La novia del Rey Cuervo CAPÍTULO 5 #2
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CAPÍTULO 5 #2

Sereth dio un paso hacia mí.

—Mel, ven.

La voz de mi hermana era perfecta.

Hasta el pequeño quiebro que hacía cuando estaba a punto de reír.

Apreté los dientes. Sereth avanzó.

Debajo del vestido, sus pies no dejaban ya marcas humanas. Las huellas eran demasiado estrechas, con dedos alargados que se hundían en la nieve como garras.

—Mel.

Guardé silencio al oír un crujido detrás de mí.

Me giré. Tres cuervos ocupaban una rama baja.

Cuando volví a mirar a Sereth estaba más cerca.

Mucho más.

Vi las plumas negras que nacían de la piel de su cuello.

Mi cuerpo eligió por mí. Eché a correr.

La nieve dificultaba cada zancada. Resbalé una vez, recuperé el equilibrio apoyando una mano en un tronco y seguí hacia la puerta del muro.

No escuchar a Sereth detrás me preocupó más que si hubiera corrido tras de mí.

Los cuervos volaron sobre mi cabeza. Uno graznó. Otro bajó hasta casi rozarme el pelo.

—¡Ya sé dónde está la puerta!

El pájaro volvió a pasar. Miré hacia delante. La puerta de hierro había desaparecido.

Frené.

El muro estaba allí. Piedra continua.

Recorrí varios metros hacia la derecha y luego hacia la izquierda.

No había puerta.

—Esto no tiene gracia.

Una rama se rompió a mi espalda. Sereth se encontraba entre los árboles. Ya no sonreía.

La cabeza estaba inclinada hacia un lado en un ángulo que me obligó a mirar dos veces. El cabello se había apartado de su cuello y dejaba ver más plumas negras, apretadas contra la piel.

Alzó una mano. Los dedos parecían más largos que antes.

—Mel.

La voz seguía siendo la de Elin.

Busqué cualquier cosa que pudiera usar como arma. Encontré una rama caída, demasiado húmeda y delgada, pero la sujeté igual.

Sereth avanzó.

—No pienso ir contigo.

Contesté antes de recordar la regla. Había respondido. Sereth abrió la boca.

El sonido que salió no pertenecía a mi hermana.

Tampoco a una mujer. Los cuervos levantaron el vuelo al mismo tiempo. Me tapé los oídos. La marca de mi muñeca ardió.

El dolor me hizo soltar la rama. Sereth se abalanzó hacia mí. Una sombra negra cruzó entre las dos.

El impacto la lanzó contra un árbol. Yo caí de espaldas en la nieve. Durante un segundo solo vi alas.

Después distinguí a un hombre. Ravian estaba entre Sereth y yo. No sabía de dónde había salido.

Llevaba el abrigo abierto, sin capa y con la espada desenvainada. Un guante había desaparecido.

Su mano derecha estaba desnuda.

La mano había perdido buena parte de su aspecto humano. Las uñas se habían alargado y oscurecido, y la piel de los dedos tenía un tono grisáceo que subía hasta la muñeca.

Sereth se incorporó. Ravian levantó la espada.

—Atrás.

Ella lo miró.

Su boca se abrió mostrando unos dientes demasiado afilados.

—Ravian —dijo.

Esta vez empleó su propia voz. Él no se movió.

—Vuelve al bosque.

Sereth miró por encima de su hombro hacia mí.

Sus ojos negros se clavaron en los míos. Sereth retrocedió dos pasos. La oscuridad entre los árboles pareció absorberla.

Cuando desapareció, Ravian bajó la espada. Yo seguía sentada en la nieve.

—Supongo que ahora vas a decirme que te desobedecí.

Se volvió. Tenía la cara más pálida de lo normal.

—Ahora mismo estoy decidiendo por dónde empezar.

—Puedes empezar ayudándome a levantarme.

Ravian miró su mano desnuda. La escondió dentro del abrigo.

