe qué voz puede conseguir que escuches.
—¿La maldición piensa?
—En cierta forma.
—¿Y quién decide qué hace Sereth? ¿Ella o esa cosa?
Ravian tardó demasiado en contestar.
—Las dos.
Me apoyé en el respaldo.
—Eso no significa nada.
—Sereth conserva momentos de lucidez. Algunos duran segundos. Otros, más tiempo. También tiene impulsos que no controla.
—¿Como atacarme?
—Como acercarse a ti.
—No parecía acercarse para darme la bienvenida.
—Si hubiese querido matarte, habría intentado hacerlo antes de que llegara.
—Qué alivio.
Edrik se inclinó hacia delante.
—Mel, lo que has visto hoy no es todo lo que puede hacer.
—Por eso estoy aquí sentada preguntando.
Ravian se quitó el guante izquierdo. Esa mano era normal. Lo dejó sobre la mesa.
—Sereth forma parte de la maldición. Está ligada a estas tierras, igual que las otras. No puede alejarse demasiado del castillo y no envejece como nosotros.
—¿Todavía necesita comer?
La pregunta pareció sorprenderlos.
—A veces —respondió Edrik.
—¿Y puede dormir?
—No de la forma habitual —dijo Ravian.
—¿Habla contigo?
Él me miró como si pudiera decidir ignorarme.
—Algunas noches.
—¿Con su voz?
—Cuando recuerda usarla.
Miré la chimenea. Había algo terriblemente humano en aquella respuesta.
—¿Se puede recuperar?
Ravian evitó responder con un sí o con un no.
—Llevamos siete años buscándolo.
—¿Nosotros quiénes?
—Danah. Edrik. Yo. Varias personas que ya no están en Nocthar.
—¿Y el consejo?
Ravian dejó de mirar la chimenea.
—Mi tío, Vaelor, conoce la maldición.
—Te he preguntado quién intenta romperla.
—No trabaja para romperla.
Edrik cogió otra vez la taza.
—Esa conversación te encantará cuando llegue.
Ravian le lanzó una mirada.
—No es el momento.
—Cada vez que alguien dice eso en este castillo, descubro que significa que hay otro secreto —dije.
—Significa que llevas dos días aquí y ya has entrado en un bosque prohibido, has respondido a una voz y casi obligas a Sereth a atacarte.
—No vi ningún cartel de bosque prohibido.
—Había una cadena en la puerta.
—La cadena estaba rota.
—Porque Sereth la rompió.
—Entonces tendríais que comprar cadenas mejores.
Edrik se atragantó con la bebida. Ravian aguantó mi mirada.
—¿Te parece divertido?
—No. Me parece que llevo desde que llegué intentando conseguir una conversación completa y vosotros seguís dándome trozos. Si quieres que siga las reglas, explícame para qué sirven.
—La regla de medianoche evita que salgas cuando las novias se acercan más al castillo. La torre occidental contiene lugares que pueden acelerar tu vínculo con ellas. Y responder cuando usan tu nombre les facilita encontrarte.
—Eso último habría sido útil saberlo antes.
—Danah te dijo que no respondieras.
—Sin explicación.
—Esperábamos que fuera suficiente.
—Pues esperabais mal.
Ravian apoyó ambas manos sobre la mesa. El guante derecho crujió ligeramente.
—No estás en tu casa, Mel.
—Me he dado cuenta. En mi casa las puertas permanecen donde las dejamos.
Edrik se levantó.
—Creo que este es el momento en el que recuerdo que tengo soldados que supervisar.
—Siéntate —ordenó Ravian.
—De repente me parece que trabajan perfectamente solos.
—Edrik.
El capitán volvió a sentarse con resignación. Yo seguí mirando a Ravian.
—¿Qué le pasa a tu mano?
La pregunta cortó la discusión. Él retiró las manos de la mesa.
—Nada que importe ahora.
—La he visto.
—Entonces sabes que no es algo agradable.
—Quiero saber si tiene relación con Sereth.
—Tiene relación con mi familia.
