CAPÍTULO 5
Dormí mal y desperté peor. El castillo tenía la culpa de ambas cosas.
Durante la noche había oído pasos dos veces en el corredor.
Pasos lentos, arrastrados, que se detenían delante de mi puerta y continuaban al cabo de unos segundos.
La segunda vez me levanté, apoyé la oreja contra la madera y esperé.
No escuché respiración ni el roce de una tela.
Únicamente el sonido de unas pisadas alejándose hacia la escalera.
Por la mañana pregunté a Danah si alguien había pasado por allí.
—Hay gente trabajando a todas horas.
—La gente que trabaja suele tener algún motivo para caminar. Quien estuvo fuera de mi habitación parecía contar las baldosas.
Danah dejó una bandeja sobre la mesa. Pan oscuro, mantequilla, un cuenco pequeño de manzanas cocidas y una taza de leche caliente con especias.
—Come.
—Esa respuesta no tiene relación con mi pregunta.
—Tiene relación con que llevas media mañana despierta y no has probado nada.
Me senté porque discutir con ella antes de desayunar parecía una forma poco elegante de perder.
La marca de mi muñeca había dejado de avanzar. Al menos eso creía. La línea negra mantenía el mismo tamaño que la noche anterior, y el dolor se había convertido en una molestia constante, parecida a la de un golpe mal curado.
Danah la revisó sin pedirme permiso. Empezaba a reconocer aquella costumbre del castillo.
—Hoy está tranquila.
—Me alegra saber que mi brazo se encuentra de buen humor.
—Haz bromas mientras puedas.
La miré por encima de la taza.
—Tú también tienes una forma extraña de tranquilizar a la gente.
—Nunca he dicho que quiera tranquilizarte.
Se acercó a la ventana y apartó un poco la cortina. Nevaba con calma. El patio interior aparecía cubierto por una capa limpia que dos hombres retiraban de los escalones con palas de madera.
—El rey ha pedido que permanezcas en estas dependencias durante la mañana.
—¿Pedido u ordenado?
—Con Ravian suele ser difícil distinguirlo.
—Pues dile que conmigo va a tener que aprender.
Danah dejó caer la cortina.
—Puedes decírselo tú durante la comida.
—Eso haré.
—Me lo imaginaba.
Antes de que pudiéramos seguir discutiendo, Lessa entró con un montón de ropa limpia y una noticia que parecía quemarle la lengua.
—Han llegado tres carros de Velaria.
Danah la miró.
—Y eso te parece relevante porque…
—Traen naranjas.
La noticia produjo en la mujer mayor un alivio desproporcionado.
—Gracias, Lessa. El reino puede dormir tranquilo.
Cuando la muchacha se marchó, me reí.
—¿Naranjas en pleno invierno?
—En invierno llegan pocas. La cocina se vuelve absurda cuando aparecen.
—Quiero verlas.
—Acabas de escuchar que el rey ha pedido que permanezcas aquí.
—Ha pedido. No ha encadenado la puerta.
Danah me conocía lo suficiente para entender que aquella conversación estaba perdida.
—Cinco minutos. Patio de servicio. No te apartas de mí.
El patio trasero del castillo tenía poco que ver con la solemnidad de la entrada principal. Allí se amontonaban barriles, haces de leña y sacos de grano. Dos hombres discutían sobre una rueda rota mientras un cocinero inspeccionaba cajas de fruta como si estuviera recibiendo joyas.
El olor de las naranjas se notaba incluso antes de abrirlas y bastó para llevarme a casa. Mi madre compraba dos cada invierno si el precio no era ridículo. Elin y yo las dividíamos en gajos exactos porque ninguna estaba dispuesta a conceder uno de más.
El cocinero me vio mirar.
—¿Quiere una?
Danah abrió la boca para protestar.
—Quiero dos.
El hombre sonrió y me entregó las frutas.
—Una es para mi hermana —expliqué.
—Llegará podrida si piensas mandársela al sur —dijo Danah.
—Entonces me comeré las dos y le contaré que eran horribles.
Caminamos junto a las caballerizas. Un mozo estaba cepillando al caballo que había montado en el último tramo hasta Nocthar. El animal me reconoció y estiró el cuello.
—Al menos alguien aquí se alegra de verme.
—Le diste media manzana durante el viaje —dijo Danah—. Su afecto tiene precio.
—Como el de casi todos.
Me salió más amarga de lo que pretendía. Danah lo notó y no comentó nada.
Desde aquel patio se veía la ciudad más abajo. Las chimeneas habían cubierto el valle con una neblina azulada. Sonaban campanas, carros y el martillo de alguna herrería. Más allá de las murallas empezaba el bosque donde Sereth seguía existiendo de una forma que todavía no podía imaginar.
Miré las dos naranjas que llevaba en las manos.
—¿Las novias podían bajar a la ciudad?
—Hasta que los síntomas empeoraban.
—¿Sereth lo hizo?
—Varias veces.
—¿La gente sabía quién era?
—Todo el mundo sabía quién era.
—¿Y la trataban como me trataron al llegar?
Danah tardó en contestar.
—Al principio. Luego la conocieron.
—¿Eso ayudó cuando desapareció?
—Lo hizo peor.
Un carro cruzó el arco de servicio. Danah me tomó del brazo y me apartó de las ruedas.
—Volvamos arriba.
—Solo han pasado tres minutos.