—Levántate sola.

Me irritó incluso con las piernas entumecidas.

—Qué caballeroso.

—Mel, levántate.

El tono bastó. Me puse en pie.

La puerta de hierro había vuelto a aparecer a unos diez metros.

Me quedé mirándola.

—Antes no estaba ahí.

—Sí estaba.

—Te aseguro que sé reconocer una puerta.

—El castillo y sus terrenos no siempre permiten que veas lo que tienes delante.

—Otra información que habría sido útil ayer.

Ravian guardó la espada.

—Volvamos dentro.

—Quiero saber qué le pasó a Sereth.

—Y yo quiero que dejes de perseguir mujeres malditas por un bosque sin abrigo.

—Parece que hoy ninguno va a conseguir todo lo que quiere.

Guardó silencio unos segundos, sin apartar la atención de mí.

Había nieve en su cabello. Respiraba a tirones, aunque intentaba ocultarlo.

La mano seguía escondida.

—Dentro —dijo.

Lo obedecí porque acababa de ver los dedos de Sereth convertirse en garras y todavía sentía su voz de animal dentro de la cabeza. Su condición de rey no tuvo nada que ver.

Danah nos esperaba en la galería con la expresión de quien estaba a punto de decidir si curarme o matarme ella misma.

Edrik estaba a su lado.

—La encontramos —dijo Ravian.

—Ya lo veo —respondió Danah—. También veo que lleva el vestido empapado y medio bosque pegado a las botas.

Me miré. Tenía barro hasta las rodillas.

—La naturaleza de Nocthar es acogedora.

—Cállate y ven conmigo.

—Preferiría hablar con Ravian.

—Preferirías conservar los dedos de los pies.

Edrik apartó la mirada para que no viera que se estaba riendo.

—Tú tampoco ayudas —le dijo Danah.

—No he dicho nada.

—Te conozco la cara.

Ravian hizo un gesto hacia la escalera.

—Que se cambie. Después hablaremos.

—Puedo decidir cuándo necesito cambiarme.

Danah me agarró por el codo.

—Y yo puedo decidir cuánto tardas en coger una fiebre. Vamos.

Tuve que escoger entre discutir con tres personas o aceptar que la falda se me había pegado a las piernas. Subí con ella.

Mientras me ayudaba a quitar las botas, le conté lo ocurrido. Danah dejó de hacer comentarios cuando mencioné los ojos de Sereth. Al hablar de la voz de Elin, me obligó a repetir palabra por palabra lo que había dicho.

—Te llamó tres veces antes de que respondieras.

—Fueron cuatro veces.

—¿Y contestaste a la cuarta?

—Le dije que no pensaba ir con ella.

Danah contó hasta tres antes de responder.

—La regla era sencilla.

—La regla también habría sido más fácil de cumplir si alguien me hubiera explicado que una de las antiguas novias podía copiar voces.

—Si te hubiera contado todo lo que puede ocurrir aquí, habrías pensado que estaba loca.

—Ahora pienso que todos estáis locos y además me habéis dejado sin información.

Me tendió una camisa seca.

—Póntela.

—Danah.

—Quiero respuestas.

—Y las tendrás. La diferencia entre tú y yo es que yo quiero que las escuches sin tiritar.

No había forma de discutir con eso sin parecer idiota.

Me cambié.

Danah revisó la marca antes de dejarme bajar. La piel alrededor estaba roja y caliente. La línea negra había crecido casi un dedo desde la mañana.

—Ha reaccionado al contacto con Sereth.

—No llegó a tocarme.

—No necesita hacerlo.

—¿Entonces a qué reacciona?

Danah volvió a cubrirme la muñeca.

—A demasiadas cosas.

—Esa frase empieza a cansarme.

—Imagínate llevar más de veinte años diciéndola.

Me quedé inmóvil.

—¿Desde Talia?

—Desde Talia. Y no se ha vuelto una frase mejor con el tiempo.

