La novia del Rey Cuervo CAPÍTULO 4 #3
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CAPÍTULO 4 #3

Los nombres estaban grabados en pequeñas placas: Aveline, Nadia, Evelia, Sera, Adria, Liora, Dunia, Nara, Odelle, Lysandra, Talia y Sereth.

Me detuve ante Dunia.

El retrato mostraba a una mujer morena de unos treinta años sentada junto a un telescopio. Tenía tinta en dos dedos y una expresión seria.

—Parece enfadada.

—Lo estaba casi siempre.

Giré la cabeza hacia Danah.

—Hablas como si la hubieras conocido.

—Conocí a Talia y a Sereth. De las demás quedan diarios, objetos, historias.

—Dijiste que habías visto varias elecciones.

—Vi las consecuencias de Talia cuando ya era adulta. Sereth llegó cuando yo ya trabajaba aquí.

Seguí hasta el último retrato.

Sereth.

Tenía el cabello claro recogido de forma sencilla. Nada en ella parecía una futura reina. El pintor había captado cierta insolencia en la manera de levantar la barbilla.

Me acerqué.

—¿Ravian la quiso?

Danah tardó un poco en contestar.

—Sí, la quiso.

La sinceridad me incomodó más de lo que esperaba.

—¿Como esposa?

—Como persona. Lo demás les pertenecía a ellos.

—Eso es una forma elegante de no responder.

—Hay preguntas que dejan de pertenecerte cuando la persona sobre la que preguntas ya no puede contestar.

Acepté la reprimenda.

Al final de la galería había un decimotercer marco.

Estaba vacío. Me acerqué. El lienzo estaba preparado, completamente blanco.

—Trece —dije.

Danah fingió no haberme oído.

—Hay doce mujeres y trece marcos.

—Sé contar.

—Me alegra. Explícamelo.

—Ese lienzo lleva ahí muchos años.

—¿Para quién?

—Para la siguiente.

Sentí un impulso absurdo de reír.

—Qué detalle tan acogedor.

—Los Corven tienen una relación complicada con la decoración.

Toqué el borde del marco. La madera estaba fría.

—¿Van a pintarme?

—Si Ravian lo ordena.

—¿Lo hizo con Sereth?

—El retrato empezó antes de que nadie trajera un pintor.

Aparté la mano.

—¿Qué has dicho?

Danah miró el lienzo vacío.

—Sereth llevaba seis días aquí cuando apareció el fondo. Dos semanas después, alguien había pintado sus manos.

—¿Quién pintaba el lienzo?

—Nunca encontramos a nadie.

—¿Y os pareció razonable dejar el cuadro colgado?

—Intentamos quemarlo.

—¿Qué pasó?

—A la mañana siguiente volvió a estar aquí.

Mi atención regresó al lienzo.

—Esto tendrías que haberlo incluido en las reglas.

—No puedes romper una regla relacionada con un cuadro.

—Puedo intentarlo.

Danah me agarró suavemente del codo y me apartó.

—No lo toques más.

—¿Por qué me has traído aquí?

—Porque querías respuestas.

—Esto son doce preguntas nuevas.

—Entonces ha sido una visita productiva.

Se volvió hacia la salida. Yo permanecí unos segundos frente al lienzo. En una esquina inferior vi algo. Una mancha gris. Me incliné.

—Danah.

Ella regresó.

—¿Qué ocurre?

Señalé la esquina.

La mancha tenía el tamaño de una moneda. Parecía pintura todavía húmeda.

Danah acercó un dedo sin tocarla. Su cara perdió color.

—Ayer estaba blanco.

—¿Estás completamente segura?

—Lo miro cada mañana.

—Entonces alguien ha empezado.

La falta de respuesta me bastó.

Salimos de la galería mucho más deprisa de lo que habíamos entrado.

Ravian nos esperaba al final del corredor. Llevaba guantes otra vez. Al ver la expresión de Danah se detuvo.

—¿Qué ha pasado?

—El retrato.

Ravian esperó mi reacción.

—¿Qué ocurre con él?

—Ha empezado.

Durante un momento, el rey pareció olvidar que yo estaba allí.

—¿Cuánto ha aparecido?

—Una mancha. La esquina inferior.

—Demasiado pronto.

Me interpuse cuando intentó pasar hacia la galería.

—¿Alguien quiere explicarme por qué una mancha de pintura os asusta más que una mujer que oye voces?