—¿También estás maldito?
Edrik resopló. Ravian lo ignoró.
—Desde que nací.
La franqueza me dejó sin réplica.
—¿Desde que naciste?
—Desde que nací.
—¿Vas a convertirte en lo mismo que ellas?
—No me convertiré en lo mismo.
—¿En otra cosa?
—Es probable.
El tono tranquilo consiguió inquietarme más que cualquier dramatismo.
—¿Y cuánto tiempo tienes?
—No funciona así.
—Todo parece funcionar con plazos aquí.
—Mi transformación depende de cuánto use la corona, de la intensidad de cada elección y de otras cosas que aún no comprendemos.
—¿Qué corona?
Ravian guardó silencio un momento. Edrik cerró los ojos.
—Magnífico —murmuró.
—¿Qué corona? —repetí.
Ravian cogió el guante que había dejado sobre la mesa.
—La que mantiene a las novias dentro de estas montañas.
—¿La llevas puesta?
—Ahora mismo no la llevo.
—¿Dónde está?
—A salvo.
—¿A salvo dónde?
—Es la única que tendrás hoy.
Me levanté.
—Entonces hemos terminado.
—Cuando quieras que siga siendo la novia obediente del Rey Cuervo, recuerda que me has contado que existe una corona capaz de controlar a doce mujeres y has decidido ocultarme dónde está. Seguro que eso genera muchísima confianza.
Caminé hacia la puerta.
—No vuelvas al bosque —dijo Ravian.
Me giré.
—No vuelvas a tratarme como si tuviera cinco años.
—No lo hago.
—Pues disimulas fatal.
Salí.
Danah estaba apoyada en la pared del corredor.
—¿Estabas escuchando desde fuera?
—Las paredes son finas cuando gritáis.
—Yo no he gritado.
—Entonces tienes una voz que viaja muy bien.
Empecé a caminar. Danah se puso a mi lado.
—¿Adónde vas?
—A la galería.
—No te conviene obsesionarte con los retratos.
—Tengo doce mujeres vivas a las que todo el reino llama muertas. Creo que puedo permitirme mirar sus caras.
Llegamos a la galería. Mi lienzo había cambiado.
Las formas oscuras del borde inferior eran ya dos zapatos pintados con un detalle inquietante. Encima empezaba a aparecer el dobladillo de un vestido negro.
Me acerqué.
—Ese no es el vestido que llevo.
Danah observó el cuadro.
—Nunca pinta lo que llevas puesto ese día.
—¿Qué pinta?
—Lo que cree que vas a llevar al final.
Me volví hacia ella.
—¿Al final de qué?
Danah tardó unos segundos.
—De la elección.
Miré otra vez el vestido negro, largo y todavía sin cuerpo.
—¿Los otros retratos también se pintaron solos?
—También se pintaron solos.
—¿Y se completaron antes de que cambiaran?
—Siempre terminaron antes que ellas.
—Entonces esto es un reloj.
Danah no intentó suavizarlo.
—Más o menos.
Me acerqué al retrato de Sereth.
Su vestido era gris claro. El mismo que había visto en el bosque.
—¿Ella eligió esa ropa?
—La última semana. Dijo que no quería morir de blanco.
—No está muerta.
—Sereth habría discutido contigo sobre eso.
Toqué el marco.
Había una pequeña placa dorada debajo con su nombre y el año de llegada.
—Quiero saber quién era.
—Ya sabes algunas cosas.
—Quiero saberlas todas.
Danah me observó.
—Ravian no te lo permitirá todavía.
—No le he pedido permiso.
—Eso también me lo imaginaba.
Se marchó.
Me quedé sola con las doce mujeres y mi vestido negro creciendo sobre un lienzo.
Entonces vi algo que no había observado antes.
En la esquina inferior del retrato de Sereth había una pequeña mancha clara, casi oculta por el marco.
Me agaché.
Al mirar de cerca descubrí un arañazo en la madera.
Tres líneas cortas y una más larga parecían arañadas con una uña o una garra.