—Acabas de demostrar que puedes convertir una visita por naranjas en un interrogatorio sobre una mujer maldita. Has agotado tu permiso.
De vuelta en mis habitaciones, pasé el resto de la mañana intentando leer un libro que había encontrado en una estantería.
Trataba sobre las rutas comerciales del norte.
En condiciones normales habría sido aburrido.
Aquel día consiguió parecerme una obra maestra porque era la única cosa en mi habitación que no hablaba de maldiciones, novias muertas ni cuervos.
A media página, alguien arañó el cristal. Levanté la cabeza.
Un cuervo negro, grande y empapado de nieve estaba posado en el alféizar exterior y me observaba.
—No pienso abrirte —le dije.
El pájaro inclinó la cabeza.
—Y tampoco voy a responder si resulta que sabes hablar con la voz de mi hermana.
Golpeó el cristal con el pico. Una vez. Me levanté. El cuervo volvió a golpear.
—Danah dice que no habláis.
Otro golpe.
—Puede que se haya olvidado de mencionar que sois insoportables.
El animal abrió las alas y desapareció.
Observé el espacio vacío. Desde mi ventana se veía una parte de los jardines inferiores, limitados por un muro y por una línea de árboles que descendía hacia la ciudad. Más allá, las montañas parecían acercarse al castillo cada vez que las nubes bajaban.
Algo se movió entre los árboles. Pensé que era un ciervo hasta que la figura reapareció unos metros más adelante.
Era una mujer que caminaba descalza sobre la nieve.
Me acerqué tanto al cristal que el frío me tocó la frente.
Llevaba un vestido claro, demasiado fino para aquel tiempo. La tela rozaba el suelo y se ensuciaba en el borde. Su cabello, claro y largo, caía sobre la espalda.
Caminaba despacio, con la seguridad de quien conoce el camino.
Avanzaba hacia el extremo del jardín, allí donde el muro se unía a la ladera.
La reconocí antes de verle la cara.
Sereth.
Conocía su retrato lo suficiente para no confundirla.
Abrí la ventana.
El aire entró en la habitación y apagó una de las velas.
—¡Espera!
La mujer se detuvo. Recordé la tercera regla justo después de gritar.
La tercera regla me volvió a la cabeza, tarde: jamás debía responder a una voz llegada del exterior.
Yo no había escuchado mi nombre. La norma no decía nada sobre llamar a los muertos.
Sereth giró despacio.
Desde aquella distancia no distinguí sus facciones, pero sentí que me miraba.
Luego alzó una mano.
No supe si saludaba o me pedía que fuera con ella.
Cerré la ventana y salí de la habitación. El corredor estaba vacío.
Danah me había dicho que no abandonara mis dependencias después de medianoche. Eran casi las once de la mañana. Ravian me había pedido que me quedara dentro durante la mañana, aunque aquello no formaba parte de las tres reglas.
Podía soportar que el rey se enfadara.
Lo que no podía soportar era mirar otra vez el retrato de Sereth sabiendo que había visto a la mujer caminando fuera.
Bajé dos plantas, crucé una galería y tardé más de lo previsto en encontrar una salida hacia los jardines. El castillo estaba lleno de puertas idénticas y escaleras que parecían colocadas para fastidiar a cualquiera que acabara de llegar.
Cuando alcancé el exterior, la nieve me entró por las botas.
—Magnífico. Y sin abrigo.
Había salido sin abrigo. Lo sensato habría sido regresar a por él, pero continué.
Las huellas de Sereth aparecían con claridad: pies desnudos y pequeños marcados en la nieve reciente.
Las seguí bordeando un seto muerto por el invierno. El jardín se extendía más de lo que parecía desde arriba. Había estatuas cubiertas con lonas, bancos de piedra y árboles desnudos cuyos troncos habían sido pintados con una mezcla oscura para protegerlos del frío.
Las huellas se dirigían hacia el muro.
Al llegar a la última hilera de árboles encontré una puerta de hierro entreabierta.
Me detuve. El muro separaba los jardines del bosque.
La puerta llevaba una cadena rota que colgaba a un lado.
Sereth había cruzado. Dentro del castillo, alguien hizo sonar una campana.
La campana podía significar cualquier cosa. Aun así, atravesé la puerta.
El bosque apagó buena parte del ruido del castillo. La nieve estaba más alta allí, protegida del viento. Las ramas cargadas formaban techos bajos y cada paso hundía mis botas hasta los tobillos.
Las huellas continuaban.
A unos cincuenta metros vi otra vez el vestido claro.
—¡Sereth!
La mujer siguió caminando.
Aceleré.
—Sé quién eres.
Se detuvo junto a un árbol enorme. Yo también.
La distancia entre las dos sería de veinte pasos.
Sereth empezó a girarse y reconocí el perfil del retrato, la nariz recta y la boca pequeña.
Cuando terminó de mirarme, vi unos ojos completamente negros, sin blanco, iris ni pupila.
Retrocedí un paso. Sereth sonrió.
La expresión habría resultado amable en cualquier otra cara. En la suya consiguió que olvidara el frío.
—Mel.
Entre el eco de aquella voz me llegó un nombre que no había pensado: Vaerra. Lo oí dentro de la cabeza. Volví a buscar el rostro de Sereth.
Mi nombre salió de su boca con la voz de Elin.
Me quedé inmóvil.
La regla volvió con una claridad irritante: si escuchaba mi nombre desde fuera, no debía responder.