Danah calentó agua en una palangana y empezó a limpiar los arañazos de mis manos. Lo hizo con tanta fuerza que sospeché que parte del tratamiento era un castigo.

—Puedo hacerlo yo.

—También podías quedarte dentro del castillo.

—Ese argumento va a durar semanas, ¿verdad?

—Si sobrevives, quizá meses.

La dejé trabajar. Tenía barro debajo de las uñas y una pequeña herida en la palma que no recordaba haberme hecho. Danah la observó de cerca antes de cubrirla con un ungüento que olía a resina.

—¿La cuidaste a ella?

Sus manos se detuvieron.

—A Sereth.

—A Sereth, sí.

—¿Desde que llegó?

—Desde el segundo día. El primero me dijo que no necesitaba a una mujer siguiéndola a todas partes.

—Me cae mejor cada vez.

—Al tercer día se perdió intentando encontrar las cocinas. Después dejó que la acompañara.

Danah continuó vendando mi mano.

—Cuando empezó a cambiar, dormíamos por turnos. Ella odiaba que la vigilaran, así que fingíamos que estábamos allí para mantener el fuego encendido. Algunas noches hablábamos hasta que amanecía.

—¿De Ravian?

—De muchas cosas. De sus padres, de la tienda, de lo mucho que detestaba la nieve. También de Ravian.

—¿Qué decía?

Danah alzó los ojos hacia mí.

—Lo mismo que tú. Que era insoportable.

—Eso confirma que era inteligente.

La sonrisa de Danah duró poco.

—Sereth fue perdiendo recuerdos. Al principio olvidaba nombres de personas que apenas conocía.

Luego dejó de recordar cómo olía la tienda de sus padres.

Una noche me preguntó si tenía hermana. Dos días después volvió a recordarla y pasó horas llorando porque se había dado cuenta de que podía perderla otra vez.

El calor de la habitación empezó a molestarme.

—¿Las otras también olvidaron?

—Todas. No al mismo ritmo.

—¿Por eso guardas sus cosas?

Danah terminó el vendaje.

—Un objeto puede devolver una tarde, una voz o una costumbre. No siempre funciona, aunque prefiero tener algo que intentar.

—¿Y cuando se transforman del todo?

—Seguimos intentándolo.

Pensé en Sereth en la nieve, en la forma en que había pronunciado la voz de Elin y en aquellos dedos que ya no parecían dedos.

—¿Te reconoce?

Danah se levantó para guardar el ungüento.

—Algunas veces.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque cuando me acerco demasiado nunca me ataca a la cara.

Me quedé helada. Danah vio mi expresión.

—No pongas esa cara. Hace años que aprendí a aceptar muestras de cariño bastante extrañas.

—Eso no es cariño.

—Tú acabas de conocerla. Yo prefiero quedarme con mi interpretación.

Preferí no discutir y Danah recogió la ropa mojada para dejarla en un cesto.

—Ahora ve a hablar con Ravian. Está esperando desde que entramos.

—¿Y tú?

—Voy a decidir cuánta sopa necesitas para compensar tu estupidez.

—Eso suena a amenaza.

—Lo es.

Lo encontré en una sala que daba al patio norte. Había una mesa, cuatro sillas y una chimenea encendida. Ravian estaba de pie junto a la ventana. Se había puesto otro guante.

Edrik ocupaba una silla con una taza en la mano.

—Pensaba que hablaríamos solos —dije.

—Yo también —respondió Edrik—. Luego recordé que me pagan por impedir que el rey tome malas decisiones.

—No te pagan por eso —dijo Ravian.

—Entonces llevo años haciendo trabajo gratis.

Me senté frente a él.

—Quiero saber qué es Sereth.

Edrik dejó la taza. Ravian permaneció junto a la ventana.

—Fue la última elegida antes que tú.

—Eso ya lo sé.

—Llegó aquí hace siete años. Tenía veinticuatro.