Ravian bajó la vista hacia mí.

—Porque con Sereth apareció al sexto día.

—Llevo aquí menos de uno.

—Eso mismo.

—¿Qué significa?

—Que tu proceso avanza deprisa.

—Sigues llamándolo proceso como si fuera una enfermedad.

—Ojalá lo fuera.

—Entonces ponle un nombre.

Ravian permaneció callado. Lo vi elegir entre mentirme y marcharse.

—Maldición —dijo al fin.

La palabra cayó entre nosotros con una sencillez que la hizo peor.

—¿Qué maldición?

—La de mi familia.

—¿Por eso mueren las novias?

Danah miró a Ravian. Él tardó en contestar.

—Por eso desaparecen.

—¿Dónde están?

—Todavía no puedo enseñártelo.

—¿No puedes o no quieres?

—Las dos cosas.

Me aparté de él.

—Ayer me dijiste que tenía derecho a saber.

—Y lo tienes.

—Pues empieza a comportarte como si fuera verdad.

Ravian miró a Danah.

—Déjanos.

Ella dudó.

—Ravian.

—Estaré bien.

Danah se marchó. Me crucé de brazos.

—Te escucho.

Ravian señaló una puerta lateral.

—No aquí.

Entramos en una sala pequeña llena de mapas. Cerró la puerta.

—La mujer que viste en el retrato de Sereth no está enterrada —dijo.

—Eso ya lo sé.

—Tampoco está viva de la forma que entiendes esa palabra.

Sentí que la habitación se enfriaba aunque el brasero estaba encendido.

—Explícalo mejor.

—La maldición cambia a las mujeres elegidas. Empieza con sueños, voces, la marca. Después llegan otros síntomas.

—¿Qué otros síntomas llegan?

—Los conocerás si no conseguimos frenarlo.

—Eso es una amenaza disfrazada de respuesta.

—Es lo más exacto que puedo darte ahora.

—¿Se convierten en qué?

Ravian apretó una mano dentro del guante.

—En algo que no puede abandonar estas montañas.

—¿Terminan convertidas en cuervos?

—No exactamente.

—¿Y Sereth está ahí fuera?

—Sigue ahí fuera.

Me costó encajar la respuesta.

—¿Las doce?

Ravian sostuvo mis ojos.

—Todas siguen aquí.

La galería quedó de repente demasiado cerca, con sus doce rostros y doce nombres pertenecientes a mujeres que el reino consideraba muertas.

—¿Y tú las mantienes aquí?

—Yo intento impedir que salgan.

—Eso suena peor.

—Lo sé.

—¿Por qué no me lo contaste ayer?

—Porque acababas de llegar, tu marca ya avanzaba y habías pasado una noche oyendo la voz de tu hermana. Necesitaba saber cuánto tiempo teníamos.

—¿Y cuánto tenemos?

Ravian miró hacia la ventana.

—Con Sereth fueron cuatro meses desde la aparición de la marca hasta que dejó de ser ella misma.

—¿Y conmigo?

—Si el retrato está empezando hoy, no puedo prometerte cuatro.

La rabia me ayudó a pensar.

—Entonces dejamos de perder el tiempo.

Ravian volvió la cara hacia mí.

—¿Qué propones?

—Que me enseñes todo lo que sabes y dejemos de fingir que protegerme consiste en mantenerme ignorante.

Su expresión se tensó de una forma distinta.

—Eso suena razonable.

—Me alegra que el rey lo apruebe.

—No lo apruebo.

—Acabas de decir que era razonable.

—También es peligroso.

—Ya estoy prometida a un hombre cuya familia convierte mujeres en criaturas y tengo un retrato que se pinta solo. Creo que hemos superado el momento de evitar riesgos pequeños.

La comisura de su boca se movió, sin llegar a convertirse en sonrisa.

—Danah tenía razón.

—¿Sobre qué?

—Vas a ser un problema.

—Entonces procura mantenerme viva el tiempo suficiente para disfrutarlo.

Un golpe seco sonó fuera. Los dos giramos hacia la puerta. Un segundo golpe llegó desde la galería. Ravian abrió. Volvimos al lienzo.

La mancha gris había crecido hasta ocupar todo el borde inferior del cuadro.

Sobre la pintura húmeda empezaban a distinguirse dos formas oscuras.

Parecían zapatos. Mis zapatos.